Iván Castelló: El Balón de Oro, trofeo del ego
El fútbol lo inventaron los ingleses pero lo pulieron, le dieron brillo, los franceses. Porque Francia, por mucho que llevemos mal su cercanía vecinal (¡gabachos! les arrojamos generalmente suplantando el gentilicio), es el país decisivo en la historia del deporte y del fútbol. Sí, del fútbol. Este recordatorio, que para algunos podrá ser encajado como patada baja, tiene su percha en que también el Balón de Oro, el premio individual más determinante del balompié, les pertenece igualmente en sus orígenes. No obstante, el Ballon d’Or fue creado por la revista gala especializada France Football (FF) en 1956.
Pero como prácticamente todo en esto del deporte. Otro invento con decisiva participación francesa, pues, al igual que el movimiento olímpico moderno (el barón Pierre de Coubertin), la FIFA (Robert Guerin), el Mundial (Jules Rimet), la UEFA y la Eurocopa de Naciones (Henri Delaunay) y la Copa de Europa (Gabriel Hanot, editor del diario L’Équipe) no son solo las competiciones más destacadas del balompié sino que sus iniciales se escriben en francés por su origen. Porque los ingleses, desde la escisión del “football” del rugby acordada en la Freemason’s Tavern de Londres en 1863, nunca han sido muy dados a cruzar sus charcos y exportar, que están muy apegados a lo suyo, a su concepto isleño, tras el batacazo de perder su imperio colonial mundial.
El Balón de Oro, claro está, no podía ser más que francés gracias al visionario periodista Hanot (otra época, otra profesión, otro valor, otra influencia), que lo instauró para dar el premio individual a su recién estrenada obra, con la colaboración de otro adelantado a su tiempo como Santiago Bernabéu: la Copa de Europa de clubes, la pomposa Champions League de la actualidad. Aquella que dominó el Real Madrid con una manita a la par que puño de hierro: cinco de cinco para empezar, un repóquer tan irrepetible que ahora, en la actualidad, no se ha inventado siquiera el club que repita título bajo el formato de Liga de Campeones. Tampoco pasará que se salten la maldición en esta oportunidad, con el Chelsea ya eliminado (primer campeón en caer tan pronto) en la actual campaña 2012/13.
El trofeo ha vivido entre diversas fórmulas de elección. Desde su principio, en 1956, hasta 1995, era el premio que distinguía al mejor jugador europeo de una Liga del Viejo Continente. Duró tanto tiempo así que fenómenos como Pelé o Diego Armando Maradona no han llegado a entrar en su palmarés. Se trató de resolver la felonía tirando de memoria histórica en 1995, para entregar un segundo Balón de Oro honorífico al mito Maradona. El primer Balón de Oro de homenaje, denominado Súper Balón de Oro, fue en 1989, por el treinta aniversario de France Football, y el ganador fue Alfredo di Stéfano, en reñida votación contra Johan Cruyff y Michel Platini, bajo la premisa de ser europeos y haber jugado parte de su carrera en Europa. El caso es que, por unas cosas u otras, Pelé sigue compuesto y sin novia, error histórico, garrafal.
Esa exclusividad europea (tiempos de bonanza y riqueza, de supremacía continental, conceptos tan alejados de la realidad actual que parecen hasta surrealistas) se perdió, al fin, en 1995, cuando se abre la mano y se permiten candidatos no europeos pero que sí jueguen en alguna Liga de Europa. Es así como el liberiano George Weah gana ese mismo año. En 2007 ya se alcanza lo lógico, la trascendencia mundial en pleno apogeo de la globalización, y al premio ya puede aspirar cualquier habitante del planeta fútbol, el más redondo del universo. Dura tres años perteneciendo en exclusiva a France Football hasta que la FIFA alcanza un acuerdo en el Mundial de Suráfrica con el poderoso grupo editorial francés Amaury, dueño de FF y L’Équipe, dos auténticas biblias del fútbol y del deporte, de una calidad no alcanzada por el resto y mira que pasan los años y las crisis publicitarias y conceptuales en los medios de comunicación. Amaury, además de un canal deportivo propio de televisión —L’Équipe 21—, organiza los principales eventos deportivos de cada año en Francia, tipo el Tour de France o el Dakar, orgullo nacional galo aunque se corra en Sudamérica.
Es así como pasa a denominarse ya oficialmente FIFA Ballon d’Or. Fue la fusión del Balón de Oro con el propio trofeo de la FIFA, el World Player vigente desde 1991 sin restricción alguna por continente o Liga, y es el colofón a una gran gala en la primera semana de enero en Zúrich, que los organismos deportivos siguen viviendo en Suiza por su neutralidad y la privacidad de sus beneficios fiscales hasta que llega la filtración. En ese acto se otorgan, además, otros premios de renombre, como al Mejor Entrenador del Año (José Mourinho ganó en 2010 y Josep Guardiola en 2011, máxima tensión, por lo tanto), el Premio Puskas al Mejor Gol del Año, el Mejor Once FIFpro (el sindicato mundial de futbolistas) del año, la mejor jugadora y entrenador/a de fútbol femenino y el Premio Fair Play de la FIFA.
Al principio, quienes votaban a sus cinco futbolistas favoritos para el Balón de oro anual eran 53 periodistas de France Football, uno por país de la UEFA y por corresponsal de la revista (el catalán Francesc Aguilar es el representante español), a partir de una lista confeccionada a dedo por la publicación, que era de cincuenta jugadores, mucho más adelante, en 2008, rebajada por excesiva a treinta. De cinco a un punto por cada jugador en orden decreciente era la fórmula para dar al principio con el ganador a través de la suma de las puntuaciones. No había gala ni exceso de alharacas. El ganador se daba a conocer en un ejemplar de diciembre con una entrevista con el elegido hecha un par de semanas antes (y sus esplendorosas fotos con el trofeo). Por ello, en aquellas últimas ediciones el resto de la prensa ya estaba al loro para encontrar a los enviados especiales de FF al domicilio del futbolista como indicador (más fiable, imposible) de quién iba a resultar ganador.
En 2007, con la globalización del premio al que ya podía aspirar cualquier jugador del mundo, se amplió el jurado en 43 periodistas no europeos, pero de un país que, cuanto menos, hubiera jugado una fase final de un Mundial. Para darle cierta enjundia al jurado con el filtro. Así que el cuarto poder ascendió a 96 periodistas con derecho a voto. Es por eso que creció el número de votos compilados por cada aspirante, pasando de los 176 del italiano Fabio Cannavaro en 2006 a los 473 (récord absoluto) del argentino Lionel Messi en 2009.
La unificación de 2010 abrió el abanico a seleccionadores y capitanes de las 209 selecciones de la FIFA (salvo las que se encuentren suspendidas cada año), los corresponsales de France Football, la redacción central ejemplificada en el director Gerard Ejnés y un periodista de cada federación que no forme parte del anterior jurado. Se vota con tres, dos y un punto a los tres mejores de cada uno y no hay restricción para votar a la propia Liga si así lo decide un miembro del jurado. La lista también se ha reducido y es ya de 23 futbolistas, elegida por la Comisión Técnica de la FIFA y con derecho de veto de la redacción de France Football por si se detecta un enchufado o una ausencia palmaria.
Otra de las controversias de siempre del Balón de Oro es a qué equipo corresponde realmente el título del jugador, pues hay multitud de futbolistas que lógicamente cambian de club en el mes de junio cada temporada y el premio es por los méritos contraídos en los 365 días del año natural. Así que el galardón debería ser compartido en las estadísticas por los dos clubes propietarios de los derechos del jugador, para su orgullo y justicia. Por ejemplo, Figo lo ganó en 2000 y ese año jugó en el Barcelona el final de la temporada 1999/2000 y en el Real Madrid el comienzo de la 2000/01. Pasó en otros muchos casos, que intentan respetarse en el cuadro final más debajo de la sábana con todos los podios al Balón de Oro desde 1956.
¿Pero qué tiene este balón de oro que todos lo quieren? ¿Qué tiene para que muchos vendieran su alma al diablo por él, la alquimia del fútbol? Estas son las principales historias de un premio individual, el más importante anualmente en el mundo del fútbol, que elige un colectivo, ahora de seleccionadores, capitanes y periodistas, para designar al rey del planeta fútbol.
Cincuenta y seis años después del triunfo de Sir Stanley Matthews, con el que quedaba instaurado por todo lo alto el premio, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Andrés Iniesta “de nuestras vidas” han ocupado el podio de 2012. El doble de ediciones después de la instauración del galardón, el fútbol sigue vivo y coleando en prestigio. Porque salvo en alguna edición esporádica, como cuando vencieron sorprendentemente el ruso Igor Belánov (1986), el alemán Matthias Sammer (1996) o el italiano Fabio Cannavaro (2006), el Balón de Oro ha sido generalmente justo y, si no, cuanto menos lustroso y tan rebatible como buenos a la vez su conquistador y su competidor o competidores. Como en esta edición 2012.
Un Balón de Oro con historia, tanta como sus 57 ediciones, y que en su disección nos debe transportar al laboratorio de repaso casi académico de las distintas etapas que han caracterizado al fútbol europeo desde su eclosión con la competición de su mayoría de edad, la Copa de Europa. Porque lo uno, lo individual, ha sido consecuencia casi siempre de lo colectivo, como corresponde a un deporte que transporta en sus genes el concepto de asociación.
El trofeo está elaborado artesanalmente, también por una firma francesa, la prestigiosa joyería de alta gama (que lo “top” está de moda) Mellerio dits Meller, fundada en 1613 y que hace asimismo la Copa de los Mosqueteros, el trofeo del torneo de tenis Rolland Garros, ese que ha ganado siete veces, siete, nuestro Rafa Nadal. Intervienen, como si del anillo de Tolkien se tratara, numerosos artesanos especializados aunque sus profesiones estén en desuso: el cincelador, el orfebre, el dorador, el pulidor (no, no es ciclismo), el repujador… Todos ellos elaboran la joya que apenas ha cambiado desde 1956: dos semiesferas de latón soldadas a soplete y rellenas de cera como molde que más tarde se retira y que luego será cincelada en sus costuras a modo de pelota de fútbol. La obra final mide 31 centímetros de alto por 23 de largo y ancho.
El tráfico de influencias claro que se supone que ha llegado a existir en el trofeo, con presiones de dirigentes de clubes implicados, agentes de jugadores y hasta de las firmas de ropa deportiva. Ahí hay otra guerra soterrada pero intensa entre los dos acaparadores del mercado, Nike y Adidas. Vidas cruzadas actualmente con las dos mayores estrellas del fútbol mundial, en la esquizofrenia de Messi de vestir en los partidos y entrenamientos las prendas Nike del Barça y promocionar personalmente y en la selección de Argentina, en cambio, a Adidas. Justo al revés que le sucede a Cristiano Ronaldo, Adidas en el Real Madrid y Nike en su publicidad propia y con Portugal.
Luego está la leyenda urbana de que ganar el Mundial es igual a ganador del Balón de Oro de la estrella principal de la selección, lo que no es cierto, tanto en los casos de argentinos (Maradona) y brasileños (Pelé) como españoles, con el oprobio resultante de que tras la Copa del Mundo de Suráfrica 2010 no ganaron Andrés Iniesta ni Xavi Hernández y sí el de casi siempre, Lionel Messi. En cambio, sí resultaron agraciados ese año de cuando fueron campeones del mundo jugadores como Bobby Charlton (Inglaterra) en 1966; Paolo Rossi (Italia) en 1982; Lothar Matthäus (Alemania) en 1990; Zidane (Francia) en 1998; Ronaldo (Brasil) en 2002 y Cannavaro (Italia) en 2006.
En el comienzo del trofeo, con un primer vencedor en plena forma a sus 41 años (sir Stanley Matthews, el mago del dribbling, que se retiró en la Primera División inglesa a los 50), el Balón de Oro nos habla de otra época, de un cambio de ciclo, el del fin de los “mágicos magiares” y la irrupción del Real Madrid con los títulos y podios del argentino nacionalizado español Di Stéfano y de otro fichaje estrella, el francés del Stade de Reims Raymond Kopa. También llega el reconocimiento, pero por su traspaso desde el Barcelona al más renombrado entonces Inter de Milán, del centrocampista gallego Luis Suárez en 1960, que fue plata al año siguiente del trofeo con peor puntuación del dominador (46 votos), el nacido argentino pero de pasaporte italiano Omar Sívori.
El fútbol del este regresa en los 60 con el centrocampista checo “box-to-box” (de área a área) Josef Masopust, el cancerbero soviético Lev Yashin (único portero ganador del Balón de Oro, la legendaria Araña Negra) y el delantero húngaro Florián Albert, como para desmarcarse del telón de acero y premiar que el fútbol traspasaba barreras ideológicas. Entremezclados, claro está, con los ídolos ye-yés de la década tipo Denis Law, Bobby Charlton y George Best, el exotismo de La Pantera Negra, el luso-mozambiqueño Eusebio, y la elegancia de Gianni Rivera, Il Bambino de Oro.
Los 70 ya hablan holandés y alemán, los lenguajes predominantes por las hegemonías de Ajax de Ámsterdam y Bayern de Munich en la Copa de Europa. Así es como Johan Cruyff hace triplete y Gerd Torpedo Müller y Franz Beckenbauer ganan uno y dos títulos, respectivamente. La de 1972 es la votación más reñida de siempre, al imponerse el Kaiser Beckenbauer por solo dos votos de diferencia a Müller y Günter Netzer. Otra perla del este de europeo, Oleg Blokhin, le quitó a Beckenbauer la posibilidad del triplete. A finales de los 70, los gustos cambian y se impone un nuevo prototipo de futbolista, el pequeño extremo con nociones de ratón de área, en las figuras de Allan Simonsen (Simonet posteriormente cuando fichó por el Barça) y Kevin Keegan.
La década de los años 80 es la del doblete de Karl-Heinz Rummenigge, aunque el Bayern dejara de ganar en Europa, y la del triplete de un futbolista superlativo, amén de francés, Michel Platini, actual presidente de la UEFA y el mejor lanzador de libres directos de la historia del balompié. Todo ello antes de la explosión de un nuevo cóctel sin precedentes, la mezcla del resultadismo italiano con la fantasía holandesa, ejemplificada en el Milan de Arrigo Sacchi y sus neerlandeses Marco Van Basten, Ruud Gullit y Fran Rijkaard. Solo el posterior entrenador del Barça, el que comenzó a germinar el “Pep Team”, se quedó sin el Oro. Ese Milan que le quitó los laureles al Real Madrid de La Quinta del Buitre, por lo que Emilio Butragueño solo pudo alcanzar dos bronces.
En los 90, Van Basten confirma el triplete y el nuevo “Dream Team” de Johan Cruyfff se ve premiado con el visceral delantero búlgaro Hristo Stoichkov. Luego está la historia de la chilena que cambió un ganador, Van Basten, que con una chilena descomunal al IFK Göteborg sueco en la Champions 92/93 que dio la vuelta al mundo en los telediarios le quitó en el último suspiro el trofeo a Stoichkov, luego campeón en el 94.
Posteriormente, repetir título para un jugador se convierte en misión imposible con la “glasnot”, el aperturismo de que un no europeo lo pueda conquistar. Así es como ganan Weah, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y hasta Kaká, Il smoking bianco, mientras el madridista Raúl González Blanco, nada más que el máximo goleador en la historia de la Champions League, solo apareció con un Balón de Plata en 2001, año impar, año en el que no ganaba por entonces títulos el Madrid, que sí en los pares. Todo ello hasta la pugna final de los dos colosos del siglo XXI, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, junto a la mejor generación del balompié español, aunque sin recompensa alguna para una leyenda, el portero Iker Casillas, y tres insuficientes bronces para el corazón del Barça y la Roja, Xavi Hernández. Porque al final, sí, seguramente sea posible recurrir al gentilicio que se aloja en el ADN del premio: ¡gabachos!




























