Juan José Gómez Cadenas: Toda historia es un viaje

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En The amber spyglass,  Lyra y Will descienden a los infiernos, siguiendo los pasos de Ulises, Orfeo y Dante.

En casi toda historia digna de contarse hay un viaje. Ulises viaja a Itaca y Simbad sigue sus pasos un par de milenios más tarde. Orfeo visita los infiernos buscando a Eurídice, donde también se aventuran Dante y los héroes de Philip Pullman, en su magnífica trilogía, His dark materials. Otros viajes son más humildes. Mi padre cuenta en sus memorias el suyo, desde el pueblo de su niñez, hasta el sur de Francia; un viaje a menudo sólo de ida, que realizaron muchas familias de la España arruinada de la posguerra. La mía no dejó de viajar durante toda mi infancia, deambulando entre ciudades costeras. Mi propio periplo por medio mundo empezó al terminar la licenciatura en Ciencias Físicas y duró los casi 20 años que le costó al griego volver a casa.

En casi toda historia digna de contarse hay un viaje. Uno que ha llamado poderosamente la atención de la prensa y el público durante estas últimas semanas es el viaje de una curiosas partículas, los neutrinos, entre el CERN y un laboratorio subterráneo, Gran Sasso, situado cerca de la ciudad italiana de l’Aquila, que también alcanzó triste fama hace poco tiempo al ser casi destruida por un terremoto.

La razón por la que el viaje de los neutrinos se ha hecho famoso se debe a un artículo recientemente publicado en ArXives (el repositorio digital donde los físicos de partículas suelen hacer públicos sus trabajos, a la vez que los envían a revistas arbitradas para su publicación formal). En ese artículo, un equipo de científicos que trabajan en un experimento llamado OPERA mide la velocidad con la que los neutrinos viajan entre ambos laboratorios. Y esa velocidad, de acuerdo a su medida, supera a la de la luz en el vacío. La idea de que nada viaja más rápido que la luz es vox populi como el hierro de las lentejas, el calcio de la leche o las virtudes medicinales de la homeopatía. Es palabra de Einstein, que es lo más parecido a un Mesías que ha producido el mundo de la ciencia. Y como tal revelación sagrada exige un acto de fe. La intuición no comulga con la idea. En nuestra experiencia cotidiana siempre es posible encontrar un Aquiles que corre más que la tortuga, un Centauro que corre más que Aquiles, un Pegaso que adelanta al Centauro, un Ferrari que los adelante a todos, un avión supersónico que deja al Ferrari clavado. Nada a nuestro alrededor nos ofrece una pista que apunte a la idea de que existe una barrera insalvable, una velocidad que no puede superarse. Es verdad que la luz viaja muy rápido. Aproximadamente a 300.000 kilómetros (que es algo menos de la distancia que separa la luna de la tierra) por segundo. Subidos a bordo de un fotón luminoso podríamos dar diez vueltas al planeta en lo que se persigna un cura loco. Claro que recorrer el trayecto que nos separa del Sol nos costaría ya 8 minutos y llegar hasta Alpha de Centauri, la estrella más cercana a nuestro sistema solar, nos llevaría 4 años. Por no decir los más de 26 milenios que necesitaríamos para alcanzar el centro de la galaxia o los eternos dos millones de años que cuesta salvar la distancia a la vecina galaxia de Andrómeda. Medida contra Ferraris y aviones supersónicos la luz es tan veloz como Aquiles. En términos de las distancias estelares es más lenta que la tortuga.

Boldly go where no man went before. Si la velocidad de la luz no puede superarse, la Enterprise no puede ir muy lejos. El sueño del viaje espacial se da de bruces con la estricta legislación relativista.

Las implicaciones no son baladíes. Si la velocidad de la luz no puede superarse, es dudoso que la humanidad pueda salir del barrio —el sistema solar, como mucho alguna estrella vecina— en algún remoto futuro. Y esa prohibición, a una especie de navegantes como la nuestra, le fastidia. Aún peor, la luz no es más que una forma de onda electromagnética, como el radar, el sonar, o la radio. Y como todas viajan a la misma velocidad, imagine el lector una conversación con alguna civilización del centro de la galaxia:

Tierra: Hola, ¿qué tal?
26.000 años más tarde
Centro de la Galaxia: Hola, hola. Muy bien por aquí. ¿Qué tal los niños?
26.000 años más tarde
Tierra: Bastante creciditos ya, ¿y los vuestros?

Nautilus, una máquina mucho más prodigiosa que la Enterprise.

Es decir, no sólo los viajes interestelares parecen poco menos que imposibles, sino que también lo es comunicarse en tiempo real con otras civilizaciones. Lo cual, por cierto, deja a los guionistas de Star Trek y al 90% de los escritores de ciencia ficción sin argumentos para sus novelas. De ahí el hyperdrive de la Enterprise y otros objetos para saltarse a la torera el signo de prohibido adelantar a la velocidad de la luz. Pero cuando un escritor o guionista se ve obligado a recurrir a un objeto como el hyperdrive —en el fondo tan mágico como las escobas de Harry Potter—, el lector, aunque no sea consciente, se da cuenta del truco. Cuando Julio Verne escribe Veinte mil leguas de viaje submarino hechiza a una generación de jóvenes que se precipitan a las escuelas de ingeniería dispuestos a construir su propio Nautilus, una máquina tan maravillosa —no, más, mucho más— como la Enterprise, que apenas un siglo más tarde se encarna en los submarinos nucleares del mismo nombre. Veinte mil leguas de viaje submarino es un ejemplo clásico de lo que ha dado en llamarse hard SciFi, ciencia ficción dura. El Nautilus que describe Verne es una máquina prodigiosa, pero no lo es más que los fabulosos submarinos que surcan hoy los océanos. La Enterprise, en cambio, no es ni será nunca más real que Excalibur. De ahí que la ciencia ficción “blanda” nos parezca a muchos equivalente a las historias de espada y brujería. Unas y otras entretienen pero no maravillan. Todos sabemos ver a través del cartón piedra.

En esa clave, es fácil entender el revuelo que ha causado la noticia de que los neutrinos viajan más rápido que la luz. No es nada personal con don Albert, que en paz descanse. Es la rabieta de una tribu de nómadas contra una ley inventada por la Naturaleza, se diría, para chincharnos. Y por eso todos, sin saberlo, estábamos del lado de los físicos de OPERA. Todos deseábamos que los neutrinos —luego, quizá algún día, también la Enterprise— viajaran más rápido que la luz.

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6 comentarios

  1. Querido amigo,

    Peca usted de prepotencia cuando dice que tanto los viajes como las comunicaciones a distancias interestelares siempre serán imposibles.

    ¿No ha oído usted nunca la expresión «el límite es el cielo»? Bueno, pues en este caso «el límite es el borde del universo». ¿Sabe dónde está el borde del universo?

    Pues eso.

  2. Los viajes interestelares son muy complicados por varias razones: 1) la dificultad de dar con un combustible ligero y ultraeficiente, 2) los rayos cósmicos, que frien a los astronautas en el espacio y 3) la enorme distancia entre las estrellas.

    La comunicación galáctica es ciertamente posible (ya hablaré del tema) pero muy complicado en tiempo real, debido, otra vez, a la enorme distancia entre las estrellas. Lo que si es posible es la comunicación en diferido.

    En cuanto al borde del universo sí se dónde está, justo en el horizonte de galaxias que se alejan de nosotros a la velocidad de la luz. Más allá de ellas no nos llega señal alguna.

  3. Pingback: Toda historia es un viaje

  4. Precioso y conmovedor texto para todos aquellos que soñamos con las estrellas. Quiero más.

  5. Jesús

    Me ha encantado lo de «en lo que se persigna un cura loco» muy visual jejejej

    Bueno, tampoco hay que perder la esperanza. Quizás más que viajar en aburrida línea recta lidiando con tiempo y distancia sea cuestión de usar el pensamiento lateral y buscar atajos.. quizá más que «viajar» un buen Enterprise lo que haga sea «plegar» el espacio-tiempo para bajar cómodamente al otro lado, dejando las molestias del viaje tal y como lo concebimos ahora dobladitas entre medio.

    Después de todo, falta dilucidar la conexión teórica entre micro y macro cosmos, esa «teoría del todo» que buscaba Albert. Y ahí abajo, a escala cuántica, si las partículas pueden estar en varios lugares al mismo tiempo.. simplemente habría que aplicarlo a nuestra escala y asunto resuelto. Es simplemente cuestión de tamaño.

    Pero bueno, que además de coña, esto todavía es Sci-fi.
    ;)

  6. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Cómo veían el mundo los medievales

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