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El sinvivir del hombre literario

Autobiografía de papel
Félix de Azúa
Mondadori

Autobiografía de papel, de Félix de AzúaSostienen los hombros de Félix de Azúa una de las diez cabezas patrias de las que escribió Antonio Machado, la que siempre acude a encendernos la luz en el abarrotado sótano español. A estas alturas, su selecta obra acerca del arte, la belleza o la política debe de haber obtenido la doble nacionalidad de algún país donde merezca la pena vivir, aunque el último desplazamiento conocido del autor sea un reciente viaje de ida, de su natal Barcelona a Madrid, para alejarse de un sistema en el que su jovencísima hija, un día después del colegio, le preguntó: «¿Nosotros qué somos: catalanes o fachas?». La mudanza —parte de su biblioteca personal descansa bajo la cúpula de Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro parece haber operado en de Azúa las bondades de un balneario centroeuropeo y en su trabajo periodístico, último acto literario en el que dice encontrarse, ha empezado a retomar algunos temas de sus pasados ensayos, tan originales, deslumbrantes y, sin duda, vigentes.

Autobiografía de papel es una prueba de este fenómeno, del eterno retorno de Azúa a su comfort zone, aun siendo ese un lugar colgado del abismo pues trata de la muerte del arte, pero también es un solvente reportaje periodístico sobre la trayectoria literaria del escritor, las tribulaciones y los aciertos. «No es mi vida, es un caso», afirma. Durante la lectura de Autobiografía uno siente una leve punzada de dolor en el costado al observar que el pasar de las páginas no trae los besos, puñetazos, viajes y batallitas que cualquiera espera a estas alturas de las memorias de un hombre de su edad. Ni siquiera un libreto central de fotos a color con el magnético joven que recitaba a Hölderlin por su jersey de cuello alto. Pero de Azúa ha huido siempre de lo castizo, desde sus veladas con Juan Benet y quizás antes, y por ello decide esconderse, cuidando mucho la originalidad y la honestidad en la forma, bajo las sábanas de sus muchas lecturas y escritos. Una última advertencia: terminado el libro el dolor desaparece por completo y da paso a la certeza de haber descifrado el acertijo inicial. La vida como un caso literario.

El tema de Autobiografía es obvio para cualquiera que conozca a de Azúa: es el relato de un superviviente. En concreto de un superviviente de la muerte cataclísmica del arte. Un afortunado o sagaz pensador que ha pasado por ello a ser una «bisagra» entre dos épocas, la del arte —20.000 años y la nueva, en un estado todavía primitivo, donde reina la mercancía y la democracia total. El arte ha muerto, se ha despeñado en su insolente ascenso al olimpo de la filosofía y la ciencia, y de Azúa ha sido testigo de la imprudencia fatal. Él ha visto al arte convertirse en filosofía del arte un juego altamente intelectual de espejos y autorreferencias donde el espectador debe hacer todo el trabajo y en el sumidero último del proceso ha visto como algunos «comenzaron a perforar montañas, a subirse a un escenario con una liebre muerta en los brazos, a exponer una hilera de ladrillos o a hacer un caminito de piedras en un remoto lugar de los Andes». Lo tremebundo del asunto es que el edificio que se derrumba en los 70 sobre el joven escritor que desconoce su suerte marcada contiene desde las pinturas de las cuevas rupestres hasta los Pollock. De Azúa ya no será artista, es imposible, pero tratará de recomponer las piezas del jarrón. La mirada, contra todo pronóstico, no es nunca melancólica, más bien fáctica. Irónica y fáctica, perteneciente a una estirpe de pensamiento sin duda no española que se atiene a la indiferencia sorda de la historia y no pierde el tiempo en la ciénaga de lo deseable o lo posible que no pudo ser. Se agradece en un país tan sentimental y tramposo con su propia historia:

Mi posición en 1989 era similar a la de algunos de mis colegas más jóvenes […] Afirmar, como allí hacía [El aprendizaje de la decepción, Ed. Anagrama] que las vanguardias eran ya pura academia y que por lo tanto quienes se calificaban a sí mismos de «vanguardistas» formaban la parte más conservadora del mundo del arte provocó la irritación de las ruinas de mayo del 68. Hoy es ya un tópico que utilizaban incluso los más ignorantes, pero no era así en 1989. Los ataques de la prensa (progre o castiza) fueron, como siempre en este país, ad hominem. Ni una sola argumentación empañó el gusto español por el insulto.

Creo que en esa curiosidad insaciable por el naufragio y en la valentía para defender sus ideas frente a bárbaros, impostores o meapilas está la explicación de que de Azúa haya sobrevivido asombrosamente joven y eléctrico. Al respecto, el autor se reserva una vez más: «Una de las razones por las que algunas personas viven más de la cuenta es porque están programadas para dejar testimonio de una experiencia común a su generación. He aquí, muy bien resumido, mi caso». La experiencia común será el desencanto observado sin excesiva amargura. Dejaré libre este texto de las muchas ideas acerca de la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo, los cuatro actos de su vida sin vida así apuntada en el título del primer acto de sus memorias dedicadas al arte Autobiografía sin vida (Mondadori), los cuatro paisajes que ha transitado y abandonado a medida que avanzaba el incendio o la experiencia. En esta autobiografía sí hay vida, pero la mala y buena vida que dan las letras, el sinvivir del fronterizo hombre literario que crece y piensa y emigra. En sus páginas hay sitio para un bolero, Mallarmé, David Foster Wallace, ETA o la influencia de Julio Iglesias en un miope director de ópera. «Leáse mis memorias, ahí lo explico mejor», le dijo Claude Lanzmann a una señora que preguntaba por sus motivaciones para hacer Shoah. Me parece lo correcto. En su adieu o epílogo, de Azúa recuerda bellísimamente el final de los sombreros, una especie de idolillo del mundo perdido: «Con los sombreros voló lo que quedaba de la vieja costumbre occidental de pensar, de perder la mirada por encima del gentío. Quizás esa era la función del sombrero, mantener las ideas a resguardo, antes de que se dispersaran por el aire y quedaran al alcance de cualquier desaprensivo». Un sombrero por cada diez cabezas.

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3 Comentarios

  1. ¿Entonces a lo que se compra y vende como arte (es decir, las firmas), cómo lo llamamos? Para ciscarnos en ello, digo.

  2. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Las mujeres que no se aburren también son peligrosas

  3. a. ladino

    Supongo que a estas alturas nadie leerá esta nota; basta con que la lea el autor. Copio su primera frase: «Sostienen los hombros de Félix de Azúa una de las diez cabezas patrias de las que escribió Antonio Machado». Ahora bien, lo que D. Antonio escribió fue: «De diez cabezas, nueve / embisten y una piensa». Las «diez cabezas» son ejemplo de la totalidad de ellas; la frase es exactamente equivalente a decir «sólo el diez por ciento de las cabezas existentes son cabezas pensantes». Todas las cabezas son «una de las diez», etcétera. Se entiende el sentido que la frase quiere tener: F. de A. es una de nuestras raras cabezas pensantes. Pero no lo consigue. Y lo que realmente dice, para quien conoce los versos de Machado, es sólo un cómico error.

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