Melancholia es la última película de Lars Von Trier. No me detendré en la figura del director, ni en su dilatada e irregular carrera ni, sintiéndolo por los pobrecitos con ganas de sobreventarse, en sus boutades, sean éstas márquetin, estulticia o mera bocachanclería. Dividida en dos partes (una, protagonizada por Justine; la otra, por Claire), narra dos viajes iniciáticos con un trasfondo común. El acontecimiento cósmico esperado, temido y ya presenciado en la introducción a ritmo de Tristán e Isolda no se aproxima en intensidad al turbulento proceso interior de las protagonistas. Quizá sea culpa nuestra: “¿Cuándo fue que decidimos que mirar las nubes desde arriba, los mares desde arriba, montañas desde arriba ya no era privilegio de algún dios?”, comienza Una luna de Martín Caparrós, reciente premio Herralde. En cualquier caso, no es ciencia ficción (“si crees que me asusta un planeta, es que eres imbécil”, dice Justine) ni establece relación con cuestiones actuales (véase cambio climático); el movimiento cósmico es el utillaje simbólico que muestra la condición de arrojado a un mundo sin sentido. Entiendo que Von Trier busca, como Hebbel, simbolizar su interioridad, y como expresión de un proceso interior entenderé esta obra, que, como toda historia sagrada, se situa en el illud tempus; téngalo el lector en cuenta.
Justine es una joven que, pertrechada con la impedimenta generacional (los visos de éxito de un trabajo envidiable y un ascenso en ciernes; la promesa de felicidad de una boda inminente), sufrirá el desplome de las esperanzas en un proceso de degeneración que conformará su Opus Magnum. Los reproches, ninguneos y paternalismos (basta ver la escena del lanzamiento del ramo de novia), la sumisión y desesperanza (la reacción del jefe ante su dimisión, ¿cómo se le ocurre, si “no hay mucho trabajo”?) iniciarán una nigredo cuya culminación se da en el lago, símbolo para Jung de la autocontemplación y la revelación, donde Justine desatará sus siete sellos y tomará conciencia, en una escena en que destaca la omnipresencia del verde como color de la lividez y de la transición, como puente entre lo negro (mineral) y lo rojo (sanguíneo); el agua estancada equivale, a su vez, a la rueda de molino en Melancolía I de Durero, la putrefactio de su proceso alquímico. Así, la desnudez patética de Justine frente a la bañera distará mucho de la Justine rociada al fin por el azogue, la apoteosis de su ablución saturniana observada por el ojo voyeur de su hermana del modo en que la Fornarina —con Rafael— es mirada por Julio II según Picasso e Ingres o Afrodita —con Hermes— es mirada por Hefesto. Yo es Otro y, por supuesto, aquí la madera se ha descubierto violín. La primera parte finaliza de manera circular, remedando la escena inicial, y el camino serpenteado en limusina es recorrido ahora a lomos de un caballo negro, el avatar del psicopompos chamánico, el símbolo funerario por excelencia según Eliade. Confieso que quedé turulato al entender que, como Juan Preciado al llegar a Comala, Justine ya ha muerto.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Saludos.
Quizá puedan ayudarme. ¿La crítica a la película de Von Trier, era aquí? Es que no la encuentro, me he perdido entre tanta referencia.
Gracias.
Pingback: Noche saturnal y bilis negra | ¡Evohé!
Lo mejor del artículo es el final: «dejémoslo aquí.»