El torero de Gran Vía

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Walter Carrasco mira con desconfianza cuando ve a un tipo con una libreta en la mano y ganas de hacer preguntas, al igual que los otros tres colegas que están desperdigados por Gran Vía. Con la perspectiva que da la calle de enfrente, tienen algo de señalizaciones arbitrarias, colocados ahí por azar, sin ningún tipo de lógica o estrategia. Tienen las manos  ennegrecidas por el betún y un leve dolor de espalda debido a las horas que pasan encorvados lustrando zapatos. Se les conoce como limpiabotas, pero algunos también los llaman boleadores.

El limpiabotas tiene a un cliente sentado en la silla. “EL MEJOR DE MEXICO Y EL MEJOR LIMPIABOTAS DE MADRID”, reza un cartelito escrito a mano en un lateral de la caja con su correspondiente error de acentuación. El trapo se desliza a velocidad de crucero. Gracias a ese juego de manos, va germinando un brillo en el zapato que parece salir de una plegaria. Como por ensalmo. Pericia, buenos productos y la paciencia de un cazador es lo que le hace falta a Walter, hasta que llegue un cliente que quiera lucir en sus zapatos un brillo antiguo y casi olvidado que poco a poco se va perdiendo, como se perdieron los grandes cines, Madrid Rock o las cafeterías que daban carácter a este río de vida llamado la Gran Vía. Es este un oficio en vías de extinción. No hay más que mirar los zapatos de los viandantes. Zapatillas, bailarinas, manoletinas, mocasines, las victoria, las de montaña y mucho calzado deportivo, como si en esta ciudad los juegos olímpicos estuvieran a la vuelta de la esquina.

El boleador sólo trabaja con zapatos de piel. Lo hace con destreza. Por delante, por detrás, que si la punta, que si la lengüeta. Es como si ningún punto del calzado estuviera a salvo de ese trajín que promete dejar el zapato impoluto, relumbrante. El cliente, minutos más tarde,  se irá como si dos solecillos hubieran nacido en sus pies. Mientras Walter está sumergido en esa pequeña liturgia, le da conversación al cliente: el tiempo, la familia, la crisis, la carrera de obstáculos de llegar a fin de mes.

— Este señor es de Galicia, cada vez que viene a Madrid me hace una visita y se limpia los zapatos— cuenta Walter dejando escapar una leve sonrisa.

Pero antes de que eso ocurra, el limpiabotas aplica sus productos, quita y pone cartoncillos para no manchar los pantalones y los calcetines del cliente y, al final, como coronando el trabajo, introduce los cordones por los agujeros levantado la mano exageradamente, como cuando el niño juega con los espaguetis en el plato. Walter no para de conversar. Sabe que el servicio no está solo en dejar los zapatos limpios, sino también en que el cliente se vaya con una sensación agradable. Es como dar un paseo sin moverse del sitio. Sentado en esa poltrona mirando el fluir de la calle. Algo así como cuando alguien va a la peluquería o a hacerse la manicura. En este caso, el cliente busca una pedicura para sus zapatos mientras disfruta del trasiego selvático y voluminoso que desprende esta arteria de Madrid.

Hace unos años, antes de que cerraran la cafetería Zahara, cuyo local ocupa ahora una conocida marca de ropa,  Walter era su limpiabotas oficial. Tenía su cajón de trabajo en la entrada y la gente parecía que todavía tenía esa costumbre de limpiarse los zapatos con un profesional. Además, los edificios de alrededor estaban llenos de oficinas. Había muchos empleados que aprovechaban para limpiarlos antes o después de salir del trabajo. Ahora todas esas empresas han emigrado al extrarradio, a polígonos y ciudades dormitorio, donde el metro cuadrado es mucho más barato y el ciudadano emula mejor que nunca el estilo de vida americano. Y eso se ha notado en la nómina de Walter. Si antes hacia hasta 40 servicios diarios, ahora a penas llega a quince, si es un buen día  puede que veinte. “A veces me iba a las once de la noche”, explica Walter, “esto se ha transformado en la Quinta Avenida”. ¿La conoce usted?, le pregunto, “no, no, yo en mi vida he estado”.

Walter tiene mucho que agradecerle a Marcial, la persona que le enseñó el oficio. “Tuve mucha suerte, me acogió y me enseñó todo”, explica mientras se echa las manos a la cabeza para colocarse un gorrito rojo de lana que lo protege del frío, “ya no está con nosotros, la muerte se lo llevó nomás”, espeta con marcado acento mexicano mientras mira para acá y para allá como intentando deshacerse de  los pensamientos que la parca, de repente, ha agolpado en su mente.

Su cajón de trabajo está forrado de fotos de toreros, su gran pasión. Cuenta que lo guarda en un cuarto que tiene por allí cerca, herencia del maestro Marcial. Le pregunto por los espadas y se  enciende la luz perdida de su ojos. Me habla de Ponce, Puebla, Cavazos, El Juli, Arruza y su querido José Tomás, al que fue a ver a Bayona en agosto de 2011. Y para demostrar que no fue un sueño ver al torero domeñando la fuerza bruta del negro animal, saca la entrada de la cartera y la muestra, como el que saca la foto carné de un hijo, y en efecto, ahí está la entrada que ya ha perdido el brillo de lo nuevo pero que conserva el valor del recuerdo.

¿Cómo fue a Bayona?¿Fue con alguien? Walter cuenta que se fue en tren. Que viajó solo, y que atravesar la calurosa noche del agosto español para ver a un José Tomás vestido de albero y oro, fue algo que nunca olvidará. “Es el mejor”, dice para referirse al torero que ya lleva la leyenda cosida a las cicatrices del tiempo. Una vez allí, se pateó Bayona. Llegó a la plaza, y frente a ella se comió los dos bocadillos que llevaba en la mochila. Fue un viaje austero, como las políticas del gobierno. De no sacar la cartera ni para airearla. No se pudo permitir nada más. Por la noche se montó en el tren y de vuelta. Al otro día Madrid le esperaba con el betún, las grasas, los brillos, las cremas, los trapos y la caja de trabajo, pero también la ilusión y la esperanza de  volver a disfrutar del arte suicida del maestro de Galapagar.

Cuando llega San Isidro, Walter se da su capricho anual e intenta ver a alguna de las figuras del toreo que le gustan. Se queja del cartel de este año, de que no vienen los grandes matadores de toros. Cuenta el boleador mexicano, con la voz  achicada por el abultado tráfico, que de niño quiso ser torero, pero que no tuvo “ni suerte, ni dinero, ni apoderado”. Son sueños que van embarrancando. Miajas de incertidumbre de esta vida que a veces embiste con la misma contundencia que la de un toro bravo. Cogidas ralentizadas, como esas imágenes de cine que dan la sensación de que se puede meter y sacar la mano y, que en vez de sangrar, lo que hace es mancharte con el lenguaje incierto que propulsa el paso del tiempo.

Los toros parece que dan rienda suelta a la conversación. Walter cuenta que trabaja de lunes a domingo. Sólo descansa el último día de la semana a partir de las dos. Entonces aprovecha para lavar la ropa, cocinar y hacer las tareas del hogar que tiene pendientes. Convive con una familia peruana en un habitación alquilada en un barrio con nombre de poeta, Antonio Machado. Vive humildemente, sin caprichos. Explica que manda dinero a su mujer y a los cinco hijos que tiene en México, en Taxco, en el estado de Guerrero. Una tierra en la que nacía la plata como en Almería pueden crecer los pepinos y los tomates. La mina cerró y ahora que el preciado metal se ha agotado, Taxco sólo puede vacilar de su estilo colonial y del Templo de Santa Prisca, una joya barroca de más de 250 años de antigüedad. Cuando se nombra a la Iglesia, Walter comenta: “Me casé con trece años y dormíamos en la calle sobre dos cartoncitos así”, explica, separando una mano de otra unos siete u ocho centímetros, para indicar el grosor del colchón que se hacía para él y su esposa embarazada; “si no me caso me matan”, dice con una sonrisa que ahora sí le parte la cara en dos pedazos, porque sabe que dejar a una mujer embarazada hace 40 años en México no era cosa de broma. La honra es la honra. Y la familia de la novia no iba a permitir que Walter se fuera de rositas. Y así fue. Después del primero vinieron cuatro más. “Hay que sufrir para cosechar”, sentencia, para acabar con la coletilla que acompaña a cada frase que dice: “Claaaaaaaaaro jeeeeefe”, dándole una entonación como si se fuera a arrancar con  alguna cancioncilla de la infancia.

En México dice que podría ganar unos 200 euros al mes haciendo boleadas. En cambio, en Madrid, a pesar de la crisis, puede sacar casi dos mil euros. Aunque depende cómo se dé el mes. Allí tiene a su familia, con la que dice que no habla mucho, a pesar de que se ha comprado un teléfono móvil. Aunque recalca que es puntual con sus giros. Tiene un hijo que va a empezar a estudiar economía en la universidad. “La universidad laica no cuesta nada”, dice mientras intenta convencer a un señor que parece dubitativo entre seguir con los zapatos sucios o montarse en el cajón de Walter. Al final la mujer que lo acompaña tira de él y desaparecen. Walter se engancha de inmediato a la conversación. Cuenta que su hijo mayor ya se ha asomado al precipicio de los cuarenta años, no sabe exactamente a qué se dedica. Pone cara de circunstancia, pero no parece infeliz por estar lejos de su tierra. A la pregunta de cuántos años lleva en España contesta que muchos, sin querer dar una cifra. ¿Y la comida? ¿No echas de menos los tacos? “Claaaaaro, pero no es lo mismo, aquí falta el ambiente, es como el cocidito madrileño, hay que comerlo aquiiiiiiii”, explica con voz de niño defenestrado. Y tu mujer, ¿no la echas de menos? El boleador ríe y dice: “A veces estaría bien dormir con una costilliiiiiiita”.

Dentro del cajón que sirve de silla para los clientes guarda los encargos que le dejan, o un tetra brick de zumo, el bocata de media mañana, una camisa o unos pantalones que algún cliente le regala, “como a mí me gustan, con bolsillos a los lados, para poder llevar mis papeles”. Pero al fondo tiene un libro que saca con mimo. Lo muestra. Es un libro de conmemoración de los 100 años de La Gran Vía. Y ahí esta Walter, en una fotografía, haciendo lo que mejor sabe hacer:  lustrar zapatos. Muestra la foto con orgullo y sonríe, como sonríen los actores cuando los aplauden en el proscenio, con satisfacción. Si uno hojea el libro puede ver los grandes edificios, su historia, sus cambios y a Walter, como modelo de los limpiabotas.

El sol empieza a caer. Walter le limpia los zapatos a un cliente de esos a los que conoce hace años. El trasiego es continuo. Historias galopando el centro de la ciudad. Miles de historias cruzándose en cualquier lugar, en cualquier esquina. Semáforo rojo, semáforo verde. Paso de cebra repleto de zapatos. Paso de cebra repleto de neumáticos. Walter sigue con su boleada, sacando brillo, que es lo que le da de comer a él y su familia de Taxco. Me alejo. Recorro Gran Vía dirección Callao y echo la vista atrás. Sigo divisando a Walter. Me da la sensación de que las luces de los edificios caen caprichosamente sobre él. Me da la sensación de que está vestido de luces, como su querido José Tomás. Sigo mi camino y me doy cuenta de que Walter también tiene algo de torero cuando se tira diariamente al ruedo. Al ruedo de Gran Vía.

 

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4 comentarios

  1. josep m. fernández

    Tengo el de limpiabotas con el de pastor por uno de los oficios más dignos. Lástima que en Valencia ya no quede ninguno, o yo no conozco.

  2. Fawkes

    Mis felicitaciones, me ha encantado.

  3. Coño con la nostalgia. Se echa de menos esa Gran Vía, sí. No habrá mejor sitio para homenajear a mi local favorito de aquella calle, precisamente en lo que hubiera sido el sótano de esa cafetería Zahara del artículo: Shooter’s, que durante unos años fue el mejor sitio para jugar al billar en Madrid. En las fotos de google maps aún están abiertos los dos locales, una cosa fantasmal…

  4. ¡Gran artículo, enhorabuena!

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