Custer y el Séptimo de Caballería, una tragedia americana (y II)

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Era una calurosa tarde en Montana. Estaban recogiendo cebollas salvajes cuando las mujeres vieron una gran nube de polvo que se acercaba al campamento sioux. En seguida pudieron distinguir a los cuchillos largos galopando hacia ellas siguiendo a un enorme jinete en un caballo tordo, el capitán French. Corrieron a refugiarse entre los tipis buscando a los niños mientras los guerreros de la tribu se armaban hasta los dientes , montaban sus ponys y salían al encuentro de los soldados.

El plan del superior de Custer, el general Terry, se fue al carajo al primer contacto con el enemigo. Como todos los planes. No es que fuese un tratado de estrategia militar, la cosa era bien sencilla: se trataba de que el Séptimo de caballería marchando desde Fort Lincoln localizara a los sioux y cheyennes hostiles que se negaban a vivir constreñidos en las reservas y forzarles a un combate abierto mientras el resto de la columna con Crook a la cabeza del Segundo de caballería y la infantería restante, saldría desde Fort Fetterman para, dando un rodeo, adentrarse al norte del Yellowstone y así cortarles una posible retirada hacia el Canadá, más allá de la jurisdicción de sus galones. El Coronel Gibbon debería unirse con su tropa desde el oeste, pero en un increíble alarde de dejadez cruzaría el Río Lengua “porque los caballos no saben nadar”. La simpleza que en otros momentos puede ser un buen arma en esta ocasión hizo que el ejército pasara por alto las particularidades de la gente a la que se enfrentaban.

La cultura de los indios de la pradera tenía como centro dos aspectos que resultarían decisivos en los hechos del verano de 1876: el combate personal y la movilidad que confería a las tribus el generalizado y magistral uso de sus pequeños caballos. Los campamentos y las partidas de guerreros se movían constantemente, pudiendo sorprender a los yanquis con una acumulación de hombres donde menos se los esperaba mientras durase el estío; pero les hacía muy vulnerables en el invierno, lo que más adelante les costaría la definitiva derrota. Su manera de entender la guerra era totalmente diferente a la de los blancos. Para los hombres indios era casi la única manera de prosperar en su sociedad y tenía un fuerte componente espiritual que le imprimía al combate un carácter eminentemente individual. No necesitaban órdenes para enzarzarse en batalla, bastaba con que unos cuantos crows rivales merodearan por su territorio para que todos los jóvenes de un campamento entablasen una lucha a muerte con ellos y casi entre ellos por tener el honor de ser los primeros en combatir. Con estos mimbres parecería que los indios no tenían muchas posibilidades frente a una fuerza militar moderna y organizada como era la Caballería del US Army, pero como veremos algunas cosas habían cambiado sustancialmente sin que los generales azules se percataran a tiempo.

Rosebud Creeck

Pequeño Halcón permanecía inmóvil en el risco que dominaba el meandro con sus diminutos e inexpresivos ojos clavados en la columna de soldados que discurría a lo largo del Río Lengua, y la visión de unos doscientos crows y shoshonas que marchaban junto a los hombres de Crook acabó con su paciencia. Esos traidores que se habían aliado con el hombre blanco contra los cheyennes y sus ahora amigos los sioux debían tener su merecido. Lógicamente no pensaba atacar con los 20 guerreros de su partida a aquel millar y medio de enemigos; era cheyenne, no imbécil, así que dio vuelta a su montura y, dejando a la mitad de sus hombres a cargo de seguir e informar sobre los movimientos de Crook, galopó como alma que lleva el diablo hacia Reno Creek, donde en esos momento se encontraba el gran campamento conjunto de las tribus para relatar a los jefes lo que había visto, y convencerles de que había una posibilidad de sorprender a los casacas azules con un ataque audaz. Afortunadamente no necesitaría muchas explicaciones, porque al llegar al campamento se encontró con el final de la Danza Solar sioux, en la que Toro Sentado había sacrificado a 50 reses para entrar en un trance que le provocaría la profética visión de unos soldados bajando de la colina con la intención de atacar a su gente que eran interceptados y masacrados. El informe de Pequeño Halcón, unido a los presagios del Gran Jefe, propició que el resto de jefes concluyesen que había llegado el momento de entrar en acción, y para dirigir el ataque eligieron a uno de los hombres que hizo que las cosas no fuesen como de costumbre para los indios.

Lluvia en la Cara posa con su Winchester .44. La capacidad de fuego que daba el rifle de repetición a los indios sorprendió a los hombres de Terry.

Caballo Loco reunió rápidamente 1500 guerreros, a los que gracias a su carisma personal consiguió inculcar la necesidad de pelear de una forma menos anárquica si querían hacer daño al enemigo: esta vez combatirían recibiendo órdenes, las suyas. Tras una marcha forzada, Caballo Loco cae a la altura del Rosebud Creek sobre la desprevenida columna de Crook, que desde luego lo último que espera es esa agresividad en tácticas y número por parte india. Los escaramuceadores pielroja llegan hasta la línea de los centinelas yanquis entrando en combate cuerpo a cuerpo, y usando sus tomahawks acaban con ellos teniendo incluso tiempo de arrancarles la cabellera; pero la pronta reacción de los aliados indios del ejército logra evitar que las dos masas críticas de ambos contendientes llegue a una melee que sería fatídica para Crook. Se estabiliza un frente en el que se intercambian disparos durante un par de horas durante las que los oficiales de caballería notan que las cosas no transcurren como habían imaginado. Los indios mantienen sus posiciones, no se inmolan en cargas valerosas contra las carabinas de sus hombres. Además responden al fuego con cierta disciplina y, lo que es más preocupante, con una velocidad de fuego que ellos jurarían superior incluso a la propia. Cuando Caballo Loco entiende que la situación está estancada y temiendo no poder sujetar el ardor de sus guerreros por mucho tiempo más, da orden de romper el contacto dejando detrás de sí 23 yanquis muertos y 10 de sus hombres, uno de cuales desvelaría la respuesta a las sospechas del general Crook. En sus manos aún quedaba un Winchester .44 de repetición. El ejército dotaba a la caballería con una carabina Springfield de retrocarga; cada vez que disparaba debía volver a cargarse con la consiguiente pérdida de tiempo. Por eso los indios respondían con más fuego al suyo: durante aquel año se habían hecho con entre 400 y 800 rifles de repetición a través de los innumerables comerciantes de armas que les visitaban en sus campamentos invernales en busca de pieles. Era una mala noticia. Muy mala noticia.

Así, Crook estima que necesitará artillería y más potencia de fuego para cumplir su parte del plan y decide regresar a Goose Creek, eliminando del teatro de operaciones durante siete semanas a la mitad del ejército que debía llevar a cabo la campaña de ese verano y dejando solo al Séptimo de caballería.

Mientras, al norte…

La búsqueda de velocidad y movilidad llevó al Séptimo a dejar atrás las ametralladoras Gatlin que echarían en falta.

Sin noticias de lo sucedido en Rosebud Creek, Terry sigue adelante con el plan a la vez que empiezan a surgir complicaciones con el carácter de Custer. Está ofendido porque el general ha decidido destacar con la mitad del regimiento al mayor Reno en misión de reconocimiento y no a él. Está aún en el punto de mira del presidente Grant y ansía una oportunidad para demostrar su valía. En su megalomanía llega a imaginar que una aplastante victoria contra los sioux puede hacerle llegar al Congreso, y quién sabe si no a la Casa Blanca. En el tiempo en el que Reno lleva a cabo su misión de exploración, convence a Terry para que le conceda un mando separado y pueda manejar a “su Séptimo” independientemente de la fuerza principal. Su idea es, una vez recuperadas las tropas de Reno, separase de la columna y cabalgar ligero en busca de lo que según los informes no es más que otro campamento indio que arrasar sin mayor complicación. No llevará artillería que le retrase ni las farragosas ametralladoras Gatling que seguramente le hubiesen salvado la vida, porque quiere hacer 100 millas diarias siguiendo el rastro que los exploradores arikaras de Cuchillo Sangriento han descubierto para él. Su mayor temor no son los guerreros sioux y cheyennes, su mayor temor es que se le escape la gloria y los indios se diluyan en la pradera antes de que él les de caza. Terry y supuestamente Gibbon marcharían a lo largo del Yellowstone para confluir con Custer en cuanto este hubiese fijado la posición de la aglomeración de tipis. Los seiscientos hombres del regimiento marcharán de una manera agotadora durante tres días en la senda que les marcan sus indios, sin descansar apenas para dormir y comer frugalmente, con los pañuelos en la cara protegiéndoles del polvo del camino y sus sombreros cubriéndoles del sol, llevando el agua justa y con el único lujo de su mascota, un bulldog amarillo.

El ataque de Reno

A la mañana del día 25 de Junio los indicios de la presencia del campamento indio son cada vez más evidentes en el Little Big Horn, y los reportes de los arikaras llegan ahora informando de constantes avistamientos del objetivo. Pero no reflejan lo que Custer esperaba, ya que hablan constantemente de una reunión de tipis tan grande como nunca habían visto. En realidad, donde Custer pensaba encontrar a unos 1500 indios en total había no menos de 8000 civiles y unos 3000 guerreros. Esto le desconcierta en un primer momento, pero tras analizar los rastros encontrados determina que los exploradores deben estar exagerando y, además, parece que todo indica que la presencia de guerreros no es muy numerosa entre las gentes del campamento. De cualquier manera echará un vistazo por sí mismo, y con su catalejo termina de engañarse cuando no ve más que unos pocos tipis dispersos de lo que en realidad es un mar de ellos que permanece oculto tras un bosquecillo. Ahí está, al alcance de su mano, la oportunidad de conseguir un triunfo que le redima en el ejército y en Washington. Qué demonios, él es George Armstong Custer, y no piensa dejar que unos exploradores salvajes le amedrenten o le hagan tomar lo que el piensa excesivas precauciones a estas alturas. Y como es Custer, tampoco piensa seguir las órdenes de sus superiores y esperar al convenido día 26 para que las tropas de Terry se unan a él y compartir la victoria; se miente y miente a sus hombres justificándose con la posible pérdida del factor sorpresa. Es su momento, y para eso ha llevado con la lengua fuera a su querido Séptimo estos últimos días. Hay que atacar ya.

Divide al regimiento en cuatro destacamentos: el capitán Benteen con 120 hombres ocupará el ala izquierda de un ataque que ha de converger en el poblado. El mayor Reno y sus 175 soldados marcharían por el centro, con el propio Custer y 220 hombres más a su derecha. El resto quedaría en retaguardia guardando los suministros. Benteen muestra su desacuerdo rogando a Custer que no divida las fuerzas, al fin y al cabo los informes sobre el tamaño del emplazamiento enemigo pueden ser ciertos y si es así van a necesitar cada hombre y cada bala concentrados. Este se enfurece, y señalándole sus órdenes una vez más le indica que se mueva ya a sus posiciones, y que haga lo que se le ha dicho: remontar aquellas colinas, atacar a todo lo que vea y volver junto a él si no encuentra nada. Sin más. Son las 11:45 de la mañana y todos se dirigen a sus posiciones.

Las tropas comienzan a distinguir cada vez más indios en su frente y la excitación del combate hace que se revuelvan inquietas. Los hombres de Reno ven a una milla a su derecha al grupo de Custer, que marcha a envolver a los indios mientras levanta una enorme polvareda en la que se van perdiendo los jinetes. Son las 12:20 y será la última vez que los vean con vida.

Los indios arikaras eran los exploradores preferidos por Custer. Sus ojos y oídos en la pradera, que dejó de escuchar en el peor momento.

A las 14:20 Custer da con unos cuantos tipis cheyennes, cuyos moradores salen disparados hacían el campamento principal al ver acercarse a los soldados. “¡Estos son sus indios, general! Corriendo como gallinas” le grita uno de los crows del ejército mientras aprovecha para saquear las tiendas de sus hermanos, lo que refuerza la confianza de Custer, quien envía un mensaje a Reno : “Los indios están a unas dos millas y media enfrente de usted. Huyendo. Avance tan rápido como sea posible y cargue contra todo lo que encuentre, más tarde yo iré en su apoyo” . No hay noticias del gran campamento, podría ser que solo encontrasen pequeños asentamientos como este, con los que sus hombres son muy capaces de manejarse. Por detrás, Benteen vuelve con las dos columnas principales tras no encontrar nada en la izquierda, pero todavía molesto por el trato que le ha dado Custer no parece tener mucha prisa y se encuentra aún a unas cuantas millas a la zaga. Parece que Custer realmente hubiera sorprendido a los indios, y no se registra movimiento enemigo alguno que no sea poner pies en polvorosa al ver a la caballería. Ahora está dispuesto a sacrificar la mitad de sus caballos reventándolos en la persecución, cosa que sucedería en algunos casos y que salvó la vida a algunos de los hombres de su batallón cuando sus monturas cayeron rendidas por el agotamiento. Pero Toro Sentado ya está informado de los movimientos enemigos, y mientras los no combatientes comienzan a recoger el campamento los guerreros se aprestan para el combate.

Sobre las tres de la tarde la fuerza central de Reno se prepara para atacar por fin los primeros tipis del gran campamento, sin saberlo. Cuando sus tres compañías forman una línea de carga al salir del bosque no es capaz de distinguir la magnitud de lo que están a punto de intentar, y ordena que se toque paso de carga. Según van avanzando primero al paso, luego al trote, y por fin a galope tendido, la enormidad de las tres millas de anchura del poblado indio se va haciendo cada vez más patente y, en el último momento, a 400 yardas de adentrarse en aquel laberinto, logra detener el asalto a duras penas. Menos el pobre cabo James Turley, cuyo caballo desbocado no frenó y continuó en solitario hasta desaparecer para siempre entre las tiendas de los hunkpapa sioux, la tribu de Toro Sentado, que casualmente ocupaba ese extremo sur del campamento y como podemos suponer serían los más fieros en la resistencia. Alertados los guerreros, forman frente a las tiendas haciendo pantalla mientras mujeres y niños siguen levantando el campo. Se inicia un intercambio de fuego a la vez que los soldados desmontan para combatir, y poco a poco más indios van uniéndose al combate mientras uno de cada cuatro yanquis no dispara por tener que llevar a retaguardia a los caballos. Así pues, la desproporción de las fuerzas va haciéndose cada vez mayor y Reno empieza a flaquear cuando los sioux parecen iniciar un movimiento de flanqueo. Las bolsas de munición vuelan de un sitio a otro y los disparos de los profesionales del ejercito son precisos, más a esa distancia en la que la Springfield es más fiable que los Winchester, pero no hay suficientes carabinas en línea para mantener siquiera a los indios en su posición. Solo ha perdido dos hombres, pero teme quedar rodeado de seguir sumándose enemigos, y ordena retirarse hacia el bosque donde tendrán mayor protección. El primer ataque ha sido rechazado de pleno.

Los correos hacen llegar a Custer que Reno se mantiene firme en el bosque mientras él sigue avanzando, y por fin descubre la realidad que había estado negando toda la mañana. Aquello era mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Y es en este momento, cuando ya es consciente de que el reto excede sus fuerzas, de que Reno ha sido rechazado , cuando quizás llega el momento decisivo de la batalla de Little Big Horn. ¡Custer decide seguir a la ofensiva! Inexplicablemente manda al corneta Martin con un mensaje hacia Benteen: “Benteen venga. Gran poblado. Venga rápido. Traiga munición. P.S : Traiga las mulas”.

Solo se puede entender esta decisión si tenemos en cuenta la personalidad que ya hemos esbozado. Siendo explícitos: ¿qué coño pretendía?

Pánico

Plano de los movimientos durante la batalla de Little Big Horn.

Todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. La supuesta firmeza de Reno defendiendo el bosque dura exactamente 20 minutos. Con un ataque de pánico impropio de un oficial, el mayor está perdiendo los papeles por segundos. Sus órdenes son inconexas y contradictorias; los hombres le miran entre asustados y desconcertados mientras logran mantener por sí mismos una pequeña disciplina de fuego. Además de los nervios, su jefe ha perdido el sombrero, y un pañuelo rojo atado a su cabeza unido a su errático comportamiento no es que les infunda mucha confianza. Todo esto termina en el bosque como tenía que terminar, visto lo visto. Reno monta en su caballo y grita: “El que quiera vivir de vosotros que escape como pueda ¡Seguidme!” Lo que se conoce técnicamente como maricón el último. Cualquier posibilidad de realizar una retirada coherente y con posibilidad de éxito parecen escapar al galope con aquel tipo de la bandana en la cabeza.

La salida del bosque se convirtió en poco más que una cacería de conejos para los hombres de las praderas. En sus ponys frescos iban abrumando a los rezagados como Isaiah Dorman, un intérprete y único negro de la expedición que, eso si, antes de que veinte guerreros lo despedazaran se llevó por delante a cuatro de ellos con su Colt. Son las 4 de la tarde, y en la hora que lleva Reno en combate ha perdido menos hombres que en los cinco minutos que los supervivientes del batallón han tardado en huir del bosque hacia una pequeña colina, donde hombres como el teniente Hare intentan rehacer la defensa: “¡Si tenemos que morir, muramos como hombres! ¡Soy un maldito hijo de perra peleón de Texas!” grita el veterano rebelde de la guerra de Secesión a los hombres que suben a gatas, cogidos de las colas de los caballos de sus camaradas, exhaustos y aterrorizados por los gritos de guerra indios, hacia la cima que ahora se conoce como Reno Hill. Algunos en la confusión huyeron en dirección contraria para caer en manos de los guerreros y ser desollados a plena vista de sus amigos. De los 140 soldados y 35 exploradores de la fuerza central, los aproximadamente cien que quedan consiguen finalmente establecer un perímetro en lo alto de la colina mientras el ataque indio parece remitir. Los guerreros tienen otro objetivo que atender: es el turno del jefe blanco.

Esta inesperada tregua es aprovechada por Beenten, que al escuchar el fragor del combate acelera el paso y consigue llegar a la colina de Reno, en la que se encuentra a éste desquiciado y exigiéndole a gritos que le eche una mano: “¡Por el amor de Dios, Benteen, detenga a sus tropas y ayúdeme! ¡He perdido la mitad de mis tropas!” Viendo el panorama que existe en la cima, Beenten decide escuchar la súplica de Reno y se une a él en el perímetro. Las municiones ya escasean y ambos deciden esperar a que lleguen las mulas antes de ir en busca de Custer, pese a que ya se escucha el ruido de los disparos que viene de la posición de su comandante y se divisa una marea de plumas galopando en su dirección.

Last Stand

Volvamos a las 4 de la tarde para encontrarnos con un Custer aún controlando la situación en su sector. En mangas de camisa, con los pantalones de gamuza metidos por dentro de las botas, su famosa chaqueta de ante atada a la parte trasera de su montura y un sombrero de ala ancha que lleva doblada y cogida con un corchete en su parte derecha para poder apuntar con facilidad, el “general” ya ha sido informado de la derrota sufrida en el ataque central por parte de los exploradores Boyer y Curley, a quienes da opción de abandonar en ese momento. Curley ve el cielo abierto y se aleja rápidamente de lo que piensa va a ser una carnicería, pero Boyer elige quedarse y pelear. De momento parece que lo más seguro es quedarse con el ejército, ya que el destacamento que Custer ha separado de su fuerza —unos 80 hombres al mando del capitán Yates— ha encontrado poca resistencia en su reconocimiento cerca del extremo norte del poblado indio. La mayoría de guerreros están aún acosando a Reno o escoltando a los civiles mientras se alejan del campamento. El tiroteo es esporádico y los soldados buscan un vado para cruzar el río, mientras veinte o treinta sioux bajo la dirección de Vaca Toro les hostigan al amparo de las tiendas.

El tiempo pasa mientras el número de guerreros que acuden al encuentro de Custer aumenta progresivamente. El jefe Agalla comienza a aliviar la presión sobre Reno para enviar cientos de guerreros a enfrentar la nueva amenaza. Ya pasan treinta minutos desde que dejaron tranquilos a los yanquis de la colina, y los movimientos que realizan los guerreros cruzando el rio a la izquierda de Custer nos anuncian que el propósito de rodear a los soldados empieza a materializarse sin que este sea consciente de ello. El hermano pequeño de Custer, Boston, aún es capaz de llegar a unirse sus dos hermanos —Tom también marchaba junto al mayor— desde la columna de Beenten, ya que al escuchar los primeros disparos se ha lanzado al galope para pelear junto a su sangre, y en nuevo despropósito comunica a su hermano que no ha visto indios en el camino, y que Reno y Beenten se dirigen hacia su posición para unir fuerzas. Custer cree entonces que con las tropas en camino tiene suficientes hombres para conseguir su objetivo primario: destruir los tipis y capturar tantos no combatientes como sea posible para, usándolos como rehenes, forzar a los guerreros a volver a la reserva. Craso error.

El jefe Agalla lideró el primer movimiento con la intención de embolsar a las tropas que atacaban el poblado.

El círculo de indios va formándose a su alrededor. Caballo Loco también ha abandonado la lucha en la colina y, tras un ritual en el que durante veinte minutos se echa polvo de una madriguera de topo encima, cabalga con sus impacientes sioux rodeando el norte del campamento para ir cerrando el cerco por la derecha de lo que queda del Séptimo de caballería. Son las 5 de la tarde y el cheyenne Hombre Blanco Cojo es el encargado de avanzar desde el lado opuesto al poblado y terminar de sellar la bolsa.

La presión sobre el ala izquierda de Custer aumenta a medida que más y más guerreros van llegando desde desde Reno Hill. Los soldados, cansados por los días de marcha forzada, no están en condiciones de mantener durante mucho tiempo su posición, y las bajas van aumentado. Cada pony y cada penacho nuevo es un clavo en su moral, y esta empieza a flaquear mientras notan que sus caballos caracolean asustados presintiendo lo que se avecina. Dos Lunas y Nariz Amarilla lanzan una carga contra los pocos hombres que todavía mantienen la línea y terminan de desbaratar la formación del capitán Keogh. Al hacerse con el estandarte de la compañía L, dan la señal de salida a una huida que más parece una estampida de bisontes que otra cosa. Lo que queda del flanco derecho recorre despavorido los 600 metros que le separan de la posición en la que Custer ya se enfrenta a los hombres de Caballo Loco, dando opción a que Agalla y Hombre Blanco Cojo se lancen en su persecución y estrangulen cualquier posibilidad de que lleguen refuerzos. La compañía I intenta cerrar la brecha, pero los cheyennes y los sioux lanzados la aplastan literalmente, pasando por encima de ellos en una proporción de diez a uno. En cuestión de minutos el flanco se ha evaporado y no quedan más que aterrados hombres luchando por su vida entre los gritos de los salvajes mientras intentan abrirse paso.

El ala izquierda aún mantiene cierta coherencia y logra dar amparo a los 15 fugitivos que llegan desde su derecha, pero la situación es ya claramente desesperada para todos. Una vez estrechado el círculo la proporción de fuerzas ronda el 20 a 1, y los hombres miran hacia el sur imaginando la llegada de los refuerzos de Benteen, que nunca se producirá. Los indios galopan frenéticamente alrededor del cada vez menor número de resistentes, lanzando cargas puntuales que destrozan los nervios de los soldados y se cobran aquí y allá la vida de alguno de ellos. En un vano intento de montar una barricada, los hombres de Custer forman un círculo con los caballos muertos para evitar las corridas de los guerreros que están deseando llegar al cuerpo a cuerpo y acabar con los blancos según manda su tradición. Quedan unos 50 hombres con capacidad de combatir para enfrentar a miles de indios.

La munición empieza a escasear y ya no se pelea por otra cosa que salvar el pellejo de alguna manera. Es probable que en ese momento por fin encontrase Custer su destino y fuese alcanzado por una bala en el pecho, cayendo muerto sobre el cuerpo de uno de sus hombres, donde fue más tarde encontrado. No está claro cómo o a manos de quién murió, y muchos indios se han atribuido la hazaña. Tantos como la han negado, ya que en los años posteriores a la batalla la demonización que sufrieron los guerreros que participaron ella no hacía muy recomendable presumir de ello. Suena el último toque de corneta llamando a Beenten y se produce el anticlimax de la batalla, la resistencia va cesando poco a poco, abrumada por la superioridad numérica, el agotamiento y la desesperanza. Cada vez es más fácil para los indios llegar al centro del círculo y acabar con los soldados mirándoles a los ojos, robándoles el alma como los cuchillos largos habían robado el alma de tantos hermanos suyos en el pasado, vengando cada tipi incendiado y abriendo en canal sus estómagos como si fuesen las cercas que los blancos pretendían imponerles. A las 6 de la tarde, los 210 hombres de Custer yacen muertos en la pradera.

El día después

Desmontado el campamento durante los combates, los indios son conscientes de que llegarán más tropas federales, y en la mañana del 26 no realizan más que acciones de tanteo contra los hombres que aún quedan en Reno Hill, mientras el grueso del poblado ya está en marcha alejándose de lo que ha sido su más grande victoria contra el hombre blanco. Y la última. Prenden fuego al asentamiento tras levantar la última tienda; y quizá asustados por el éxito que han tenido y conociendo cómo se las gastaban los estadounidenses en sus represalias se dirigen al Canadá, donde con la exhibición de las medallas concedidas a sus ancestros como aliados de Jorge III esperan encontrar al menos un refugio temporal.

En efecto, Terry y el resto del ejército llegaría a Little Big Horn para encontrarse un espectáculo indescriptible. Los cadáveres amontonados y mutilados cruelmente se descomponían mezclando su olor con el del fuego iniciado por los indios. Aquí y allá encontraban a un soldado sin manos ni pies, a un oficial descabellado y aplastado por el peso de su caballo, o a uno de los exploradores indios de Custer con los genitales metidos en su boca para que en el más allá no pudiese seguir hablando con sus amigos blancos. La noticia de la masacre conmocionó la sociedad americana y todos clamaron venganza. Durante ese verano los indios escaparían a ella, pero los yanquis habían aprendido la lección y fue durante los inviernos siguientes, durante los que la movilidad india estaba bajo mínimos, cuando fueron acabando con su resistencia aprovechando la dispersión de sus campamentos en las nieves. Para Julio de 1881 ya solo quedaba Toro Sentado y un pequeño grupo de guerreros sin someterse a la autoridad de la Agencia de Asuntos Indios, y en ese momento el Gran Jefe Indio entregó sus armas en Fort Buford: “ Quiero que recuerden que soy el último hombre de mi tribu en rendir mi rifle.” En los años posteriores conservó su resentimiento hacia el hombre blanco y, aunque era muy capaz de ello, siempre se negó a hablar inglés y a relacionarse con los yanquis, incluso cuando por avatares del destino se vio enrolado en el espectáculo del Far West que conducía Buffalo Bill.

Muchos de los indios que derrotaron a Custer fueron en los años siguientes linchados y apaleados cuando se descubría su presencia en Little Big Horn. Nobles guerreros como Mangas Coloradas, al que colgaron y cortaron la cabeza que fue hervida y enviada al Smithsonian; o el “Capitán Jack”, asesinado mientras intentaba comprar algunos víveres. Posteriormente disecaron su cadáver para exponerlo por las ferias al módico precio de diez centavos el vistazo. Ejemplos como estos podemos encontrar decenas, lo que nos hace recordar lo escrito por un desertor francés de la guerra de los Siete Años en otro recóndito lugar del continente americano, las ruinas de Fort Crévecour:

NOUS SOMMES TOUS SAVAGES.

Fue la última vez que los sioux celebraban su danza de la victoria.

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19 comentarios

  1. Alberto

    Buenas tardes, he disfrutado mucho con la narración de los hechos acecidos en Little Big Horn, aún y así me gustaria hacer mención a como fue encontrado el cadáver de Custer, de su biografia:

    At 3:30 p.m. on June 25, 1876, General Custer and 267 of his men were killed by Indians in the battle of Little Big Horn. When the 36-year-old Custer’s naked body was found later, one of his fingers was cut off, and an arrow had been shoved into his penis. There was a wound in his temple, and it was thought that Custer had saved his last bullet for himself.

  2. Me alegro de que haya disfrutado. Si, es posible que Custer se pegara un tiro. Como digo, no está muy claro ni creo que ya nunca lo esté como fue su muerte. Lo que no me cuadra es la hora. A las 3:30 ni siquiera ha entrado en combate. Reno aún está en el bosquecillo y Custer llega poco después a Medicine Trail. Pero vamos, independientemente de esto que puede ser incluso un lío con los husos horarios, es cierto que una de las posibilidades barajadas es que se suicidara.
    Personalmente, y es pura especulación por mi parte, no acabo de verlo. No me ‘pega’ con el personaje y con la cantidad de balas que volaban la probabilidad de que una ajena le alcanzara no es poca.

  3. Pingback: Custer y el Séptimo de Caballería, una tragedia americana (y II)

  4. Estupendamente contado. Es curioso cómo los estadounidenses han convertido una escaramuza en un hecho memorable.

    • No fue una escaramuza: 600 soldados cargando contra un campamento de 3000 indios no fue una escaramuza mas….
      de hecho, fue una derrota humillante en toda regla.

  5. Francisco

    Comanche, el único ser vivo que encontraron, era el caballo del capitán Keogh, creo recordar.
    Me ha encantado su relato.

  6. Comanche era uno de los caballos de Custer.

  7. Perdón, llevabas razón, era del Capitán Keogh.

  8. muy detallada version de lo acaecido en montana.

    Caballo Loco y su agrupacion de guerreros sioux disponian de una gran cantidad de caballos de guerra en el gran poblado de Little Big Horn,acumulados durante meses como prevision de una gran reunion militar dakota en las praderas promulgada y sostenida por su lider toro sentado.

    La falta de alimento para la gran acumulacion de animales del macro-campamento , fue un desajuste logistico que obligo a su disolucion inmediata y dispersion como unica extrategia sostenible.

    Las guerras continuadas que durante las dos ultimas decadas, los dakotas junto con otras tribus de las praderas con Nube Roja como lider habian librado y ganado a los rostros palidos,convirtio a los sioux no asimilados en las reservas,(ellos eran el grueso de Little Big Horn) en un ejercito de caballeria de primer orden para la epoca ,al margen del control gubernamental y posedor de un gran numero de caballos que garantizaban de alguna manera la continuidad de esa fuerza militar.

    Es mi opinion sobre porque, un ejercito de caballeria del nivel que tenian los indios de las praderas tuviera que retirarse tan pronto del campo de batalla ,una fuerza 20 a 1 era tan desproporcionada a favor de los nativos que fue un problema grave para ellos.

    El haber sostenido una fuerza de 2000 a 3000 guerreros a caballo durante el invierno de 1877 juntos y bien aprovisionados, hubiese obligado al ejercito yanqui a replantearse la campaña de acoso que desarrollo en ese periodo y obligo a los sioux a buscar refugio en canada.

    UN GRAN ARTICULO GRACIAS .

  9. manuel domingues

    como se yama la musica de la pelicula murieron con las botas puestas

    • La música que suena en la película es el himno del 7° Regimiento, «Garry Owen», una canción irlandesa de taberna que se adecuaba perfectamente a la marcha a caballo. Sonará pueril, pero esa marcha ayudó a conferir al Regimiento el necesarion»spirit de corps» inherente a toda unidad militar y que en el caso de una unidad formada con emigrantes, buscavidas, gente que buscaba una forma de sustento en el U.S. Army, etc, era muy necesario…

      • Estimado Abel, en esa película y en varias cuando aparecen los indios, suena una musica, que simula la cadencia de tambores, sabes tu cual es su nombre

  10. Pedro Benayas

    Gracias, me ha encantado el artículo, desde pequeño conocía la historia por mi padre, pero era un reflejo de la película «Murieron con las botas puestas», es muy buena la escena de la despedida y del reloj. Me hubiera gustado que a Custer lo hubieras presentado con un poco del glamour romántico que siempre tienen esos personajes. Sobre Nube Roja, Toro Sentado y Caballo Loco, me he quedado sorprendido, gracias de nuevo por ello, lo he de volver a leer para quedarme con más datos.
    Hasta pronto

  11. Pingback: Nube Roja, el hombre que derrotó a los Estados Unidos (y II)

  12. Cartolas

    Mangas Coloradas y su muerte no tuvieron nada que ver con Custer pues era apache, por lo tanto vivía mucho más al sur de Little Big Horn, y murió en 1863.

    • Cierto Mangas Coloradas junto a Cochisse y Geronimo lucharon en el sur en la frontera con Mexico.

  13. Ruben Gallegos

    Yo he viajado al Parque Nacional del Little Bighorn Battlefield National Monument y es un lugar fabuloso. No mas imaginen los indios Sioux con sus hermanos Cheyenne y Arapahoe luchando para defender su modo de vivir! Eso era lo que
    iban hacer. Desde chico yo e visto la pelicula «They Died with Their Boots On.», una fabulosa pelicula de «Hollywood»! Pero muchas escenas no eran verdad!
    La pelicula con mas verdad de lo que paso con Custer es la pelicula llamada
    «Son of the Morning Star». Yo personalmente he platicado con various visanietos quienes sus visa abuelos han participado en la batalla en Montana. La pelicula es considerada la mas certeza de lo que paso ese dia 6-25-1876.
    Es una historia muy personal para muchos indios indigenes con mucho orgullo
    en la derrota de la famosa 7th US Cavalry. Muchas turistas pasan a este Monumento Nacional, hay mucho que ver. Les digo esto porque yo he ido con mi hijo varias veces a ver este lugar! Si viajan a Los Estados Unidos, favor de pasar hacia el estado de «Montana»!! Saludos!! Ruben

  14. Joseph

    Apasionante lectura en cuanto a estilo. Y a título personal, el manejo de la dicotomía buenos contra malos a veces me pareció excesivo. El viejo tópico de que todos los nativos americanos son completamente buenos y todos los hombres blancos llegados de Europa son malos, inconsistencia que hace agua agua por todos lados nada más atestiguar que entre los mismos nativos americanos había sangrías de órdago, la mayor parte del tiempo. El mismo argumento se puede esgrimir y hacer extensivo al resto de América, donde el victimismo ancestral, el idealismo político maniqueo de tópicos como la revolución, el sentimiento antiyanki, el gringo capitalista intervencionista, el latinoamericano noble oprimido, etc… Son moneda de cambio común en un sentido semántico.

    • Joseph

      Por ejemplo se habla de la nobleza de los guerreros indios, como símil del militar anglosajón, torvo y despiadado. Pues bueno, en la guerra no hay nobleza de ningún lado cuando las fuerzas son más o menos similares, y sobre todo, los motivos de uno y otro bando no son otros que defender una supuesta herencia, la tierra que se posee, tierra que en realidad no corresponde a nadie. El desplazamiento de los asentamientos indios hacia el oeste, a tierras salvajes, no supondría por ese solo hecho la aceptación tácita que genera la ferocidad viral de los indios. Fue un encontronazo de 2 frentes y culturas disímiles, incapaces de comprenderse. Una guerra en la que no hay nobleza posible de ningún bando.

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