Por el valle de la muerte

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“Media legua, media legua, Media legua ante ellos. Por el valle de la Muerte Cabalgaron los seiscientos. “¡Adelante, Brigada Ligera!” “¡Cargad sobre los cañones!”, dijo. En el valle de la Muerte Cabalgaron los seiscientos. “¡Adelante, Brigada Ligera!” ¿Algún hombre desfallecido? No, aunque los soldados supieran que era un desatino. No estaban allí para replicar. No estaban allí para razonar. No estaban sino para vencer o morir. En el valle de la Muerte cabalgaron los seiscientos. Cañones a su derecha, cañones a su izquierda, cañones ante sí. Descargaron y tronaron. Azotados por balas y metralla, cabalgaron con audacia. Hacia las fauces de la Muerte. Hacia la boca del Infierno cabalgaron los seiscientos. Brillaron sus sables desnudos, destellaron al girar en el aire, para golpear a los artilleros, Cargando contra un ejército que asombró al mundo entero: zambulléndose en el humo de las baterías. Cruzaron las líneas; cosacos y rusos retrocedieron ante el tajo de los sables hechos añicos. Se dispersaron. Entonces regresaron, pero no. No los seiscientos. Cañones a su derecha, cañones a su izquierda. Cañones detrás de sí, descargaron y tronaron; Azotados por balas y metralla, mientras caballo y héroe caían, los que tan bien habían luchado entre las fauces de la Muerte. Volvieron de la boca del Infierno. Todo lo que de ellos quedó, lo que quedó de los seiscientos. ¿Cuándo se marchita su gloria? ¡Oh qué carga tan valiente la suya! Al mundo entero maravillaron. ¡Honrad la carga que hicieron! ¡Honrad a la Brigada Ligera, a los nobles seiscientos!”

Lord Alfred Tennyson*

El Gran Juego

Así es como Rudyar Kipling definió en Kim de la India las maniobras que enfrentaron a británicos y rusos durante todo el siglo XIX. Aunque el tablero central de esta suerte de guerra fría se encontraba en el Asia Central, el mayor calentamiento tendría lugar en propio territorio ruso cuando ingleses, franceses, sardos y turcos llevaron la guerra a la guarida del oso.

El viejo anhelo de los zares siempre había sido conseguir una salida a los cálidos mares del sur y movían las piezas para que sus barcos mercantes y de guerra pudieran navegar libremente, ya fuera por el Índico o por el Mediterráneo. En este segundo caso se interponía a sus pretensiones el ‘Hombre Enfermo de Europa’, el decadente Imperio Otomano. Utilizando como pretexto una estúpida trifulca en el Santo Sepulcro de Jerusalén entre monjes ortodoxos y católicos, así como la protección de los cristianos que vivían bajo el gobierno del Sultán, las tropas rusas penetraron en las provincias turcas de Valaquia y Moldavia con la intención de ir cerrando el círculo de presión sobre la Sublime Puerta y, si no hacerse directamente con el Mar de Mármara, al menos conseguir una posición que hiciese de los otomanos poco menos que una marioneta a su merced. Turquía, sabiendo del respaldo de Gran Bretaña y Francia, no estaba dispuesta a que el Zar se saliese con lo suya tan fácilmente, y lejos de plegarse a sus peticiones lanzó un órdago que desembocaría en una declaración de guerra, el 23 de octubre de 1853. Los gobiernos británico y francés no estaban por la labor de unirse a la declaración turca y pensaban que la flota que habían despachado al Mar Negro, unida a las fuertes defensas que los turcos poseían para proteger Constantinopla, bastaban para controlar la situación e intimidar al Zar Nicolás. En ninguno de los dos países occidentales existía un clima propicio para mandar una fuerza terrestre nada menos que a invadir Rusia. Como tantas otras veces a lo largo de la Historia, un asunto en el que nadie pretendía ir a una guerra abierta se les iba escapando de las manos por momentos.

El 30 de Noviembre una escuadra rusa daría un dramático giro a los acontecimientos al bombardear con proyectiles explosivos en vez de los tradicionales macizos el puerto de Sínope, matando a 4 000 desdichados marineros turcos. Cuando se conoció la noticia en Londres, la prensa inglesa se alzó en armas y comenzó una campaña acusando al gobierno de Lord Aberdeen de haber traicionado a Turquía. Los ingleses se desayunaban todos los días con caricaturas de éste limpiando las botas del zar, acusaciones a diversos ministros de estar a sueldo de Moscú y artículos hablando del peligro que podría suponer para el comercio con la India la posible entrada de la marina de guerra rusa en el Mediterráneo. Un material que iba enardeciendo el estado de ánimo de la opinión pública en favor de una intervención en toda regla para pararle los pies a aquel ‘diablo con forma humana’ llamado Nicolás.

Un último intento de solucionar la crisis diplomáticamente salió de la corte de Saint James el 27 de Febrero de 1854 en forma de ultimátum para que San Petersburgo abandonase Valaquia y Moldavia : “La negativa o el silencio significarían la guerra”. Los rusos ni se molestaron en contestar: habría guerra.

Oportunidades perdidas

Los barcos apiñados en el puerto de Balaclava fueron una pesadilla para la logística británica.

La Reina Victoria declaró sentirse obligada a prestar ayuda activa al Sultán ante la agresión sufrida, dando así el pistoletazo para que se reuniera una fuerza multinacional de 50.000 soldados que repentinamente se quedó sin función alguna ya que, ante la amenaza de Austria de entrar en la contienda, el Zar accedió a desalojar los territorios turcos. Pero la maquinaria bélica ya estaba en marcha y es infinitamente más sencillo iniciar una guerra que terminarla, así que buscando un nuevo objetivo se decidió que gran base naval rusa de Sebastopol sería destruida en una rápida y quirúrgica expedición de castigo para prevenir futuras amenazas en el Mar Negro.

La cosa se complicaría de tal manera que no pocos consideran que aquella ‘expedición’ acabó siendo la primera guerra moderna e inspiración para artistas tan dispares como Tolstói en Escenas de Sebastopol; el ya citado Tennyson; el propio Kipling en El último de la Brigada Ligera; Iron Maiden y su The Trooper; o el álbum Balaklava de Pears Before Swine.

En Crimea la tecnología militar se impondría sobre una táctica que apenas había cambiado desde Waterloo: aparecieron las trincheras como forma de vida, los rifles de cañón rayado sustituyeron a los de ánima lisa, se usaron los trenes por primera vez con fines militares y las mujeres aparecieron en los campos de batalla lideradas por la célebre Florence Nightingale.

El 14 de Septiembre los aliados desembarcan en la Bahía de Calamita, a 56 km de su objetivo, y no encuentran ninguna oposición. El príncipe Menshikov les espera con 36 000 hombres en las riberas del río Alma interponiéndose en el camino a Sebastopol y allí se encuentran una semana después los dos ejércitos. Tras una intensa batalla en la que franceses y otomanos llevan el peso por la parte internacional, los rusos son desalojados de sus posiciones, pero consiguen escapar sin ser destruidos debido a la pasividad de la caballería inglesa y se retiran hacia el norte, donde van a esperar la llegada de refuerzos mientras los comandantes de la fuerza expedicionaria, Ranglan por parte británica y Canrobert por la francesa, desaprovechan la oportunidad de tomar la ciudad en un rápido asalto ante la posibilidad de perder ‘no menos de 500 hombres’. Creen que Sebastopol puede caer rápidamente si es sitiada y bombardeada durante un par de semanas sin exponerse a un asalto frontal, así que conscientes de que desde las playas abiertas de Calamita no pueden hacer llegar los suministros que necesitarán para tal propósito, se disponen a tomar algunos puertos más cercanos a la meta final. Ese medio millar hubiese sido un precio muy bajo que pagar por terminar la misión de haber sido conscientes de lo que iban a vivir en aquellas costas. Cuando los británicos se hacen con el puerto de Balaclava ni se les pasa por la cabeza que tengan que pasar el invierno allí, mucho menos dos inviernos, y no parecen tener en cuenta la pesadilla logística que iban a provocar la estrecha y larga ensenada y el tortuoso camino de cabras entre riscos que separaba durante 12 km los muelles de las tropas que se aprestaban a sitiar Sebastopol, que al fin y al cabo caería pronto.

Pero las semanas pasaban y la eficaz actuación del coronel Franz Todleben al mando de las defensas rusas reconstruyendo todas las noches lo que los bombardeos destruían todos los días estaba dando tiempo a que Menshikov, informado de las caóticas condiciones en las que se encuentra la línea de suministros inglesa, materialice la amenaza que suponía para el flanco de los sitiadores.

Caballeros de postín

Antes de adentrarnos en la batalla conviene que nos detengamos a analizar la personalidad de los mandos británicos que participaron en ella para comprender el porqué de su actuación. En el Royal Army aún se compraban los cargos, lo que suponía que no pocos incompetentes ocuparan puestos que superaban con creces sus habilidades, algo que unido a la falta de experiencia en combate de los elegidos para la campaña, y una red de rencillas familiares entre los mandos de la caballería, era un hándicap demasiado pesado como para que algo no saliese mal.

Lord Cardigan, dandy victoriano y perfecto botarate.

El comandante en jefe del contingente inglés, Lord Ranglan, era un afable anciano de 67 años que jamás había mandado a un solo soldado en el campo de batalla. Su carrera militar había transcurrido a la sombra del mítico Wellington, cuyo solo recuerdo parecía más que suficiente para que aquel hombre fuese designado para encabezar las tropas de la coalición y lidiar con los aliados franceses, cosa que siendo justos realizó con brillantez. Pero su falta de energía y su natural predisposición a no enemistarse con nadie resultaría a la postre fatídica para sus tropas. De los cinco jefes de división de infantería, cuatro tenían más de 60 años, lo cual evidentemente no es sinónimo de ineptitud pero sí que impregnaba al ejército de cierto aroma a lento y pesado dinosaurio. El quinto general, sin embargo, no contaba más que 35 primaveras, pero claro, era el Duque de Cambridge, primo de la Reina. Qué decir.

En la caballería el asunto era aún más grave: dos de los tres mandos que habrían de dirigirla eran un claro ejemplo del cáncer que suponía la compra de galones. Al mando de la división se colocó al Conde de Lucan, un tipo violento y no muy avispado que había comprado a los 26 años su puesto como teniente coronel del 17º de Lanceros por 25 000 libras y que, aunque después demostró poseer valor durante la guerra ruso-turca de 1828, ya en el Alma se había ganado el apodo de Lord Espectador, siendo señalado como máximo responsable de no haber acabado con los rusos cuando se batían en retirada. Si Lucan no era un genio militar, su subordinado al mando de la Brigada Ligera, Lord Cardigan, era un completo imbécil. Poseedor de una fortuna escandalosa y convencido de poseer unas dotes castrenses que ni de lejos tenía, su único mérito era haber gastado más de 70 000 libras en comprar sucesivamente rangos, de los que era licenciado por inútil, hasta hacerse con el mando del 11º de Húsares en el que instauró un reinado de snobismo que puso al regimiento a la cabeza de la cocina francesa en las Islas y poco más, ya que su odio hacia cualquier oficial que demostrase poseer ciertas cualidades en lugar del mucho dinero necesario para costear el tren de vida que exigía en su círculo, cosa poco difícil, descapitalizó al que una vez había sido un famoso regimiento en la India. George MacDonald Fraser retrató hilarantemente al personaje y el ambiente que reinaba en la caballería victoriana en Harry Flashman. Para colmo, estas dos joyas eran familia. O lo habían sido, ya que Lucan acababa de separase de la hermana menor de Cardigan y ésta era la pieza que faltaba para que los dos arrogantes idiotas casi ni se dirigiesen la palabra, con el consiguiente perjuicio que eso supone cuando hablamos de transmitir ordenes en batalla. Sólo la poco recomendable bondad de Raglan evitó que mucho antes de la batalla de Balaclava los dos fuesen cesados y mandados de vuelta a casa ante la sucesión de pueriles enfrentamientos que una y otra vez minaban la moral de la caballería y tendrían como consecuencia fatal el malentendido que paradójicamente les haría entrar, con no muy buen pie, eso sí, en la Historia. Al menos la Brigada Pesada estaba en manos de Lord Scarlett, que sí se merecía el honor.

La Delgada Línea Roja

Otra de las novedades que vieron la luz en la guerra de Crimea fue la corresponsalía de guerra. El ‘indeseable’ William Howard Russell fue el primer civil que acompañó a las tropas a la batalla y a él debemos en buena medida la descripción de aquel 25 de Octubre más allá de los viejos partes militares a los que la sociedad de la época estaba acostumbrada. La acción que llevó a cabo el 93º de Highlanders sirvió para que el irlandés acuñara la expresión que desde entonces ha simbolizado la tenacidad de la infantería británica en la defensa. Lo que definió como ‘una delgada línea roja rematada en fino metal’ sucedió a primera hora de la mañana cuando los 500 escoceses de Sir Colin Campbell y una pequeña batería de campaña eran lo único que se interponía entre cuatro escuadrones de cosacos que se habían destacado del ejército ruso que atacaba Balaclava, y que ya se había apoderado de los reductos exteriores que protegían el puerto y el desorganizado campamento de Ranglan. Desde una privilegiada posición junto a los cañones franceses de los montes Sapoune, el enviado de The Times había contemplado la huida de los turcos que guarnecían las fortificaciones, y se disponía a ser testigo de la sucesión de órdenes y contraórdenes que la peculiar cadena de mando pérfida iba a ofrecer durante todo el día. Lucan, que por una vez había actuado con buen criterio y colocado a su división al este del mogote en el que se plantaría Campbell con intención de flanquear a la caballería rusa cuando atacase a éste, recibió la primera orden del día de puño de Ranglan, quien temiendo que allí estuviese demasiado expuesto le indicó que se retirase al extremo occidental del valle bajo la protección de la artillería gala. Además, la orden le conminaba a apoyar la segunda línea de reductos ocupados por los turcos. Cabreado y comprensiblemente perplejo, puesto que no había ya ningún fortín ocupado por turcos que apoyar, Lucan obedeció a regañadientes sabiendo que dejar solos a los escoceses no sería algo muy beneficioso para su reputación como ‘Lord Espectador’. Cuando llegó a su posición sólo le faltaba encontrarse con su ex cuñado rico, quien había considerado que su brigada podría pasar la mañana sin él, y que llegaba en ese momento bien vestido peinado y perfumado desde su yate, anclado en el masificado puerto y ocupando un amarre que era muy necesario para barcos más útiles. Para rematar la faena de las primeras horas, y tras darse cuenta de su error, Ranglan envió a otro mensajero ordenando al comandante de caballería que mandase a ocho escuadrones de dragones pesados para apoyar a los turcos que se interponían en el camino de los rusos hacia Balaclava. Lucan se subía por las paredes: “¡Pero qué turcos!”. Los hombres que necesitaban urgentemente su presencia eran los del 93º, y para recibirla aún pasaría media hora entre dimes y diretes llevados por mensajeros en los que los montañeses tendrían que apañárselas solos.

Imponentes Highlanders con sus pantalones de tartán antes de la batalla.

En esos treinta minutos Campbell, que no sentía mucho respeto por la caballería rusa, ni siquiera ordenó a sus hombres formar el tradicional cuadro si no que los colocó en línea de a dos —The thin red line— en la altura que debía defender, y allí arengó a aquellos muchachos que eran como su familia: “¡Recordad que no hay retirada de aquí, hombres! ¡Debéis morir donde estáis!” a lo que los vivarachos y peleones highlanders replicaron al unísono y sin una pizca de ironía : “¡Aye! ¡Aye! ¡Sir Colin eso es lo que haremos!”. Desde Sapuone, Rusell divisó cómo brillaban las lanzas y los sables de los cosacos mientras se lanzaban al galope hacia aquellos locos que permanecieron impasibles hasta que los caballos se encontraron a 500 metros y realizaron su primera descarga con escasos resultados. Los rusos seguían avanzando en su búsqueda cuando recibieron la segunda descarga cerrada de fusilería que logró frenar su ímpetu y hacerles vacilar, un momento precioso que aprovechó el latente instinto de clan de la montañas del 93º para hacer acto de aparición. Sin orden alguna, el regimiento se lanzó a la carga contra la caballería que empezaba a desviarse a la izquierda de su objetivo mientras Campbell intentaba sujetarlo: “¡Noventa y tres! ¡Noventa y tres! ¡Malditas sean esas ganas!”. En el último momento logró su propósito y evitó que sus hombres quedaran en descubierto ante lo que podría convertirse en un movimiento de flanqueo enemigo. Girados hacía el este, hicieron fuego nuevamente contra lo que quedaba de la carga rusa y el resultado fue demoledor. Entre las balas que recibían y el espectáculo de aquellos tarados cargando a la carrera contra ellos contraviniendo todas las reglas de la guerra, los jinetes dieron vuelta a sus grupas y salieron por cascos. El puerto estaba momentáneamente a salvo y el ataque contra el interior de Balaclava había sido rechazado, pero aún quedaba mucha tela y el grueso del ejército ruso que cortar. Y el siguiente tajo lo pegaría la Brigada de Caballería Pesada de Scarlett.

Antes de partir en socorro de Campbell con la Pesada, Lucan quiso poner en su lugar al díscolo Cardigan, y le advirtió de que debía permanecer en el valle norte bajo las colinas dominadas por los franceses y no moverse de ahí a no ser que alguien pretendiese penetrar por su posición. Desde ese lugar y refunfuñando por no poder participar en la batalla observó cómo los 300 dragones que habían llegado tarde a la primera carga del destacamento ruso iban a derrotar gloriosamente al grueso de la caballería rusa formado por 2 000 hombres sobre sus monturas.

Si observar la defensa del camino del puerto había resultado fascinante para los que se encontraban en las alturas, no lo fue menos asistir al choque que recibieron los rusos que sin razón aparente —hoy sigue sin explicarse— encajaron parados la carga de los Scots Greys y los Inniskiling. Esta circunstancia que una fuerza a caballo siempre debe evitar es lo que provocó que en la meleé subsiguiente los británicos con sus rojas casacas penetraran hasta el mismo centro de la formación enemiga, haciendo que su número resultase inútil ante la incapacidad de maniobrar y en caso de los lanceros hasta de su usar sus largas armas. Scarlett, su segundo en el mando Elliot, el corneta de la brigada y el macizo ordenanza del general cabalgaban unos metros por delante de sus escuadrones cuando entraron en contacto con la asombrada masa de jinetes. Con sus relucientes cascos dorados, las casacas rojas iban adentrándose en la compacta formación de capotes marrones dando cortes a diestro y siniestro hasta encontrarse justo en el centro, luchando por su vida, cuando detrás de ellos se volvía a cerrar la brecha abierta por el impacto de la carga. Haciendo uso de su superior esgrima en las cortas distancias, los dragones bufaban y gruñían, y mientras iban arrasando con lo que encontraban a su paso. Cortes uno y dos de la instrucción, en diagonal y hacia abajo, cortes cinco y seis, de revés al rostro, gritos y hurras con un par de miles de enemigos a su alrededor que empiezan a reaccionar y plantar cara pueden al fin. Demasiado tarde cuando al darse la vuelta en la vanguardia para atacar su centro, el 5º escuadrón de Scarlett les sorprende y vuelve a abrir brecha yendo al rescate de sus camaradas, que parecen una guinda revoltosa en medio de un enorme pastel de chocolate. En poco menos de ocho minutos los hombres de la Brigada Pesada han causado 300 bajas a los rusos y su temerario ataque los ha puesto en fuga en una de las acciones más bravas de toda la Historia del arma montada. Sin embargo, y lamentablemente, su hazaña se vería eclipsada por el desastre que vendría a continuación y que iba a protagonizar la Brigada Ligera que, de no ser por la estólida falta de iniciativa de su comandante, debería haber rematado la faena en esos momentos persiguiendo a los fugitivos rusos. A vista de todos un oficial de Cardigan sostuvo una agria discusión con su jefe, recriminándole por no cargar contra el enemigo en fuga, del mismo modo que ignoró por dos veces el toque de carga que el corneta de Lucan había hecho sonar en su dirección. Más hubiese valido a todos haber mandado al personaje de vuelta a su yate, pero en vez de esto Lucan le mandó al acabar la carga de la Pesada una notita recordándoles que la obligación de un subordinado es apoyar a su comandante cuando éste se ve comprometido. Cardigan se limitó a contestar que las órdenes que le había dado anteriormente habían sido muy claras y que los rusos no habían amenazado su posición, así que no se había movido. No era un cobarde, así que lo más probable es que simplemente lo hiciese como miserable venganza personal por el trato que le había dado su odiado superior ante sus hombres antes de liderar a los de Scarlett.

La Carga de la Brigada Ligera

Quizás sea la épica de la tragedia, pero es curioso que, de todo lo que pasó aquel día, es sin duda el último y dramático acto el que pasó al imaginario popular e incendió las musas de escritores, músicos y pintores.

Los Higlanders y los dragones se vitoreaban mutuamente a la vuelta de éstos de la terrible refriega que había desbaratado definitivamente el temido ataque para cortar los suministros del sitio de Sebastopol mientras los jóvenes y ardorosos húsares de la Ligera asistían, cabizbajos y rumiando su mala suerte, a las felicitaciones que llegaban a sus compañeros por parte de Ranglan, los franceses y los turcos. No sospechaban que para su desgracia estaban a punto de realizar la más estúpida, inútil y heroica carga del ejército inglés.

Este trocito de papel mandaría a un escabechina a más de seiscientos de los mejores jinetes de Inglaterra.

La batalla estaba prácticamente finiquitada cuando los huidos rusos habían acabado refugiándose tras la batería de cañones del Don al otro extremo del valle norte, y ya sólo pensaban en llevarse los cañones capturados durante los primeros movimientos al alba en las alturas que lo rodeaban. Pero eso era algo que Lord Ranglan no podía tolerar: su adorado Wellington jamás había perdido un cañón y no iba a ser él quien se quedase de brazos cruzados mientras esos salvajes rusos montaban sus queridas piezas en las cureñas para llevárselas. Las divisiones de infantería eran demasiado lentas como para que pudiesen llegar a tiempo para impedirlo, así que la única opción que le quedaba era enviar a la fresca brigada de Cardigan. No tuvo en cuenta al redactar su orden que su posición en alto le permitía una visión global del campo de batalla de la que no disponían al pie de las colinas los líderes de la caballería, y encima eligió al hombre menos adecuado para llevársela a Lucan. El capitán Nolan era un excelente y típico oficial de caballería con todo lo que ello conllevaba. Su rapidez a lomos de un caballo hizo que Raglan se decidiese por él sin valorar que a la vez era un tipo testarudo, orgulloso e irritable que andaba toda la mañana encolerizado por no poder participar en la pelea y por estar haciendo de mensajero para esos inútiles que mandaban a los soldados entre los que él debía haber estado. “Lord Raglan desea que la caballería avance rápidamente hacia el frente, siga al enemigo e intente impedir que se lleve los cañones. Urgente.” Ésta era la nota que aún se conserva y que Nolan debía llevar a galope tendido a los hombres que permanecían inactivos en las faldas de Spoune. La ruta de descenso, que era poco más que un camino de cabras, no mejoró el humor del capitán, que al llegar a su destino no estaba para muchas sutilezas y le entregó la orden a su superior con cierta chulería. Cuando Lucan abrió el sobre y leyó la orden se quedó atónito y volvió a leerla dos veces más. Recordemos que desde su posición no podía ver lo que estaba viendo Raglan y no tenía la menor idea de a qué se refería aquel papel, por lo que le pidió una aclaración al arisco Nolan, quie le contestó de malos modos: “¡Las ordenes de Lord Ranglan son que ataquen inmediatamente!”. Lucan seguía perplejo: “¡Atacar, señor! ¿Atacar qué, capitán? ¿Qué cañones? ¿Qué enemigo?”. Y en ese momento el carácter del mensajero terminó de poner el clavo en el ataúd. Con estudiada insolencia echó la cabeza hacia atrás y extendiendo el brazo señaló no hacia los reductos que no veían desde ahí si no hacia el final del valle, donde se encontraba en posición la poderosa batería del Don cubriendo la reorganización del ejército ruso: “He ahí, milord, vuestro enemigo; he ahí vuestros cañones”. Lucan, que llevaba una mañana movidita, no podía dar crédito a lo que estaba viendo y oyendo. Ese impertinente capitán no sólo se le estaba subiendo a las barbas si no que además le estaba diciendo que el comandante en jefe le ordenaba atravesar tres kilómetros de terreno abierto batido por cañones a los flancos y por los que debía tomar. En cualquier otra circunstancia Nolan habría sido arrestado y Lucan habría exigido con el apoyo de sus jefes de brigada una orden más explícita, pero el papel dejaba claro que la acción requería urgencia y aquél joven hablaba con la autoridad de un mensajero del general, por no decir que sabía que al menos uno de sus jefes de brigada no parecía muy dispuesto a apoyarle a rehusar una orden directa. Cuando hizo llamar a su ex cuñado y le comunicó lo que Raglan les había ordenado, Cardigan, que era un idiota pero no un suicida, le hizo ver al jefe de la división los peligros que conllevaba aquella acción, pero como la relación entre ambos era la que era, cualquier debate sobre aquella disparatada misión no podía pasar más allá del intercambio de una cortantes frases en las que nadie quería ser el primero en decir que no llevaría a sus hombres a la matanza, aunque ambos eran conscientes de que era exactamente eso lo que iban a hacer. Tras un tajante “Esas son las ordenes de Lord Raglan y es lo que debemos hacer” por parte de Lucan, Cardigan se dio la vuelta y trotó hacia su brigada murmurando: “Aquí va el último de los Brunedell.”

Mapa de los acontecimientos del 25 de Octubre.

La edad media de los hombres de la Brigada Ligera rondaba los veinte años, pero incluso un niño habría caído en la cuenta de la trampa en la que se les pedía que metieran la cabeza. Alineados de tres en fondo, los 678 jinetes sentían un miedo frío que les recorría por la espalda mientras su comandante tomaba posición cinco cuerpos por delante de la primera fila. No era sólo miedo a morir si no a acobardarse, miedo a ser heridos o miedo a decepcionar a sus compañeros. “¡La Brigada avanzará…primer escuadrón del 17º de Lanceros a la cabeza!” gritó Cardigan, y sus hombres le siguieron, hasta el terrier del 8º de húsares, Jemmy, le siguió, primero al paso y luego al trote, haciendo restallar el suelo con los cascos de cientos de caballos.

De repente Nolan volvió a hacer acto de presencia a toda velocidad atravesando el frente de la línea de izquierda a derecha y señalando con la espada desenvainada hacia los cañones que él sabía que había que recuperar. Posiblemente se diese cuenta demasiado tarde de que su arrogancia había confundido a todos y se dirigían hacia los rusos que no eran. Antes de que nadie diese sentido a su actuación, él fue la primera víctima de aquel despropósito cuando un proyectil ruso le hizo callar atravesándole el pecho. El caballo aterrorizado dio media vuelta y volvió hacia sus congéneres con el jinete colgando muerto hasta dejarlo caer justo cuando a su lado pasaba la brigada al trote. En ese momento sonó la orden de desenvainar y una oleada de luz se reflejó en los sables de los húsares que recibieron el toque de corneta con alegría. Ya que estaban allí, que por Dios aquello acabase cuanto antes. Eran los primeros tramos del ataque y el fuego todavía no era concentrado, Cardigan mantenía cierto orden en las filas que, como reconocería más tarde el capitán White del 17º de Lanceros, estaban deseando salir de aquel campo de tiro y acercarse aún más si cabe a los cañones asesinos para silenciarlos. Cuando intentó acelerar el paso y se puso a la altura de su comandante, éste le puso la espada en el pecho y le recriminó con la mirada: mantenga el orden. White obedeció y aminoró el paso mientras las granadas enemigas empezaban a arreciar.

Las sillas iban quedando vacías y las órdenes de cerrar huecos se escuchaban de un lado a otro de la línea mientras aún al trote avanzaban con una frialdad escalofriante en medio de la carnicería que estaba provocando ya la artillería rusa, que se frotaba los ojos ante lo que estaba viendo avanzar hacia ellos: el sueño de todo artillero hecho realidad. También se frotaban los ojos los oficiales franceses, incrédulos testigos de aquella locura, pero éstos se los frotaban para secarse las lágrimas ante lo que estaban viendo: “Por Dios bendito ¿qué hacen? Soy viejo, he visto muchas batallas, pero esto es demasiado” comentó un coronel galo, a lo que el general Bosquet añadió a la vez, indignado por la inútil masacre y admirado por la valentía de los ingleses: “Es magnífico, pero esto no es la guerra”.

Los caballos ya se lanzaron instintivamente al galope tendido ante la lluvia de fuego que estaban recibiendo y no había tiempo ya para más órdenes y formaciones. Los que quedaban iban cerrando distancias con los cañones rusos a toda velocidad mientras éstos seguían disparando a bocajarro. A cien yardas de la batería del Don, Cardigan seguía encabezando el ataque erguido como una estatua mientras detrás cada vez eran más los caballos que llevaban sobre si cuerpos inertes como el del sargento Talbot, que recorrió los últimos metros de la carga sin cabeza y aún con el brazo levantado empuñando el sable. A 30 yardas una última salva rusa hizo desaparecer prácticamente la primera línea de la que tan sólo 40 hombres de los 270 que la formaban llegarían a asaltar los cañones. Los que venían detrás empezaban a verse obstaculizados por el creciente número de muertos que se amontonaba ante ellos y por las monturas que daban la vuelta al perder a su dueño, y al ralentizar el paso todavía presentaban un mejor blanco a los cañones de los costados.

Corneta del 11º de Húsares.

Cardigan llegó milagrosamente ileso al humo que cubría a los cañones. Y tras él, regimiento tras regimiento, impulsados por la furia del combate y la sed de venganza, los ingleses abatían a los artilleros que les habían estado martirizando. Lograron silenciarlos a todos para después darse de bruces con los restos de la caballería rusa, contra la que en el frenesí volvieron a cargar los más animosos, lo que les costaría la vida o el cautiverio después de haber sobrevivido a lo peor. Cardigan ni siquiera se dignó a intentar sacar a aquellos hombres del atolladero y en cuanto salió de la niebla de la pólvora dio media vuelta creyendo que él ya había cumplido. Mientras, sus hombres aún luchaban por su vida e iban escapando como podían, los que podían, de las lanzas cosacas. Al llegar al puesto de Lucan, lo primero que hizo fue quejarse de la indisciplina de Nolan. “Acaba usted de cabalgar sobre su cadáver”, fue la cortante respuesta que recibió. El resto del ejército esperaba ansioso la llegada de cada superviviente y estallaba en gritos ante los hombres que iban apareciendo a caballo. Cuando se tocó reagrupamiento, sólo 195 hombres respondieron a la llamada y Cardigan les explicó entre sollozos que él no era responsable de aquello. Inexplicablemente querido por sus soldados, éstos se ofrecieron para volver a cargar si era necesario. El último que acudió a la llamada de la corneta fue Jemmy el terrier, con dos esquirlas de metrallas en el cuello.

Los 40 hombres que habían sido hechos prisioneros seguían soportando los golpes y las maliciosas lanzadas de los cosacos mientras sus oficiales les preguntaban si es que estaban borrachos para haber cargado de aquella manera contra unos cañones. “Si tan sólo hubiésemos olido un barril, señor, en este momento ya habríamos conquistado media Rusia” fue la respuesta que recibieron y que sin lugar a dudas hacía justicia al carácter de aquellos hombres. Raglan, conmocionado por lo que acababa de presenciar, renunció a continuar de cualquier manera la batalla.

Los aliados habían conseguido mantener sus fuentes de suministro, pero esta última fase de la batalla supuso para los rusos un espaldarazo moral que les permitiría vender el día como una victoria y continuar la lucha. Lucha que siguió casi año y medio más con los dos bandos estancados en una guerra de posiciones en unas condiciones inhumanas, que provocarían más muertos por enfermedades como el cólera que por fuego enemigo. Finalmente, Sebastopol caería, y Alejandro II, como nuevo Zar, firmaría el tratado de París en febrero de 1856, garantizando la integridad del Imperio Otomano y comprometiéndose a aceptar unas durísimas clausulas restrictivas para la navegación rusa en el Mar Negro y el Mediterráneo Oriental.

Más de medio millón de hombres causarían baja en aquella guerra. Medio millón de hombres que, como los seiscientos de la Brigada Ligera, no fueron otra cosa que víctimas de la incompetencia y la falta de comunicación, no sólo entre sus jefes militares, sino principalmente entre sus gobernantes. Quizá una victoria decisiva aquel día en Balaclava hubiese acabado con la guerra y se hubiese ahorrado mucho dolor. Pero eso carecía de importancia para hombres como Nolan, Lucan o Cardigan, para quienes la reputación mal entendida lo era todo. El único e insignificante consuelo que nos queda es que sus nombres serán para siempre sinónimo de estupidez cuando del arte de combatir hablemos, y que desde entonces los oficiales, al menos los que lucen galones con responsabilidad, consultan los mapas y las órdenes dos veces antes de atacar. Aunque viendo lo que sucedió sesenta años después, bastantes no parecieron tener muy clara la lección.

* Original del poema recitado por el propio Tennyson.

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8 comentarios

  1. Pingback: Por el valle de la muerte

  2. Lo que cuentas es muy interesante, Luis, pero no está bien escrito. Deberías permitir que alguien revisara tus escritos y los puliera antes de publicarlos.

  3. Nicolas

    Si, esta enmarañado y se hace pesado de leer.

  4. sonlakor

    Joder, pues a mi no me ha parecido mal escrito ni pesado de leer, es más, me ha encantado y me lo he leído del tirón. Un 10 de artículo.

  5. Interesante y entretenido. La locura de la vieja guerra caballeresca y la revolución industrial chocando y esparciendo muerte y destrucción infinita por todos los territorios de Europa. El propio Flashman nos relata está gran aventura en Harry Flashman y la carga de la brigada ligera, siempre con el toque de humor y desvergúenza que le caracteriza.

  6. Pingback: El conflicto de Crimea en el Siglo XIX (II): el desenlace | Armada Rusa

  7. Javier Segurotti

    Muy bien escrito. Muy facil de leer. Bien hecho!

  8. Adriana Eugenia

    Excelente historia, cada día aprendemos más. Gracias.

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