Iván Castelló: Literatura bélica moderna; página a página, bala a bala (y II)

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Lo prometido es deuda y aquí llega la segunda, y última por el momento, entrega de literatura bélica moderna, reducida, de nuevo, a dos títulos capitales por conflicto, en esta oportunidad las dos guerras mundiales del siglo XX. Más adelante, las endorfinas de este ERE nos deberían transportar a otros universos bélicos narrados en la literatura reciente, incluyendo la guerra civil española aunque sepamos más, bastante más, de la guerra de secesión americana, más de Gettysburg que de Belchite, más de nordistas y sudistas que de rojos y azules. Por guerras y batallas, eso sí, no va a quedar nunca. Es, claramente, una de las aficiones favoritas del hombre desde que es hombre. Y por brillantes escritores, tampoco. Que en estos tiempos actuales de mediocridad narrativa aquellos que se sumergen en el relato bélico, el del doble dolor, son una excepción a la regla.

La Segunda Guerra Mundial: el conflicto con más muertos acumulados en sus seis años de duro desempeño letal (1939-1945) del manto de La Parca que todo lo cubrió (unos 60 millones de muertos), desde el corazón frío de Europa hasta pequeños atolones perdidos en la inmensidad del Océano Pacifico. La mayor atrocidad jamás pergeñada por el ser humano de cualquier instante de la historia, que ha dado para el recuerdo al nazismo, el estalinismo y la bomba atómica, entre otras deleznables cosas. Pero se salvan del naufragio dos libros imprescindibles de los denominados de obligada lectura e incluso de aconsejable repetición si ya han pasado unos años de aquella placentera primera entrega a los capítulos. Da igual la época, el momento, el estado de ánimo, las ganas o las sensaciones. Hay que ir a por ellos. Con valentía y sin acobardarse. Son grandes, inmensos, únicos. Porque duelen. PD: No se incluye, pese a las peticiones populares, el clásico de Sven Hassel Los panzers de la muerte (1958) por todas las dudas que despierta su controvertida e imaginativa obra desde la perspectiva del bando vencido, el nazi.

—Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer (1948)

Mailer, como buen periodista americano ganador años después de hasta dos Premios Pulitzer, escribe un desgarrador relato de sentimiento aflorado y en carne viva de quien fue soldado, como él mismo, de quien vivió en primera línea de combate el horror y de quien supo contarlo con tal brillantez que pone el vello de punta. Con sus ‘flahsbacks’ para ubicar a cada soldado protagonista en su vida previa en los Estados Unidos de antes de la guerra, un microcosmos en realidad igual de desalentador en tiempos de paz, Mailer va describiendo la maldad de la guerra y sus terribles consecuencias, que equipara a las de los vivos con las de los muertos. El dramatismo es extremo en el , por ejemplo, interminable transporte con camilla improvisada de un compañero herido que termina por llevar a todos los implicados al borde de la locura rodeados de japoneses en el pequeño islote de Anopopei, con su forma de ocarina y todo, en el Oceáno Pacífico. El calor, el sudor, la sangre, las moscas, el hedor… Mailer, único e imprescindible, duro y genial.

 La Delgada Línea Roja, de James Jones (1962)

“La inmortalidad se oculta en la serenidad ante la muerte”. El libro llegó primero, antes que la por momentos pretenciosa y seguro que mal montada finalmente película de cada década de Terrence Malick en 1998 (yo, de mayor, quiero un trabajo así, uno cada diez 365 veces y dos días de clavo por los bisiestos de cada cuatro). Pero si en el filme hay momentos memorables, una comunión visualmente majestuosa entre naturaleza y la pérdida de la bondad humana con el acto de la guerra, el libro es una fenomenal descripción de un autor clásico, James Jones, igualmente soldado, herido en Guadalcanal y que firmó otro ‘must’ literario como fue De aquí a la eternidad, inspirador de la escena probablemente más erótica de la historia del celuloide, el magreo playero de Burt Lancaster y Deborah Kerrr en la versión cinematográfica de Fred Zinnemann en 1953. Más natural, sin adornos pero con el encanto de la Serie B, fue el film El Ataque Duró 7 Días (1964), similar caza y captura de japoneses abandonados a su suerte de disentería y restos de sake en lo alto de la isla. La obra de Jones fue incluso polémica en el momento de su publicación, más todavía en un país como Estados Unidos, por el relato no explícito pero sí insinuante de episodios homosexuales en las tiendas de campaña bajo la pertinaz lluvia del trópico, aunque con la excusa del miedo permanente a la muerte como causante del efecto liberalizador del placer bajo cualquier manto. Jones también indaga en el concepto griego de la ataraxia, como Schopenhauer o Pío Baroja, el no sentir, ni para bien ni para mal, como necesaria fórmula para sobrevivir a tanto dolor.

La Primera Guerra Mundial: la gran desconocida pese a ser denominada para la Historia como La Gran Guerra (1914-1918). El motivo probablemente es que apenas hay cine de referencia poco más allá realmente de Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick, Gallipoli, de Peter Weir o Largo Domingo de Noviazgo, de Jean-Pierre Jeunet. En literatura, en cambio, va bien servida por obras en primera persona de autores excepcionales y que tuvieron que lucharlo en las barricadas y fosas, en las trincheras carcomidas por el barro y los obuses tan característicos, tan definitorios, tan propios de la Gran Guerra en el lodazal del centro de Europa. Desde la óptica de un bando, el prusiano, y desde otro, el aliado, el inglés. Son las novelas de Ernst Jünger y Siegfried Sassoon, dos clásicos no tan populares como necesarios.

Tempestades de Acero, de Ernst Jünger (1920)

Excepcional y majestuosa obra del autor alemán, oficial prusiano en combate y que escribió a sus solo 25 años, porque la profesión de soldado en el frente ha sido brutalmente siempre bien precoz, una obra maestra con sus vivencias bien cercanas del frente. «La proximidad de la muerte tiene poderes curativos» y otros signos positivos deja entrever la lectura de un clásico que mezcla momentos dramáticos en las trincheras con ‘subidones’ de adrenalina propios de la juventud del autor y del espíritu combativo y regenerador de lo teutónico y prusiano frente a los vicios y pecados posteriores del nazismo, del que se desmarcó. Jünger, amigo posterior del creador del LSD (Albert Hoffman) y que recibió la máxima condecoración germana Blauer Max al mérito militar, traza en Tempestades de Acero un relato directo de sus acciones militares y sus múltiples heridas, hasta 14, para luego vivir en realidad hasta los 103 años. Pero él no lo sabía entonces, sólo luchaba por sobrevivir, como cualquiera de los hombres en tiempos de guerra.

Memorias de un Oficial de Infantería, de Siegfried Sassoon (1930)

Otro militar converso a la literatura más descarnada, otro condecorado, en su caso con la Orden del Imperio Británico, Sassoon, que se alistó por patriotismo, fue un fallido poeta previo al conflicto. Vivió en las trincheras francesas la cruda realidad del horror y así es cómo describió todo tipo de detalles que dejaban a la muerte sin ningún tipo de honor y luchó contra la propaganda oficial para destapar la ausencia de motivo para tanta crueldad, propia y ajena. Fue obligado a tratarse de síndrome post traumático en Edimburgo. De esa experiencia surgió la novela Regeneración, de Pat Barker, y, en consecuencia, su versión de cine (1997) que tiene sus momento álgidos, como un plano cenital del horror de la guerra en forma de fusión física casi perfecta de los cadáveres y el fango en las trincheras. En la película hay un Monty Python como psiquiatra (Jonathan Pryce, Brazil), clave en la recuperación del propio Sassoon de un dolor que le hacía aullar por las noches tirado en el suelo de la habitación sin ser consciente y que le llevó a convertirse en un furioso antibelicista. “Vi a un hombre delante de mí que caía lentamente, casi con gracia y pensé: ‘Pobre tipo, éste es su último partido”.

 

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3 comentarios

  1. ¿Y Hermanos de Sangre? ¡No has puesto nada de Ambrose! :(

  2. KppadoR

    De todos, el de Ernst Junger es el que da miedo, el más peligroso. El alemán que lo leyera en entreguerras querría una continuación, una «segunda» guerra mundial.

  3. Eladio

    ¿Qué no hay cine de referencia sobre la IGM?

    Será cine moderno -que también, ahí está p. ej. Tavernier-, porque películas hay a patadas y muy buenas. ¿No conoce el autor La Gran Ilusión, Remordimiento, Sin Novedad en el Frente, El Gran Desfile, La Gran Guerra o Johnny Cogió su Fusil? Y eso nombrando sólo las más famosas.

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