Pablo Mediavilla Costa: Viaje al interior

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El avión cisterna se lanza en picado hacia la casa y luego se endereza y desciende como una pluma sobre el pantano sediento con algunos patos. El piloto vuela rasante a cinco metros del agua, quizá porque sea norma inspeccionar el lugar donde se llenan los tanques o porque su ruta de entrada al pantano de Gasset, con ese tirabuzón sobre nuestras cabezas, le ha dado mala espina. La nave de color amarillo deja el agua, al final, y sube por la falda de una colina —acebrada por los cortafuegos— que envuelve el pantano y lleva al punto de inicio donde acometer un segundo intento. Lo veo alejarse campo adentro y girar lentamente en el horizonte, como en una película de traficantes. Esta vez, el avión pasa sobre un terreno seco color ceniza que hay detrás de la finca y llena el patio de ruido y Pancho, el perro cazador que está acostumbrado a la soledad, sigue al bicho hasta que se posa en el agua para abrir las compuertas y luego me mira como si yo tuviera la respuesta.

Por la tarde vamos a una aldea cercana en busca de leña y un señor de unos 70 años con camisa de franela y boina nos lleva hasta donde las ovejas para darnos unos cuantos troncos de olivo. En el camino de piedras —él delante, nosotros en el coche— se detiene a saludar a un vecino y los dos se quedan largamente con la mano erguida. Un gesto pausado. Siento una fascinación desconectada por hombres como éste. Quiero hablar con él y preguntarle por la sequía, pero prefiero esconder mi total desconocimiento del tiempo y sus estaciones. Además, no sería una conversación, pues dudo que nada de lo que yo pueda contarle de la ciudad le interese lo más mínimo.

Un poco más adentro está el pueblo del Cristo del Espíritu Santo. La Tienda de Tere es el único colmado y está en la calle Nueva, perpendicular a la calle José Antonio. Compramos unas cervezas y pan y tomates. El negocio es espartano. Ni rastro de progreso. Las mismas fregonas de siempre, los cubos de plástico, el surtido Cuétara y las garrafas de agua. Las mismas cortinillas de plástico para cerrar el umbral a las moscas, españolas viejas. En la calle de salida, un anciano y una chica joven nos miran desde la niebla de los botellines de cerveza que pueblan la mesa y desde el aburrimiento de siglos que les hunde en sus taburetes.

Volvemos a la casa por una carretera desierta. A un lado veo una encina solitaria. Podría detener el coche y observarla durante media hora y nadie pasaría por aquí. Al llegar a casa, descubrimos que la madera de olivo no prende bien. Está recién cortada. Unos rastrojos que voy a buscar al establo del caballo nos ayudan considerablemente, pero se filamentan en rojo lava y desaparecen rápido. Qué silencio el del atardecer, sólo interrumpido por los disparos de la carabina de aire comprimido con balines del 4.5 que nos tiene como niños. Pancho no mueve ni una oreja con el estruendo sordo como de cerbatana. Las latas y las botellas ya no son ningún secreto. Hemos disparado a una mujer dibujada. Quería un tipo con aspecto criminal y me ha acabado saliendo una señora que va a misa. Pierdo la partida cuando mi contrincante le da en la carótida, pero pronto me repongo al destrozar un cigarrillo apoyado sobre la cerca. Pasa el tiempo y bebemos, mientras se hace de noche en el pasado de España.

 

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