Sir Arthur Conan Doyle en espíritu

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El 13 de julio de 1930 miles de personas abarrotaron el Royal Albert Hall de Londres para ver y escuchar en directo a sir Arthur Conan Doyle, el creador de uno de los personajes más populares de la historia de la literatura: el sagaz detective Sherlock Holmes. El evento no tendría nada de especial si no fuera porque el eminente escritor había fallecido cinco días antes de un ataque al corazón en su casa de Crowborough, al sur de Inglaterra, a la edad de 71 años.

Al parecer, su muerte no sólo no había hecho desistir a sus incondicionales de pasarse por la conferencia, sino que los impulsó a acudir en masa para ser testigos de su aparición espectral desde el otro mundo. Los principales promotores del espectáculo postmórtem eran la viuda de sir Arthur y sus hijos, todos ellos adeptos declarados de la “ciencia espiritista”. Los días previos a la conferencia los periódicos caldearon el ambiente con encendidos titulares. En la portada del New York Times se pudo leer: “La viuda anuncia un mensaje de esperanza”, una idea similar a la que adornó la cabecera del New York American: “La familia de sir Arthur Conan Doyle aguarda su retorno en espíritu”. Por su parte, el Daily Herald proporcionó detalles sobre un código secreto que Conan Doyle había dejado escrito para que su mujer pudiera comprobar la veracidad de los contactos con el más allá.

Miembro fanático de la Society for Psychical Research, este médico escocés de aspecto serio y frondoso mostacho había dedicado las últimas décadas de su vida a la evangelización sin tregua del espiritismo. Creía en todo tipo de fenómenos paranormales, como la comunicación con los muertos, la telepatía, la hipnosis o las habilidades mediúmnicas, e incluso defendía la existencia de las hadas y los gnomos. Impartió multitud de conferencias por todo el mundo defendiendo la causa espiritista, escribió varios libros de contenido esotérico y afirmó más de una vez haber hablado con el fantasma de su hijo menor, Kingsley, muerto de una pulmonía durante la Gran Guerra (como prueba mostraba una fotografía en la que aparecía a su lado el rostro difuminado de su hijo). También dijo haber conversado con los espíritus de Joseph Conrad, Cecil Rhodes o Douglas Haig, entre otros. Llegó a abrir una librería parapsicológica y un museo espiritista en Victoria Street, cerca de la abadía de Westminster, dos locales que no le produjeron más que quebraderos de cabeza y una importante sangría económica. Su absurdo posicionamiento en el famoso fraude de las hadas de Cottingley (su obcecación al afirmar la autenticidad de las fotos hizo que las propias niñas protagonistas del timo no se atrevieran a confesar el engaño hasta poco antes de su muerte, en los años ochenta, por no dejar en ridículo al distinguido escritor) y su enfrentamiento con el escapista Harry Houdini, que había sido su amigo (Doyle se empeñaba en atribuirle poderes extrasensoriales al ilusionista, pese a que este, gran escéptico en cuestiones sobrenaturales, azote desenmascarador del espiritismo, le intentara explicar una y otra vez que se trataba de simples trucos), marcaron toda una época de la sinrazón. Como declaró un colega suyo dedicado a la parapsicología, sir Arthur era sencillamente el mayor de los crédulos, “un gigante intelectual con corazón de niño”.

A los lectores de las aventuras de Sherlock Holmes nos sigue asombrando el contraste entre la personalidad ingenua y candorosa de Conan Doyle y el carácter cerebral, implacable y meticuloso de su famoso personaje, el inquilino del número 221B de Baker Street. Parcialmente inspirado en la figura de su profesor de la universidad Joseph Bell y con el antecedente literario del detective Dupin de Edgar Allan Poe, Sherlock Holmes se ha convertido en un prototipo universal de inteligencia penetrante y agudeza de observación, perfecta combinación de metodología experimental, inferencia lógica y sutileza intuitiva, campeón mundial del razonamiento deductivo. Nada que ver, como podemos apreciar, con su creador. Además, el escritor nunca supo digerir bien el éxito de su personaje, que para la mayoría de la gente era más real que él mismo. Muchas personas enviaban cartas al domicilio inexistente del detective para que resolviera sus casos y Conan Doyle tenía que soportar que por la calle lo llamaran “mister Holmes”. Lo que para cualquier otro escritor hubiera representado un elogio superlativo (que la gente creyera que uno de sus personajes de ficción existía realmente), para Doyle suponía una terrible ofensa. La razón es que él quería ser reconocido por la que consideraba la parte más importante, valiosa y seria de su obra: sus novelas históricas. Pocos las leían entonces, y casi nadie las ha vuelto a leer. En cambio, los exitosos relatos de Sherlock Holmes le parecían una forma de literatura menor, banal, mero pasatiempo sin valor alguno. En esto, como en tantas otras cosas, el médico escocés se equivocaba de plano.

Tantos celos le producía la fama de su personaje que en varias ocasiones se planteó acabar con él, y lo hubiera hecho antes de no haber sido porque su madre le disuadía siempre de cometer tamaño error. Aun así, en El problema final lo mató despeñándolo por las cataratas de Reichenbach durante un forcejeo con su archienemigo el profesor Moriarty. La respuesta de sus consternados seguidores no se hizo esperar: enviaron cientos de cartas de protesta y llenaron las calles de Londres de crespones negros, que llevaban prendidos en sus sombreros. Más de veinte mil suscriptores se dieron de baja de The Strand Magazine, la revista mensual en la que se publicaban sus historias. El asunto acabó convirtiéndose casi en una cuestión de Estado (incluso la Familia Real británica expresó su desconsuelo por la desaparición del detective). Fue tal el clamor popular que Conan Doyle se vio obligado finalmente a resucitarlo.

Quizá algunos de sus lectores pensaron que aquella tarde de julio de 1930 Conan Doyle podría resucitar siguiendo el ejemplo de su personaje. El ambiente en el Royal Albert Hall era de gran expectación. La gente se removía nerviosa en sus asientos y la familia de sir Arthur ocupaba una hilera de sillas en el escenario. Sólo una silla permanecía vacía, en el centro, con el nombre del escritor impreso en un cartelito. La médium favorita de Conan Doyle, la señorita Estelle Roberts, saltó al escenario con gran soltura.

¡Hay un vasto número de espíritus aquí, entre nosotros! —exclamó—. ¡Me reclaman con gran virulencia!

Acto seguido, comenzó a describir los rasgos de los aparecidos, su forma de hablar, su carácter, incluso sus ropas… Hubo que esperar casi media hora hasta que el espíritu de Conan Doyle hiciera acto de presencia. La médium anunció por fin la anhelada aparición: “¡Está aquí! ¡Está aquí!”. Vestido con traje de etiqueta, el espectro caminó por el estrado y se sentó en la silla vacía, mientras los espectadores esforzaban la vista tratando de atisbar algo. Imposible.

Mrs. Roberts se dirigió a Lady Conan Doyle:

Tengo un mensaje para usted, querida, de Arthur. Dice que un miembro de su familia ha entrado esta mañana en la cabaña de Crowborough. ¿Es eso cierto?

—Sí, ¿por qué? Fui yo.

El mensaje es el siguiente: “Dile a Mary que…”.

Justo en ese momento, la música del órgano impidió escuchar la voz de la médium. Sólo Lady Conan Doyle podía escucharla.

Pese a que se lo siguieron preguntando durante toda su vida, nunca quiso revelar el contenido del mensaje.

 

 

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6 comentarios

  1. Una de mis primeras (y desafortunadas) lecturas de Doyle fue un libro acerca de espiritismo, el séptimo círculo, o algo así. Como su talento narrativo era inigualable, el libro hasta se deja leer…pero nada que ver con sus otras maravillas. Supongo que la muerte de su hijo le hizo aferrarse a ese tipo de creencias con una irracionalidad abrumadora…

  2. Sí, Miguel, al parecer tras la I Guerra Mundial mucha gente se aferró a estas creencias con la esperanza de volver a contactar con sus familiares muertos. De todas formas, el espiritismo ya estaba de moda a finales del XIX en Inglaterra y Conan Doyle se había interesado por estos temas al menos desde la década de 1890. Supongo que lo del hijo sería el impulso definitivo.
    Aprovecho para recomendar una película que trata el caso de las hadas de Cottingley: «Fotografiando hadas». A lo mejor soy un poco friqui, pero me gusta: http://www.youtube.com/watch?v=k6mudgqAWb4

  3. Oportuno, el órgano, sin duda.
    Yo soy de los forofos de Holmes, de los que visitan Baker Street, y por eso se lo perdono todo, al bueno de Arthur (ah, y por «El mundo perdido», que leí en mi juventud).

    Un abrazo.

  4. Discrepo con la frase «quería ser reconocido por la que consideraba la parte más importante, valiosa y seria de su obra: sus novelas históricas. Pocos las leían entonces, y casi nadie las ha vuelto a leer». Somos muchos los que hemos disfrutado tanto o más que con Holmes, con las aventuras de la Compañía Blanca, Sir Nigel o las aventuras del Brigadier Gerard.

  5. Adrian Martínez

    Ernesto,

    Ciertamente Conan Doyle «odiaba» el personaje de Sherlock Holmes porque impedía que se valoraran justamente sus novelas históricas.

    Conan Doyle era un estudioso de las armas medievales, las técnicas de batallas del momento, etc y escribió muchas novelas al respecto.

    Las mejores, por este orden, son Sir Niegel y La compañía Blanca. Si no las han leido no pierdan ocasión de hacerlo. Son excelentes.

    Como curiosidad, comentarte que La Compañía Blanca es el sueño no cumplido del director John Ford (si, el de los westerns), ya que estuvo años intentando hacer una película basada en el libro.

    Saludos

  6. Gracias por las recomendaciones, Luis y Adrián.
    Buscaré Sir Nigel y la Compañía Blanca.

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