Arte y Letras

Dime cómo te llamas y te diré si eres

La importancia de llamar equis a la equis

Hieroglifos

“La terminología es lo de menos”. Sin anestesia hizo público este enunciado hace unos meses la ministra de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, Ana Mato. Quiso con ello justificar el haberse referido, días atrás, al asesinato de una mujer por parte de su marido como “violencia en el entorno familiar”, en lugar de «violencia de género». “Lo importante es que ha muerto otra mujer”. Su intento algo populista de reducir la importancia del nombre que reciben las cosas refleja una inconsciencia total por su parte de que, como todos nosotros, la ministra es presa del nominalismo.

No tiene mucha ciencia el afirmar que una misma cosa (o situación) puede llegar a convertirse en dos o más cosas (o situaciones) distintas entre sí. Todo depende de quién sea el observador. Pongamos el ejemplo de dos amigos que ven una corrida de toros. El primero de ellos, gran aficionado al toreo, siente pasión y admiración con la faena: observar con regocijo la dificultad de los pases de pecho, el arte de las banderillas, el acierto del picador. Al lado, su amigo, está tenso, incómodo: él sólo ve cómo se está desangrando un animal, cómo lucha inútilmente por su supervivencia y cómo finalmente muere. La pregunta es, ¿están viendo lo mismo?

Obviamente la cuestión no es nueva. De hecho, es una de las cuestiones filosóficas más antiguas que recuerda la humanidad. ¿Qué están viendo esos dos tipos que ven la corrida? Si le preguntamos a Platón nos dirá que eso es una corrida de toros. La idea abstracta de la corrida de toros existe más allá de la realidad y lo que ven nuestros amigos es sólo su manifestación dentro del espacio-tiempo que comprendemos. Es lo que se conoce —a grandísimos rasgos— como el universalismo. Otro filósofo, Guillermo de Ockham, no puede estar más en desacuerdo. Él ve una tortura a un animal que, sin embargo, se ha dado en llamar fiesta y tradición, de ahí que la palabra, el concepto, haya cambiado nuestra percepción del asunto. Guillermo es un representante de la corriente opuesta. El nominalismo.

Platón y Guillermo ponen el debate sobre la mesa: ¿Las cosas son porque existen más allá de que las comprendamos? ¿O las cosas comienzan a existir sólo cuando las concebimos y les damos un nombre? Aunque la disputa no tiene ganador (ni falta que hace) el mundo moderno se está empeñando en demostrarnos que, efectivamente, las cosas comienzan a ser sólo cuando les damos un nombre. Los hechos que llegan a nosotros sin etiqueta, sin concepto, son costosamente comprendidos por nuestros conceptuales cerebros. No sólo eso; muchas veces son invisibles. Hemos llegado a tal punto que aunque sea evidente su existencia, si no tiene nombre no lo podemos ver. Adaptándolo a la corrida de toros, Daniel Denett, filósofo estadounidense contemporáneo y de frondosa barba blanca, sostiene que no hay algo que sea corrida de toros en el mundo real. La única circunstancia que lo causa es que el cerebro reaccione  al concepto ‘corrida de toros’. Es decir, si mañana desapareciese el concepto ‘corrida de toros’, al ver una faena desde el tendido sombra sólo veríamos una lucha entre un tipo vestido raro con una espada y un toro con todas las de perder.

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12 comentarios

  1. Por supuesto que las cosas comienzan a existir sólo cuando las concebimos, o descubrimos, y luego les damos un nombre.
    Ese asunto ya está resuelto-
    Recuerdo ahora, del libro de Sokal y Bricmont, «Imposturas intelectuales» esta anécdota ilustrativa:

    Bruno Latour en 1998 en La Recherche, revista francesa mensual de divulgación científica, hacía un comentario acerca del descubrimiento en 1976, por científicos franceses que trabajaban en la momia del faraón Ramsés II, de que su muerte (alrededor del 1213 A.C.) fue debida a tuberculosis.
    Latour se preguntaba: «¿Cómo pudo fallecer a causa de un bacilo que Robert Koch descubrió en 1882?»
    Llegando al extremo de afirmar que «antes de Koch, el bacilo no tiene existencia real».

    Incontrovertible.

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  3. ¡Cuánta razón en este caso concreto! Si un uxoricida(*) de los que tanto abundan no encuentra a su mujer en casa cuando llega cabreao porque le ha pedido el divorcio, lo normal es que llame a la puerta de al lado y mate a la vecina. Porque él lo que quiere es matar mujeres, matar gente del otro género -vale decir sexo-, desahogarse criminalmente con violencia de género. Matar tías. Muchas tías o pocas, pero tías. Esta o aquella, la que sea, pero tías.

    Venga, ahora, a por la violencia de número.
    _____
    (*) Ese es ‘el nombre de la cosa’ en castellano clarito, por cierto. A ver si empezamos a llamar a las cosas por su nombre.

  4. Hay mucho que comentar y será comentado, de momento un apunte.

    Volar un mercado de Kabul por lo aires adrede, es terrorismo. Meterle una faca en el pecho a un mameluco en combate, que es lo que se hizo el Dos de Mayo, no es terrorismo, como no lo es atacar a una columna de blindados españoles o noruegos en Afganistán. Que los que ataquen esa columna no sean terroristas me es indiferente a la hora de intentar matarlos.

    Pero pongamos otro caso : el intento de asesinar a Hitler con una bomba en la cervecería Bürgerbräukeller en 1939. El mitin se adelantó y el artefacto estalló minutos después de que el Führer abandonase el local matando a 7 de los asistentes. ¿Terrorismo? Seguramente, sí. Y qué. Yo apoyo ese acto terrorista, si lo queréis llamar así.

    Puede que las palabras sean importantes cuando no tienes muy claro cuales son tus principios y necesitas etiquetar todo y a todos para sentirte cómodo con tus prejuicios, o ser etiquetado tú mismo para sentirte arropado en el rebaño.

    Saludos.

  5. Mercutio, creo que te equivocas, lo que describes no es la violencia de género sino el genericidio o asesinato de género.

    La violencia de género es más generalista, implica atacar a revistas como la Cosmopilitan, físicamente. Algo habitual en las salas de espera médicas.

  6. Salvo si la x resulta ser otra cosa.
    Las personas tienen sexo.
    Las palabras tienen género.
    Las palabras no tienen sexo.
    Las personas no tienen género.
    Si jugamos con la ambiguedad de las palabras, estamos colando de rondón ideologia subyacente. Es lo que se hace.Es lo que hay.Vale.
    Pero para mí, no cuela.

  7. Más.

    Ya que debemos usar las palabras como corresponde.

    A un toro no se le tortura.

    tortura.
    (Del lat. tortūra).

    1. f. Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo.

    A alguien. Un toro no es alguien.

    Saludos.

    • Y entiendo que tampoco se espera una confesión…

    • Y puesto que debemos usar las palabras como corresponden:

      Tortura:
      3. f. Dolor o aflicción grande, o cosa que lo produce.

      Luego, a un toro si se le tortura.

      Saludos

      • Yo una vez leí un artículo en El Mundo que decía que los toros no sufrían. Dos colegas borrachos que se fueron a Las Ventas y se colaron en el matadero se lo preguntaron a una cabeza de toro que estaba por allí desparramada. Luego otro colega me confesó que se lo había preguntado a un toro en un campo extremeño. De lejos, que le daba un nosequé acercarse mucho. Al final a nadie le queda claro. Joder, con los toros, que hablan cerradísimo, no se les entiende. Por vanidad yo creo, como los lampedusianos.

      • ¿A un torero que un toro le mete un pitón en la cara se le ‘tortura’? No ¿verdad?.

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