Plaza de Cataluña: en ocasiones veo fascismo #felipfuig

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Plaça de Catalunya 15-M. Fotografía: Job Vermulen / Corodon.

Cuando estaba a punto de escribir un artículo en el que hacía la crítica de ciertas derivas políticas dentro del movimiento 15-M he asistido boquiabierto a las truculentas imágenes de los Mossos d’Esquadra apaleando sin motivo a los acampados de la plaza de Cataluña en Barcelona. Individuos sentados en el suelo ofreciendo resistencia pacífica —sin hacer el menor gesto de agresión a los agentes de la ley— han terminado siendo víctimas de una injustificada e injustificable brutalidad policial. He de confesar que a duras penas podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Esto es España y estamos en el año 2011, ¿verdad?

Invito al lector a hacer un pequeño experimento: contemple de nuevo las imágenes y haga un pequeño esfuerzo de imaginación. Ya no estamos en el 2011, sino en 1960. Quien va a jugar una final no es el Barça de Messi, sino el Madrid de Di Stefano. Los uniformes ya no son los de los mossos, sino los de la policía franquista. Y, claro, es necesaria una limpieza de la plaza para que la Copa de Europa pueda ser convenientemente celebrada, por tanto se lleva a cabo un desalojo por supuestos motivos de «seguridad» e «higiene». Y ahora la pregunta: si sustituimos mentalmente todos estos elementos, ¿no es cierto que todo cuadra mágicamente? Eso es lo triste, que las escenas de este viernes 27 de mayo de 2011 no nos resultarían nada sorprendentes si se nos presentasen en blanco y negro: son, efectivamente, la clase de sucesos que ya sólo deberían pertenecer al pasado.

Las agresiones policiales en la plaza de Cataluña no son, mucho me temo, un hecho anecdótico, sino el síntoma de alguno de los cánceres que están convirtiendo nuestra sociedad en un ecosistema cada vez más inhóspito para el humilde ciudadano medio. Uno de esos cánceres es la absoluta predominancia en la motivación de nuestros gobernantes del interés económico sobre el respeto al ciudadano. Un grupo de manifestantes con los que uno puede estar más o menos de acuerdo pero que presentan una protesta legítima de manera pacífica y civilizada, han sido hoy mucho menos importantes y mucho menos merecedores de respeto para nuestras autoridades que, por ejemplo, un partidito de fútbol. ¿Saben ustedes por qué? Porque el fútbol es igual a dinero pero los ciudadanos inquietos son igual a molestia, y esto lo dice alguien a quien le gusta el fútbol y vio el Mundial banderita en mano. Pero ciertas autoridades han pensado que hay una final de la Champions League, así que la protesta legítima del pueblo va a tener que buscarse algún otro solar donde montar el chiringuito; la celebración futbolera es lo primero, las quejas sobre el desempleo, la corrupción o los defectos de nuestra democracia están ocupando una plaza que, al parecer, pertenece por derecho a la UEFA. Esto es lo que valemos los ciudadanos para la gente que nos está gobernando: nada. No valemos ni el esfuerzo de una negociación digna. Las prisas por barrer de manifestantes las áreas públicas se traducen en palizas porra en mano a ciudadanos indefensos.

El mensaje de las autoridades que hay implícito en esta intolerable actuación es preocupante: hoy es la Champions, mañana será una boda real y pasado mañana será la visita de tal o cual jerifalte extranjero. La cuestión es que el ciudadano ha de tener cuidado si decide emplear la calle para manifestar pacíficamente su descontento porque ya hemos comprobado que la respuesta policial podría no ser nada pacífica. Aunque aquí me gustaría insistir en un punto: los ciudadanos tenemos que seguir siendo pacíficos, eso siempre. Si alguien ha de aparecer en los informativos internacionales actuando como un vándalo que no seamos nosotros, los anónimos votantes. De lo contrario, lo que ahora despierta solidaridad internacional —ciudadanos de otros países han comenzado rápidamente a mostrar también su indignación ante lo sucedido en Barcelona—, podría convertirse en un «ya están otra vez los españoles a la gresca». Más allá de la vergüenza nacional que supone el que las imágenes de la agresión policial circulen por el exterior haciéndonos parecer una república bananera, nos queda el orgullo de saber que las víctimas no han respondido a la violencia con más violencia. Y eso es el marchamo de una ciudadanía digna de respeto. Que haya quien nos pierda el respeto no significa que hayamos de perdérnoslo también nosotros mismos.

Volviendo a las autoridades, no han resultado muy tranquilizadoras las intervenciones de algunos representantes policiales durante la elogiable retransmisión que Antena 3 ha hecho de los acontecimientos (otras cadenas —desgraciadamente no todas— se han ocupado de ello también, pero en Antena 3 la cobertura ha sido más amplia y el enfoque más atrevido). En el programa de Susana Griso han hablado en directo con el director general de la policía de Cataluña, Manel Prat, quien no ha dado la impresión de tener explicaciones muy convincentes que darnos pese a que lo ha intentado. Pero cuando no se sabe muy bien qué decir resulta difícil aparentar lo contrario. Incluso ha reconocido que no había visto las imágenes de lo que sus subordinados estaban haciendo y no parecía estar muy enterado del alcance de los acontecimientos; supongo que tendría cosas más importantes que hacer en ese momento que seguir de cerca tan delicado operativo policial. La capacidad para la autocrítica, por descontado, ha brillado por su ausencia; el director de la policía catalana se empeñaba en presentarnos el asunto cual inofensiva operación de «higiene» y «limpieza», como si los espectadores no acabasen de ver lo que habían visto y la policía se hubiese limitado a retirar vasos de plástico y latas de cerveza vacías. Lo mismo puede decirse de David Miquel, portavoz del sindicato policial de Cataluña, quien tampoco parecía entender la necesidad de plantearse que quizá la policía se estaba excediendo y que también ha sido incapaz de decir algo tan sencillo como «si es verdad que se han cometido abusos quizá debería investigarse el asunto».

No sé qué van a decir ahora otros representantes policiales y autoridades varias. Imagino que tarde o temprano alguien entonará un cínico mea culpa destinado a lavar un tanto la imagen y salir del paso pero, francamente, un suceso como este, en una democracia como Dios manda, precisaría que los responsables políticos directos sean sometidos a investigación y en su caso despojados de sus cargos. También requeriría que algunos de los agentes tuviesen que hacer frente a los apropiados procesos disciplinarios e incluso legales. No basta con un «lo haremos mejor la próxima vez pero ahora miremos hacia otro lado» porque las autoridades, y muy especialmente los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, son aquellos en quienes los ciudadanos depositamos nuestra confianza —otorgándoles el monopolio legal de la violencia— para ayudar a proteger nuestros intereses e intentar hacer de nuestras vidas algo mejor. La existencia de la policía es algo necesario en cualquier sociedad moderna pero debe estar a servicio del ciudadano, no al servicio de las autoridades. Así que los incidentes de la plaza Cataluña resultan simple y llanamente intolerables. No podemos padecer el «síndrome de la mujer maltratada»: hemos recibido la primera bofetada… busquemos soluciones antes de que nos llegue la segunda y no nos confiemos creyendo que se ha tratado de un error aislado. Si ha ocurrido una vez podría ocurrir más veces, salvo que tomemos medidas para prevenirlo. Creo que ese es uno de los problemas de España: el ciudadano está acostumbrado a dejar que políticos y administradores campen a sus anchas en una especie de apático laissez faire, quizá resignado a la idea de que siempre ha sido y siempre será gobernado por corruptos e incapaces. Espero que ahora la gente se lance a la calle, pacíficamente y en mayor número, para demostrar que la calle pertenece a la gente, no a los ayuntamientos, ni a los policías, ni a los ministerios.

Perdonen ustedes mi latín, pero si hasta ahora los ciudadanos estábamos jodidos, ahora ya podemos decir que estamos jodidos y apaleados. Las autoridades deben administrar a la policía en nuestro beneficio, no en nuestra contra. Porque cuando las autoridades de un país usan la policía en su propio beneficio, en beneficio de sus amigos o en beneficio de los clubes de fútbol que producen mucho dinero… bueno, eso tiene un nombre. Búsquenlo ustedes en la enciclopedia.

En ocasiones veo…

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