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Iván Castelló: La España olímpica del 92, gol a la modernidad

Los éxitos recientes de la Selección Nacional de fútbol, la friolera ni más ni menos de dos Eurocopas y un Mundial ganados y todo seguido en una histórica racha, parecen haber saciado el hambre de títulos de quien fue siempre famélico competidor. Antes de esta orgía moderna de triunfos, el fútbol patrio estuvo tan huérfano de reconocimientos que la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 convirtió, de repente, lo olímpico en trascendente y bañó de rojo y gualda el Camp Nou, feudo del Fútbol Club Barcelona y la simbología catalanista que acompaña habitualmente también a su imagen. Todo un contraste, precursor de la mayor naturalidad que se vive actualmente. El balón unió hace treinta años ya a lo inesperado y los Juegos de Barcelona consiguieron que la modernidad de España se midiera en su irrupción en la élite allí donde el fútbol se lo había vedado históricamente: en la modalidad de selecciones.

España empezó a crecer como nación, precisamente, con el éxito, en general, de organización de los Juegos Olímpicos y, en particular, en fútbol con el oro olímpico el día que el campo del Barça se llenó de banderas nacionales constitucionales sin más ánimo reivindicativo que animar a la Selección de un país. Esa naturalidad que se vive ahora en los logros de España tuvo una línea de salida, una ‘startup’. Fue la final olímpica de un torneo al que llegó la Selección desconfiando del ambiente de la ciudad condal y, como prueba, el hecho de que la sede elegida fuera Valencia para jugarlo todo antes de la final.

Al frente del equipo olímpico se decidió que estuviera Vicente Miera, efímero seleccionador absoluto por su poco éxito (derrota 2-0 ante Islandia en Reikiavik cuando Martín Vázquez dijo aquello de que no era un fracaso y la eliminación subsiguiente para la fase final de la Eurocopa de Suecia 92) y ex jugador del Sporting y Real Madrid. La concentración fue larga e interminable, con un récord de más de un mes en el Parador de Cervera del Pisuerga (Palencia) para hacer grupo lejos de la humedad mediterránea y afrontar la primera fase en el estadio Luis Casanova de Valencia, todavía sin ser oficialmente como ahora el campo de Mestalla. Se resucitaba, pues, un fantasma, se volvía al escenario del crimen, el pésimo papel de la Selección en el Mundial de 1982 en ese feudo precisamente, pero se evitaba Barcelona, con las dudas presentes en todos respecto del apoyo a un equipo nacional. Valencia cumplió y también largamente el estupendo equipo conformado, imbatido en los tres primeros partidos, contra Colombia (4-0, goles de Guardiola, Kiko, Berges y Luis Enrique), Egipto (2-0, Solozábal y Soler) y Catar (2-0, Alfonso y Kiko).

Un buen ambiente sin llenos en el Luis Casanova y una portería y zaga inmaculadas con Cañizares y Toni y defensas como Ferrer, Solozábal, López, Abelardo y Lasa convertían poco a poco a España en favorita. Pero aún quedaba camino que andar. En cuartos de final, sin abandonar Valencia, el escollo de Italia se superó por poco, gracias al gol de Kiko a los 38 minutos, pero el caso es que se superó. Como la semifinal contra la emergente Ghana fue plácida gracias a los tantos de Abelardo y Berges. Así es como España se plantaba en la final del Camp Nou, sin un gol encajado en cinco encuentros. Esperaba Polonia, un clásico olímpico e imparable por su lado del cuadro con un contundente 3-0 a Italia en la ronda de grupos y un 6-1 a Australia en la semifinal disputada en el mismísimo Camp Nou.

La poca relevancia del torneo olímpico de fútbol alcanzó, no obstante, su cénit con el horario de la final, coincidente con los 1.500 metros de Fermin Cacho en el estadio de Montjuic. La FIFA, harta de convivir con el resto de deportes como plato de segunda mesa, explotaba instantes antes de la final entre España y Polonia en el Camp Nou y su séquito abandonaba la capital catalana como alma que lleva el diablo. El desplante no influyó en el rey Juan Carlos, que si llegó justo para la final. Pero el gran protagonista, el auténtico héroe, fue el aficionado medio, el normal, el de a pie. Contra los pronósticos que apuntaban a media entrada en el Camp Nou, como ya pasó en un anterior España-Holanda amistoso, se fueron acercando miles y miles de hinchas al coliseo azulgrana y lo vistieron con normalidad de banderas españoles para animar a la Selección en su reto de sumarse al esplendor olímpico también con el oro en la disciplina fútbol. Y así fue, con efectividad, en un duro partido contra una Polonia que se adelantó con gol del luego bético Kowalczyk (y portador de un rubio mostacho, época en la que había futbolistas con bigote) en el descuento del primer tiempo. Abelardo y Kiko voltearon el resultado, pero el nuevo tanto polaco, del posteriormente osasunista Staniek a los 75 minutos, abría como un melón las opciones finales. Resolvió con talento el mago Kiko a los 90 minutos y el Camp Nou vibró con la España olímpica para celebrar el oro, para adelantar lo que estaba por llegar, el apogeo de la Selección como concepto unificador de éxito.

La plantilla que manejó Vicente Miera durante los Juegos Olímpicos de fue la siguiente:

Porteros: Cañizares y Toni Jiménez.
Defensas: Ferrer, Lasa, Solozábal, Juanma López, Abelardo, Paqui, Miguel Hernández, y Berges.
Centrocampistas: Billabona, Guardiola, Vidal, “Chichi” Soler, Luis Enrique, Manjarín y
Amavisca.
Delanteros: Alfonso Pérez, Kiko Narváez y Pinilla.

Y todos los goles de la final, en el resumen colgado en YouTube:

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3 Comentarios

  1. Sin venir a cuento Iván, a ver si te escribes un articulito sobre las chapas. Cómo elaborabas los trajes, cómo jugabas… Te lo pide uno de la última generación que disfrutó de tal actividad. Las equipaciones, als porterías, el periódico con los resultados…

  2. «El balón unió hace treinta años ya a lo inesperado y los Juegos de Barcelona consiguieron que»

    Tempus fugit, ya lo creo, pero no son treinta sino veinte :P

  3. En el Camp Nou solo había banderas españolas porque las catalanas estaban prohibidas. En los juegos olímpicos no son permitidas las manifestaciones políticas. Y q yo recuerde, ya se pitaba al cazador de paquidermos.

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