Correo extranjero

El sinvivir del hombre literario


Autobiografía de papel
Félix de Azúa
Mondadori

Autobiografía de papel, de Félix de AzúaSostienen los hombros de Félix de Azúa una de las diez cabezas patrias de las que escribió Antonio Machado, la que siempre acude a encendernos la luz en el abarrotado sótano español. A estas alturas, su selecta obra acerca del arte, la belleza o la política debe de haber obtenido la doble nacionalidad de algún país donde merezca la pena vivir, aunque el último desplazamiento conocido del autor sea un reciente viaje de ida, de su natal Barcelona a Madrid, para alejarse de un sistema en el que su jovencísima hija, un día después del colegio, le preguntó: “¿Nosotros qué somos: catalanes o fachas?”. La mudanza —parte de su biblioteca personal descansa bajo la cúpula de Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro parece haber operado en de Azúa las bondades de un balneario centroeuropeo y en su trabajo periodístico, último acto literario en el que dice encontrarse, ha empezado a retomar algunos temas de sus pasados ensayos, tan originales, deslumbrantes y, sin duda, vigentes.

Autobiografía de papel es una prueba de este fenómeno, del eterno retorno de Azúa a su comfort zone, aun siendo ese un lugar colgado del abismo pues trata de la muerte del arte, pero también es un solvente reportaje periodístico sobre la trayectoria literaria del escritor, las tribulaciones y los aciertos. “No es mi vida, es un caso”, afirma. Durante la lectura de Autobiografía uno siente una leve punzada de dolor en el costado al observar que el pasar de las páginas no trae los besos, puñetazos, viajes y batallitas que cualquiera espera a estas alturas de las memorias de un hombre de su edad. Ni siquiera un libreto central de fotos a color con el magnético joven que recitaba a Hölderlin por su jersey de cuello alto. Pero de Azúa ha huido siempre de lo castizo, desde sus veladas con Juan Benet y quizás antes, y por ello decide esconderse, cuidando mucho la originalidad y la honestidad en la forma, bajo las sábanas de sus muchas lecturas y escritos. Una última advertencia: terminado el libro el dolor desaparece por completo y da paso a la certeza de haber descifrado el acertijo inicial. La vida como un caso literario.

El tema de Autobiografía es obvio para cualquiera que conozca a de Azúa: es el relato de un superviviente. En concreto de un superviviente de la muerte cataclísmica del arte. Un afortunado o sagaz pensador que ha pasado por ello a ser una “bisagra” entre dos épocas, la del arte —20.000 años y la nueva, en un estado todavía primitivo, donde reina la mercancía y la democracia total. El arte ha muerto, se ha despeñado en su insolente ascenso al olimpo de la filosofía y la ciencia, y de Azúa ha sido testigo de la imprudencia fatal. Él ha visto al arte convertirse en filosofía del arte un juego altamente intelectual de espejos y autorreferencias donde el espectador debe hacer todo el trabajo y en el sumidero último del proceso ha visto como algunos “comenzaron a perforar montañas, a subirse a un escenario con una liebre muerta en los brazos, a exponer una hilera de ladrillos o a hacer un caminito de piedras en un remoto lugar de los Andes”. Lo tremebundo del asunto es que el edificio que se derrumba en los 70 sobre el joven escritor que desconoce su suerte marcada contiene desde las pinturas de las cuevas rupestres hasta los Pollock. De Azúa ya no será artista, es imposible, pero tratará de recomponer las piezas del jarrón. La mirada, contra todo pronóstico, no es nunca melancólica, más bien fáctica. Irónica y fáctica, perteneciente a una estirpe de pensamiento sin duda no española que se atiene a la indiferencia sorda de la historia y no pierde el tiempo en la ciénaga de lo deseable o lo posible que no pudo ser. Se agradece en un país tan sentimental y tramposo con su propia historia:

Mi posición en 1989 era similar a la de algunos de mis colegas más jóvenes [...] Afirmar, como allí hacía [El aprendizaje de la decepción, Ed. Anagrama] que las vanguardias eran ya pura academia y que por lo tanto quienes se calificaban a sí mismos de “vanguardistas” formaban la parte más conservadora del mundo del arte provocó la irritación de las ruinas de mayo del 68. Hoy es ya un tópico que utilizaban incluso los más ignorantes, pero no era así en 1989. Los ataques de la prensa (progre o castiza) fueron, como siempre en este país, ad hominem. Ni una sola argumentación empañó el gusto español por el insulto.

Creo que en esa curiosidad insaciable por el naufragio y en la valentía para defender sus ideas frente a bárbaros, impostores o meapilas está la explicación de que de Azúa haya sobrevivido asombrosamente joven y eléctrico. Al respecto, el autor se reserva una vez más: “Una de las razones por las que algunas personas viven más de la cuenta es porque están programadas para dejar testimonio de una experiencia común a su generación. He aquí, muy bien resumido, mi caso”. La experiencia común será el desencanto observado sin excesiva amargura. Dejaré libre este texto de las muchas ideas acerca de la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo, los cuatro actos de su vida sin vida así apuntada en el título del primer acto de sus memorias dedicadas al arte Autobiografía sin vida (Mondadori), los cuatro paisajes que ha transitado y abandonado a medida que avanzaba el incendio o la experiencia. En esta autobiografía sí hay vida, pero la mala y buena vida que dan las letras, el sinvivir del fronterizo hombre literario que crece y piensa y emigra. En sus páginas hay sitio para un bolero, Mallarmé, David Foster Wallace, ETA o la influencia de Julio Iglesias en un miope director de ópera. “Leáse mis memorias, ahí lo explico mejor”, le dijo Claude Lanzmann a una señora que preguntaba por sus motivaciones para hacer Shoah. Me parece lo correcto. En su adieu o epílogo, de Azúa recuerda bellísimamente el final de los sombreros, una especie de idolillo del mundo perdido: “Con los sombreros voló lo que quedaba de la vieja costumbre occidental de pensar, de perder la mirada por encima del gentío. Quizás esa era la función del sombrero, mantener las ideas a resguardo, antes de que se dispersaran por el aire y quedaran al alcance de cualquier desaprensivo”. Un sombrero por cada diez cabezas.

Pablo Mediavilla Costa: El oficinista Hubert


A las dos y media de la tarde más calurosa del verano, en el norte de la isla de Ibiza, el oficinista Hubert asomó la cabeza por el acantilado y encontró algo que llevaba horas buscando, algo que quizá pensó nunca volvería a ver. Abajo, en una lastra, las niñas buscaban caracolas, una labrador negra de año y medio husmeaba junto a ellas y nosotros, siete adultos en bañador, le mirábamos sin decir palabra. Hubert lucía un sombrero de tela gris oscuro marca McKinley y una gafas deportivas negras y cuando se puso en pie con mucho trabajo, las piernas y los brazos se le fueron en un extraño baile sobre el filo, como un abuelo llevado por un ventarrón.

En la primera triangulación neuronal —el instinto, digamos— lo tomé por un loco o por uno de esos espíritus que vagan por la isla ciegos de drogas y de mugre. Muy pocas veces he visto a alguien encaramado en la lengua rocosa que protege a la cala de Ses Formigues de las inclemencias del noreste, y el acceso por tierra desde el primer pueblo o casa lo imagino largo. En la segunda ráfaga, pensé o, mejor dicho, supe que el oficinista Hubert, con su inexplicable y angustioso número de marioneta en las alturas, iba a tirarse o a caerse sobre las rocas, delante de las niñas que llorarían y de la perra, de nombre Calma, que iría ladrando a lamer la sangre entre mucho sobrecogimiento y mucho apartar la mirada.

Ramón padre debió sentir algo parecido y le gritó primero en inglés y luego en alemán. El hombre respondió con una frase que se quedó en el limbo o que terminó en un suspiro inaudible, acompañada de ligeras muecas y miradas en bucle al sol implacable y a la caída de unos 15 metros. “Telephone, telephone”, acerté a entender. Ramón padre, con las palmas abiertas y los brazos en alto, le dijo que estuviera tranquilo y que tratara de llegar hasta la punta del acantilado, más baja y accesible, donde le recogeríamos con el barco y podría llamar a quien quisiera. El oficinista Hubert asintió y empezó a caminar en la dirección adecuada, pero pronto decidió descolgarse por el primer escalón de rocas ante el susto general. Lo consiguió y buscó la siguiente grieta. Al caer esta vez, tropezó, perdió el equilibrio y sólo en el último de sus histéricos pasos hacia el borde, consiguió clavar recta y firme la pierna derecha para apuntalar la vertical y el latido del público. Sonrió o se mordió el labio, es difícil decirlo ahora. El último salto, el que habría de desmontar mi profecía, lo solventó a la perfección y se quedó un segundo de pie ante nosotros para luego fundirse entre las rocas murmurando “schatten, schatten” —sombra, en alemán.

Ahí teníamos a Hubert, un hombre del norte y del frío rebajado a la condición de animal herido bajo un sol al que miraba como desde el fondo de la fragua. El cuerpo retorcido en la imposible mancha de sombra de la rocas, incapaz de mantener la cabeza erguida, agotado, empapado en sudor y sucio. Por debajo de los pantalones pirata, las espinillas blanquísimas se veían cosidas a picaduras, eczemas y arañazos. Un corte no muy profundo en un lado de la nuca había dejado un hilo de sangre coagulada. La piel rosada y blanca y amarilla de su cara lucía desencajada por brochazos brillantes de protector solar. Me fijé en el buen corte de pelo, en las patillas rasuradas y en el afeitado de primera hora de la mañana. Me fijé en los calcetines sintéticos negros y en unas Converse también negras de bota baja rajadas por todas partes. Los ojos, inyectados en sangre, huidizos, habían visto algo que por azar había sido esquivado y ahora se resistían a acostumbrarse de nuevo a las aguas transparentes, al barco y a las niñas en él contando caracolas.

Hubert seguía balbuceando, nervioso, preguntándose qué de verdad y qué de ensoñación había en su encuadre. Le dimos una botella de agua helada y se bebió la mitad de un tirón antes de que Félix se la arrebatara. Creo que ayudó a despejar sus dudas. En alguna película vi que hay que conducirse duro y justo en un rescate y en esas estaba, analizando al herido implacablemente y dándole de beber cuando lo creía oportuno. De repente, cuando decidió que aquello ya era lo suficientemente real, empezó a sacar lo que llevaba en los bolsillos. Nuestros gestos para que se calmara parecían azuzar sus ganas de identificarse, de que creyéramos que él era él y no otro cualquiera. Que él era Hubert, austriaco, oficinista, con una casa en el campo y una mujer y una niña llamada Angela que le esperaban sin noticias en el hotel, según contó un rato más tarde. Pero todavía no sabíamos nada de eso, ni siquiera sabíamos que se llamaba Hubert. Solo teníamos el contenido de sus bolsillos: una llave con llavero azul de la habitación 515 del Grupotel de Cala San Vicente, un recibo del mismo hotel empapado en orín con la cuadrícula del pueblo dibujada a bolígrafo azul, un folleto en alemán de la cueva de Es Cuieram también mojado, una cámara digital de fotos salvada por una funda de neopreno negra y una barra blanca y naranja de protector labial sabor miel.

Como quiera que en la cala no había cobertura, el plan de rescate aprobado por todos fue que Félix y yo nos quedáramos con él y el resto llegara en barco hasta San Vicente para avisar a la Cruz Roja y a la familia. Félix se despidió de los que zarpaban, entre ellos su mujer y sus dos hijas, con la broma de que noquearíamos a Hubert si hacía alguna tontería. Hubert sonrió sin entender. Le explicamos que el plan era traer a la “Red Cross on a boat” y que, en diez minutos, estaría bebiendo daiquiris en el bar del hotel. Le dimos mucha conversación para que no se desvaneciera, como bien enseñan las películas. Félix le preguntó si había hecho buenas fotos y Hubert me alcanzó la cámara en silencio para que las viéramos. En la última se veía un camino de tierra, entre un pinar, devorado por el sol del mediodía. Seguí hacia las anteriores. Más camino, más pinos, un bosque, unas rocas en el bosque, una cala profunda con veleros quietos, una imagen de las ofrendas que se hacen en la cueva de Es Cuieram y una señal de madera que rezaba ‘Es Cuieram’. Quería encontrar una foto de familia para confirmar su versión —¡qué deformación más estúpida!—, pero de repente me asaltó el pudor de encontrarme una foto de su mujer desnuda en la habitación del hotel y le devolví la cámara. Hay turistas que esperan a las vacaciones para atreverse con cosas que no les van, pero que se supone que deben hacerse en vacaciones, como fotografiarse desnudo o salir a pasear por el bosque. Hubert dijo que quería un recuerdo de nosotros y Félix y yo posamos con los pulgares hacia arriba, mi brazo izquierdo sobre sus hombros, como dos adolescentes en el Malecón.

A la hora llegó el barco con los nuestros. Ramón padre nadó cuidadosamente con una rodaja de melón para Hubert que dijo que aquello ya era demasiada atención y que sentía mucho todas las molestias y que si era melón. Disfrutó el bocado lentamente. Al rato llegó una lancha con tres chavales y sin cruz roja. Una lancha azul y blanca y vieja. El socorrista, vestido con una camiseta naranja flúor que decía ‘socorrista’, se lanzó al agua con la boya de los Vigilantes de la Playa y nos dijo que lo del melón había sido buena idea, pero que no tendríamos que haberle dado agua. Al parecer, el socorrista se había tirado al mar para que Hubert saltara sobre la boya. Un plan absurdo que habría aprendido en un curso intensivo de fin de semana en la periferia de alguna ciudad. Un tal Quicu, “sóc el Quicu de Sant Vicent”, tomó el mando de la situación, siguió nuestras indicaciones y se acercó a las rocas. Hubert subió a la lancha sin problemas, se sentó y empezó a despedirse. Me recordó al Papa cuando está de viaje y un poco acalorado. El socorrista seguía en el agua y casi se lo dejan. Hubert se despidió uno por uno, varias veces. Los tres desgraciados se largaron de allí echándole la bronca.

A la mañana siguiente llamé al Grupotel de San Vicente y hablé con una encargada de acento prusiano. Me dijo que Hubert estaba bien, que le había visto pronto por la mañana, que seguía muy avergonzado por lo que había pasado, que muchas gracias por todo y que “casi se había puesto a llorar”. Esto último lo dijo entre risitas. Le di las gracias y colgué. Hubert se iba al día siguiente, domingo por la mañana. Me lo dijo en la cala el día de peor y mejor suerte de su vida. Olvidé preguntarle la edad y el nombre de su mujer, nunca volveré a verle, pero recuerdo un momento en el que sacó la mano del bolsillo llena de pinaza. Luego se alisó el pantalón, se compuso el pelo blanco y me miró tratando de mostrar la mejor imagen posible.

Nota al pie: Mi cálculo aproximado en Google Earth de la odisea de Hubert (teniendo en cuenta los puntos de partida y rescate y el orden de las fotos en las que aparece la cueva de Es Cuieram y la cala estrecha y profunda con veleros) es que caminó, sin agua y en pésima condición física, no menos de 4 kilómetros y medio (eso es lo que da sólo en línea recta), durante cinco horas y media (salió del hotel a las 9 de la mañana), a cerca de 40 grados (zona interior, sin viento, con la Cala San Vicente a 33 grados según el histórico), por una sierra deshabitada, de pinos y rocas, sin caminos, con un desnivel acumulado de no menos de 300 metros.

Pablo Mediavilla Costa: Orquídea cubana


Anoche, a solas y tirado en la cama, volví a sintonizar Radio Reloj. La última vez fue hace nueve años en una cama también espaciosa, bajo un ventilador dislocado y el murmullo de La Habana en la ventana. Recuerdo bien la habitación al atardecer y el pasillo que se dejaba ver desde la almohada y que moría en una capillita con dos duralex de ron y un óleo de Hemingway en el altar, mirándome. Recién llegado, en mi primer viaje solo, la noche habanera se me antojaba una aventura de proporciones cabrerainfantescas y preferí encerrarme, en estricta vigilia de cigarrillos y sudor, a calibrar las muchas desventajas de hacer pie en la calle.

Como no había luz, ni mucho que hacer, puse la radio. El dial me pareció un desierto solo soportable por la hora escasa que duró —si no recuerdo mal— La esquina del jazz, un programa sin palabras, ni zafras de azúcar, ni voces como de parte de guerra. Duke Ellington al aparato y Hemingway protegiéndome en las tinieblas. No fue una mala noche. Luego, buceando en el crepitar AM de la isla, encontré Radio Reloj que, siendo la materialización definitiva del tedio, me resultó fascinante por las inverosímiles noticias y el tic-tac enlatado en el fondo, alumbrando artificialmente cada segundo, como si quisiera forzar el paso a un tiempo largamente vegetal. Ahora entiendo que ese maldito latir muerto anunciaba la bofetada que la realidad cubana iba a darme en público.

Anoche Oswaldo Payá estaba muerto y sintonicé Radio Reloj para deleitarme con el silencio de su nombre. Un silencio infinito y reparador. Por la mañana lo habían enterrado entre los golpes de los esbirros y por la tarde —hora isleña— Radio Reloj no defraudó: “Identificada entre muchas por su curioso pétalo modificado, la orquídea crece en múltiples latitudes y en Cuba viven unas trescientas variedades. Casi un tercio de ellas localizadas en Artemisa y en Pinar del Río. Tic-tac, tic-tac. Radio Reloj. Seis, veinte y dos minutos”. Y luego “un derrame de petróleo en Colombia” y “las atractivas opciones de buceo en el Oriente cubano” y “las charangas de Artemisa” y así en un continuo vaivén de nada hasta que llegó la ligera tristeza de siempre cuando me estoy quedando dormido.

Sobre el miserable final que el régimen le reservó a Payá, al que nunca me atreví a visitar en su casa, me basta con recordar el monólogo de Brando en El Padrino, cuando después de sellar la paz con las familias rivales, anuncia la vuelta del exilio siciliano de su hijo Michael: “Pero soy un hombre supersticioso. Si le ocurriera algún accidente o un policía le pegara un tiro en la cabeza o si se colgara en su celda o si fuera alcanzado por un rayo, entonces culparía a algunas de las personas que hay en esta sala y ya no perdonaría”. En Cuba, algunos muertos en el tiempo detenido se ganan el futuro.

 

Pablo Mediavilla Costa: Carta al niño


Te escribo desde el futuro sabiendo que no puedes leerte. He vuelto después de un tiempo al pueblo de tus abuelos donde tanto te aburres en verano. Sé que te gustaría estar en Barcelona con tus amigos o en Santander con tu primo, pero tus padres prefieren que pases tiempo con los abuelos. Es algo que ahora no entiendes, pero cobrará sentido algún día. Ahí va una pista, ellos siguen vivos. La abuela no oye apenas y el abuelo ha perdido la memoria y las ganas de hablar. Tranquilo, su mirada parece detenerse en el norte que mece los chopos y diría que no sufre. Tienes razón en esa intuición tan temprana que todavía no sabes expresar de que esta tierra cuida al cuerpo y tortura el pensamiento. A los abuelos les sigue gustando despedir el coche desde la acera, la misma de siempre con sus diminutas losetas grises que une su casa ahora vacía y la residencia de ancianos en la que ahora viven. Sí, el edificio de al lado que crees una iglesia porque hacen doblar las campanas al alba. Recuerda esto: no todo es lo que parece.

Sé que tu piel está morena y que cada tarde regateas cardos borriqueros en el campo junto a la nacional y que, en el fondo, sueñas con hacerte mayor y escapar de allí. No sufras, lo conseguirás y vivirás cosas sencillamente indescriptibles lejos del pueblo. Te olvidarás muchas veces de él y de llamar a tu abuela mientras recoge los platos en la cocina. Pasarás largas temporadas sin volver y cuando lo hagas, dentro de mucho tiempo, te parecerá una cárcel de árboles, como dijo Rodrigo Rey Rosa. Hay otras cosas que seguro te interesan más. La fábrica que hacía las galletas quebró hace años y el olor celestial de los hornos que anunciaba el pueblo está preso en una nave industrial en un polígono de las afueras. Los bares siguen llenos de gente que bebe y fuma y grita. Uno de los cines ha cerrado y el otro sigue colgando los carteles de las películas en la plaza. ¿Cuál es la última que has visto? ¿Cinema Paradiso? ¿Indiana Jones? Siempre te ha gustado la intimidad del cine, la oscuridad, esas mujeres en la pantalla. Las deseas a todas y cada una de ellas.

Después de comer, como de costumbre, he subido al pantano con ganas de bañarme, pero el día estaba frío y nublado. Me has hecho recordar ese día de verano en el que te hiciste mayor. Estabas sentado entre las rocas y a lo lejos divisaste una pequeña isla marrón. Creo que venías de nadar todo el año en una piscina cubierta de Barcelona. Tuviste una idea que te incendió el corazón. Te sumergiste en el pantano sin decir nada a nadie. El agua se enfrío pronto y una culebra pasó a tu lado sin molestarte. ¿Tenías miedo? Yo no lo recuerdo. En la orilla, tus abuelos, tus padre y un amigo de la familia empezaron a comprender lo que estabas haciendo. Me gustaría explicarte la hazaña desde la orilla, pero yo no estaba allí. Dicen que hubo nervios y orgullo. Dicen que te giraste un par de veces y levantaste la mano. Sé que estabas decidido y que querías probar algo. Viste llegar remando sobre su tabla de windsurf al amigo de la familia y te preguntó si estabas bien. Claro que estabas bien. Aún así decidió acompañarte y eso te hizo ilusión porque por primera vez un adulto se sometía a tu estela. La isla empezaba a ser una realidad y viste la pequeña playa de barro y las rocas y empezaste a hacer unas brazadas muy técnicas y gráciles, como si fueras una especie más del pantano. Al pisar la isla subiste hasta la roca más alta, levantaste los brazos y descubriste algo muy importante. Que aquello no estaba acabado, que no habías querido ir a la isla sino ir a la isla para contarlo, ir y volver de la isla para ser agasajado y respetado y perdonado. Eso es exactamente lo que ocurrió luego, cuando saliste del agua con tus músculos y tus entrañas tensando la piel perlada y dulce. Las miradas que recibías de extraños te decían que ya no eras invisible, las de tus padres y abuelos que ya no eras un niño.

P.D.: No tengo mucho más que decirte. Sólo te pediría que no te olvidaras de la isla. Vuelve a ella, deja tu nombre grabado o tu mano sobre el barro. El nivel del agua del pantano ha bajado mucho en estos últimos años y ahora es una península yerma. Sólo los mediocres y los asesinos conquistan penínsulas. Un niño como tú descubre islas.

 

Pablo Mediavilla Costa: El papel futuro


Me pregunto por la impresión que causará en el futuro echar un vistazo a las hemerotecas de nuestro tiempo. Ciertamente, estas seguirán cumpliendo una labor documental incalculable para que los curiosos sepan quiénes fuimos, pero no dudo que descubrirán con extrañeza y distancia que esta época se resistió ahincadamente a la modernidad. Culpo de ello al relato periodístico, endeble frente al poder, atávico  frente a la ciencia, caduco y rancio en sus propias formas, asustadizo y autocensor. El primer borrador de la Historia, dicen.

Uno de los frentes de ese encontronazo con el progreso se encuentra en su relación con el mal. El asesino de Toulouse. El soldado Bales en Afganistán. Breivik. ETA. Atta. Todas esas sucias razones, todo ese aparataje funerario y sentimental del periodista para amortajar los hechos con un lienzo de hipótesis, dificultades, infancias reventadas, injusticias milenarias. Todos esos motivos. El terrorista, el psicópata, el neonazi, los gudaris y Alá. La frialdad, la normalidad vecinal, el adoctrinamiento, Palestina o deudas de un millón y medio de dólares que, según reza hoy en los medios estadounidenses, empujaron al soldado Bales al horror brandoniano. Como en el verso de Lorca en Nueva York, los nueve niños afganos taladrados por las hipotecas Citibank del sargento. El empeño del periodismo por distraernos de la condición animal del hombre, de sus pulsiones y sus enfermedades, de sus desequilibrios químicos y sus amígdalas es una tragedia contemporánea.

Imagino la euforia con la que los plumillas de sucesos del Londres del siglo XIX abrazaron los avances en ciencia forense. ¿Por qué no sucede eso hoy? ¿Por qué no toma la ciencia, de una vez por todas, el bastón de mando en el campo de batalla de la realidad? La hipótesis, quizá ligera y azarosa, es que el periodismo es extremadamente cauteloso a la hora de incorporar nuevas herramientas en su enfrentamiento con el mal, no vaya a ser que se quede sin crímenes pasionales, ideologías, aprietos pecuniarios o padres abusadores a los que recurrir como si fuera el botiquín de la redacción. Hay que ir a comer o enviar la cosa a imprenta. Un combate moral se libra, pero el periodismo ni se ha presentado. Antes de acorralar la violencia para siempre, habrá que pelear farragosamente con toda la literatura de siglos incrustada en ella. Algunos pioneros se atreverán a empezar sus crónicas desde los Toulouses que vendrán explicando, por ejemplo, la incidencia que los daños cerebrales tienen en comportamientos violentos (hallazgo relatado en este artículo felizmente traducido por Verónica Puertollano). El nuevo periodismo nacerá el día en que Pedro Jota Ramírez embargue una portada para decirnos algo muy importante sobre el córtex cerebral. Hasta entonces, ni la tableta más prodigiosa evitará que el periodismo siga acumulando papel para sus sonrojantes hemerotecas del futuro.

 

Pablo Mediavilla Costa: Viaje al interior


El avión cisterna se lanza en picado hacia la casa y luego se endereza y desciende como una pluma sobre el pantano sediento con algunos patos. El piloto vuela rasante a cinco metros del agua, quizá porque sea norma inspeccionar el lugar donde se llenan los tanques o porque su ruta de entrada al pantano de Gasset, con ese tirabuzón sobre nuestras cabezas, le ha dado mala espina. La nave de color amarillo deja el agua, al final, y sube por la falda de una colina —acebrada por los cortafuegos— que envuelve el pantano y lleva al punto de inicio donde acometer un segundo intento. Lo veo alejarse campo adentro y girar lentamente en el horizonte, como en una película de traficantes. Esta vez, el avión pasa sobre un terreno seco color ceniza que hay detrás de la finca y llena el patio de ruido y Pancho, el perro cazador que está acostumbrado a la soledad, sigue al bicho hasta que se posa en el agua para abrir las compuertas y luego me mira como si yo tuviera la respuesta.

Por la tarde vamos a una aldea cercana en busca de leña y un señor de unos 70 años con camisa de franela y boina nos lleva hasta donde las ovejas para darnos unos cuantos troncos de olivo. En el camino de piedras —él delante, nosotros en el coche— se detiene a saludar a un vecino y los dos se quedan largamente con la mano erguida. Un gesto pausado. Siento una fascinación desconectada por hombres como éste. Quiero hablar con él y preguntarle por la sequía, pero prefiero esconder mi total desconocimiento del tiempo y sus estaciones. Además, no sería una conversación, pues dudo que nada de lo que yo pueda contarle de la ciudad le interese lo más mínimo.

Un poco más adentro está el pueblo del Cristo del Espíritu Santo. La Tienda de Tere es el único colmado y está en la calle Nueva, perpendicular a la calle José Antonio. Compramos unas cervezas y pan y tomates. El negocio es espartano. Ni rastro de progreso. Las mismas fregonas de siempre, los cubos de plástico, el surtido Cuétara y las garrafas de agua. Las mismas cortinillas de plástico para cerrar el umbral a las moscas, españolas viejas. En la calle de salida, un anciano y una chica joven nos miran desde la niebla de los botellines de cerveza que pueblan la mesa y desde el aburrimiento de siglos que les hunde en sus taburetes.

Volvemos a la casa por una carretera desierta. A un lado veo una encina solitaria. Podría detener el coche y observarla durante media hora y nadie pasaría por aquí. Al llegar a casa, descubrimos que la madera de olivo no prende bien. Está recién cortada. Unos rastrojos que voy a buscar al establo del caballo nos ayudan considerablemente, pero se filamentan en rojo lava y desaparecen rápido. Qué silencio el del atardecer, sólo interrumpido por los disparos de la carabina de aire comprimido con balines del 4.5 que nos tiene como niños. Pancho no mueve ni una oreja con el estruendo sordo como de cerbatana. Las latas y las botellas ya no son ningún secreto. Hemos disparado a una mujer dibujada. Quería un tipo con aspecto criminal y me ha acabado saliendo una señora que va a misa. Pierdo la partida cuando mi contrincante le da en la carótida, pero pronto me repongo al destrozar un cigarrillo apoyado sobre la cerca. Pasa el tiempo y bebemos, mientras se hace de noche en el pasado de España.

 

Pablo Mediavilla Costa: El peruano móvil


Escribe Julio Ramón Ribeyro en 1950:

“Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Solo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero ¿adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?”.

El peruano tiene 21 años y vive en Lima. En su precoz reflexión sobre la pulsión por vivir otras vidas, un mal puramente literario, exhibe una lucidez exacta al entender que no hay huida posible, pero con esa sonrojante emoción en el estilo que trastabilla los primeros pasos de un escritor. Las fiebres pasarán rápido y Ribeyro contará la realidad con esa desconfianza tan valiosa para el buen hacer diarístico. Sus diarios de 1950 a 1978, titulados La tentación del fracaso son, hasta la página 68 en la que me encuentro, de los mejores que he leído.

La materia prima de un diario es, a mi entender, la inteligencia, desplegada de manera insolente y demoledora en un extenuante proceso de destilación de las cosas y sus colisiones. Ribeyro viaja a Madrid y París. Pasa hambre después de invertir las asignaciones de sucesivas becas en borracheras interminables que le dejan destruido en la cama. Come dos kilos de fruta para recuperarse de la resaca. Lee mucho. Fuma mucho (morirá de cáncer pulmonar en 1994). En sus entradas relata las peripecias diarias, reflexiona sobre el sentido de su escritura y retransmite la soledad que le aqueja, “deteniéndome delante de todos los muebles, dejándome caer en todos los sillones, prendiendo un cigarrillo en todos los umbrales“. Ribeyro, pinta de cowboy atacameño, camisa posada sobre su torso de fumador, es el joven que está a punto de deslumbrar con sus cuentos, lo que le hará descabalgar del boom latinoamericano, eminentemente novelesco.

Di con él en la biografía de Josep Pla escrita por Arcadi Espada. Ribeyro es citado: “Sería necesario leer cada mañana antes de empezar el día un par de páginas del diario de Paul Léataud a fin de afrontar la vida sin ninguna pretensión, ni énfasis, ni ilusión“. Me fui directo, en mitad de la noche, a la iberlibrería en busca del peruano y su libro de título tan sagaz, La tentación del fracaso, “una paráfrasis de la vida” a decir de Espada. A los tres días fui a recogerlo a la oficina de correos y luego me quedé leyendo de pie contra un muro donde daba el sol. Dentro del envoltorio de cartón, un ejemplar blanco de Seix Barral, robusto y brillante, con más de 600 páginas y una foto sepia en la portada, en la que Ribeyro parece un fuera de la ley que redactase su última voluntad en una máquina de escribir en algún motel de Arizona. Consumido por la tinta, el humo y la urgencia.

 

Pablo Mediavilla Costa: Los hilos que mueven


La pasada noche de sábado en el Meatpacking District, antigua zona portuaria del suroeste de Manhattan reconvertida en parque de atracciones adultas y caras, el empresario Adam Hock le partió la mandíbula a Pierre Casiraghi, príncipe de Mónaco. La pelea tuvo lugar de madrugada en la discoteca Double Seven. Casiraghi y sus amigo Stravros Niarchos III, nieto y heredero del armador griego que fabricó los primeros superpetroleros, y Vladimir Roitfeld, hijo de la ex editora de Vogue París, se acercaron a la mejor mesa del lugar donde Hock, un matrimonio amigo y tres modelos rusas echaban el rato. De las muchas y poliédricas versiones de lo sucedido solo puede establecerse que en la mesa había, al menos, una botella de vodka Grey Goose a 500 dólares la pieza, que Casiraghi acabó en el hospital y que Hock fue detenido bajo cuatro cargos de asalto.

Me puse a curiosear.

Adam Hock, a simple vista, un tipo fornido y bien afeitado, fue el dueño del difunto Hawaiian Tropic Zone, un club de Times Square que se hizo famoso por sus camareras en bikini. En 2010, fundó junto a Basit Igtet, ex piloto comercial libio afincado en Suiza, la Fundación de Libia Independiente (ILF en sus siglas en inglés) con “los objetivos iniciales de dar información clara y ajustada a los medios de la situación en marcha en Libia, con la intención de crear las condiciones para una solución pacífica y de larga duración a los problemas del país sobre la base de un gobierno democrático que rinda cuentas y represente los intereses de todos los libios”.

En junio de 2011, Igtet y Hock viajaron a Panamá para visitar al presidente Martinelli. Tras la reunión, Panamá reconoció al Consejo Nacional de Transición, los llamados rebeldes, como único y legítimo representante del pueblo libio. En agosto de 2011, Igtet y Hock visitaron al presidente Santos en Bogotá. Colombia siguió los pasos de Panamá. El 5 de octubre de 2011, quince días antes del asesinato de Gaddafi, Igtet y Hock estaban en Trípoli para tratar “necesidades urgentes con diversos oficiales” del Consejo de Transición. Por último, en diciembre de 2011, Adam Hock fue nombrado presidente de la recién creada Cámara de Comercio Estados Unidos-Libia, organismo auspiciado por la Cámara de Comercio de Estados Unidos.

Y llegados a este punto me pregunto cuál de las dos historias debería haber descubierto en la prensa primero.

Pablo Mediavilla Costa: Una cama en Tánger


Una de las consecuencias más trágicas del progreso —en general cosa buena— ha sido el desprestigio y hasta la destrucción de quedarse acostado. La lógica vertical del capitalismo ha arrasado con toda forma de vida horizontal y las personas o naciones que todavía lo practican se exponen cada día a las sanciones más injustas o al destierro de lo exótico por parte de los erguidos. Esta madrugada, por ejemplo, aquejado de un dulce insomnio, he descubierto que muchos de los argumentos que circulan por ahí ya contienen el antídoto que los desactiva, el muro y la grieta, como uno que me ronda de Salvador Sostres, erguido puro, que en una de sus habituales piruetas y conocido su aprecio por Israel, prefiere guardar la proporción para los gintonics y decir “suerte que Hitler y Stalin están ya muertos, porque si no serían firmes candidatos a cualquier distinción. Hitler tal vez al Nobel de Química, por la increíble aportación de sus hornos”. Una madrugada salvada de la quema.

A ojos de los ejércitos en pie, una persona tumbada es un enfermo, un vago, un diletante que nunca pasa a la acción, un desviado que busca convencer a otros para que se tumben a su lado a repartir la culpa milenaria de pensar, leer, follar, comer y beber, escuchar música, hacer sombras chinescas en el techo y, en casos de extrema depravación, dormir. Dormir es el peor de todos los pecados. Hay que estar despierto, en pie, listo, aseado, afeitado y sonriente todos los días sin excepción, dicen sin explicar nunca para qué tanta verticalidad.

Un escritor que teclea de pie, como Hemingway, crea automáticamente a su alrededor un consenso ético, un dogma militar de artista metódico, férreo, valiente, preparado e inquebrantable, que se asoma al abismo existencial que asoma, entre café y vermut, en la hoja en blanco. Un escritor erguido está en la realidad. Un escritor tumbado, como Paul Bowles, que vivió y murió en Tánger y afirmó haber creado el noventa y cinco por ciento de su obra en horizontal, observa, por el contrario, cómo una sombra se extiende sobre su trabajo, sobre su sexualidad, sobre su temple como macho de letras. Es un escritor acostado, orientalista, débil, probablemente drogado o borracho o rodeado de niños. Si hablamos de las mujeres, atrapen el primer impulso eléctrico al pensar en una mujer, seguramente árida, deprimida, barbitúrica, que admita pasarse el día en la cama.

Es un asunto grave porque yo sin las camas que han sido sería un despojo. No habría leído ni pensado nada. No habría ordenado el cajón mental ni descansado de los ataques del día a día, ni soñado con lo que, a veces, acabé llevando a cabo. De mis viajes, mis mejores recuerdos son horizontales, las siestas en estaciones de tren, las camas de Nueva Orleans, Teherán, Marrakech, Nueva York, Kampala —ésta con una insinuante envoltorio de seda— y tantas otras donde fui tan feliz acostado y gasté tan poco. Cuando estaba en ellas no quería salir a ver nada, a experimentar nada, a probar nada. La intuición de la vida afuera, su rumor más allá del cuadrilátero mágico en el que dormitaba, me lo ha enseñado todo.

Pablo Mediavilla Costa: El mundo presente


El cielo de Madrid luce terso y limpio como una sábana al viento. Abro la ventana del techo para detenerme en el azul sin filtros. El frío tímido primaveral me sube los gritos que un puñado de personas lanza, como cada fin de semana, a la fachada de la cercana embajada de Siria. Las persianas de la legación llevan meses echadas y sus habitantes han dejado, como consecuencia, de observar la realidad. Imagino sus movimientos nerviosos en una penumbra de llamadas telefónicas para salvar el pellejo o alquilar una parcelita en el exilio. Imagino un pasillo y unas sombras que lo cruzan y un salón versallesco de luz filtrada y polvorienta.

Lo primero que he hecho al despertar ha sido ver un vídeo de la BBC. En él, el fotógrafo Tim Hetherington, muerto en Libia el pasado abril, hablaba sobre su trabajo y me he quedado mirando su cara, como de busto romano, y sus ojos que no pestañeaban. Me han dado ganas de abrazarle como se abrazan algunos hombres en los funerales, un gesto tosco y sincero.

Aloma Rodríguez ha twitteado un enlace a su columna del Heraldo y, automáticamente, he recordado a Félix Romeo, ese desconocido que pareciera haberse reencarnado a escote entre el dream team de escritores a los que dejó huérfanos en octubre.

En las entrañas de esta máquina perfecta ideada por Steve Jobs está el mejor disco del año, Father, Son, Holy Ghost de Girls, y también mi primera crónica radiofónica (¡y en catalán!) grabada en la noche de mayo en la que mataron a Bin Laden, un real desastre de tartamudeos e imprecisiones que ni una botella de Jack Daniel’s pudo ahuyentar para pegar ojo en mi habitación de Brooklyn. El blues de Abottabad y la postal que tengo al alcance de la mano, con el puente de Brooklyn hundido en la niebla que se me empieza a formar cuando recuerdo Nueva York.

Guardo la foto que le hice a Hitchens en la New School de la calle 12, donde entonces estudiaba. Recuerdo esperar en el vestíbulo la llegada de su débil cabellera y la camisa abierta a cero grados ambiente y su pinta de haber calentado la voz con un vino de 300 dólares. Llegó con una chica joven, quizá su asistenta, que miraba cómo el jefe invadía la sala como una onda expansiva de abrazos y risotadas.

Es fascinante descubrir que la realidad, a veces tan lejana, acaba por emboscarse en el latido de los días. Pienso, como diría un escritor, en el millón de mariposas batiendo sus alas que van desde Mohamed Bouazizi quemándose a lo bonzo en un pueblo de Túnez hasta el rumor de la diáspora siria en mi calle y, por un momento, me parece escuchar el fino engranaje de la Historia. El mundo aquí presente.