Pablo Mediavilla Costa: Carta al niño

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Te escribo desde el futuro sabiendo que no puedes leerte. He vuelto después de un tiempo al pueblo de tus abuelos donde tanto te aburres en verano. Sé que te gustaría estar en Barcelona con tus amigos o en Santander con tu primo, pero tus padres prefieren que pases tiempo con los abuelos. Es algo que ahora no entiendes, pero cobrará sentido algún día. Ahí va una pista, ellos siguen vivos. La abuela no oye apenas y el abuelo ha perdido la memoria y las ganas de hablar. Tranquilo, su mirada parece detenerse en el norte que mece los chopos y diría que no sufre. Tienes razón en esa intuición tan temprana que todavía no sabes expresar de que esta tierra cuida al cuerpo y tortura el pensamiento. A los abuelos les sigue gustando despedir el coche desde la acera, la misma de siempre con sus diminutas losetas grises que une su casa ahora vacía y la residencia de ancianos en la que ahora viven. Sí, el edificio de al lado que crees una iglesia porque hacen doblar las campanas al alba. Recuerda esto: no todo es lo que parece.

Sé que tu piel está morena y que cada tarde regateas cardos borriqueros en el campo junto a la nacional y que, en el fondo, sueñas con hacerte mayor y escapar de allí. No sufras, lo conseguirás y vivirás cosas sencillamente indescriptibles lejos del pueblo. Te olvidarás muchas veces de él y de llamar a tu abuela mientras recoge los platos en la cocina. Pasarás largas temporadas sin volver y cuando lo hagas, dentro de mucho tiempo, te parecerá una cárcel de árboles, como dijo Rodrigo Rey Rosa. Hay otras cosas que seguro te interesan más. La fábrica que hacía las galletas quebró hace años y el olor celestial de los hornos que anunciaba el pueblo está preso en una nave industrial en un polígono de las afueras. Los bares siguen llenos de gente que bebe y fuma y grita. Uno de los cines ha cerrado y el otro sigue colgando los carteles de las películas en la plaza. ¿Cuál es la última que has visto? ¿Cinema Paradiso? ¿Indiana Jones? Siempre te ha gustado la intimidad del cine, la oscuridad, esas mujeres en la pantalla. Las deseas a todas y cada una de ellas.

Después de comer, como de costumbre, he subido al pantano con ganas de bañarme, pero el día estaba frío y nublado. Me has hecho recordar ese día de verano en el que te hiciste mayor. Estabas sentado entre las rocas y a lo lejos divisaste una pequeña isla marrón. Creo que venías de nadar todo el año en una piscina cubierta de Barcelona. Tuviste una idea que te incendió el corazón. Te sumergiste en el pantano sin decir nada a nadie. El agua se enfrío pronto y una culebra pasó a tu lado sin molestarte. ¿Tenías miedo? Yo no lo recuerdo. En la orilla, tus abuelos, tus padre y un amigo de la familia empezaron a comprender lo que estabas haciendo. Me gustaría explicarte la hazaña desde la orilla, pero yo no estaba allí. Dicen que hubo nervios y orgullo. Dicen que te giraste un par de veces y levantaste la mano. Sé que estabas decidido y que querías probar algo. Viste llegar remando sobre su tabla de windsurf al amigo de la familia y te preguntó si estabas bien. Claro que estabas bien. Aún así decidió acompañarte y eso te hizo ilusión porque por primera vez un adulto se sometía a tu estela. La isla empezaba a ser una realidad y viste la pequeña playa de barro y las rocas y empezaste a hacer unas brazadas muy técnicas y gráciles, como si fueras una especie más del pantano. Al pisar la isla subiste hasta la roca más alta, levantaste los brazos y descubriste algo muy importante. Que aquello no estaba acabado, que no habías querido ir a la isla sino ir a la isla para contarlo, ir y volver de la isla para ser agasajado y respetado y perdonado. Eso es exactamente lo que ocurrió luego, cuando saliste del agua con tus músculos y tus entrañas tensando la piel perlada y dulce. Las miradas que recibías de extraños te decían que ya no eras invisible, las de tus padres y abuelos que ya no eras un niño.

P.D.: No tengo mucho más que decirte. Sólo te pediría que no te olvidaras de la isla. Vuelve a ella, deja tu nombre grabado o tu mano sobre el barro. El nivel del agua del pantano ha bajado mucho en estos últimos años y ahora es una península yerma. Sólo los mediocres y los asesinos conquistan penínsulas. Un niño como tú descubre islas.

 

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