Tsevan Rabtan: Un buen día

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En recuerdo de J.M.S.

Katharine Clifton y el conde Almásy prácticamente se acaban de conocer. Ella le pregunta qué lleva a un hombre como él a errar por el desierto, dejando atrás su castillo o lo que sea que tuviera en Hungría.

Almásy le contesta: una vez me llevó un guía camino de Faya. No habló durante nueve horas. Al final, señaló el horizonte y dijo: “Faya”. Ése fue un gran día.

Pensaba escribir sobre jueces imparciales, pero eso sería como estropear un buen día. Podría callar, pero no creo que sea un conversador tan excelente como el guía de Almásy y, además, no contamos con las sombras entre las dunas, el sabor de la arena, el ritmo de las respiraciones y la música de las esferas, así que intentaré algo diferente. Me vestiré como Maquiavelo, con mis mejores galas, y charlaré relajadamente con los grandes, con Virgilio, con Shakespeare, con Gluck.

Para hacerlo llevo en mi mochila una lámpara y un genio. Los genios existen y a veces nos visitan para hacernos regalos inmarcesibles. Les hablaré de uno de ellos.

Los amores de Dido y Eneas son un mcguffin. Virgilio ya nos explicó que el destino iba a prevalecer, que el troyano Eneas tenía que fundar una dinastía que gobernaría el mundo, y que la reina fenicia no podría retenerlo. Los amantes son marionetas, pero, pese a todo, la historia ha atraído a cientos de generaciones desde que fue escrita. Ya lo dijo el mago del suspense: si enseñas la bomba bajo el asiento del autobús, el espectador sufre porque sabe que explotará y no puede avisar a los pasajeros.

Berlioz creció con Virgilio. Luego amó Shakespeare. Y siempre anheló producir acordes como los de Gluck. Rara ceguera la suya. Su música, la de Berlioz, es superlativa, y al final de su vida, con Los Troyanos, produjo una obra póstuma, clásica cuando el clasicismo había muerto, quizás para siempre.

Se ha explicado, desde hace ciento cincuenta años, por qué una de las más grandes creaciones de música y teatro de la historia ha estado, y sigue en gran medida, enterrada: su extensión, sus desigualdades, las dificultades para su representación. Ninguna de esas explicaciones nos explica por qué otras obras igual de exigentes sí se han representado muchas veces por todo el mundo. Se ha mencionado que Berlioz no tuvo un Luis de Baviera que construyese, para él, un teatro de ópera, pero ¿por qué tras la primera representación verdaderamente fiel, la de 1957 en el Covent Garden, no se ha convertido en una obra de repertorio? Han pasado cincuenta años desde entonces y sigue siendo de culto, minoritaria. Y aún hoy, directores que discuten acerca de cortes y del orden de las escenas, serían incapaces de hacer lo mismo con esos extensos pasajes de la tetralogía que aburren a los más incondicionales de Wagner.

Quizá la maldición de esta obra maestra absoluta se encuentre en su naturaleza. Esta es una obra intelectual que exige una cierta actitud. No estoy hablando de un “abrirse de orejas”, ni de explicaciones previas acerca de qué escucharán o de qué historia se contará. Hablo de una actitud aristocrática. La misma lacónica actitud que lleva a Ethan a disparar a los ojos de los comanches muertos, o la que vemos en la mirada de Valmont cuando sujeta la espada con la punta de sus dedos enguantados.

Sin esa actitud no le conmoverá Casandra cuando, aparentemente dura de corazón, le dice a Andrómaca, enlutada en blanco, que guarde sus lágrimas para los infortunios que vienen. Mientras lo dice, un clarinete eterno se sumerge hasta el chalumeau.

Sin esa actitud no comprenderá que Dido y Eneas no hablan de dioses y héroes cuando cantan a la noche, sino de sí mismos en un tiempo detenido.

Y sin esa actitud creerá que el marinero que se balancea en el mástil y se queda dormido es un troyano llamado Hylas, cuando soy yo, cuando es usted.

Il rêve a son pays … Qu’il ne reverra pas, pero no, no sueña con su país, sino con su infancia.

Ustedes sabrán si quieren seguir mi consejo y darse un paseo con Héctor, con Beatriz, con Yago, con Alonso Quijano, con Harpagón, con Sorel. Yo, de momento, les dejo porque me espera un entierro vikingo y aún tengo que encontrar un perro.

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