Terrores sagrados

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Según San Agustín, la función del mal estriba en realzar lo bueno, por lo que “tanto más grato el espíritu y más digno de loa cuanto más se lo compara con lo malo”. Su intuición sigue más viva que nunca en la teodicea norteamericana, por lo que no debe sorprender que sea su industria de entretenimiento y agit-prop la que propicie este artículo. El tagastiano y el Imperio comparten la preocupación acerca del problema del mal —asunto de especulación teológica para el primero y cargo de conciencia para el segundo—. Agustín entiende que lo malo contribuye a la plenitud y perfección del universo, no pudiendo éste ser perfecto sin aquel. En Hollywood, el bueno es tal en su comparación con el malo en el sentido de que el primero mata a veinte personas y, el segundo, a cuarenta. En el Doktor Faustus de Thomas Mann, el profesor Schlepfuss enseña a Adrian Leverkühn la problemática de la “cualidad incomparable” acerca de lo bueno y de lo bello absolutos, sin relación con la maldad y la fealdad, afirmando que “donde hay comparación, hay medida”.

Baste recordar el sadismo de la Lisbeth Salander, protagonista de unas novelas (la trilogía Millenium) en que el extremo detalle con que se muestra cuán malvado es el villano permite que la venganza se haga justificable y la tortura paladeable, sintiéndose el lector “totalmente legitimado para disfrutar del asesinato crudelísimo del Malo del filme” (Vida y opiniones de Juan Mal-herido, pág. 210). Las someras descripciones que los medios, en una brillante construcción del Enemigo, ofrecían acerca de las torturas de los hombres de Bin Ladin o Saddam (operación bien reflejada en el Sábado de McEwan) recuerdan al obsesivo detallismo de los autos de fe de la Inquisición, donde el morboso examen de una inaceptable pecaminosidad, por ejemplo, justificaba el bambárrico castigo.

Sí, está todo ya inventado. Retornan modas que tanto furor causaran en la Alemania protestante pero remozadas por un atractivo barniz anglosajón. Ahora se lleva el waterboarding, auténtico remake yanqui de lo que la Santa Inquisición denominaba «tortura de agua». Y la tortura, dicen, ha cumplido el papel de Ariadna para «tirar del hilo» hasta la ciudad que nombrase el mítico Sir James Abbott y desmochar allí al Minotauro yihadista, muerto hace varios años (Ray Griffin dizque nefropático, que no frenopático) según Benazir Bhutto —asesinada poco después—. La belleza de las metáforas que los medios usaron al tratar los desafueros norteamericanos es hermana de la pátina de irrealidad que imprimió a la Inquisición el posterior embellecimiento literario, vaciándola en su abstracción (desde El Gran Inquisidor de Dostoievski como gran metáfora, a Peters y la Inquisición como «símbolo universal»), tornando asunto de cancamusa y gilicandonga. ¿Se sorprendería con Guantánamo el pobre Fray Luis, que pasó dos años entre rejas y heces hasta ser juzgado? La historia se repetiría como tele-farsa si los hechos no hubiesen sido neutralizados en pura fábula.

Pues bien, esta reflexión me asalta al contemplar el teaser tráiler de la próxima obra de Frank Miller —el padre de la novela gráfica, el cómic adulto y mil términos de márquetin que el corifeo friqui se afana en repetir—, cuyo nombre será Holy Terror. Se parte de una premisa ya habitual; ellos han destruido la democracia, que aquí suena a Martha Washington taraceado en el entorno sucio y lluvioso de Sin city. En el teaser vemos al héroe plantado en pose torera y volando cabezas a mansalva; que el lector juzgue por sí mismo, pues encajar aquí una digresión acerca del valor del superhéroe actual como expresión de coerción y unilaterismo no aportaría nada que no sepamos ya.

En 2007, Miller afirmó, respecto al ataque de Irak, que “esta gente corta cabezas. Esclavizan mujeres, mutilan los genitales de sus hijas, no respetan ningún tipo de reglas culturales que son importantes para nosotros”. Sin poder responder a la duda de si el autor diferencia entre Irak y Sudán o Costa de Marfil veo lógico suponer, a riesgo de equivocarme, que será en esta dialéctica bélica y de venoso tribalismo donde se sitúe The Fixer, el remedo de Batman creado para la ocasión. ¿Cómo será su enemigo? Si “donde hay comparación, hay medida” imaginemos, como mínimo, un engendro. El unidimensional Tarsites de 300 —poco que ver con el subversivo personaje de Shakespeare— se sitúa del lado de los buenos (frente a los hombres de Jerjes, “ese cerdo misógino”, que dice Leónidas ¡en el quinto siglo antes de Cristo!) pero su ascendencia persa es visible mediante un cuerpo deforme que roza lo teratológico (gemelo, por cierto, del giboso Lex Luthor de su Dark Knight 2, donde Miller hace gala de su extraordinario talento para la caricatura recordando a autores como Rude Goldberg). Por otro cierto, la estatua de la libertad parece resquebrajarse en las imágenes del teaser. ¿Protagonizará este nuevo cirujano de hierro otro alzamiento como el de Batman frente aquella “dictadura gentil” del Dark Knight Returns? Pero baste ya de elucubraciones: qué vanidad imaginar, que decía el poema de Cortázar.

Puede pensar el lector que nos encontramos ante una crítica en prolepsis, por decir cortésmente que reseño un cómic todavía sin publicar. Por tanto, ruego que no entiendan esta gacetilla como una crítica de Holy Terror, sino como la breve reflexión que es.

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1 comentario

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