Ricardo Cantalapiedra: Africaciones (II)

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 Segundo viaje: 24-X-1994 / 17-I-1995 (Kenia, Tanzania, Ruanda)

 La revista Planeta Humano me envía a Kenia, Tanzania y Ruanda, junto con los fotógrafos madrileños Nacho Arias y Manuel Zambrana. Allí estaremos en continuo contacto con la ONG Ayuda en Acción. Para este viaje voy pertrechado con algunos libros: Último viaje de Livingstone, Paseos por África (Alberto Moravia), Gorilas en la niebla (Dian Fossey) y Memorias de África (Isak Dinessen).

Salimos de Madrid a Inglaterra en la British Airways con destino al aeropuerto londinense de Heathrow. Tras dos horas de espera, nos dan una noticia que no esperábamos: hay plazas vacías en primera clase para el vuelo Londres-Nairobi y la compañía nos invita a viajar en esa clase. Para nosotros es un lujo impensado porque jamás nos habíamos desplazado en esa categoría. Llegamos a la capital de Kenia a las cinco de la mañana. Nos tenía que recibir Víctor Astray Lafora, un tipo genial, amable y gran conversador —nos habían dicho—, nieto del general José Millán Astray y persona sumamente activa que tiene en Nairobi una empresa dedicada a safaris de lujo. Colabora en la producción de películas americanas de la serie B. También hace incursiones en la producción de publicidad para marcas internacionales. Mantiene una relación entrañable con Ayuda en Acción. Antes había sido aventurero. Con otros colegas recorrió en moto Vespa, en 1985, nueve países suramericanos por selvas, sabanas, desiertos y la Cordillera de los Andes.

Los safaris organizados por Víctor son perfectos. Los grupos son de 21 turistas, custodiados en todo momento por 10 guerreros masais. Tres cocineros y un panadero kikuyus preparan cada día las viandas, dirigidos por Charles, el cocinero que vive y trabaja en casa de Víctor. Llevan radios y transmisores para emergencias o accidentes.

 Pero Víctor no está en el aeropuerto. Al cabo de 15 minutos, llega desencajado y sudoroso: su coche ha sido atracado y el conductor ha volcado a pocos kilómetros. Se presenta en un vehículo alquilado que se estropea al llegar al aeropuerto. En ese mismo taxi, una vez arreglado, nos acercamos a la capital, donde conectamos con Jam Karanga, presidente en Nairobi de Ayuda en Acción. Antes de ir a “nuestra” residencia (la casa de Víctor), aprovechamos para entrar en un exótico mercado de frutas y artesanía. Siempre que voy a un país, sobretodo de África e Iberoamérica, lo primero que hago es darme una vuelta por los mercados para conocer a ese pueblo de un vistazo. El mercado de Goma (Zaire), por ejemplo, está tomado por un ejército de moscas que anidan y sobrevuelan impunemente sobre las carnes y pescados. (Ese día, en sueños, fundé una congregación de Moscas de Clausura para tenerlas controladas lejos del mundanal ruido.)

La casa de Víctor, a unos 15 kilómetros del centro urbano, más que casa es una mansión rodeada de jardines paradisíacos, árboles gigantescos, flores que jamás habíamos visto, enredaderas colosales, monos y coros de pájaros cantores que nos dan todas las mañanas conciertos celestiales. Allí residiremos durante nuestra estancia en Nairobi. Víctor es una persona de profunda vida interior, incluso en el vértigo de su actividad diaria. Su música predilecta, de la cual hacemos uso a discreción, es muy variada: ópera, Vivaldi, Bach, Mozart, Grieg, Chopin, Beethoven, Tchaikovsky. Y además, Talkind Heads, Mike Olfield, B.B. King, Spin Doctors, Pretenders, Pink Floyd, Lou Reed

A unos pasos de la casa hay un lago de unos 400 metros de largo por 200 de ancho, rodeado de jacarandas, daturas, maracuyás (llamado árbol de la pasión, con fruto delicioso y —dicen— afrodisíaco), la hierba del diablo, de propiedades alucinógenas, y otras plantas maravillosas. Allí llevan una vida más o menos sosegada el cormorán, la garza, el martín pescador, el ibis (ave de tamaño mediano, cuerpo ligero y pico largo arqueado hacia abajo, pariente de las cigüeñas) y las águilas pescadoras africanas, de gran envergadura y alas que alcanzan los dos metros. Es una de las aves de presa más hermosa, según nos indica Eduardo Amengual, ornitólogo catalán que andaba por allí. Ver a esas águilas planear a ras del agua es un espectáculo; algunos las consideran uno de los animales más hermosos del planeta. Le pusimos el nombre de Lago Víctor en honor de nuestro anfitrión. Muy cerca está la casita donde pasa largas temporadas Lucía Darwin, a quien no conseguimos entrevistar porque siempre anda visitando a los nativos, según nos cuentan sus vecinos.

Por aquellos parajes, muy cerca de la casa de Víctor Astray, está la maravillosa M’Boganis, espléndida mansión —hoy convertida en museo— donde vivió 17 años la baronesa Karen Blixen, que estableció una plantación de café en colaboración con la etnia de los kikuyus. Con el seudónimo de Isaac Dinesen, escribió el libro autobiográfico, Memorias de África (1937), llevada al cine con éxito mundial por Sydney Pollack y protagonizada por Meryll Streep y Robert Redfort. La película se rodó en la mansión de la baronesa y en los contornos de la misma. La visita a la suntuosa casa-museo de Karen Blixen es una de esas sorpresas que África te depara de repente, al margen de la exuberante flora y la fauna del Continente. Como vivimos muy cerca, nos acercamos por allí siempre que podemos.

Al día siguiente, muy temprano, vamos a Kariobangui, solo para establecer un primer contacto visual. Kariobangui es uno de nuestros objetivos en este viaje. De los cuatro millones de habitantes que tiene Nairobi (Astray nos asegura que pueden superar los ochos millones; aquí son prácticamente imposibles los censos fiables porque hay multitud de personas de otros países que residen ilegalmente y sin documentación alguna), casi dos millones sobreviven malamente en Kariobangui. Se trata de uno de los slums (barrios bajos) más poblados y extenuados de Nairobi. Karirobangui es el conglomerado humano con más densidad de población del planeta. Estamos todo el día pasando por despachos burocráticos y sedes de diversas Organizaciones NO Gubernamentales. El trabajo lo iniciaremos mañana.

Nuestro guía en todo este viaje es el español afincado en Nairobi Luís Pañella Reinlein, apodado Topo. Es sobrino de un buen amigo mío, Fernando Reinlein, uno de fundadores de la UMD (Unión Militar Demócrata), que se atrevió a exigir la democracia al general Franco; todos ellos fueron expulsados del ejército. Años después, con la llegada de la Democracia, son readmitidos en calidad de “militares retirados”. Reinlein escribió en 2002 Capitanes rebeldes (Editorial La Esfera de los Libros). A partir de entonces vive retirado y activo en el Cabo de Gata (Almería) con graduación de teniente coronel. Tanto él como su sobrino Topo mantienen una relación magnífica desde hace años con el periodista almeriense residente en Madrid Carlos Santos.

Topo está casado una bellísima somalí que practica la religión islámica, Halima Suldawo Hassan; suele lucir prendas del diseñador norteamericano Alan Donovan, que todos los años permanece al menos seis meses en África. El matrimonio tuvo que realizarse por el rito árabe y Luís cambió de nombre para la ceremonia. Lo llevaba escrito en la palma de la mano por si se le olvidaba durante la ceremonia: Abdul. Antes de conocerle,  imaginábamos, por su apodo, que debía de ser un tipo asilvestrado y montaraz. Pero cuando le encontramos, cambiamos radicalmente de opinión: es esbelto, rubio, atildado, con gafas y mirada viva e inteligente; parece un profesor de Metafísica o un actor. Habla el swahili fluidamente, un idioma fundamental en Kenia, Tanzania y   zonas limítrofes de Uganda, Mozambique, Zaire Actual República Democrática del Congo), Ruanda, Burundi, Somalia y Zimbabue. No es una lengua difícil. Recomiendo a todos los que vayan por allí el manual de Gramática Swahili (Piet Van Pelt. Editorial Mundo Negro).

Topo, con ese talante, es conocido y respetado en todo Nairobi y alrededores, incluidos los sitios más peligrosos de la ciudad. Viaja frecuentemente por Ruanda, Tanzania, Uganda, Mozambique y unos cuantos países más. Dispone de un jeep con el que hace safaris a precios módicos para pequeños grupos. En Kenia está prohibida la caza mayor y sólo se permiten cámaras de fotos y vídeo. “Safari”, en swahili, significa “viaje”. Tras un día agotador en Kariobangui, volvemos a casa de Víctor, que nos tiene preparada una cena suculenta preparada por su magnífico cocinero  Charles, que ha conseguido fusionar la cocina africana con la europea. Compartimos mesa con Topo y su mujer, Víctor Astray y un español llamado Julio que ha venido con su esposa. Julio se dedica a empresas de safaris, como otros 72 españoles residentes en Nairobi. Tras la cena, disfrutamos de una cálida tertulia donde se nos informa sobre algunas cuestiones básicas para comprender esta parte de África: “Las religiones juegan un papel crucial… Los cambios sociológicos y la inmigración están cambiando el rol familiar. La mujer va adquiriendo más importancia. El hombre, en cambio, el antiguo guerrero y cazador, pierde su papel de forma lenta… Las mujeres han sido poco consideradas en estas culturas. Ellas son ahora las que trabajan en las labores duras de agricultura, transporte de leña y agua, labores del hogar… Nunca dos negros se pelean por una mujer; no les merece la pena… Siempre hay un negro que te mira en la oscuridad…”. Y nos corroboran lo que ya había apuntado Livingstone hacia 1850: “Los africanos no resisten al placer de burlarse”. Efectivamente, su risa es ostentosa. Como dice Topo, “mucha risa y poca prisa”.

Al día siguiente volvemos a Kariobangui a trabajar en lo nuestro. Todo el inmenso barrio es bastante parecido al campo de refugiados de Mugunga (que ya habíamos visitado hace bien poco), pero más caótico y mucho menos dotado de los servicios esenciales. Comprobamos que el número de iglesias, sobretodo pentecostales, es bastante mayor que el de letrinas. Las destartaladas calles están plagadas de míseros establecimientos comerciales construidos con adobe y uralita, lo mismo que las viviendas. Nos llama mucho la atención que algunos niños y mayores llevan la camiseta del Barça. Allí se establecen, además de kenianos, gentes que huyen de todas las guerras de países cercanos. En Kariobangui se vende de todo lo necesario para vivir al día. Hay muchas cabras que pasean a su aire por la vía pública, numerosas peluquerías (que consisten en una silla en la calle, un cartel con dibujos coloristas naif relacionados con el pelo y un señor con tijeras), carbonerías, tienduchas de chatarra (todo Kariobangui es una chatarrería cutre, menesterosa, plagada de moscas inquietantes). Pero también hay algunas escuelas de oficios levantadas por cooperantes internacionales e instituciones religiosas. Una de ellas comenzó a funcionar el mes pasado y ya cuenta con más de cien alumnos y cuatro empleados.

Karori Ndungu Githigi se dedica a la venta de carbón y parafina, Nos invita a su vivienda exigua, pero muy limpia. Charlamos con él un rato. Nos ofrece Coca Cola, que su mujer nos sirve con pulcritud y deferencia. Karori y su familia son representativos de la clase B. La inmensa mayoría sobrevive mucho peor que él. Y nos despide melancólicamente con esta frase: “Nada es bastante en África”.

Hay una planta de reciclado de porquerías y desechos de frutas y verduras. Es única en el mundo. El encargado, Francis Kiarli, nos explica que, mediante un lento proceso, mezclan esa basura con tierra y producen un abono excelente. El olor es nauseabundo, como en todo el barrio. Visitamos una escuela mixta de adultos instalada en un cuchitril famélico pero decente. La maestra enseña matemáticas y a leer y escribir en swahili. Uno por uno, todos los alumnos nos saludan con humildad y nos dicen su nombre. Yo les hablo en castellano y les digo que mi madre también es maestra. Topo lo traduce al swahili. Una chica nos agradece la visita. Nos dice que ellos lo tienen difícil, pero que vencerán porque están unidos y buscan la cultura.

La escuela mayor de Kariobangui, erigida por Ayuda en Acción España, tiene 50 profesores y 1.400 alumnos, todos ellos primorosamente uniformados. Maina Kanyonko, encargado de Ayuda en Accíón en ese barrio, confirma que hay unos cien mil niños sin escolarizar. Muchos de ellos van durante el día a Nairobi a buscarse la vida. Todavía no están organizados como los gamines de Brasil o Colombia. Aquí van en pequeños grupos independientes que roban, almacenan cartones, limosnean, timan… Algunos trabajan; son mano de obra muy barata que compite con los mayores y produce casi lo mismo que ellos. Otros ejercen la prostitución infantil, gran lacra keniana. También se prostituyen muchos escolares al salir de los colegios. Estos niños mantienen muchas veces a sus familias.

La situación es terreno abonado para la picaresca, porque el sesenta por ciento de población vive con menos de un dólar diario. Los que consiguen esa cantidad son “privilegiados”. El sida es  pandemia desde hace años. Se calcula que en Nairobi el número de afectados alcanza un sesenta por ciento de la población. Charlo con una admirable y pragmática monja española que lleva casi 20 años por aquí. Le comento que no entiendo la actitud de Juan Pablo II cuando visitó en septiembre de 1990 Tanzania, Burundi, Ruanda y Costa de Marfil: en casi todos sus discursos se opuso tajantemente al uso del preservativo. La monja me contesta: “Mira, Ricardo, es que el Papa está ya muy mayorín. Pero yo siempre llevo esto en el refajo para distribuirlo entre quien lo necesita”. Y me muestra una cajita llena de condones.

Un médico desde la prensa, la radio y la televisión advierte que los hombres no deberían lavarse los genitales con ácidos y líquidos de freno tras el coito. Muchos varones se están quemando los testículos y el pene con esa “medicina” de emergencia. La circuncisión es, en la práctica, obligatoria. Vemos a un hombre, presuntamente incircunciso, al que sus amigos pasean desnudo en un carrito por el centro de la ciudad para que se avergüence. La gente deposita algunas monedas. Ese dinero es empleado para llevarlo a un hospital y circuncidarlo. La vergüenza prepucial es sonrojante para ellos.

Al atardecer volvemos a la casa de Víctor Astray con la impresión de que hemos salido de un infierno. Tengo la cabeza como un nido de grillos políglotas: hemos estado todo el día oyendo hablar en una mezcla abrumadora de diversos idiomas, desde el swahili al inglés, pasando por el francés, el lingala, el kiniarwanda, dialectos de Senegal, Somalia, Ruanda… Muchas personas hablan en un lenguaje sincrético ininteligible que engloba a cantidad de lenguas y etnias, pero así logran hacerse entender por todo el mundo y taodo el mundo les entendemos más o menos.

Ante la perplejidad de los fotógrafos y de Topo, le pregunto a Maina Kanyonyo, de Ayuda en Acción, cuál sería la versión keniana del popular dicho español “sábado sabadete, camisa nueva y polvete”. Topo traduce. Maina comprende al momento lo que queremos saber. Nos lo resume así: “Miles y miles de kenianos se dedican los  miércoles a ligar y a dar rienda suelta a la lujuria. El jueves descansan y se preparan para el viernes y sábado, días que dedican a beber cerveza y un aguardiente de banana llamado “changaa” (bebida ilegal producto de la banana; un trago largo puede causar ceguera). También se toma bastante “miraa”, estimulante legal que da resistencia y quita el hambre; es una planta autóctona; se mascan los tallos y se va haciendo una bola en la boca, algo similar a  la coca andina.  El “miraa” es la clave de la guerra de Somalia. A los soldados les daban esa hierba y un kalasnikof y atacaban como fieras desbocadas. Es también legal en Etiopía y Somalia. Se produce en las estribaciones de la cara Este del monte Kenya, en la ciudad y región de Meru. Kenya es una gran melopea nacional los fines de semana. Los lunes descansan un poco. Los martes se preparan para el miércoles, que ya sabemos lo que significa”. Ese día, leemos en la prensa esta noticia: “Los refugiados ruandeses, aburridos, se dedican al sexo y a la promiscuidad”.

Al día siguiente, muy temprano, salgo a pasear por el lago con Harpo y Trap, los dos magníficos perros pastores alemanes de Víctor Astray, de los que me he hecho muy amigo, y viceversa. En compañía de ellos da gusto hablar uno consigo mismo en alto para que se enteren los bichos de fuera y los que lleva uno dentro. Los perros, por supuesto, se enteran muy bien de lo que digo. Si alguien lograra una fusión de Aristóteles con el Kilimanjaro haría un gran servicio a África y a la humanidad. De vuelta a casa, escucho a toda potencia en el salón la Pasión según San Mateo de Bach. Me inunda una serenidad beatífica.

La mañana sigue con algo entrañable, la comida en casa de una familia kikuyu: Joseph Haji, conductor de Ayuda en Acción, su mujer Mary y sus tres hijos. Viven en un barrio cercano a la ciudad de Kalimbu, llamado Kahawa West. Son profundamente religiosos y pertenecen a la Gospell Church, una de las iglesias más populares en Kenia. Nos han preparado un almuerzo típico kikuyu que no logramos acertar de qué alimentos se compone. Imitándoles, comemos con las manos. La humilde vivienda está llena de carteles de este tenor: “La vida es hoy. Mañana es un sueño”. “Estoy demasiado ocupado para organizarme”. Por la tarde nos invitan a una celebración de su iglesia, a las afueras de Nairobi. Es una gran carpa  con capacidad para 2.000 personas. Nos colocan en primera fila, frente al altar-escenario. A un lado del altar hay un coro mixto de 20 personas y un grupo musical (guitarra, bajo, batería y teclados). Irrumpe un primer predicador, auténtico showman y agitador de masas, que calienta a los fieles con gestos exagerados y gritos de aleluya. Los fieles se van desinhibiendo, dan palmas, danzan, se ponen en trance, lloran. Cada cual emite sus propios gritos, oraciones y deseos. Ríen, se congratulan, se abrazan. Delirio colectivo. A continuación comienza su vibrante disertación un predicador invitado. Se trata de un blanco de Boston, sede central de esa iglesia, que pronuncia un largo discurso en inglés. Un nativo lo va traduciendo al swahili remedando los mismos gestos y movimientos que el gringo. Dice cosas de este calibre: “Esta vida es una mierda. Lo único que importa es el más allá”. Nosotros, amilanados. Al salir de la ceremonia, nuestro coche coincide con una multitud que sale eufórica de un mitin político en el que participaba el presidente zaireño Moi. Van airados, gritones y exaltados. Nos zarandean el coche, nos amenazan. Pero nuestro conductor kikuyu consigue calmarlos diciéndoles no sé qué cosas. Escapamos a toda velocidad y se nos va quitando la congoja.

Para relajarnos un poco, Víctor nos invita a cenar en plan fino en el Casino de Nairobi. La orquesta toca La Bamba. Una vocalista canta en castellano porque le han dicho que hay españoles entre el público. Charlamos y nos comenta el anfitrión: “El elefante tarda una hora en copular; puede matar a la hembra con su peso; su pene es como una de sus patas. El león copula cada diez minutos durante un día… Hay baobaps de más de mil años… En África… ¡a los chinos se les abren los ojos y los ciegos recuperan la visión!”.

De noche nos llevan al Two Tousand, la Babel más grande de sexo y alcohol de Nairobi, y acaso del mundo. Hay unas 5.000 putas espectaculares de todas las razas y etnias. Nos encontramos con cinco Cascos Azules españoles, uno de ellos más borracho de lo que debiera y, por tanto, más metepatas. A la una de la madrugada, espectáculo de ballet discotequero. La mitad de la coreografía está montada sobre música española: Bambino, Peret, Los Chichos… Bailan la rumba de un modo que haría morir de pasmo a El Pescadilla. Las bailarinas llevan vestidos con los colores de la bandera española. Puro vértigo este domingo, el vértigo espeso de África. La verdad es que nosotros también acabamos espesos. ¡Qué noche la de aquel día!

El 31 de octubre vamos al alucinante Parque Uhuru, centro de  variopintos predicadores de distintas creencias y procedencias. A mediodía, aquello se atesta de oficinistas y desocupados con su sándwich en la cartera. Se dirigen a este parque para escuchar y participar en las buenas nuevas de los pastores religiosos. Es algo parecido a la celebración de ayer, pero al aire libre y en grupos pequeños de fieles de distintas sectas que miran al cielo, cierran los ojos, meditan, danzan, lloran. Uhuru parece un nido de grillos alborotados. Entre los predicadores hay muchos indios y muchos norteamericanos, casi todos ellos Biblia en mano. Son traducidos por nativos exagerados e histriónicos con mímica colorista e histriónica que reproducen los mismos gestos, movimientos y aleluyas del orador. Cualquiera que pase por Nairobi no debería perderse este espectáculo único de arrebatos colectivos.

El fotógrafo Nacho Arias, que es un fino pensador, me dice al marchar de los sermones: “Con tu labia, mi potente brazo y un buen megáfono, fundamos una secta y nos forramos. Podría llamarse Iglesia Agnóstica de la Cuarta Pregunta”. Me da un agudo ataque de risa contagiosa. Los dos llegamos desternillándonos a casa de Astray. Le contamos lo de la fundación y él nos contesta con toda la guasa del mundo: “No me parece mala idea, muchachos. Ya contáis con un seguidor, pero tenéis más morro que cien mil y un ruandeses cantando el Only you ”.

El 1 de noviembre volamos en avioneta a N’gara (Tanzania) con 10 funcionarios de la Unión Europea. Nos extasiamos al contemplar el gran Lago Victoria, que es como un océano. Pero a la media hora se desata una temerosa tempestad. Nos ponemos lívidos. La avioneta se zarandea como un avioncito de papel. El pánico se apodera de todos. Nadie se atreve a hablar ni a gritar. Nos agarramos unos a otros pensando que aquello es el final. Por fin, amainan los vientos y la lluvia. A duras penas aterrizamos en un pequeño claro tanzano cerca de N’gara. Aquí sí lloramos de alegría, nos abrazamos y levantamos en hombros al piloto. Momentos antes nadie daba un duro por nuestras vidas.

En la zona de N’gara hay tres campos de refugiados. Benaco (350.000 refugiados), que, en número de habitantes, es la segunda ciudad de Tanzania, después de la capital Dar es Salaam. Está atendido por varias organizaciones no gubernamentales, principalmente Médicos Sin Fronteras España. Musuhura (50.000 refugiados), atendido por holandeses, y Lumasi (80.000 refugiados), atendido por franceses. Nos dirigimos al campo de Benaco. Comparado con Mugunga II, esto es Hollywood. Su organización, infraestructura y limpieza nos impresionan. En Benaco estuvo hace unos pocos días el gran fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado, con quien estuvimos a punto de encontrarnos.

Recorremos el campo con Manolo Garrido, de 37 años, bombero de Leganés, ATS y cooperante de Médicos Sin Fronteras. Anteriormente fue guardia civil. Al llegar a Benaco pesaba 118 kilos; en tres meses ha perdido 30. Dirige a los nativos tanzanos y ruandeses en la construcción de duchas, cocinas, letrinas, dispensarios y depósitos de agua. Por solo 250 dólares levanta una casita de 24 metros cuadrados con adobe, cemento, madera y uralita; lo hace en cuatro días. Todo ello se construye con tecnología militar de emergencias. Comemos con él en un figón al aire libre. Nos sirven una carne asada algo sospechosa. Al terminar el frugal ágape, Manolo nos confiesa que era carne de mono. También probamos unas langostas de esas que vuelan y no son mariscos. No estaban mal. A veces se te pone el alma negra, amarilla, granate y cobriza. El alma es un camaleón. Continuamente suenan en los radiocasetes canciones de Julio Iglesias.

Manolo Garrido es muy popular en Benaco. Todo el mundo le llama por su castizo nombre español. Nadie le gana echando pulsos. Los ruandeses y tanzanos del campamento llevan cuatro meses intentando vencerlo, pero nadie lo consigue. Asistimos a una de esas competiciones: Manolo tumba a tres ruandeses en menos de 7 minutos. Su triunfo es celebrado con algarabía por toda la negritud y los hispanos. Garrido se entrena con pesas artesanales: un tubo en cuyos extremos hay dos latas cargadas de cemento que pesan 15 kilos cada una. La mayoría de los refugiados son católicos, pero conservan bastantes creencias animistas. Tienen miedo al alma.  Por eso a los enemigos los parten en trocitos para que el alma desaparezca y no les vuelvan a incordiar.

Emprendemos en coche viaje a Kigali. Por el camino, Nacho Burrul, jefe de Médicos Sin Fronteras en aquella zona, nos informa por radio de que la situación es muy tensa: los hutus desplazados al campo de Cyangugu (Ruanda) son constantemente hostigados por el ejército tutsi ruandés (FPR). Lo mismo les ocurre a los refugiados en varios centros de Burundi, cuyo ejército es también tutsi. Pasamos a Ruanda por el tristemente célebre puente de Rusumo sobre el río Akagera, por el que bajaban hace unos meses miles de cadáveres. Es el río de la muerte y el odio. A lo largo del camino nos adentramos en El País de las Mil Colinas (Ruanda). Nos invade poco a poco el maravilloso crepúsculo, que en kiniarwanda, dialecto swahili, se denomina con una palabra fascinante: nimugoroba.

Nacho Burrull nos recibe en la sede de MSF en Kigali. La cocinera y encargada de que todo funcione en la casa es la ruandesa Alphonsine, que siempre va con los ojos tristes y bellos: en la masacre mataron a su marido. Tiene tres hijos y se ha hecho cargo de otros tres. Su marido le dejó como herencia cinco kilos de patatas. Llora con frecuencia. Nacho Burrull la intenta consolar. Ella dice: “No se preocupe usted. Son problemas de los pobres”.

Kigali, a primera vista, no parece haber sido el centro de genocidio, pero todavía quedan barrios y parques sembrados de minas. Hay que caminar con sumo cuidado. Burrul nos comenta que, a pesar de ser llamado País de las Mil Colinas, en Ruanda hay muchísimas más. Es un bellísimo país con todos los matices del verde y la suavidad. En Kigali y en todas las aldeas siguen muchas casas y sembrados destrozados bárbaramente. Incluso el lujoso Hotel de las Mil Colinas de la capital está “decorado” con múltiples impactos de metralla. Matías, el conductor de MSF, nos dice que ahora vive bastante más gente en la capital que antes del Genocidio. Han llegado watusis de Uganda, Kenia, Tanzania, Zaire, Burundi, Senegal y Somalia. Además, han venido muchos ruandeses del interior para posesionarse de sus casas, tiendas, locales y sembrados. Las calles y mercados están abarrotados. Hay miles de soldados armados por toda la ciudad y miles de blancos con radiotransmisores. Le mostramos a Matías, que tiene 6 hijos, un sobre con preservativos. Dice que los desconoce porque él es cristiano de la Iglesia Pentecostal. Al condón se le llama aquí “calcetín del pito”, pero se usa muy poco esa prenda.

Nos encontramos con consultores de la ONU pertenecientes al Centro de Derechos Humanos de Ginebra. Entre ellos hay dos médicos españoles, José María Abenzana, director del Instituto Anatómico Forense de Madrid, y Emilio Pérez Pujol, que ejerce en Cartagena. El número de consultores internacionales que investigan el Genocidio es de 150.

Al hablar con las gentes de la patética Kigali tienes una sensación ambigua: son muy amables, casi tiernos, y hablan dulcemente. Pero nunca sabes si estás ante un asesino o ante una persona oprimida por los sicarios. Sea lo que fuere, los habitantes desconfían de todo y de todos. Saben que los machetes, la venganza y la muerte andan siniestramente por cualquier esquina. En un chiringuito del poblado de Nkanka nos invitan a probar una pócima llamada uwarwa, mezcla explosiva de orujo de banana y cerveza de maíz, por lo que pudimos saber luego. Con un mínimo traguito comprobamos que aquel asilvestrado mejunje es más fuerte que la dinamita. Nunca habíamos catado una bebida tan procaz.

Escapamos de allí como alma que lleva el diablo y marchamos a Cyangugu. Su catedral es hermosa, pero cuajada de metrallas. El Parlamento de la Prefectura está absolutamente destruido, al igual que la Consejería de Sanidad. Todo ello, en la frontera de Zaire, a orillas del lago Kivu. Esta zona estuvo desmilitarizada durante la Operación Turquesa, en mayo y junio, bajo supervisión francesa. Pero cuando marcharon los franceses, la mayoría de las fabulosas mansiones de los potentados hutus o tutsis moderados fueron arrasadas. Actualmente es una zona muy peligrosa, controlada por militares ruandeses. Los soldados entran en una casa y, si les gusta, sacan a la gente a machetazos y se posesionan de ella. Todavía quedan cadáveres descuartizados. Volver a Ruanda es temerario. Matías, nuestro conductor, dice que oficialmente se puede volver a casa. Pero cuenta un caso por él presenciado: una familia hutu vuelve a Kigali. Llegan a su antigua casa y está ocupada por watusis. Los ocupantes les dicen: “Vale. Podéis posesionaros”. Una hora después aparecen los militares y los expulsan sin explicaciones.

Tenemos medio día libre y nos acercamos a las Montañas Virunga, donde desarrolló su labor científica y conservacionista la famosa zoóloga norteamericana Dian Fossey. Su laboratorio de estudio estaba  en Karisoke, que visitamos con emoción. Nadie como ella había estudiado y convivido con los grandes simios, los gorilas. En 1983 escribió Gorilas en la niebla. Dos años después murió en la gran ciudad de Ruhengeri. En 1989, el director Michael Apted filmó Gorilas en la niebla, protagonizada por Sigourney Weaver.

De vuelta a Nairobi, todavía nos tocaba acercarnos por otro barrio muy peligroso de la ciudad, Eastleig. A primera hora de la mañana el centro de la capital está casi desierto, pero Eastleig, con más de cien mil habitantes indocumentados y huidos de distintas guerras, está en plena ebullición. En esta zona, de mayoría somalí, se concentra  todo el pastel de los bajos fondos: tráfico de armas, oro, piedras preciosas, heroína, opio, marihuana (si te sorprenden fumando un  canuto por la calle o en lugares públicos, la broma te cuesta 10 años de prisión o una buena mordida para el soborno de los agentes). Está atestado de tiendas de puntapié: fruterías, tabernuchos inquietantes, garajes, muchos camiones, figones con pinchos inciertos de carne de cabra y de mono… Los que más se hacen notar son los peluqueros (que se disputan a grito limpio la abundante clientela) y los omnipresentes e incansables predicadores religiosos que, micrófono en mano, al modo de los charlatanes expendedores de mil bagatelas, organizan sus acostumbradas algarabías celestiales de aleluyas, danzas incomprensibles y éxtasis baratos. Bueno, pues entre toda esta barahúnda, Topo es más conocido que san Pedro en el cielo. Nos adoctrina seriamente sobre algo muy importante para los fotógrafos: hay que ocultar las cámaras y pasar lo más desapercibido, porque de lo contrario te expones a situaciones que pueden llegar a la muerte por linchamiento. Si te metes en estos bulliciosos ambientes, no sólo tiene que tener cuidado con el reloj o la cartera, pero sobretodo con la vida. Tenemos que salir por piernas en tres ocasiones, cuando Manolo Zambrana intenta enfocar el objetivo hacia conventículos de tipos con aspecto claramente mafioso. Hay muchos niños jugando con cualquier cosa, pero lo que más les divierte es mirarnos y correr detrás de nosotros por todas partes.

Los cooperantes se comunican entre ellos por walki talki. Para despistar a los posibles captadores de ondas, se refieren a los hutus como “bajos” y a los watusi como “altos”. Pero les sescubren su contraseña; desde entonces, los hutus son “fontaneros” y los watusi “electricistas”.

El 18 de noviembre volamos en la British de vuelta a Londres. En el avión nos tratan a cuerpo de rey en primera clase, como en la ida. Estamos muy cansados, pero felices y, a la vez, tristes. Entre sueños levanté el corazón a los dioses y, en vez de pedirles  Mercedes, les pedí un 600; ellos me obsequiaron con un Toyota todo terreno. Como este día cumplo 51 años, lo celebro escuchando a Mozart por uno de los canales de radio del asiento. Cuando sea mayor no sé lo que haré, aunque lo imagino. Pero es seguro que siempre, al llegar la nimugoroba, estaré pensando en África.

 

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