El hombre, desde su propio origen, ha necesitado contar. Hasta el intelecto más primitivo precisaba diferenciar entre la unidad, propia de sí mismo y de todo cuanto en conjunto le rodeaba; la dualidad, referida a él y a cada uno de sus semejantes, al día y la noche, al bien y el mal, a lo divino y lo humano; y la multitud, comprensiva de todo cuanto no era uno ni era dos. La evolución hacia su manifestación mediante muescas en huesos y piedras, a través de símbolos y cuentas de arcilla y, finalmente, mediante la numeración, es paralela a la evolución de la complejidad de las sociedades y su estructura. Actualmente, y salvo excepciones geográficas y técnicas, el sistema habitual de numeración es el decimal —si tuviésemos ocho dedos, otro gallo cantaría—, que utiliza los números arábigos como símbolos de representación de cantidades mediante la combinación posicional de tan sólo diez dígitos distintos: 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9. Cada uno de estos guarismos lleva asociada una cantidad concreta en función de su ubicación dentro de la cifra correspondiente en base a las potencias del número 10. De esta forma, si en primer término se sitúan las unidades, el segundo dígito de una cifra representa las decenas, el tercero las centenas, y así sucesivamente hasta el infinito. El sistema es tan simple y claro que no es infrecuente escuchar la expresión “Los números no mienten”. Y es aquí donde yo me pregunto: ¿Cómo estamos tan seguros de que no lo hacen? Este mismo sistema de notación posicional, este bonito regalo proveniente de China, carecía del número 0, lo cual se me antoja imperdonable… Si la civilización india no lo hubiese incorporado en el siglo IX, habría llegado a nosotros a través de los árabes y Al-Ándalus como un sistema imperfecto cuya exactitud, sin embargo, nadie ponía en duda. En mi opinión, amigos de la aritmética, los números mienten. O al menos podrían hacerlo. Sin embargo, no me gustaría precipitarme y que me tomen Vds. por un enajenado. No defiendo que las cantidades asociadas a los dígitos del 0 al 9 sean erróneas —he montado y colocado por orden nueve granjas de Playmobil y, después de contarlas tres veces, he comprobado empíricamente que son las que son—. Lo que sostengo es que las cantidades resultantes de la combinación de estos diez números no tienen por qué ser ciertas. Y para explicarlo, tomemos un número al azar. El 770, por ejemplo. ¿Cómo podemos asegurar que ese número existe realmente? O más concretamente, ¿cómo sabemos que son setecientas setenta las unidades que esa cifra representa? No digo que no lo sean, y tal vez en este caso concreto sea así, ¿pero no es una locura afirmar taxativamente y sin temor a equivocarnos que ni uno solo de los números que integran la secuencia infinita formada por la combinación de los dígitos del 0 al 9 está equivocado? ¿Ni siquiera uno en la inmensidad podría ser erróneo? Discúlpenme, pero aseverar tal cosa me parece una temeridad. Una de las secuencias numéricas más frecuentadas por el hombre es la que nos ofrece el calendario. Las convenciones humanas dictan que éste es el año 2011 de nuestra era, y que por lo tanto ha venido antecedido de otros dos mil diez a partir del año 1. Sin embargo, ¿por qué damos por sentado que hubo un año 770? Según la fuente de conocimiento más fiable que existe, Wikipedia, el único acontecimiento relevante de ese año fue el nacimiento de Al-Hakam I, tercer emir independiente de Córdoba —también señala el fallecimiento de Du Fu, poeta chino durante la época de la Dinastía Tang, pero estarán de acuerdo conmigo en que esto es cualquier cosa menos relevante—. Admitamos por un momento que los historiadores se hayan equivocado y el bueno del emir naciese en realidad en el año 769. ¿Qué podría probar entonces la existencia del año 770? ¿Cómo garantizar que el año 769 no desembocó directamente en el 771? Siendo un año en el que no sucedió absolutamente nada de nada, ¿por qué habría de estar ahí? ¿Tan descabellado es pensar que el número 2011 no engloba por lo tanto la cantidad correspondiente de años sino uno menos? Yo no lo sé, pero tampoco me arriesgaría a negarlo…
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Hala. Cómo mola. Qué borgiano. Es lo primero que leo tuyo en más de 140 caracteres y me encanta.
«¿Tan descabellado es pensar que el número 2011 no engloba por lo tanto la cantidad correspondiente de años sino uno menos?»
Me ha llevado a pensar en todos los que quedan por pasar…
http://luistarrafeta.wordpress.com/2010/06/24/la-importancia-de-un-cero-a-la-izquierda/
He disfrutado del post. Enhorabuena.
¡Grande!
Este chico es un fenómeno
Como siempre increíble
Leer el artículo me ha recordado al matemático William Shanks, que dedicó casi toda su vida a calcular decimales del número pi (y de otras constantes). Llegó a calcular hasta 707 decimales de pi.
«Por suerte» murió sin saber la verdad, que el último cuarto de su trabajo, los últimos 180 decimales calculados, eran erróneos.