ERE (Expediente de Regulación de Endorfinas)

Iván Castelló: El Balón de Oro, trofeo del ego


El fútbol lo inventaron los ingleses pero lo pulieron, le dieron brillo, los franceses. Porque Francia, por mucho que llevemos mal su cercanía vecinal (¡gabachos! les arrojamos generalmente suplantando el gentilicio), es el país decisivo en la historia del deporte y del fútbol. Sí, del fútbol. Este recordatorio, que para algunos podrá ser encajado como patada baja, tiene su percha en que también el Balón de Oro, el premio individual más determinante del balompié, les pertenece igualmente en sus orígenes. No obstante, el Ballon d’Or fue creado por la revista gala especializada France Football (FF) en 1956.

Pero como prácticamente todo en esto del deporte. Otro invento con decisiva participación francesa, pues, al igual que el movimiento olímpico moderno (el barón Pierre de Coubertin), la FIFA (Robert Guerin), el Mundial (Jules Rimet), la UEFA y la Eurocopa de Naciones (Henri Delaunay) y la Copa de Europa (Gabriel Hanot, editor del diario L’Équipe) no son solo las competiciones más destacadas del balompié sino que sus iniciales se escriben en francés por su origen. Porque los ingleses, desde la escisión del “football” del rugby acordada en la Freemason’s Tavern de Londres en 1863, nunca han sido muy dados a cruzar sus charcos y exportar, que están muy apegados a lo suyo, a su concepto isleño, tras el batacazo de perder su imperio colonial mundial.

El Balón de Oro, claro está, no podía ser más que francés gracias al visionario periodista Hanot (otra época, otra profesión, otro valor, otra influencia), que lo instauró para dar el premio individual a su recién estrenada obra, con la colaboración de otro adelantado a su tiempo como Santiago Bernabéu: la Copa de Europa de clubes, la pomposa Champions League de la actualidad. Aquella que dominó el Real Madrid con una manita a la par que puño de hierro: cinco de cinco para empezar, un repóquer tan irrepetible que ahora, en la actualidad, no se ha inventado siquiera el club que repita título bajo el formato de Liga de Campeones. Tampoco pasará que se salten la maldición en esta oportunidad, con el Chelsea ya eliminado (primer campeón en caer tan pronto) en la actual campaña 2012/13.

El trofeo ha vivido entre diversas fórmulas de elección. Desde su principio, en 1956, hasta 1995, era el premio que distinguía al mejor jugador europeo de una Liga del Viejo Continente. Duró tanto tiempo así que fenómenos como Pelé o Diego Armando Maradona no han llegado a entrar en su palmarés. Se trató de resolver la felonía tirando de memoria histórica en 1995, para entregar un segundo Balón de Oro honorífico al mito Maradona. El primer Balón de Oro de homenaje, denominado Súper Balón de Oro, fue en 1989, por el treinta aniversario de France Football, y el ganador fue Alfredo di Stéfano, en reñida votación contra Johan Cruyff y Michel Platini, bajo la premisa de ser europeos y haber jugado parte de su carrera en Europa. El caso es que, por unas cosas u otras, Pelé sigue compuesto y sin novia, error histórico, garrafal.

Esa exclusividad europea (tiempos de bonanza y riqueza, de supremacía continental, conceptos tan alejados de la realidad actual que parecen hasta surrealistas) se perdió, al fin, en 1995, cuando se abre la mano y se permiten candidatos no europeos pero que sí jueguen en alguna Liga de Europa. Es así como el liberiano George Weah gana ese mismo año. En 2007 ya se alcanza lo lógico, la trascendencia mundial en pleno apogeo de la globalización, y al premio ya puede aspirar cualquier habitante del planeta fútbol, el más redondo del universo. Dura tres años perteneciendo en exclusiva a France Football hasta que la FIFA alcanza un acuerdo en el Mundial de Suráfrica con el poderoso grupo editorial francés Amaury, dueño de FF y L’Équipe, dos auténticas biblias del fútbol y del deporte, de una calidad no alcanzada por el resto y mira que pasan los años y las crisis publicitarias y conceptuales en los medios de comunicación. Amaury, además de un canal deportivo propio de televisión —L’Équipe 21—, organiza los principales eventos deportivos de cada año en Francia, tipo el Tour de France o el Dakar, orgullo nacional galo aunque se corra en Sudamérica.

Es así como pasa a denominarse ya oficialmente FIFA Ballon d’Or. Fue la fusión del Balón de Oro con el propio trofeo de la FIFA, el World Player vigente desde 1991 sin restricción alguna por continente o Liga, y es el colofón a una gran gala en la primera semana de enero en Zúrich, que los organismos deportivos siguen viviendo en Suiza por su neutralidad y la privacidad de sus beneficios fiscales hasta que llega la filtración. En ese acto se otorgan, además, otros premios de renombre, como al Mejor Entrenador del Año (José Mourinho ganó en 2010 y Josep Guardiola en 2011, máxima tensión, por lo tanto), el Premio Puskas al Mejor Gol del Año, el Mejor Once FIFpro (el sindicato mundial de futbolistas) del año, la mejor jugadora y entrenador/a de fútbol femenino y el Premio Fair Play de la FIFA.

Al principio, quienes votaban a sus cinco futbolistas favoritos para el Balón de oro anual eran 53 periodistas de France Football, uno por país de la UEFA y por corresponsal de la revista (el catalán Francesc Aguilar es el representante español), a partir de una lista confeccionada a dedo por la publicación, que era de cincuenta jugadores, mucho más adelante, en 2008, rebajada por excesiva a treinta. De cinco a un punto por cada jugador en orden decreciente era la fórmula para dar al principio con el ganador a través de la suma de las puntuaciones. No había gala ni exceso de alharacas. El ganador se daba a conocer en un ejemplar de diciembre con una entrevista con el elegido hecha un par de semanas antes (y sus esplendorosas fotos con el trofeo). Por ello, en aquellas últimas ediciones el resto de la prensa ya estaba al loro para encontrar a los enviados especiales de FF al domicilio del futbolista como indicador (más fiable, imposible) de quién iba a resultar ganador.

En 2007, con la globalización del premio al que ya podía aspirar cualquier jugador del mundo, se amplió el jurado en 43 periodistas no europeos, pero de un país que, cuanto menos, hubiera jugado una fase final de un Mundial. Para darle cierta enjundia al jurado con el filtro. Así que el cuarto poder ascendió a 96 periodistas con derecho a voto. Es por eso que creció el número de votos compilados por cada aspirante, pasando de los 176 del italiano Fabio Cannavaro en 2006 a los 473 (récord absoluto) del argentino Lionel Messi en 2009.

La unificación de 2010 abrió el abanico a seleccionadores y capitanes de las 209 selecciones de la FIFA (salvo las que se encuentren suspendidas cada año), los corresponsales de France Football, la redacción central ejemplificada en el director Gerard Ejnés y un periodista de cada federación que no forme parte del anterior jurado. Se vota con tres, dos y un punto a los tres mejores de cada uno y no hay restricción para votar a la propia Liga si así lo decide un miembro del jurado. La lista también se ha reducido y es ya de 23 futbolistas, elegida por la Comisión Técnica de la FIFA y con derecho de veto de la redacción de France Football por si se detecta un enchufado o una ausencia palmaria.

Otra de las controversias de siempre del Balón de Oro es a qué equipo corresponde realmente el título del jugador, pues hay multitud de futbolistas que lógicamente cambian de club en el mes de junio cada temporada y el premio es por los méritos contraídos en los 365 días del año natural. Así que el galardón debería ser compartido en las estadísticas por los dos clubes propietarios de los derechos del jugador, para su orgullo y justicia. Por ejemplo, Figo lo ganó en 2000 y ese año jugó en el Barcelona el final de la temporada 1999/2000 y en el Real Madrid el comienzo de la 2000/01. Pasó en otros muchos casos, que intentan respetarse en el cuadro final más debajo de la sábana con todos los podios al Balón de Oro desde 1956.

¿Pero qué tiene este balón de oro que todos lo quieren? ¿Qué tiene para que muchos vendieran su alma al diablo por él, la alquimia del fútbol? Estas son las principales historias de un premio individual, el más importante anualmente en el mundo del fútbol, que elige un colectivo, ahora de seleccionadores, capitanes y periodistas, para designar al rey del planeta fútbol.

Cincuenta y seis años después del triunfo de Sir Stanley Matthews, con el que quedaba instaurado por todo lo alto el premio, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Andrés Iniesta “de nuestras vidas” han ocupado el podio de 2012. El doble de ediciones después de la instauración del galardón, el fútbol sigue vivo y coleando en prestigio. Porque salvo en alguna edición esporádica, como cuando vencieron sorprendentemente el ruso Igor Belánov (1986), el alemán Matthias Sammer (1996) o el italiano Fabio Cannavaro (2006), el Balón de Oro ha sido generalmente justo y, si no, cuanto menos lustroso y tan rebatible como buenos a la vez su conquistador y su competidor o competidores. Como en esta edición 2012.

Un Balón de Oro con historia, tanta como sus 57 ediciones, y que en su disección nos debe transportar al laboratorio de repaso casi académico de las distintas etapas que han caracterizado al fútbol europeo desde su eclosión con la competición de su mayoría de edad, la Copa de Europa. Porque lo uno, lo individual, ha sido consecuencia casi siempre de lo colectivo, como corresponde a un deporte que transporta en sus genes el concepto de asociación.

El trofeo está elaborado artesanalmente, también por una firma francesa, la prestigiosa joyería de alta gama (que lo “top” está de moda) Mellerio dits Meller, fundada en 1613 y que hace asimismo la Copa de los Mosqueteros, el trofeo del torneo de tenis Rolland Garros, ese que ha ganado siete veces, siete, nuestro Rafa Nadal. Intervienen, como si del anillo de Tolkien se tratara, numerosos artesanos especializados aunque sus profesiones estén en desuso: el cincelador, el orfebre, el dorador, el pulidor (no, no es ciclismo), el repujador… Todos ellos elaboran la joya que apenas ha cambiado desde 1956: dos semiesferas de latón soldadas a soplete y rellenas de cera como molde que más tarde se retira y que luego será cincelada en sus costuras a modo de pelota de fútbol. La obra final mide 31 centímetros de alto por 23 de largo y ancho.

El tráfico de influencias claro que se supone que ha llegado a existir en el trofeo, con presiones de dirigentes de clubes implicados, agentes de jugadores y hasta de las firmas de ropa deportiva. Ahí hay otra guerra soterrada pero intensa entre los dos acaparadores del mercado, Nike y Adidas. Vidas cruzadas actualmente con las dos mayores estrellas del fútbol mundial, en la esquizofrenia de Messi de vestir en los partidos y entrenamientos las prendas Nike del Barça y promocionar personalmente y en la selección de Argentina, en cambio, a Adidas. Justo al revés que le sucede a Cristiano Ronaldo, Adidas en el Real Madrid y Nike en su publicidad propia y con Portugal.

Luego está la leyenda urbana de que ganar el Mundial es igual a ganador del Balón de Oro de la estrella principal de la selección, lo que no es cierto, tanto en los casos de argentinos (Maradona) y brasileños (Pelé) como españoles, con el oprobio resultante de que tras la Copa del Mundo de Suráfrica 2010 no ganaron Andrés Iniesta ni Xavi Hernández y sí el de casi siempre, Lionel Messi. En cambio, sí resultaron agraciados ese año de cuando fueron campeones del mundo jugadores como Bobby Charlton (Inglaterra) en 1966; Paolo Rossi (Italia) en 1982; Lothar Matthäus (Alemania) en 1990; Zidane (Francia) en 1998; Ronaldo (Brasil) en 2002 y Cannavaro (Italia) en 2006.

En el comienzo del trofeo, con un primer vencedor en plena forma a sus 41 años (sir Stanley Matthews, el mago del dribbling, que se retiró en la Primera División inglesa a los 50), el Balón de Oro nos habla de otra época, de un cambio de ciclo, el del fin de los “mágicos magiares” y la irrupción del Real Madrid con los títulos y podios del argentino nacionalizado español Di Stéfano y de otro fichaje estrella, el francés del Stade de Reims Raymond Kopa. También llega el reconocimiento, pero por su traspaso desde el Barcelona al más renombrado entonces Inter de Milán, del centrocampista gallego Luis Suárez en 1960, que fue plata al año siguiente del trofeo con peor puntuación del dominador (46 votos), el nacido argentino pero de pasaporte italiano Omar Sívori.

El fútbol del este regresa en los 60 con el centrocampista checo “box-to-box” (de área a área) Josef Masopust, el cancerbero soviético Lev Yashin (único portero ganador del Balón de Oro, la legendaria Araña Negra) y el delantero húngaro Florián Albert, como para desmarcarse del telón de acero y premiar que el fútbol traspasaba barreras ideológicas. Entremezclados, claro está, con los ídolos ye-yés de la década tipo Denis Law, Bobby Charlton y George Best, el exotismo de La Pantera Negra, el luso-mozambiqueño Eusebio, y la elegancia de Gianni Rivera, Il Bambino de Oro.

Los 70 ya hablan holandés y alemán, los lenguajes predominantes por las hegemonías de Ajax de Ámsterdam y Bayern de Munich en la Copa de Europa. Así es como Johan Cruyff hace triplete y Gerd Torpedo Müller y Franz Beckenbauer ganan uno y dos títulos, respectivamente. La de 1972 es la votación más reñida de siempre, al imponerse el Kaiser Beckenbauer por solo dos votos de diferencia a Müller y Günter Netzer. Otra perla del este de europeo, Oleg Blokhin, le quitó a Beckenbauer la posibilidad del triplete. A finales de los 70, los gustos cambian y se impone un nuevo prototipo de futbolista, el pequeño extremo con nociones de ratón de área, en las figuras de Allan Simonsen (Simonet posteriormente cuando fichó por el Barça) y Kevin Keegan.

La década de los años 80 es la del doblete de Karl-Heinz Rummenigge, aunque el Bayern dejara de ganar en Europa, y la del triplete de un futbolista superlativo, amén de francés, Michel Platini, actual presidente de la UEFA y el mejor lanzador de libres directos de la historia del balompié. Todo ello antes de la explosión de un nuevo cóctel sin precedentes, la mezcla del resultadismo italiano con la fantasía holandesa, ejemplificada en el Milan de Arrigo Sacchi y sus neerlandeses Marco Van Basten, Ruud Gullit y Fran Rijkaard. Solo el posterior entrenador del Barça, el que comenzó a germinar el “Pep Team”, se quedó sin el Oro. Ese Milan que le quitó los laureles al Real Madrid de La Quinta del Buitre, por lo que Emilio Butragueño solo pudo alcanzar dos bronces.

En los 90, Van Basten confirma el triplete y el nuevo “Dream Team” de Johan Cruyfff se ve premiado con el visceral delantero búlgaro Hristo Stoichkov. Luego está la historia de la chilena que cambió un ganador, Van Basten, que con una chilena descomunal al IFK Göteborg sueco en la Champions 92/93 que dio la vuelta al mundo en los telediarios le quitó en el último suspiro el trofeo a Stoichkov, luego campeón en el 94.

Posteriormente, repetir título para un jugador se convierte en misión imposible con la “glasnot”, el aperturismo de que un no europeo lo pueda conquistar. Así es como ganan Weah, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y hasta Kaká, Il smoking bianco, mientras el madridista Raúl González Blanco, nada más que el máximo goleador en la historia de la Champions League, solo apareció con un Balón de Plata en 2001, año impar, año en el que no ganaba por entonces títulos el Madrid, que sí en los pares. Todo ello hasta la pugna final de los dos colosos del siglo XXI, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, junto a la mejor generación del balompié español, aunque sin recompensa alguna para una leyenda, el portero Iker Casillas, y tres insuficientes bronces para el corazón del Barça y la Roja, Xavi Hernández. Porque al final, sí, seguramente sea posible recurrir al gentilicio que se aloja en el ADN del premio: ¡gabachos!

Palmarés del Balón de Oro

Iván Castelló: Ferenc Puskas, mejores goles que salchichas


Podían haber sido 12 o 13 si no hubiésemos jugado solo para divertirnos”: Ferenc Puskas (Budapest 1927-2006), uno de los mejores jugadores de la historia, tras golear Hungría por 7-1 a Inglaterra en 1954. El húngaro es el futbolista que da nombre al premio FIFA al mejor gol del año desde 2009, que conocerá este próximo 7 de enero de 2013 al ganador de su cuarta edición: Falcao, Neymar o Stoch.

Solo estábamos los dos, yo no hablaba español y él ni mucho menos húngaro. Pero conseguí explicarle a Santiago Bernabéu que llevaba 18 kilos de más en la barriga. Él me miró, me entregó 5.000 dólares y me dijo: ‘Ese es tu problema’. Luego me sancionó porque mi mujer pidió una cerveza en una comida creyendo que era para mí”. Así de directo y sincero fue siempre el goleador húngaro nacido en Budapest como Purczeld Ferenc en 1927 y luego conocido para la eternidad del deporte rey como Ferenc “Pancho” Puskas, acentuado en la a en magiar: Puskás. Su recuerdo para el fútbol mundial será eterno. Y la FIFA así lo decidió al considerarle Máximo Goleador (528 tantos en 512 partidos) y sexto Mejor Jugador del siglo XX. E instauró el llamado Premio Puskas al mejor gol de cada año desde 2009. Ese al que en esta edición de 2012 aspiran la chilena de Radamel Falcao con el Atlético de Madrid, el slalom de Neymar con el Santos y la volea de Stoch con el Fenerbahçe.

Los anteriores ganadores al mejor chicharro anual Premio Puskas (que este año pierde un tanto de prestigio al no haber incluido por sobrepasar la fecha límite la “amazing” chilena del sueco Zlatan Ibrahimovic con Suecia frente a Inglaterra) fueron Cristiano Ronaldo (2009), Hamit Altintop (2010) y Neymar (2011). El portugués, al marcarle un trallazo tremendo al Oporto con el Manchester United; el turco de infame recuerdo en el Madrid por un gol con Turquía a Kazajistán; y Neymar, el próximo chico de oro, por un tanto con el Santos al Flamengo en el Brasileirao.

Pero, para goles, los que marcaba Puskas, como los cuatro que le endosó al Eintracht de Fráncfort alemán occidental en la final ganada por el Real Madrid 7-3 en Glasgow en el año 1960. Está considerada la mejor final de la Copa de Europa de todos los tiempos, un espectáculo sin igual de aquella delantera formada por Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. Fue, a su vez, la venganza particular de Puskas contra otra representación del enemigo germano que cambió su propia historia vital con la inesperada derrota por 3-2 en la final del Mundial suizo de 1954 ante Alemania Federal. Y ello cuando unos partidos antes, en la fase de grupos de esa misma Copa del Mundo, los popularmente conocidos como “magiares mágicos” que él comandaba arrasaron cual horda de hunos a los alemanes por 8-3. Puskas solo contribuyó con un gol en esa implacable paliza y Sandor Kocsis, luego azulgrana, se hartó con cuatro dianas. Pero la hierba siguió creciendo a su paso…

En la final del Mundial, revancha. Y de las buenas. De nuevo Hungría ante Alemania Federal. Tres años después de la onírica película neorrealista Milagro en Milán de Vittorio de Sica, los húngaros se adelantaron 0-2, con el primer tanto de Puskas (como siempre en boca de gol, 85 partidos internacionales con Hungría, 84 goles marcados, promedio casi perfecto) y otro del también luego azulgrana Zoltan Czibor. Y en tan solo en dos minutos, del 6 al 8. Nada hacía, pues, presagiar que no se sucediera sino otro vapuleo por aplastamiento del yunque magiar al martillo alemán. Pero el fútbol es el único deporte en el que el peor puede perfectamente ganar un encuentro debido al escaso puntaje necesario para alcanzar el éxito. Hace poco, el Arsenal londinense marcó en el Camp Nou en su única llegada a la portería de Víctor Valdés en todo el partido de la Liga de Campeones por un testarazo en propia puerta de Sergio Busquets.

Así que Berna iba a deparar una de sus increíbles aventuras, otro de sus más emocionantes vuelcos. Los alemanes, otra gran selección no obstante ese doloroso 8-3 previo, se arremangaron para remontar y ganar 3-2 (goles de Morlock y dos de Helmut Rhan) en el Wankdorfstadion de Berna, recinto que también acogió la sorprendente final de los postes en 1961. Esa fue la de la Copa de Europa que perdió el Barcelona contra el Benfica portugués antes de Eusebio, “La pantera negra”, después de un gol en propia puerta de Antonio Ramallets y hasta ¡cuatro postes! para los azulgrana que lideraba otro húngaro como Ladislao Kubala. En el colmo de la mala suerte, los culés estrellaron sus remates sobre postes cuadrados de las porterías del estadio de Berna para que International Board (el Tribunal de La Haya del fútbol) decidiera consecuentemente a partir de ese hecho desafortunado cambiar el modelo de los palos por los cilíndricos, que además eran mucho más seguros para librar de brechas las cabezas de porteros y jugadores. Parte de la épica del fútbol en blanco y negro, y los aparatosos vendajes cabeceros, se quedó en los postes del Wankdorf Stadion de Berna, ciudad que por no tener no tenía entonces ni gentilicio, bernés o bernesa, aceptado no hace mucho por la Real Academia Española de la Lengua.

Esa inexplicable derrota final húngara que, bajo el siseo del malintencionado rumor de un Mercedes Benz regalado a cada miembro de la selección húngara para no vencer, empezó a minar el prestigio de Puskas en su propio país a la par que llegaban en tanques los soviéticos que todo lo que querían lo invadían para dividir Europa en dos, en buenos y malos según el lado de la alambrada que se habitase.

Uno de los mejores jugadores este Puskas de la selección húngara, que cambió definitivamente el curso de la historia de todo el deporte del balompié con el trascendente 3-6 en Wembley del año 1953. Fue ante los propios inventores del juego, en su primera derrota como anfitriones, un “shock en toda regla, otro drama nacional aunque la cosa fuera amistosa.

Ferenc, por supuesto, sigue siendo uno de los jugadores más recordados por el madridismo de otra época. Por sus goles y por su afabilidad. Su todo corazón. Ya lo precisó su compañero Alfredo Di Stéfano, todavía más mítico, el Sherlock Holmes del mejor club del siglo XX ante el recuerdo de su querido Watson, el húngaro: “Pancho era mejor persona que futbolista, muy generoso y dadivoso. Tenía un agujero en su mano como le dijo una vez Santiago Bernabéu”.

Estos que vienen a continuación son algunos recuerdos de su etapa final en el Real Madrid, al que llego con sobrepeso y tras desertar de la Hungría comunista, donde fue todo un ídolo nacional al frente de la selección magiar que ganó el oro en los Juegos Olímpicos de 1952 en Helsinki, el subcampeonato mundial en Suiza 1954 y dos goleadas internacionales en amistosos ante los ingleses para evidenciar que el fútbol cruzaba las islas para estrenar liderazgo entre el Viejo Continente peninsular y Brasil.

Ese Puskas que no fichó por el Manchester United por no saber inglés y que sí lo hizo, en cambio, por el Real Madrid aun sin hablar español. Un Puskas que había debutado con 16 años en la Primera División de su país con el Kispest de Budapest (desde 1949 el más reconocible Honved) y su padre de entrenador, y que llegó al Real Madrid con 31 primaveras, más bien gordo, y contra la opinión de Pepe Samitier pero el visto bueno del lince Bernabéu. El mismo goleador húngaro con galones de teniente coronel y consideración de traidor a la patria por su fuga ante la irrupción del comunismo y que no pudo regresar a Budapest hasta los años 80. Lo cambió por una carrera hasta los 38 años en el Real Madrid, tan fulgurante y capaz que se ganó el cariñoso y expresivo apelativo de “Cañoncito Pum”, en época muy de Sor Citröen. También se lo conoció por “El Mayor Galopante”, aunque Gento sí que corría que se las pelaba.

Luego, Puskas protagonizó un fallido intento empresarial con la importación de salchichas vienesas, pero se enmendó con una exitosa carrera como entrenador al alcanzar con el Panathinaikos griego hasta la final de la Copa de Europa frente al Ajax de Ámsterdam de Johan Cruyff y compañía en 1971. El segundo mayor éxito del balompié heleno tras la Eurocopa de 2004. Entrenó, igualmente, al Deportivo Alavés, Real Murcia, Colo Colo chileno, AEK de Atenas y en Estados Unidos, Canadá, Egipto, Paraguay y Australia. A él no le daba miedo subirse a un avión.

De aquellos tiempos gloriosos, y de aquel sujeto tan bonachón, lo recuerda casi todo Celia Castelló (Valencia, 1933), años después de haber trabajado más de media vida feliz en Madrid, a la que arribó desde su Valencia natal. En Renfe y como secretaria personal de Ferenc Puskas en su etapa madridista. Y, también, en el fallido intento de triunfar más allá de los friquis, las faltas directas, una de sus especialidades como gran golpeador del balón que era el húngaro sobre un terreno de juego: como empresario gracias al negocio de importación de salchichas vienesas, a las que denominó por su apellido futbolístico seleccionado para desterrar el insípido Purczeld: Puskas (escopetero en magiar).

Alrededor de 1966, cuando ya iba a dejar la práctica del fútbol, Puskas era todavía un ídolo en el Real Madrid, que siempre le recordará como una fenomenal estrella (estuvo entre las temporadas 1958 y 1966, conquistó cinco Ligas, tres Copas de Europa, una Copa Intercontinental y cuatro trofeos Pichichi al mejor goleador, palmarés que se dice pronto pero que es casi irrepetible). Y entonces fue cuando Puskas decidió invertir parte de sus millones de pesetas ganados con el balompié en la importación de las que él consideraba riquísimas salchichas de Viena, tipo frankfurt.

Negocio que apenas le duraría posteriormente, pero que fue toda una experiencia también para una de sus protagonistas, Celia, su asistente personal, a la que Puskas llamaba cariñosamente “Cristiana Constipada” como una coletilla que nos habla de su personalidad que de tan pachorra que era parecía hasta un tanto infantil. Así era Ferenc. Distinto.

Porque Puskas lo daba todo como anfitrión. Y más todavía con sus compatriotas deportistas de la época de los años 60. Como con el púgil Laszlo Papp, rival entonces de Luis Folledo en el boxeo, el otro deporte de moda para los españoles durante la etapa franquista, y otros futbolistas como Joszef Toth (Atlético de Madrid) y Ladislao Kubala (Barcelona).

Se juntaban al calor de la cafetería Bela (sí, como Lugosi), propiedad de un cocinero húngaro, y se juntaba un curioso grupo magiar por los “madriles”, con un agregado de la embajada húngara en Madrid que se desplazaba en una moto Harley Davidson a la que llamaba, claro está, Atila. Siempre sospecharon que era espía del régimen comunista. Y lo sería, pero sin cuchillo en la punta del zapato o sombrero cortante volador.

Y no podía faltar, para dibujar la estampa costumbrista de una Hungría muy socialista dentro y no tanto de puertas afuera, una condesa, que la había. Era Kinga Kongosteny, a la que Puskas engañaba siempre picaronamente con el idioma y le hacía pronunciar insultos en español con total naturalidad pensando ella en que era otro bien diferente el significado de lo que expresaba. Para sorpresa tremenda, claro está, del contertulio y divertida reacción después al darse cuenta de la inocencia de la noble al caer en la trampa de quien se quedaba tan “Pancho”.

Así recuerda Celia Castelló aquellas citas húngaras en conversación reposada, nostálgica y siempre cinéfila con Jot Down Magazine: “Comíamos todos juntos un delicioso ‘gulash’ (el plato más tradicional húngaro, suerte de carne estofada por resumir en plan directo y nada imaginativo) y se sumaban habitualmente otros jugadores de fútbol del Real Madrid de aquellos años como José Emilio Santamaría (uruguayo luego seleccionador español en el Mundial 82), Ignacio Zoco (que se casó con la popular cantante María Ostiz, que aburría un poco a Puskas) y un muy joven José Martínez SánchezPirri“. Del gran Alfredo Di Stéfano, Puskas se reía siempre recordando que ‘había que meterlo a cañonazos en un avión’ del miedo que le daba volar al argentino”.

“También íbamos la expedición húngara de visita al pueblo turístico de Chinchón (a unos 50 kilómetros de Madrid, visita obligada en ese Triángulo de las Bermudas para guiris que forma desde Madrid con Segovia y Toledo) a por veneno virulento, el chinchón morado de la localidad, un licor muy fuerte, auténtica dinamita, que a ellos les encantaba. Porque eran húngaros, ‘descendientes de Atila’ como siempre recordaba muy en serio Ferenc. Brindaba, además, de una manera especial, inventada por él mismo. Gritaba bien fuerte ‘Stekeran’, una palabra que le recordaba a su niñez. Era algo así de pasional para él como el ‘Rosebud’ del Ciudadano Kane de Orson Welles”.

“Puskas tenía ángel, era cálido y acogedor. Una bellísima persona”, añade su exasistente, “y su comportamiento era muy puro, muy sano en todo momento. Se comportaba como un niño grande, siempre junto a su mujer Erzsébet y con su hija Anke, a la que todos llamábamos Anuki, y un perro pequeño”. Y así pasaban los días en Madrid, con las visitas de tarde de Puskas a la oficina de su empresa de importación de salchichas vienesas, ubicada por la Colonia del Niño Jesús, cerca del parque del Retiro con su Casa de Fieras y todo, el pulmón de aquel Madrid del Seat 600, las Vespas, los guardias de tráfico con sombrero salacot blanco y los serenos. Y el Real Madrid y el Atleti, que jugaban por la época el auténtico clásico del fútbol nacional, que la irrupción del Barça como gigante es posterior y data de Johan Cruyff y el “Dream Team”, primeros 90.

Pero el caso es que el negocio salchichero de Puskas no terminaba de arrancar, de funcionar, de triunfar como había imaginado Puskas. Algo fallaba. Y no el sabor de los embuchados, aunque tampoco el españolito de a pie las conocía como ahora. “La parte más agria del negocio”, recuerda Celia, “la formaban los tres socios de Puskas, unos personajes grises llamados Steiner, Kerestes y Rossen, totalmente de película, que no hacían en absoluto lo que deseaba Pancho. Por ejemplo, a él le gustaba pensar que a otros clubes de fútbol les llegaban 100 kilos de salchichas como regalo promocional de su parte, pero le sorprendía que nadie le diera las gracias después. Normal. Es que no llegaban nunca a destino por culpa del tal Kerestes o de los otros. Casa con dos puertas, mala es de guardar. Como en El apartamento, de Billy Wilder”.

“Él me confesó una vez divertido”, rememora Celia Castelló, “que ‘a estos del público, a los espectadores españoles, les contesto y ni se dan cuenta. Cuando me silban fuera del Santiago Bernabéu, o en casa si las cosas van mal, hago que me agacho para atarme una bota y me paso la mano por el trasero. Y no se enteran’. Pero Puskas era un magnífico profesional, siempre humilde y cuidadoso, aunque echara tripa. Recuerdo una Nochevieja en la que tras las uvas dijo que él era un deportista y se debía a su profesión, así que se marchó de inmediato a dormir. También era sabio y evitaba hablar de política en todo momento. Era militar como recompensa a sus éxitos futbolísticos con la Hungría comunista y se andaba con pies de plomo a la hora de opinar aquí en España, en pleno franquismo . No había manera de sacarle una palabra al respecto y no puedo asegurar qué pensaba en realidad de un lado y del otro”.

“Recibía cientos de cartas de todo el país, cariñosas unas y no tanto otras, con acusaciones sobre arbitrajes y hasta insultos anónimos de seguidores de otros equipos. Parte de mi trabajo para el señor Puskas era filtrarle toda esa documentación que llegaba al club a su nombre. Como era un jugador tan honesto y deportivo también le llegaban muchos obsequios, aunque él lo que le gustaba era traerlos personalmente de sus constantes viajes de fútbol. No había desplazamiento del que regresara sin obsequios para su familia. Era muy atento siempre, de los que les brillan los ojos al dar más que al recibir”. Ya le sucedió en la ferretería que le concedió el gobierno húngaro en Budapest como dádiva por sus éxitos futbolísticos con la selección magiar. Que no pagaba nadie en la tienda, que había barra libre de tornillos mientras él jugaba a las cartas despreocupadamente con los amigos.

Celia se encargaba personalmente de las botas con las que jugaba el futbolista, que se elaboraban por encargo y a medida en la casa de Adidas en Austria y eran muy livianas, casi como si fueran de seda: “Me contaba Pancho que se las hacían así porque era tan pobre de niño en Hungría que jugaba descalzo por las calles y los descampados. ‘Si no noto el balón, no me acostumbro a chutar bien’. Y le caían las lágrimas entonces al recordar las rebanadas de pan con miel que merendaba a veces en casa de una amiga de su madre”.

Así fue, pues, parte del paso de Puskas por el fútbol español, que siempre lo recordará más por sus goles que por sus salchichas, otra estampa de uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos recordada en primera persona por su asistente en Madrid.

Su final, en cambio, no fue glorioso precisamente, como casi nunca son los finales en la vida real de las personas. Enfermo de arterioesclerosis y Alzheimer, una de las mayores maldiciones esa la de estar pero sin estar, Puskas falleció finalmente en 2006 para consternación del fútbol mundial. El estadio nacional de Budapest recuerda con su nombre para siempre que Puskas traspasó con sus goles los límites en el terreno de juego y con su bonhomía llegó al corazón de compañeros y rivales. Fútbol de otra época, un jugador eterno: Purczeld Ferenc.

Iván Castelló: El gol olímpico, el gol más difícil


Historias del Doktor Hammer, el fabuloso Gülesin, Landáburu y Rogelio

El gol de córner directo, el chaflán del balompié. Quizá la suerte más complicada del fútbol, lo más trigonométrico del deporte rey. El último que ha dado el rondo a los telediarios del mundo entero con un gol de saque de esquina sin siquiera rozar en nadie más ha sido el francés Thierry Henry. Con la camiseta de esa cosa llamada New York Red Bulls (dejado atrás la filia con New Jersey, para una denominación absurda anterior de NY/NJ, ni para ti ni para mí) y que suplanta la identidad, en definitiva, del mítico Cosmos de Nueva York. El tanto del ex azulgrana Henry fue ante el Columbus Crew en la Major League Soccer (MLS), el fútbol americano que se juega sin casco.

Pero es que ese gol, a fuerza de ser tan complicado, no tiene tantos precedentes aunque sí una bella historia detrás. Por vieja, por curiosa y por vigente, que siempre son noticia (palabro con vocación de desaparecer junto al naufragio general del periodismo). De estos goles imposibles va el relato, donde el efecto desafía a la ausencia de ángulo en un reto digno del paranoide matemático y Nobel de Economía John Forbes Nash (Russel Crowe en el cine con Una mente prodigiosa, 2001) y sus entelequias numéricas sobre el cristal de las ventanas y decenas de pizarras.

Todo empezó por una prohibición, lo que suele motivar al ser humano a saltársela, en una norma infalible de la vida común denominadora de las personas y no solo del mito de la Ley Seca. Porque al principio del bello y longevo deporte del fútbol (ya va por su tercer siglo de existencia y no se adivinan piedras en el camino para que disminuya el frenesí) no valían según el reglamento los escasos, pero goles a fin de cuentas, que se conseguían de saque directo de córner. Como los de saque de banda, prohibición que perdura con el tiempo y que sí es lógica por propiciarse con las dos manos a falta de una, que a esto se juega mayoritariamente con los pies (Maradona podría refutarlo con La Mano de Dios aunque esa es otra historia…).

Porque no fue hasta los felices y locos años 20 (un 14 de junio de 1924) cuando la International Board (IB), algo así como el Tribunal de La Haya del fútbol pero más rápido y eficiente, dejó de considerar ilegales estos tantos directos al revisar el artículo 11 del reglamento.

Así que empezaba una nueva era, un reto para los jugadores más técnicos: marcar desde el triángulo de cualquiera de las cuatro esquinas de un terreno de juego. Difícil, difícil. No solo por la falta de ángulo, no solo por la escuadra y cartabón que ejercen de bloqueos mentales y del sutil y necesario toque del esférico, sino que, por supuesto, el camino está empedrado de defensas y un portero que puede usar las manos cubiertas por guantes casi adhesivos como decisiva ventaja en su área. Tan difícil como La Fuga de Alcatraz.

El primer gol olímpico quedó retratado.

Se tardó poco en dar con el camino a ese gol directo, hasta alcanzar los gozos el tirador y las sombras el portero. Fue en un Argentina—Uruguay amistoso (bueno, si eso es posible) disputado el 2 de octubre de 1924 en la cancha bonaerense del Sportivo Barracas, club que hoy en día malvive en la quinta y última división local, la Primera D. No hay más porque el abecedario acaba allá, como es bien conocido, en la D del Diego. Entre las calles Iriarte y Luzuriaga se ubicaba el recinto futbolístico más colosal de la época en Buenos Aires, con capacidad para casi 40.000 espectadores. Y el “football” ya le estaba comiendo el terreno al resto de deportes populares como el boxeo y hasta el remo. Se jugaba el clásico rioplatense, entonces, en el lugar donde había preparado con exhibiciones previas el púgil Luis Ángel Firpo, “El Toro Salvaje de las Pampas”, el combate del siglo con Jack Dempsey en el Nueva York de 1923. Uno de los mayores atracos, por cierto, de la literaria epopeya que es el boxeo…

En ese Argentina—Uruguay nació lo que se conoce como Gol Olímpico, el directo de saque de esquina sin que lo roce siquiera una paloma cagona. Fue así. Al cuarto de hora, el lanzamiento del extremo izquierdo argentino Cesáreo Onzari se coló por el primer palo sin oposición del portero charrúa Antonio Mazzali. Ni se gritó en los graderíos, convencida la gente de su ilegalidad, hasta que el árbitro, el uruguayo Ricardo Vallarino, lo concedió. El partido siguió (venció 2—1 Argentina) pero ni concluyó, hartos los uruguayos del juego violento sufrido (a Adolfo Celli le rompieron la tibia y el peroné) y de todo tipo de lanzamientos e insultos por parte del público.

Una gran bronca final para el principio de una historia preciosa, la del Gol Olímpico, así llamado posteriormente porque los uruguayos eran entonces los vigentes campeones del torneo olímpico de fútbol, oro conquistado en los Juegos de París 24 y repetido en Ámsterdam 28. Y los uruguayos eran conocidos como “los olímpicos”. La cara B, la versión anglosajona, otorga la autoría del primer gol olímpico, en cambio, a un escocés, Billy Alston, el 21 de agosto de este prolífico 1924 en un partido de la Segunda División de su asociación.

Hay un récord inaudito que permanece en el tiempo. Quizá aguante por desconocido, aunque no parece en absoluto sencillo siquiera de igualar. Se trata de marcar de córner desde cada una de las cuatro esquinas, allí donde ondean los cuatro banderines. Lo tiene todavía un futbolista alemán, Bernd Nickel, cuyo nombre no dice gran cosa hasta mencionar su apodo: Doktor Hammer (Doctor Martillo), en esa mezcla anglosajona de alemán e inglés para resaltar la potencia de sus disparos pese a su enjuto cuerpo de apenas 1,70 de altura. Nickel fue un as algo en la sombra del Eintracht de Fráncfort, donde militó del 67 al 83 aunque llegó a formar el recordado “glorioso triunvirato de la armonía” con los más renombrados Jürgen Grabowski y Bernd Hoelzenbein. Nickel marcó sus cuatro goles siempre en casa, en el Waldstadion de Fráncfort.

Nickel ganó con el Eintracht la Copa de la UEFA de la temporada 1979/80 y participó de una gira con la selección de amateurs de Alemania Federal por África (en Nigeria, Togo, Ghana, Costa de Marfil, Liberia y Senegal) que aún se recuerda. Como la derrota, también de la selección germana occidental, ante el vecino alemán “democrático” en los Juegos Olímpicos de Múnich (2-3), presagio olvidado de otro jarro de agua fría (0—1 con gol de Sparwässer —vaso de agua, literal—) en el Mundial absoluto de 1974.

El lanzamiento del colombiano Coll en Chile 62.

Otro detallazo fue el del medio escocés del Celtic de los años 50 Charlie Tully, que marcó directo pero el árbitro le hizo repetir al considerar que lo hizo desde fuera del triángulo del córner. Sin problemas: lo volvió a meter en la repetición. En un Mundial de fútbol, la madre de todas las batallas, solo se ha conseguido un gol olímpico, el marcado por el colombiano Marcos Coll en Chile 62 contra la Unión Soviética. Luego está la leyenda del gigante turco de dos metros Sükrü Gülesin, al que se le atribuye la barbaridad de 32 saques de esquina directos anotados entre 1940 y 1955. No hay NO-DO de aquello, otro cuento quizá de las mil y una noches. De hecho no hay ni registros estadísticos de sus primeras cinco temporadas entre el Besiktas y el Ankaragücü. Pero su biógrafo, el periodista Özgür Canbaş, insiste en la gesta.

También se debe rememorar al actual internacional noruego del Blackburn Rovers inglés, Morten Gamst Pedersen, por conseguir de juvenil seis goles en el mismo partido desde el ángulo de esquina, “a double hat-trick corner“, una apuesta que supondría fácilmente levantarse un millón (o dos) de pavos de cualquier moneda de curso legal o no. Luego estuvo en los 70 el argentino Aníbal Francisco Cibeyra, ex de Boca y River, apodado “El loco de los goles olímpicos” por convertir tres consecutivos en clásicos Barcelona-Emelec en Guayaquil (Ecuador).

En España, dos especialistas se ganaron fama por su dominio de la suerte del gol olímpico, Rogelio Sosa y Jesús Landáburu, ambos a finales de los 70. Aunque hubo otros goles de aquella época para el recuerdo. Como el del peruano “CholoSotil para el Barça en la inútil victoria 2-0 sobre el Niza en la primera ronda de la Copa de la UEFA 1973/74 (perdieron 3-0 en la ida y los azulgrana cayeron eliminados) o el del argentino Enzo Ferrero para el Sporting de Gijón en el 3-0 contra el Torino italiano en el debut europeo del mítico equipo de Vicente Miera.

El palentino Landáburu (Guardo, 1955) lució en sus dos temporadas en el Rayo Vallecano (77-79), al que llegó desde el Valladolid y donde reside actualmente como delegado de Entreculturas, una ONG jesuita para la Educación y el Desarrollo. Futbolista de talante siempre diferente, para empezar por su formación (es físico de carrera especializado en Cálculo Automático), Landáburu llegó a meter tres goles una misma campaña aprovechando las reducidas dimensiones del terreno de juego del peculiar estadio de Vallecas. Así lo recuerda para Jot Down Magazine: “Vallecas era un campo más estrecho y era una ventaja, así que mis lanzamientos desde la izquierda, desde el perfil de diestro, sorprendían a los porteros”. “Yo tiraba fuerte a la portería con efecto hacia dentro con la primera esperanza de que con que solo peinara un delantero o incluso un defensa sin querer ya fuera gol. Y así, tirando directamente, conseguí marcar y hacerme popular entonces”, añade Landáburu.

Marcó tres así, uno precisamente al Barça (con Johan Neeskens en el once culé), club que le tomó la matrícula y lo fichó posteriormente (79-82). Sus otros dos goles olímpicos fueron al Valencia y al Hércules de Alicante. Participó de aquél irrepetible Rayo “matagigantes”, que en Primera División le ganó en casa a grandes del momento como el Real Madrid, Atlético, Athletic y Valencia y le empató al Barcelona y a la Real Sociedad de Arconada.

Landáburu también intentó, pero sin éxito, el gol olímpico en sus temporadas en el Barça y luego en el Atlético de Madrid (82-88), donde fue ídolo por su clase en la conducción de balón y su seguridad en los lanzamientos a balón parado, penaltis incluidos. Eso sí, recuerda que no volvió a marcar de córner pero sí que forzó un penalti en la final de la Copa del Rey del Atlético contra el Athletic de Bilbao en 1985: “Me salió el córner tan directo en la portería del fondo norte del Bernabéu que un defensa con la mano o el larguero —todavía hay polémica— sacaron mi centro y fue penalti que luego convirtió Hugo Sánchez”. Ese zaguero era Pachi Salinas (entonces no había aún la costumbre del euskera y Alexanko, por ejemplo, era Alesanco y Bakero incluso Baquero)”.

Chus consiguió alcanzar una vez la internacionalidad, en enero de 1980, en un amistoso en Vigo contra Holanda (1-0) y con Ladislao Kubala de seleccionador, pero eso le valió un disgusto: “Eso me costó que, por las reglas de entonces, ya no podía volver a jugar con la selección olímpica y me perdí la Eurocopa de Italia y los Juegos Olímpicos de Moscú, que me hacían particular ilusión”. Salió, como tantos otros, del Atleti de Jesús Gil por la puerta del juzgado de Magistratura y con despido improcedente por victoria.

El bético Rogelio, que ahora tiene 69 años “bien llevados”, es un mito del beticismo (62-78), esa religión tan dada a los altares y que tiene un presente y un pasado no necesariamente unidos a Lopera, el último patriarca. De esa etapa previa, llega hasta Jot Down Magazine alguien como Rogelio, La Zurda de Caoba, su apodo. Hasta diez goles olímpicos anotó Rogelio desde el perfil opuesto al de Landáburu, como zurdo (“del otro lado los tiraría con el hocico”), y superando el registro del jugador argentino Ernesto Juan “El Cococho” Álvarez en Colombia, quien marcó ocho dianas, las mismas que el ex madridista Dejan “Rambo” Petkovic.

Sí, era especialista en goles olímpicos, pero no solo por tener, cierto es, habilidades para esto del toque preciso. Nadie nace sabiendo y lo mío fue por machacar y perfeccionar la cuestión, como en las faltas directas. Me ayudó mucho Ferenc Szusza (entrenador húngaro), que usó una zona libre de la parte del norte del estadio (antes de las obras actuales) para poner una pared con una diana. Y allí se quedaba el que quisiera al acabar los entrenamientos. Me gustaba intentarlo casi siempre y la afición decía que cuando me iba hacia el banderín de córner ya era medio gol. Pero yo sabía la verdad: eran mis colegas del gol norte del Benito Villamarín que soplaban y al revés. Por eso, además, siempre quise jugar en Tarifa, que allí es más fácil marcar por el viento y no hay que soplar jajaja”, apunta un Rogelio que no puede contener hacer un chiste a cada frase y que duda cuando se le mienta el supuesto récord de los 32 goles del turco Gülesin. “Eso no lo sabía yo, pero no puede ser, hombre, salvo en Tarifa, insisto”. De memoria, en cambio, Rogelio no quiere equivocarse de rivales a los que marcó, “muchas más veces en casa que de visitante”, y de los diez marcados recuerda al Salamanca y Castellón por rivales y “quizás” al Sabadell. Y, por último, otros datos de su receta “olímpica”: “La clave en el lanzamiento de córner es no tirarla fuera. Todo lo demás vale, hace su función, que es crear una ocasión. Y luego ya puede entrar solo al primer o al segundo palo”.

Autor Rogelio, además, de otra frase legendaria: “Correr es de cobardes”, en alusión a que en el fútbol, como asegura la máxima “cruyffista”, debe correr el balón y no el jugador. También entre líneas se esconde la tópica esencia de cierta pachorra sevillana a causa del calor, el amor a la Feria, a la Macarena y a las cosas bonitas de la vida sin prisas…

Rogelio, que recibió ya en 1964 el Camarón de Plata del ayuntamiento de su pueblo natal, Coria del Río (Sevilla), fue campeón como suplente en la final de la primera Copa del Rey, la de 1977 en el Vicente Calderón contra el Athletic de Bilbao y ya lo dejó. Uno de sus regates, similar la ruleta de Zidane, recibió el calificativo de “la tostá” por parte del ingenioso periodista deportivo local José Antonio Blázquez, del ABC y sevillista, pero, ante todo, profesional en la loa, incluso en la de un bético. Esa particular guerra civil del día a día en la capital de La Giralda…

Blázquez fue inventor a su vez del término universal de Jugador Número 12 a la afición de un equipo de fútbol, para calentar un España-Irlanda de 1964 en el Sánchez Pizjuán.

A Rogelio, con la camiseta del “manque pierda”, se le recuerda especialmente por un Trofeo Carranza (cuando los torneos de verano eran clásicos mundiales y no giras insulsas como ahora) en el que acabó con el Boca Juniors y el Benfica de Eusebio, así como por aquella vez que simuló ir a comerse un huevo duro que le lanzaron en el campo del Sevilla en un derbi fratricida.

 


Iván Castelló: Lecturas futbolísticas de verano (y II)


Nuevas recomendaciones literarias futbolísticas, porque mucho material de calidad se quedó fuera en la primera entrega. Nuevos reconocidos periodistas que trasladan su pasión por el fútbol y el deporte a libros inolvidables, de la calidad informativa que sólo los profesionales de la comunicación son capaces de compilar en un formato que no es únicamente el suyo. La camaleónica capacidad de adaptación de gente sobradamente preparada.

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La tribu, de John Carlin
España es terreno abonado para el éxito de los periodistas británicos, que se expresan con la libertad que en su país no pueden por ser una profesión bien distinta, donde se paga por noticias y entrevistas hasta corromper toda la cadena de la teoría de la comunicación. Carlin es uno de los grandes, en español o en inglés, y el fútbol es una de sus pasiones irrenunciables. Editorial Planeta.

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Senda de campeones, de Martí Perarnau
Si algo a veces es necesario para entender mejor un fenómeno, y saber explicarlo sin dejarse seducir por las fuentes, es estar por fuera de lo que se quiere contar. Martí Perarnau, desde Madrid, cuenta el éxito del FC Barcelona a partir del comienzo de todo, del embrión: La Masía, la ‘pedrera’ del Barça, el hogar de los niños prodigio futbolistas, por donde pasaron muchos de los mejores. Muchas claves del triunfo del ‘guardiolismo’ se esconden tras las páginas de un libro tan recomendable como la página web del autor. Editorial Salsa Books.

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Nacidos para incordiarse, de Alfredo Relaño
La obsesión de los Madrid-Barça, que muchos fomentan como pieza imprescindible del negocio informativo patrio del fútbol, tiene su reflejo en una compilación de agravios entre unos y otros, los buenos y los malos, según el color del cristal con que lo mire cada uno. El director del AS los compila con su habitual prosa de calidad. Editorial Martínez Roca.

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Una cuestión de fe, de Enric González
Al igual que en Madrid, donde salta a la vista que la prensa es madridista, pero, en cambio, hay legión de periodistas que son del Atleti, en Barcelona pasa un tanto de lo mismo, más de lo que la gente cree porque allí la confesión puede llevar al oprobio. Enric González, en cambio, se lo puede permitir y firma una deliciosa obra corta para refrendar lo que es, un periodista de los pies a la cabeza como demuestra en su día a día y como quedó compilado en otro incunable, Historias del calcio. Este del Espanyol es de la editorial Libros del KO.

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Yo me voy al Manzanares, de Julio Ruiz
Ser del Atleti es una religión que sólo comprenden los que la disfrutan con pasión redentora. Y lo mejor es no esconderla, sino presumir de ella ante la mayoría de vencedores, los del Madrid y del Barça. Julio Ruiz, periodista deportivo en sus comienzos y la voz esencial en la RNE de la música ‘indie’ nacional con su programa Disco Grande, revela su amor por unos colores en un libro que se lee en un santiamén. Maravillosa lista de Spotify para identificar algo que va mucho más de la mano de lo que se cree: música y fútbol. Editorial Libros del KO.

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El deporte en la guerra civil, de Julián García Candau
Un periodista de raza como Candau, republicano por convicción pero, ante todo, periodista por vocación de toda una vida, repasa el deporte cuando las dos Españas combatieron por la supremacía. Documentado en extremo, Candau conversa con supervivientes de una época en la que no sólo primaba el fútbol y sólo el fútbol como ahora sucede. También se practicaba la gimnasia, el boxeo, la natación y el ciclismo y el intervencionismo del estado estaba ahí. Editorial Espasa Calpe.

 

 

Iván Castelló: Lecturas futbolísticas de verano (I)


Los libros son para el verano, que no sólo del Jot Down Magazine en papel vive el hombre/mujer ocios@ y con ganas de crecer culturalmente. Es por eso que llevarse un libro a la playa, además de la nevera con el tinto de verano, es de obligado cumplimiento. La literatura deportiva, a la espera, cierto es, de un Ulises que no llega (aunque se acerque con la delicia de El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano y también con Fiebre en las gradas de Nick Hornby), mantiene un perfil mediano para atraer a la legión de futboleros que pueblan la vida actual de los mundos, con o sin crisis. Sustituyen, en muchos casos, al clásico popular de dejar para el verano las lecturas de los relatos de novela negra. Eso era en otro tiempo, que Raymond Chandler no ha escrito más. Esta selección de libros de fútbol presentado a continuación está hecha para mayor loa de los autores, amigos de los buenos, y porque el balompié que todo lo cubre quiere copar también las ventas de un bien tan preciado que subirá al 21% de IVA, la cultura.

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Héroes de nuestro tiempo, de Santiago Segurola
El periodista deportivo más escritor de toda una generación, ‘on the road’ desde el Mundial de Italia 90 (que cubrimos, por cierto, juntos), se marca un libro de los gordos, casi 500 páginas, para loar a los auténticos protagonistas, los deportistas. Y da cabida a los más grandes, a los genios desde que él milita en esta bendita profesión del periodismo en vías de extinción. Bolt, Phelps, Messi, Jordan, Xavi, Zidane… Sólo hay espacio para los mejores en el universo de quien igualmente mejor junta letras y usa los calificativos justos para convenir que se está leyendo algo distinto, bueno. Editorial Debate.

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Fútbol contra el enemigo, de Simon Kuper
Obra maestra del género futbolístico, de 1994, un clásico como lo puede ser Entre los vándalos del periodista estadounidense Bill Buford, que se chupó el Mundial de Italia 90 con los ‘hooligans’ para tratar de comprender el sin sentido de la tragedia de Heysel en 1985. Ahora es el inglés errante Simon Kuper (ha vivido en no sé cuántos países y nació en Uganda) el que disecciona en capítulos sueltos historias variadas sobre el fenómeno social del fútbol, la guerra subterránea que en realidad enfrenta sin compasión a pueblos, ciudades y países. La novedad es que este año ha sido traducido al castellano por la editorial Contra. Imprescindible.

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Un partido de leyenda, de Carlos Marañón
La película de fútbol por excelencia (1981), la de la chilena de Pelé y las paradas de Sylvester Stallone, es revisitada por este periodista que no sabe qué ama más, si el cine o el fútbol. Director de Cinemanía, Marañón pormenoriza mil detalles sobre la mítica película de John Huston (sí, sin la o y sin pronunciarse como la ciudad de los Rockets) con actores de primera línea y los improvisados entre auténticos futbolistas, como Bobby Moore y varios del Ipswich Town inglés. Editado por Ocho y Medio, Marañón destapa la esencia del filme, las anécdotas del rodaje en la Budapest comunista y rememora una película para niños y mayores, el partido definitivo, el de los nazis contra los prisioneros, lo ario versus lo multicultural.

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Hombres que pudieron reinar: y otras leyendas del fútbol, de Rubén Uría
Es probablemente la mejor pluma del periodismo deportivo español, pero su alma de justiciero y su humilde corazón le impiden presumir de ello. También le vence su lado oscuro, el de los perdedores por elección tras distinguirse por decir lo que piensa. Mal asunto este en país de amiguismos y familiares. Rubén Uría es diferente, un periodista íntegro, único, que desgrana los juguetes rotos de personajes del fútbol. De Paul Gascoigne a Juanito o Mágico González. Lo tuvieron todo y se les fue de las manos como arena de desierto en un golpe de viento. Como a él también le gustaría poder dilapidar, pero por principios, que aún rigen algunas vidas, cada vez menos. Ediciones Pamies.

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Frases de fútbol, de Miguel Gutiérrez
Los blogs ahora son como el océano. Pero cuando eran gotas, cuando tenían valor, uno de ellos, La libreta de Van Gaal, rápidamente se hizo un hueco por la imagen aladrillada del entrenador holandés según los guiñoles de Canal + y por la puntillosa manera del periodista Miguel Gutiérrez de diseccionar la actualidad a través de un concepto espinoso: “Qué divertido es leer la prensa deportiva”. Blog aparte, Gutiérrez se marca una compilación de gloriosas citas futbolísticas, de los pensadores argentinos a los espontáneos británicos. La mejor: “La pelota no se mancha”. Del único: Diego Armando Maradona. También prologa Vicente del Bosque. Editorial Córner.

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Capitanes, de Luis Villarejo
Villarejo ya suma varios libros futbolísticos, empezando por la primera autobiografía de un niño que ya era estrella en los noventa, el madridista Raúl González. Ex jefe de prensa del Real Madrid y ahora Director de Comunicación del Consejo Superior de Deportes se dio por su extensa agenda de periodista de los que no quedan el gusto de conversar con fenomenales capitanes unidos por un nexo jerárquico: ser capitán de un equipo de fútbol y la responsabilidad que representa. El prólogo de Vicente del Bosque y Fernando Hierro le dan el empaque a un libro de 2010 pero de plena actualidad por el concepto irrefutable y nada cambiante (“ser capitán es un oficio distinto”) y con nombres por todos conocidos, como los de Raúl, Cesc, Fernando Torres o Cañizares. Editorial LID.

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De la Naranja Mecánica a la mano de Dios, de Julio Maldonado
Decir Maldini y pensar en el periodista de Canal +, y no en la histórica saga de jugadores milanistas como Cesare y Paolo, es el gran mérito de Julio Maldonado, Maldini, en la competitiva profesión periodística. Presentador del programa de culto de fútbol internacional Fiebre Maldini, en Canal +, que arranca ya su séptima temporada en antena, Maldini se destapó con una obra magnifica, en la que se desvelan secretos y detalles muy poco conocidos a lo largo y ancho del balón redondo. Además, cuenta con la colaboración de varios periodistas contando otras anécdotas. Un ‘delicatessen’ aún vigente. Editado por Planeta. Data de 2006 pero es inmortal, perenne. De fútbol que ya pasó.

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(Continúa)

Iván Castelló: La España olímpica del 92, gol a la modernidad


Los éxitos recientes de la Selección Nacional de fútbol, la friolera ni más ni menos de dos Eurocopas y un Mundial ganados y todo seguido en una histórica racha, parecen haber saciado el hambre de títulos de quien fue siempre famélico competidor. Antes de esta orgía moderna de triunfos, el fútbol patrio estuvo tan huérfano de reconocimientos que la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 convirtió, de repente, lo olímpico en trascendente y bañó de rojo y gualda el Camp Nou, feudo del Fútbol Club Barcelona y la simbología catalanista que acompaña habitualmente también a su imagen. Todo un contraste, precursor de la mayor naturalidad que se vive actualmente. El balón unió hace treinta años ya a lo inesperado y los Juegos de Barcelona consiguieron que la modernidad de España se midiera en su irrupción en la élite allí donde el fútbol se lo había vedado históricamente: en la modalidad de selecciones.

España empezó a crecer como nación, precisamente, con el éxito, en general, de organización de los Juegos Olímpicos y, en particular, en fútbol con el oro olímpico el día que el campo del Barça se llenó de banderas nacionales constitucionales sin más ánimo reivindicativo que animar a la Selección de un país. Esa naturalidad que se vive ahora en los logros de España tuvo una línea de salida, una ‘startup’. Fue la final olímpica de un torneo al que llegó la Selección desconfiando del ambiente de la ciudad condal y, como prueba, el hecho de que la sede elegida fuera Valencia para jugarlo todo antes de la final.

Al frente del equipo olímpico se decidió que estuviera Vicente Miera, efímero seleccionador absoluto por su poco éxito (derrota 2-0 ante Islandia en Reikiavik cuando Martín Vázquez dijo aquello de que no era un fracaso y la eliminación subsiguiente para la fase final de la Eurocopa de Suecia 92) y ex jugador del Sporting y Real Madrid. La concentración fue larga e interminable, con un récord de más de un mes en el Parador de Cervera del Pisuerga (Palencia) para hacer grupo lejos de la humedad mediterránea y afrontar la primera fase en el estadio Luis Casanova de Valencia, todavía sin ser oficialmente como ahora el campo de Mestalla. Se resucitaba, pues, un fantasma, se volvía al escenario del crimen, el pésimo papel de la Selección en el Mundial de 1982 en ese feudo precisamente, pero se evitaba Barcelona, con las dudas presentes en todos respecto del apoyo a un equipo nacional. Valencia cumplió y también largamente el estupendo equipo conformado, imbatido en los tres primeros partidos, contra Colombia (4-0, goles de Guardiola, Kiko, Berges y Luis Enrique), Egipto (2-0, Solozábal y Soler) y Catar (2-0, Alfonso y Kiko).

Un buen ambiente sin llenos en el Luis Casanova y una portería y zaga inmaculadas con Cañizares y Toni y defensas como Ferrer, Solozábal, López, Abelardo y Lasa convertían poco a poco a España en favorita. Pero aún quedaba camino que andar. En cuartos de final, sin abandonar Valencia, el escollo de Italia se superó por poco, gracias al gol de Kiko a los 38 minutos, pero el caso es que se superó. Como la semifinal contra la emergente Ghana fue plácida gracias a los tantos de Abelardo y Berges. Así es como España se plantaba en la final del Camp Nou, sin un gol encajado en cinco encuentros. Esperaba Polonia, un clásico olímpico e imparable por su lado del cuadro con un contundente 3-0 a Italia en la ronda de grupos y un 6-1 a Australia en la semifinal disputada en el mismísimo Camp Nou.

La poca relevancia del torneo olímpico de fútbol alcanzó, no obstante, su cénit con el horario de la final, coincidente con los 1.500 metros de Fermin Cacho en el estadio de Montjuic. La FIFA, harta de convivir con el resto de deportes como plato de segunda mesa, explotaba instantes antes de la final entre España y Polonia en el Camp Nou y su séquito abandonaba la capital catalana como alma que lleva el diablo. El desplante no influyó en el rey Juan Carlos, que si llegó justo para la final. Pero el gran protagonista, el auténtico héroe, fue el aficionado medio, el normal, el de a pie. Contra los pronósticos que apuntaban a media entrada en el Camp Nou, como ya pasó en un anterior España-Holanda amistoso, se fueron acercando miles y miles de hinchas al coliseo azulgrana y lo vistieron con normalidad de banderas españoles para animar a la Selección en su reto de sumarse al esplendor olímpico también con el oro en la disciplina fútbol. Y así fue, con efectividad, en un duro partido contra una Polonia que se adelantó con gol del luego bético Kowalczyk (y portador de un rubio mostacho, época en la que había futbolistas con bigote) en el descuento del primer tiempo. Abelardo y Kiko voltearon el resultado, pero el nuevo tanto polaco, del posteriormente osasunista Staniek a los 75 minutos, abría como un melón las opciones finales. Resolvió con talento el mago Kiko a los 90 minutos y el Camp Nou vibró con la España olímpica para celebrar el oro, para adelantar lo que estaba por llegar, el apogeo de la Selección como concepto unificador de éxito.

La plantilla que manejó Vicente Miera durante los Juegos Olímpicos de fue la siguiente:

Porteros: Cañizares y Toni Jiménez.
Defensas: Ferrer, Lasa, Solozábal, Juanma López, Abelardo, Paqui, Miguel Hernández, y Berges.
Centrocampistas: Billabona, Guardiola, Vidal, “Chichi” Soler, Luis Enrique, Manjarín y
Amavisca.
Delanteros: Alfonso Pérez, Kiko Narváez y Pinilla.

Y todos los goles de la final, en el resumen colgado en YouTube:

Iván Castelló: Atlético de Madrid, el otro Los Ángeles (visita al ‘kitsch place’ de un campeón de Europa)


Allí donde Jesús Gil edificó su suelo, la urbanización Los Ángeles de San Rafael, y también su subsuelo, la muerte de 57 personas por el derrumbe de una nave y que lo encerró 27 meses en prisión, se llega todavía cada año el Atlético de Madrid para preparar otra temporada más. Esta vez, reeditando el triunfo en 2010 de Hamburgo contra el Fulham, resulta que de nuevo es campeón de Europa al golear por 3-0 al Athletic de Bilbao en la inolvidable final de Bucarest. Se acostumbra, pues, el Atlético a retomar la senda que jamás debió perder, la del tercer grande del fútbol español, superado en la última década casi por todos hasta que su dominio continental en la Europa League (dos títulos de tres) lo devuelven al primer plano.

El Atlético, entre cuerpo técnico y jugadores, tiene tomado el complejo Náyade en Los Ángeles de San Rafael, a unos 75 kilómetros de Madrid y en la otra vertiente del pueblo de San Rafael, donde fueron ilustres veraneantes en la Sierra de Guadarrama Ava Gardner con Luis Miguel Dominguín y Rafael Alberti. Conviven en armonía por el buen humor permanente de aquél que mataba en un campo de juego pero que es un cielo sin el balón en los pies. Es Diego Pablo Simeone el artífice más evidente de la resurrección de un equipo muerto con Gregorio Manzano y rematado por la eliminación copera a manos de un Segunda B como en el Albacete. Pero con el ‘Cholo’, el Atlético se volvió a enchufar, a morder. Junto a él es un fijo su amigo Germán ‘Mono’ Burgos, otro campeón de la simpatía y la educación, aquel guardameta tosco y rockero que le paró con la nariz un penalti a Figo en el Santiago Bernabéu. Ellos lideran una manada que hasta con tres sesiones diarias se deja la grasa de más adquirida en las vacaciones con tan buen espíritu que se masca algo trascedente. Es algo que le debe el Atético a su afición y a sí mismo, una digna temporada en el torneo de la regularidad, la Liga, y una clasificación sin apuros para su competición real, la Liga de Campeones. Lo saben todos, lo reflejan sus miradas. Cambiarían un año de sus carreras por escuchar el himno de la Champions, la música de los ganadores.

Falcao y Courtois son, claramente, los líderes, uno arriba para enfocar los palos y el otro abajo para despejar los tiros entre los tres palos. Al colombiano le acompaña siempre la seguridad privada por las instalaciones del hotel Tryp Náyade, mientras que el niño prodigio belga está tan relajado para afrontar su segunda temporada cedido por el Chelsea que hasta se atreve en los entrenamientos con vueltas al mundo, esa suerte imposible reservada solo a los más jugones en las que se pasa el balón entre el mismo pie que lo levantó y que popularizó el rey de este invento del ‘street football’, el incomprable Ronaldinho. Ambos jugadores son, igualmente, los más difíciles de cazar para un autógrafo y una foto, el ‘kit’ inapelable que todo aficionado que se acerca a las instalaciones quiere conseguir no, necesita conseguir para que tenga sentido su viaje a su particular meca de estrellas, a su otro Los Ángeles. Un lugar con aire ‘kitsch’ que sigue anclado en su tiempo, finales de los 60, envuelto por el embalse de recreo (de esos perfectos para Piraña 2 en 3D) que todo lo condiciona, con su chorro tipo Benidorm que no falte, el particular olor y sus barcas para domingueros (y tan ricamente), sus kayaks para los más osados y duchos en equilibrio y ese esquí náutico con cuerda voladora, cableski, y solo para los muy cachas frente al garito ‘modelno’ de mojitos bien cargados, el Nassau, estrella del lugar junto a la piscina con tumbonas del lugar y su tobogán serpenteante para niños.

El hotel tampoco es que sea un Ritz, sino un aseado tres estrellas con Spa enfrente a tiro de pasarela sobre el embalse en el que lo único incómodo es convivir en los baños de las habitaciones con el particular olor que se cuela de las cañerías. Huele como a viejo, a franquismo. Con ambientador se sobrevive o mejor con mentol untado tipo médico forense en plena autopsia. Con ellos, con los jugadores, decenas de niños de las escuelas de verano del Atlético le dan a la estancia siempre vida con sus gritos e impiden que la paz sea sinónimo de aburrimiento. Es la familia atlética, los justos, pero tan fieles que emocionan, con una liturgia en la que niños y mayores lucen cualquiera de las camisetas de las últimas temporadas. Aún no se ven apenas las de este ejercicio. Y, en la jornada de tarde de este pasado viernes, una romería de familias rojiblancas nos recuerda que el Atlético, con Gil o sin Gil, es una religión, una secta que vive orgullosa su aislamiento de los medios (sólo seis periodistas cubren la concentración en directo), el oprobio habitual de su falta de protagonismo ante la alargada sombra de su gigante particular, el Real Madrid.

En esa romería a campo abierto y a pleno sol se llegan, entonces, cientos de personas hasta rozar el millar, en una capacidad de convocatoria para analizar sociológicamente, pues el campo se encuentra a una hora de Madrid. Pero por el Atleti se hace esto y mucho más. Y allí disfrutan las familias de atracciones hinchables para los niños, otros campos de fútbol mientras el grande lo usa el primer equipo y, finalmente, de la foto para el recuerdo de toda la chavalería con la plantilla, partidillo incluido con los más benjamines. Hasta el tímido Courtois se anima a emular a una estrella del pop y lanza en un arrebato sobre la escalerilla del autobús sus guantes de espaldas a la masa. Por una vez, cada jugador se para los minutos que hagan falta para atender el ritual de foto más autógrafo separados por las vallas que contienen a la masa. Siempre sonrientes, destaca el ‘Cebolla’ Rodríguez, quien luce con orgullo su tatuaje del Peñarol de Montevideo amado en su pantorrilla derecha. Mientras, al turco Arda Turan se le nota distinto, arropado, igual más feliz, con su peinado ‘backcombing’ que lo convertiría en los 60 en el quinto miembro de los Small Faces. Y es que ahora está arropado por un compatriota, el portento Emre, que no llega solo para cuidar de Arda sino para trotar con sentido en la medular como siempre hizo en su carrera turca.

Otro que se adapta sin problema en sus primeros días como rojiblanco es el rocoso Cata Díaz, fichaje sorpresa de Simeone con el que tratar de poner coto a la sangría defensiva tan característica en las últimas temporadas y que ha supuesto la pérdida de tantos puntos en Liga que a duras penas se ha alcanzado plaza en puestos de Europa League. Tiene muy claro Simeone dónde está el problema y cómo atajarlo con jugadores de su predilección, aniquilados los dos capitanes, Luis Amaranto Perea y Antonio López, en aras de un mejor resultado defensivo. Aunque no esté Diego, asunto aún que puede dar un giro copernicano tan habitual en los meses de verano en este otro fútbol, el del mercado de fichajes, la seria mirada del tigre Falcao y las ausencia de dos jugadorazos como Juanfran, aún de resaca tras la Eurocopa, y Adrián no hacen sino pensar que sí, que el Atlético lo tiene controlado este año, que la tercera o cuarta plaza en la Liga escocesa que se juega en España no solo es posible, es lo único que cuenta en realidad con parada y fonda a finales de agosto donde los ricos, en Montecarlo, para ganarle la Supercopa de Europa al pijo Chelsea londinense. El impulso, mientras otros se dan una vuelta por el otro Los Ángeles y aquellos de más allá peinarán Europa de amistosos, empieza en modestas tierras de Segovia donde construyó su imperio algo que sigue siendo la realidad del Atlético para complicarlo todo: el gilismo. Si se pasan, no obstante, serán bien recibidos. Palabra de Simeone y sus campeones.

Iván Castelló: Naranjito nos lo debía


Treinta años después, el tiempo de una dictadura o de media vida, el fútbol español confirma que ha transportado a una generación, la de los cuarenta, a su sitio soñado y negado, la gloria. Nos lo debía el balompié desde el infame Mundial de España en 1982, el del Naranjito, mascota ‘kitsch’ del evento y menos mal que no fue un torero. Toda una generación se ilusionó de tal manera con aquel torneo que luego fue psicoanalizada por protagonizar un importante ridículo. Sí, porque esta España que vuelve a ser un imperio por la vía deportiva organizó una fase final mundialista con el peor resultado jamás registrado por una selección local (duodécima de veinticuatro) hasta que se lo cuestionó el de Suráfrica en 2010 (vigésima de treinta y dos). Una eliminación en segunda fase contra Alemania Federal tras ni siquiera ganar el grupo del Luis Casanova de Valencia ante unas ‘marías’ como Honduras, Yugoslavia e Irlanda del Norte.

La pobreza futbolística de la España que dirigía del hispano argentino José Emilio Santamaría ya era preocupante desde el primer instante de la concentración previa, en un paraje bello pero espartano y hasta franquista como La Barranca, en Navacerrada. Tampoco ayudó el feo detalle de tener un concentrado de más que debía ser cortado antes de la convocatoria oficial ante la FIFA. Aquello, que debería ser una anécdota o ni existir siquiera al impedir que pasara simplemente no llamando a uno de más, se convirtió ya en una olla exprés de presión contra el seleccionador, que mandó a casa a Quique Ramos, del Atlético de Madrid, capitalizando el sobra uno, absorbiendo energía positiva durante todo el proceso previo a debutar en Valencia contra los hondureños. Entonces, sin la invasión de información de la actualidad, Honduras era un total desconocido, pero libre de todo palmarés el triunfo ni se cuestionaba. España, entonces, barruntaba el primer triunfo del socialismo (en las posteriores elecciones de octubre de 1982) ante el hundimiento de la UCD de Leopoldo Calvo-Sotelo y aparecían los primeros signos de modernidad en el largo escapar del sombrío franquismo.  Un triunfo de la Selección, además, rentaba políticamente abiertas como estaban las venas del independentismo con la amnistía a los presos de ETA-pm y su escisión de la ETA exclusivamente terrorista. Un caldo de cultivo que la leyenda urbana de aquél momento trasladó, por supuesto, al fútbol con la polémica por las medias blancas de Arconada supuestamente así lucidas y no con la bandera española por las amenazas de la banda criminal, lo que siempre desmintió el portero a favor de que eran sus calcetines habituales.

Así que llegados al pitido inicial del Mundial para España apenas se hablaba de fútbol. Casi mejor. Se vería que, efectivamente, no había tantos mimbres para un cesto de éxito mirando el juego a la cara. Sin un líder real sobre el terreno de juego aunque varios aspirantes por bagaje, España era eso, un equipo con notable falta de personalidad, sin dibujo definido sino diluido (indefinición de Santamaría entre el abierto 4-3-3, el simple 4-4-2 o el confuso 4-5-1), que no supo ni sacar mayor partido de arbitrajes clamorosamente a favor, lo que, por otra parte, ha sido casi siempre tradición en las Copas del Mundo con las selecciones locales. Que tampoco se inventó nada. El caso es que Arconada no estuvo fino, la defensa no funcionó pese al recuerdo de sus válidos nombres (Camacho, Alesanco en esa época era todavía así, con ‘s’ y ‘c’ y no con ‘x’ y ‘k’, Tendillo y Gordillo), el medio del campo fue un desierto de responsabilidad con Perico Alonso (el padre de Xabi) y ‘Tente’ Sánchez como únicos fijos y la ambigua aportación desde la creación o la banda de Juanito, Saura y López Ufarte nos convirtió en previsibles, con muy poca pegada.

Con estadios sobredimensionados de cemento (que pregunten al Celta, Málaga, Elche o Hércules) y que pagaríamos todos los españoles con nuestros impuestos en posteriores planes de saneamiento del fútbol, España era el centro del mundo otra vez. Y de eso  se trataba tras las décadas previas de aislamiento casi norcoreano. El Mundial lo consiguió en 1976 Pablo Porta, presidente de la Federación Española de Fútbol, por sus contactos en la FIFA y por ese paternalismo de creer que el fútbol, como antaño la iglesia, era como si portara la palabra de Dios para evangelizar a pueblos salvajes. Pero siempre dio la sensación de que llegaba a un país que aún no estaba preparado, que aún no sabía disfrutar plenamente de la democracia, lo que sí sucedió justo diez años después con los Juegos Olímpicos de Barcelona que conmovieron, ahora sí, al mundo entero por su talento. No hubo, pues, fiebre por el fútbol en el 82 (recintos medio vacíos, entradas a casi 18 euros, 3.000 pesetas de la época) y sólo españolismo desmedido en Valencia, elegida con polémica pues parecía evidente que la casa del fútbol patrio entonces podría ser Sevilla o directamente Madrid.

Huyendo del tipismo, España la realidad es que se encontró con un terreno de juego pequeño y con mucha presión por la cercanía del público. Esa multitud terminó por descomponer a España en el Grupo E y no a los rivales. Desde el trágico 1-1 ante Honduras (golpe helado que nadie esperaba, sino una goleada y punto como merecía un oponente sin tradición alguna en este deporte) al 2-1 pírrico ante Yugoslavia, otra vez con decisivo empujoncito arbitral del danés Sorensen, rematado con la derrota por 0-1 contra Irlanda del Norte con diez que nos arrebató el liderato del grupo y nos envió al paredón de medirnos contra la Alemania Federal e Inglaterra en la siguiente fase ya en el Santiago Bernabéu de Madrid. Resumiendo: muertos antes de llegar.  Y así fue y de primeras. El cambio brusco de terreno pequeño a bien largo, el del templo madridista cuando estaba previsto el Vicente Calderón si se hubiera mantenido el liderato del grupo, lo acusó España, derrotada por 1-2 contra los implacables alemanes de Uli Stielike, toda una personalidad que faltaba en La Roja. Derrota y eliminación que convirtió en todo un trago el siguiente 0-0 intrascendente frente a Inglaterra. Mientras que de la selección española sólo se emanaba negativismo, el consuelo llegaba en forma de fiesta del fútbol con partidos míticos como el Italia-Brasil (3-2) de Sarriá o el Alemania Federal-Francia (3-3) del Sánchez Pizjuán. Fueron la contrapartida a un disgusto generacional que ha costado décadas superar. Ahora, con dos Eurocopas y un Mundial ‘in a row’, de una tacada, parece fácil ser de La Roja. Todo es fiesta. Pero hubo un tiempo, no hace mucho, en el que La Roja te ponía rojo como un tomate. Por el ridículo.  

España, en su Mundial:

FASE FINAL, PRIMERA RONDA: ESPAÑA 1 – 1 HONDURAS 16 de Junio de 1982

Estadio: Luis Casanova, Valencia (España).

Árbitro: Arturo Andrés Ithurralde (Argentina).

Seleccionador: José Emilio Santamaría.

Alineación España: Arconada (Cap.); Camacho, Alesanco, Tendillo, Gordillo; Joaquín, Perico Alonso, Zamora; Juanito, Satrústegui, López Ufarte.

Alineación Honduras: Arzu, Gutiérrez, Costly, Villegas, Búnez, Zelaya, Maradariaga, Gilberto, Figueroa, Tenacourt, Norales.

Goles: 0-1 Zelaya (7′), 1-1 López Ufarte (p. 66′)

FASE FINAL, PRIMERA RONDA: ESPAÑA 2 – 1 YUGOSLAVIA 20 de Junio de 1982

Estadio: Luis Casanova, Valencia (España).

Árbitro: Henning Lund-Sørensen (Dinamarca).  

Seleccionador: José Emilio Santamaría.

Alineación España: Arconada (Cap.); Camacho, Alesanco, Tendillo, Gordillo; Sanchez, Perico Alonso, Zamora; Juanito, Satrústegui, López Ufarte.

Alineación Yugoslavia: Pantelić, Krmpotić, Jovanović, Halilhodžić, Zajec, Stojković, Petrović, Šljivo, Gudelj, Šurjak, Z. Vujović, Sušić.

Goles: 0-1 Gudelj (10′), 1-1 Juanito (p. 12′), 2-1 Saura (66′)

FASE FINAL, PRIMERA RONDA: ESPAÑA 0 – 1 IRLANDA DEL NORTE 25 de Junio de 1982

Estadio: Luis Casanova, Valencia (España).

Árbitro: Héctor Froilán Ortiz (Paraguay).

Seleccionador: José Emilio Santamaría.

Alineación España: Arconada (Cap.); Camacho, Alesanco, Tendillo, Gordillo; Saura, Perico Alonso, Sánchez; Juanito, Satrústegui, López Ufarte.

Alineación Irlanda Del Norte: Jennings, J. Nicholl, C. Nicholl, McClelland, Donaghy, O´Neill, Mcllroy, Cassidy , McCreery, Armstrong, Hamilton, Whiteside, Nelson.

Goles: 0-1 Armstrong (47′). Expulsión de Donaghy (52’)

FASE FINAL, SEGUNDA RONDA: ESPAÑA 1 – 2 ALEMANIA FEDERAL 02 de Julio de 1982

Estadio: Santiago Bernabéu, Madrid (España).

Árbitro: Paolo Casarin (Italia).

Seleccionador: José Emilio Santamaría.

Alineación España: Arconada (Cap.), Urquiaga, Alesanco, Tendillo, Gordillo, Camacho, Perico Alonso, Zamora, Juanito, Santillana, Quini.

Alineación Alemania Federal: Schumacher, Kaltz, Stielike, K. Förster, B. Förster, Briegel, Breitner, Dremmler, Littbarski, Fischer, Rummeniegge, Reinders.

Goles: 0-1 Littbarski (49′), 0-2 Fischer (75′), 1-2 Zamora (82′)

FASE FINAL, SEGUNDA RONDA: ESPAÑA 0 – 0 INGLATERRA 05 de Julio de 1982

Estadio: Santiago Bernabéu, Madrid (España).

Árbitro: Alexis Ponnet (Bélgica).

Seleccionador: José Emilio Santamaría.

Alineación España: Arconada (Cap.); Urquiaga, Alesanco, Tendillo, Gordillo; Perico Alonso, Zamora, Camacho, Saura; Santillana, Satrústegui.

Iván Castelló: Aquella Polonia de Lato y Lubanski


Cómo hemos cambiado, pensarán muchos polacos viendo a su actual selección, una de la coorganizadoras con Ucrania (otro tanto si se rememoran distintas etapas previas, por ejemplo, del Dínamo de Kiev) de la Eurocopa de Naciones 2012. Orgullosos de mostrar una identidad desconocida con estadios ultramodernos y logos floreados bien alegres, pero deportivamente desconfiados, eliminados como se dice en el tópico deportivo a las primeras de cambio, lejos de las poderosas selecciones de siempre. Porque, en el caso polaco, cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero sí en concreto la etapa de oro vivida con Grzegorz Lato, el Quini de Polonia, al frente de aquella majestuosa selección polaca que casi roza mayores glorias hasta en tres Mundiales consecutivos, el de 1974 (terceros), 1978 (sextos) y 1982 (terceros), ya en este último unido el calvo delantero a otro portento de la naturaleza fútbol, Zibi Boniek.

Pero el retrovisor está homologado para el constante revisionismo que se estila en el estudio y repaso de este arte del balón redondo. El fútbol es una ciencia muy dada a las comparaciones, odiosas, no, inherentes a la cultura de este deporte/negocio porque mantienen por todo lo alto el concepto de competitividad. Igualan o separan, pero precedentes habrá a los que atenerse. Lo permiten, para empezar, unas reglas casi intactas del juego en tres siglos (solo uno entero, el XX, pero ya son tres) que han vivido partidos oficiales de balompié y eso legitima repasar la historia, comparar goles, rachas, formas y tácticas, de la WM (3-2-2-3) de Herbert Chapman a la moda de jugar sin delantero centro casi un siglo después. También habilita el uso de un ‘rastreator’ el que echando la mirada atrás quedan aún récords por batir, registros inauditos por alcanzar (la escalada de violencia goleadora de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo señala el camino por ahí) y títulos por encadenar, como esas dos Champions consecutivas que se le resisten de manera maldita a los clubes europeos desde el Milan de los holandeses (1989 y 1990)

Lato, físicamente, era el antihéroe, el Capitán América antes de ser Capitán y América. Calvo precoz, con esos pelos cruzados supervivientes a lo George Roper, el marido cascarrabias de Mildred en la serie Los Roper y Un Hombre en Casa, aparentaba estar para jubilarse en cualquier instante. Militaba, además, en un club menor incluso para Polonia, el Stal Mielec, al que sí consiguió hacer campeón dos veces, en 1971 y 1976, y que se enfrentó al mismísimo Real Madrid en una memorable eliminatoria, quizá la más importante del modesto fútbol polaco de clubes, en la campaña 1976/77 y que se saldó con dos ajustadas derrotas. Por 1-2 en Mielec y por 1-0 en el estadio Luis Casanova de Valencia por la sanción del intento de agresión del ‘Loco del Bernabéu’ (así se le denominó y así ha entrado en la historia) a Linemayer contra el Bayern de Múnich. Los goles del Madrid fueron de otros clásicos inolvidables de la época como Santillana, Del Bosque y Pirri.

Pero nada hacía presagiar a Lato su próxima condición de figura mundial, al ganador de la Bota de Oro como máximo goleador con siete dianas del Mundial de Alemania Federal en 1974. Y con ‘Torpedo’ Müller y Johan Cruyff como competidores. Rápido y traicionero, porque era impredecible en sus arrancadas, Lato arrasó en aquellos años con 45 goles en sus 104 internacionalidades. No son demasiados tantos, pero es que los marcaba cuando más importaban, cuando mayor era la responsabilidad. De ahí el valor, de ahí la locomotora que con su carbón se construyó en aquellos años para cercar a potencias como la Alemania Federal, Holanda, Italia y Brasil. Aquí podemos ver a  La Polonia del 74 en Fiebre Maldini.

Y luego estaba Wodzimierz Lubanski, un poco el Javier Clemente o el Eulogio Gárate del fútbol polaco, el mejor sin discusión pero sin fortuna con las lesiones. Porque por una lesión en los ligamentos, tras una entrada del inglés McFarland en 1973, se perdió el Mundial del año posterior. Lubanski estaba en la cresta de su ola, con cinco goles a Luxemburgo él solo y cinco ‘hat- tricks’ con la nacional de Polonia. No parecía tener límites, pero la lesión lo apartó de su sitio en la cumbre. Era, probablemente, el último aderezo de la imaginativa ensalada polaca que estaba, por fútbol y jugadores, por qué no predestinada a ser campeona del mundo lo mismo que Alemania Federal y Holanda. Fue una Copa del Mundo la del 74 que se decidió por detalles. El de Lubanski fue uno. Más tarde, ya recuperado, pero sin llegar a ser el de antes, Lubanski, amén de hacer habitual en Europa a un modesto como el Lokeren belga, protagonizó un emotivo acto reflejo de Juego Limpio, al saltar por el encima del portero de Dinamarca para no poner en peligro su integridad. La FIFA lo premió (ver vídeo, a los 27 segundos). Tampoco quedó nunca del todo aclarado el oscuro suceso de ser tiroteada la puerta de su domicilio particular en Bélgica por unos desconocidos. En fin.

El fair play de Lubanski

Por eso, porque son leyenda, el aficionado polaco y el del fútbol en general no ha podido sino echar de menos estos nombres relatados, y en los que es obligado prometerse a uno mismo otro capítulo dedicado próximamente al ucraniano Oleg Blokhin. Polonia y Ucrania no fueron ni la sombra de lo que habrían sido con ellos. Eso está claro. Esa es su realidad actual a la espera del milagro de otra generación esplendorosa.  


Iván Castelló: La Eurocopa ‘indie’ (y II)


Para terminar, el grupo C, el de España, ya sin la aportación de Los Planetas reseñada en la primera entrega, y el último de esta fase final de la Eurocopa para cerrar las entregas de fútbol comercial y música independiente también podrían ir de la mano.

Grupo C: el de España
Italia: Statuto – Facci un goal
Si hay un grupo que aúne fútbol y música ese es Statuto, emblemáticos compositores del himno del Torino, el mito balompédico de la ciudad de la Fiat, más allá, sí, de la Juve, el equipo de Italia pero no tanto de su ciudad. Los Statuto tienen muchos temas con el ‘calcio’ y su ‘Toro’ como leif motiv, pero nos quedamos con el más nostálgico, el homenaje al goleador de los años 70 Paulino Pulici.


Irlanda: The Urges – The Urges Thema
Irlanda es tierra de música, seguramente para ahogar las penas de un clima imposible, de una sociedad ciertamente cerrada mucho tiempo por el candado de la religión. Hasta James Joyce se exilió. No hace falta recordar todo lo que Irlanda ha dado al imaginario de la música popular, pero sí acercar a grupos garageros como los actuales The Urges, reyes de amebas psicodélicas y ‘tarantinianas’.


Croacia: Superbrands – The Hand Strikes Hard
Mezcla de melancolía y pasión en un país dominado musicalmente por unos dinosaurios como Psihomodo Pop, Superbrands aportan frescura y actitud desde Zagreb, desde donde tratan de recordar a Editors o Interpol. El videoclip denuncia la matanza de focas, así que puede herir sensibilidades.


Grupo D:
Francia: Rohff avec Benzema – Fais Moi La Passe
En un país donde los más ‘indies’ del lugar eran hasta hace bien poco los toledanos The Sunday Drivers, hoy Mucho, dejamos la bandera de la escena alternativa al ‘hip hop’ multicultural de suburbio. Y ahí se apunta el madridista Karim Benzema, con este single junto al rapero parisino Rohff. Eso sí, no hay clip de la jugada para ver la moviola, solo la canción con algún gorgorito en español del niño bonito de Florentino Pérez, uno de los mejores delanteros del mundo.


Inglaterra: Miles Kane – Rearrange
El rey del ‘indie’ del país musicalmente más ‘indie’ ha alcanzado tal madurez creativa ‘indie’ que asusta a sus 26 años ‘indies’. También conocido por ser el ex de The Rascals y liderar The Last Shadow Puppet con Alex Turner, de Arctic Monkeys (para qué queríamos más, la monda), la música ya es lo que quiera Kane. Y ante él nos postramos. Si esto sonara antes de un partido, la selección inglesa jugaría al fútbol más fluido, como levitando, y sin tanto pelotazo.

Ucrania: Singleton – Get Out Of My Mind
Desde Kiev, Singleton firman un impecable trabajo con la brillante voz de la chica de las gafas de pasta para ser absolutamente ‘indies’ en territorios de balalaikas y acordeones. Le gustan a Bono, el de U2, y tocarán hasta tres veces en directo en ‘fanzones’ de la Eurocopa. La mejor banda del Este de Europa, se dice, se comenta, se escucha por sí solo. Su nuevo disco será mezclado por Barny Barnicott, palabras mayores (Arctic Monkeys, Kasabian…).



Suecia: Irene – By Your Side
Si hay una escena alternativa en Europa, ésa es más que probablemente la sueca, con infinidad de grupos tipo The Hives, The Sounds, Hellacopters, Mando Diao que son ya la repera para la historia de la música no tan comercial. Nos quedamos, en cambio, como tisana para tipos alterados como Zlatan Ibrahimovic con los más reposados Irene, los Belle & Sebastian del lugar.