Timburtonízate

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Tim Burton
es como uno de esos antiguos amigos que un buen día te cayó bien e incluso te pareció un tipo relativamente interesante, hasta que veinte años después empieza a atragantársete y no sabes exactamente por qué. No tiene mucha explicación racional, supongo. Quizá es que hay amigos que evolucionan en paralelo a ti —no siempre para bien, pero al menos en paralelo— y hay otros que sencillamente se quedan anclados en la adolescencia, lo cual abre un abismo difícil de obviar en cuanto te los vuelves a encontrar. Es como: “estás más viejo y más calvo, pero por lo demás pareces recién salido de una máquina del tiempo”. O quizá “te conservas de maravilla y definitivamente has salido de una máquina del tiempo, porque estás exactamente igual de tontolaba que antaño”. Sea como fuere, en la cultura —como en la vida— hay individuos que nos acompañaron durante un tiempo… hasta que uno descubre que no tiene ningunas ganas de pasar en su compañía ni un minuto más.

La cuestión es que sí, hubo un día en que Tim Burton parecía capaz de hacer cosas muy grandes y en cierto modo las hizo, o estuvo a punto de hacerlas… hasta que decidió que su misión en la vida era hacernos partícipes de sí mismo, de su absorbente yo y de su particular visión de esta cosa tan mágica y chachi piruli denominada existencia. Un poco como le sucedió a M. Night Shyamalan con su inesperado giro mesiánico, pero con la astucia de saber ganarse a un público incondicional, cosa que el director de El sexto sentido no consiguió hacer. Shyamalan cometió el error de pretender que él era el único individuo especial sobre la faz de la Tierra y que por tanto se sentía en la obligación de darnos lecciones morales a los demás; algo que, por fuerza, no va a agradar a los espectadores. A nosotros, quienes nos sentamos en las butacas, nuestras respectivas mamás nos han tenido también por especiales;  no es plan que Shyamalan venga dándoselas de listo. Pero Tim Burton, que es, si no más inteligente, al menos bastante más avispado que Shyamalan —pese a lo que indique su peinado de tonto del pueblo y su afición a los muñequitos de vampiros— supo que el truco consistía en mostrarse como alguien especial, pero haciendo sentir a sus espectadores que también ellos eran especiales. Que es lo que imagino sucede no sólo con determinadas películas de Tim Burton, sino también cuando la gente ve AmèlieEmilio de Gorgot y yo somos los últimos que aún no la hemos visto, según creo, y ambos coincidimos en que no merece la pena el intento si al final Audrey Tatou no se molesta en enseñar las tetas—, aunque admito que puedo comprender el sentimiento que la gente espera encontrar en ese tipo de films, porque a mí me sucede algo similar cuando veo El castañazo. Me hace sentir niño otra vez, lo cual es una sensación de plenitud casi tan maravillosa como contemplar el caos desatándose en el mundillo de la música “indie” el día en que descubrieron que Lana del Rey era una infiltrada del abominable “mainstream” (debieron de creer que el colágeno y las cámaras de alta definición con que había rodado su primer videoclip los había pagado con su exiguo jornal de camarera del Taco Bell). Sé que está mal, pero admito que me encanta ver a los indies histéricos y revolucionados: es el mismo morbo pueril de soplar sobre un hormiguero y mirar cómo se vuelven locas las hormigas dando vueltas de un lado a otro y mordiendo al primer infortunado escarabajo que tenga la mala suerte de pasar por allí. Los escarabajos son demasiado mainstream.

Burton (antes de ser abducido por su propio flequillo) y Pee-wee Herman, cuando América aún desconocía que el segundo no tenía la entrepierna vacía como las muñecas Barbie.

Pero estoy divagando. Volviendo a Tim Burton, hablemos de negocios. Sabemos que la forma más segura de montar un negocio infalible es abrir un banco: no importa lo mal que lo hagas al frente de tu banco porque, si te arruinas, el gobierno cerrará hospitales y escuelas para darte a ti el dinero que antes se malgastaba en niños, enfermos y demás morralla improductiva, y así rescatar a tu muy necesaria entidad financiera de la quiebra, porque la quiebra de un banco es algo mucho más temible que los tumores de los pacientes y la ineducación de la infancia. Así pues, la banca nunca pierde, como en la ruleta. Lo malo es que si eres banquero le caerás mal a la gente… al menos a la gente que no haya estudiado económicas o que no sea rica; perfiles ambos del fan prototipo del ominoso Mario Conde. Los banqueros no tienen buena imagen entre la gente decente, como tampoco la tienen las tarántulas o el virus de la gripe. Dedicándote al negocio del espectáculo no conviene despertar antipatías en el público —salvo que te llames Axl Rose— así que, descartada la opción Lehman Brothers/Bankia, la segunda forma más infalible de montar un negocio seguro era, para Tim Burton, convertirse en un fabricante de espejos mágicos en los que la gente se mire y se vea mejor de lo que realmente es. Todos queremos pensar que somos mejor de lo que realmente somos, pero es algo que difícilmente conseguirás viendo películas de Charles Bronson. Que nadie me entienda mal: las películas de Charles Bronson pueden ser divertidas, pero el tipo entra en el ghetto con una cámara fotográfica descuidadamente colgada al hombro, y en cuanto un individuo —negro, casualmente— se la roba, Bronson lo fríe a tiros. Es divertido, sí, pero es no la clase de cine que le hace a uno sentirse mejor persona. Tim Burton, en cambio, ha copado el mercado. Vayamos al principio de su carrera y veamos cómo.

Los inicios de nuestro caniche favorito fueron prometedores: debutó con Pee-wee Big’s Adventure, curiosa película que era un vehículo para el lucimiento de Pee-wee Herman, el personaje afeminado —o asexual, según cada uno quiera verlo— que era el favorito de los niños de América a finales de los 80. Pee-wee era toda una celebridad televisiva entre el público infantil, estaba en lo más alto, y Burton tenía la gran oportunidad de mostrar sus habilidades como director sabiendo que el film tendría una repercusión previsiblemente notable. Efectivamente, el éxito y la buena factura del film contribuyeron a aumentar su prestigio. Aunque de poco le sirvió al propio Pee-wee cuando Paul Reubens, nombre real del actor que encarnaba al exitoso personaje, fue detenido en un cine porno por el delito de exhibición indecente; esto es, por masturbarse en su butaca. Que suena un tanto sucio, sí, pero suponemos es lo que la gente iba a hacer a un cine pornográfico. Los agentes de la ley que estaban de redada en una sala X (al parecer no había más delincuencia que combatir en toda la ciudad) quizá esperaban encontrarse a un grupo de sesudos críticos tomando notas sobre la influencia de Bergman y Tarkovsky en las secuencias de felaciones. Y claro, para su sorpresa, los policías se toparon no con una tertulia cinéfila a lo Garci, sino con un puñado de tipos sórdidos sacando a pasear el miembro en la penumbra del cine, quizá buscando captar la atención de algún otro tipo sórdido también con el miembro al aire, para hacerse favores mutuos. Y desde luego captaron la atención de algunos individuos sórdidos, ya que aquel día los policías habían salido, literalmente, a la caza y captura de penes. Pee-wee fue, pues, detenido por exposición indecente de sus atributos. Tras la detención, claro, se desató el escándalo; además de dispararse los rumores sobre la posible homosexualidad de Reubens. Muchos padres histéricos, al parecer convencidos de que el mariconerío se contagiaba vía rayos catódicos, consideraron de repente que la existencia de Pee-wee en televisión ya no era tolerable y que sus niños debían ser alejados de la influencia de aquel maléfico ser que, sin duda bajo las órdenes directas de Satán, le daba satisfacción a su pecaminosa colita en la oscuridad de un cine X. Su programa fue cancelado y hasta los juguetes de su franquicia desaparecieron de las tiendas. Poco importaba que esos mismos niños fuesen a terminar descubriendo las bondades del tocamiento por sí mismos, como ha sucedido toda la vida —y desde luego, dudo mucho que pensando en Pee-wee precisamente—, pero lo cierto es que el descubrimiento de que el actor que encarnaba al más famoso personaje infantil tenía genitales fue demasiado para una América en la que, sin embargo, se emitía en aquella misma época Los vigilantes de la playa con —por ejemplo— una Erika Eleniak que probablemente no iba a provocar la tentación del tocamiento entre el público pre-púber. Qué va. Es mucho más fácil ser corrompido por Pee-wee que por la Eleniak, como todos muy bien sabemos.

Siendo generosos, podríamos considerar esto como "material relativamente apto para el consumo adulto".

Pero bueno, volviendo a lo nuestro: tras el estreno de Pee-wee’s great adventure el talento de Tim Burton fue extensamente reconocido dentro de la industria. Además, Burton era un heterosexual como Dios manda, cosa que demostraría tiempo después haciendo lo que el éxito suele provocar en estos casos: largando de una patada a su novia de siempre y liándose con la pin-up Lisa Marie, que compensaba la carencia de un aura bohemia y decimonónica con el apabullante tamaño de su escote. Aunque algunos años más tarde, quizá pensando que su nueva novia era demasiado pechugona como para permitirle conferirse esa aureola romántica tan conveniente a su figura, Burton cambió nuevamente de tercio y se ayuntó con la —esta vez sí— muy decimonónica Helena Bonham-Carter, aquella actriz que se puso de moda entre los gafapastas de su tiempo (ya no recuerdo cómo los llamábamos entonces) tras su aparición en Una habitación con vistas, insigne película de James Ivory, el Tim Burton de los culturetas aficionados al cine de tacitas.

Después de su exitoso debut junto al travieso Pee-wee, Burton rodó otro éxito, Beetlejuice (“Bitelchús”) y finalmente obtuvo la suculenta posibilidad de dirigir Batman, con un peso pesado como Jack Nicholson interpretando a Joker y otro tipo del cual ya no nos acordamos —ni falta que hace— protagonizando el film en el papel de hombre murciélago. Batman obtuvo una recaudación que señalizaba el definitivo establecimiento de Tim Burton como director taquillero. Nunca he sido muy fan de aquella versión de Batman, aunque supongo que tuvo bastante mérito por convertir en material relativamente “adulto” lo que parecía difícilmente rescatable del pozo de la ignominia: aquel personaje que un lejano día había bailado el Batusi. A mí, lo reconozco, me gusta más el Batman del Batusi y hubiese preferido una adaptación enloquecida —y por qué no decirlo, abiertamente gay— en esa misma línea. Que aún hubiese sido mejor de ser interpretada por Nicolas Cage en uno de sus habituales arrebatos de San Vito, pero he de admitir que Burton logró que la gente se tomase en serio al hombre murciélago por más que en su versión «adulta» y tenebrista se me antoje un tanto estomagante. Gracias a Burton, Batman gozó de un renovado respeto. Al menos hasta que el bendito Joel Shumacher nos devolvió la alegría (a unos pocos) con la nunca suficientemente ponderada Batman & Robin, que todos los auténticos fans de la saga detestan pero que a mí me pareció muchísimo más entretenida que, por ejemplo, la parroquial solemnidad de El caballero oscuro. No me imagino a Christian Bale bailando el Batusi y eso no es buena señal. Batman & Robin era hortera, absurda y estaba repleta de colorines chillones… pero eso era lo que en el fondo algunos puristas del Batusi esperábamos de las películas del hombre murciélago.

"Ed Wood" es, por el momento, la mejor película de Burton, salvo que Helena Bonham-Carter aparezca vestida de Chita y nos obligue a afirmar lo contrario. En la imagen, Martin Landau caracterizado como Emilio Bot... Bela Lugosi.

El amigo Tim, pues, hizo de Batman una cosa seria, pero antes de seguir engordando su cuenta bancaria con la secuela Batman returns, inauguró la Era Burton con Eduardo Manostijeras, en la que cubrió por primera vez de cal la jeta de Johnny Depp (no sería la última) y tiñó a Winona Ryder de rubio. Winona, empero, está mucho mejor de morena y restregando los muslos contra cualquier superficie no compuesta de hielo, como bien demostró Coppola en Dracula y como bien sabíamos desde Gran bola de fuego. La especialidad interpretativa de Winona siempre ha sido la de refocilarse lúbricamente sobre personas y objetos variados, faceta en la que no conoce rival en el Hollywood actual. Pero bien, el hecho es que Eduardo Manostijeras era una película que estaba ahí, que podía gustarte más o que podía gustarte menos, pero que creíamos cubriría el cupo de “mundos especiales” de Burton para los restos. Yo puedo vivir sin ella, aunque sé que no estaba mal, y respeté a aquellos que la disfrutaron en su día.

Porque fue Ed Wood la que hizo que los reticentes nos subiésemos al carro de Burton, creyendo que nuestra adhesión a su causa cinematográfica sería algo definitivo. Para mí, aún hoy, es la mejor película de Tim Burton y desde luego la que más he disfrutado, con mucha diferencia. Todo en ella encajaba a la perfección, desde Martin Landau encarnando a Bela Lugosi (¡sublime!) hasta, siendo generosos, los habituales histrionismos de Johnny Depp, que por una vez encontraban cierto acomodo en el contexto del largometraje. Con Ed Wood y su entrañable elegía del supuestamente “peor cineasta de todos los tiempos” nos quedó claro que Burton era de esa clase de tipos que ama el cine — aunque fuese el cine de serie B—, que lo entiende, que lo siente y que sabe cómo homenajearlo (no, ahora no me estoy refiriendo al miembro de Pee-wee). Muchos pensamos que después de Ed Wood ya no habría límites para lo que Burton sería capaz de hacer. Creímos que su indiscutible talento estaba alcanzando la madurez y anticipamos logros todavía mayores. Cierto es que su siguiente film, Mars attacks! —otro homenaje al cine de serie B aunque en un tono más desenfadado— no tenía ni de lejos la misma calidad. Pero nos lo tomamos como lo que era: un divertimento ligero, un guiño a la locura cinematográfica de otro tiempo, un juguete que resultaba lo bastante divertido —y por qué no decirlo, lo bastante chorra— como para tenernos entretenidos mientras nos comíamos nuestras palomitas. Me pareció una buena jugada. Es más, admiré el sentido del humor de Burton para, en mitad del torrente de elogios provocado por Ed Wood, no tomarse en serio a sí mismo (sí, ¡sigo hablando de Tim Burton!) y destaparse con un film tan repleto de deliciosa memez  como Mars Attacks!. Era casi como un corte de mangas al sistema. No sé, como si Rubén Uría o Enric González se descolgasen de repente con un diccionario de expresiones de Chiquito de la Calzada. Algo lo suficientemente inesperado para resultar admirable como concepto en sí mismo. En definitiva, no era una gran película, pero admiré Mars attacks! como valiente requiebro profesional del díscolo Burton. Aún hoy me lo sigue pareciendo.

Después vino Sleepy Hollow, que tampoco era la gran película que esperábamos de Burton, pero a la que también juzgamos con benevolencia. Creo, de hecho, que la crítica fue más generosa de lo que la película realmente merecía. Tampoco había motivos para que esa crítica no fuese permisiva con Burton: aún duraba el efecto Ed Wood y la verdad es que Sleepy Hollow, aunque no pasaba de simplemente correcta, desde luego no entraba en la categoría de bodrio insultante. Esa función le estaba destinada, cómo no, a El planeta de los simios.

No soy alérgico a los “remakes” como el citado señor De Gorgot, y de hecho albergué ciertas esperanzas acerca de lo que Burton pudiese hacer con aquella clásica historia de ciencia ficción. Flequillo de Alambre había demostrado que amaba el género —o como mínimo algunos de los clichés del género— y por entonces no se me ocurrían razones de peso para dudar a priori de su éxito artístico al actualizar la vieja epopeya que en el pasado protagonizó Charlton Heston. Es más, confieso que en un primer momento Burton me pareció el hombre más indicado para hacer ese tipo de remake. Sin duda respetaría la esencia. Nunca esperé que su versión me gustase más que la original, pero no dudaba de que podría terminar disfrutándola bastante.

Estella Warren era nadadora hasta que alguien la vio y dijo: "ok, hay que hacerle fotos a esto". Caprichos de la gente. Tampoco es para tant... (el redactor se echa a llorar)

La primera bofetada llegó al conocer cuál sería el protagonista del film: Mark Wahlberg. Me quedé casi tan blanco como los personajes de Johnny Depp. Es más, hubiera preferido al propio Depp. Es más, incluso hubiera preferido a Michael Keaton (sí, al final me he acordado de él; era injusto nombrar al apestoso Wahlberg y dejar a Keaton fuera del artículo, ¡incluso Keaton es más respetable!). Aquella elección no tenía ningún sentido excepto, claro está, que dedujésemos que Tim Burton se había vendido y que su antiguo respeto por la ciencia ficción y por el cine en general se había esfumado por el sumidero. Si quieres hacer una buena película, no pones a Mark Wahlberg como protagonista, es así de simple. El resultado final nos confirmó los peores temores: El planeta de los simios fue una plasta de tal magnitud que me extraña que Nicolas Cage no terminara haciéndose con un papel protagonista disfrazado de gorila. No hay palabras para describir el destrozo que Tim Burton hizo de una de las historias más célebres de la ciencia ficción literaria y cinematográfica. Creo que la única crítica justa que podría hacérsele a ese film debería provenir del tribunal de Nuremberg. Eso sí, no todo iba a ser malo: Burton tuvo al menos el buen gusto de fichar a la imponente Estella Warren, quizá con la intención de llevársela al catre, aunque Helena Bonham-Carter estaba allí vigilando, de incógnito, disfrazada de chimpancé.

El resquemor producido por la infecta adaptación de El planeta de los simios no fue, sin embargo, la causa por la que el nuevo trabajo de Tim, Big Fish, pasó sin pena ni gloria por mis retinas. La causa fue algo más simple y natural. Resultó que Tim Burton rescataba Los Mundos de Manostijeras y nos llevaba a una nueva dimensión: la Galaxia Burton, donde todo es maravilloso y donde cada detalle fascinante está repleto de significados ocultos, vetados a los individuos faltos de imaginación como yo mismo. Para muchos, Big Fish ejemplificaba la llegada del Hacedor de lo Bonito, del Profeta de lo Especial. A mi modo de ver, Big Fish sencillamente inauguraba un nuevo género: el Cine Emo. Pero como digo hubo mucha gente cuyo criterio respeto —medianamente— que se sintió fascinada o al menos satisfecha con el film. Desde luego no era una mala película, pero todo en ella me pareció artificioso y demasiado calculado. Demasiado evidente y mecánico como para creérmelo, además de que el mensaje me pareció un tanto pueril teniendo en cuenta las miras filosóficas que se pretendían alcanzar. Quién sabe, quizá es que por entonces acababa de ver Las invasiones bárbaras, que compartía la temática de la pérdida del padre… y la película canadiense me pareció mucho más real, más adulta y por ende más emotiva que la de Burton. Sé que es un paralelismo un tanto fuera de lugar, como comparar peras y manzanas, y sé que es la manera menos indicada de juzgar una película. Pero qué le vamos a hacer, cada cual ve un largometraje en sus particulares circunstancias y eso es lo que me ocurrió a mí. Aun así, cuando le he dado una segunda oportunidad a Big Fish me ha seguido produciendo exactamente la misma impresión. Todo me resulta tan obvio y titeresco en ella que la historia no consigue capturarme. En la Galaxia Burton las cosas son… demasiado burtonianas para mí. Pero como suelo decir en estos casos, quizá el problema es mío. No es que me crea mejor que los fans de Big Fish. Yo me lo paso bien con Los bingueros, así que creo que no soy quién para andar sentando cátedra.

Obi Wan Kenobi usando la Fuerza para detener un mortífero ataque de palomitas en "Big Fish". Mágica película.

Pero hablemos de mí. Con los siguientes largometrajes del director entendí lo que había sucedido: Burton había encontrado la piedra filosofal de su cine, consistente en hacer partícipes a sus espectadores de un mundo de fantasía que, efectivamente, nos está vedado a quienes no gozamos de tanta imaginación. Como decía más arriba, puedo entender lo de Big fish, hasta cierto punto al menos. Pero el remake de Charlie y la fábrica de chocolate… eso no tenía perdón. Aquello era atroz. No tanto como El planeta de los simios. O sí, quizá incluso más atroz, si tenemos en cuenta que no salía Estella Warren pero sí un cada vez más insoportable Johnny Depp y también Helena Bonham-otra-vez-yo-Carter. La nueva fórmula del cine burtoniano consistía en pintarle la cara de blanco a Depp, en hacerle un peinado raro a Helena Bohnam, soltarlos en el plató y después dejar que el mágico mundo interior de Burton fluyera, ya fuese en forma de adaptación como en Sweney Todd, o en forma de adaptación como en Dark Shadows, o ¡sorpresa!, en forma de adaptación como en Alicia en el país de las maravillas. El director con la fantasía más florida y el mundo interior más rico y poético del planeta va de adaptación en adaptación. Es irónico, como lo de los policías haciendo redadas en cines porno, pero bueno. Quizá esas adaptaciones hubiesen sido más llevaderas de no estar siempre protagonizadas por Johnny Depp con la cara blanca o, en su defecto, por un dibujo animado con cara blanca doblado con la voz de Johnny Depp. Y de no andar por ahí rondando la amiga Helena, ocupándose de que Estella Warren —esa puerca que seguro es una robamaridos, ¿qué hace una nadadora rondando a mi Tim?— no vuelva a asomar su fisonomía por otro film de su famoso cónyuge. Así pues, el hombre con peinado de oveja se ha convertido casi en una cadena manufacturera al estilo Roger Corman, sólo que gastando (y recaudando) más dinero, y haciendo un cine que por algún extraño motivo la gente se empeña en considerar todavía “de serie A”. Quizá sea inútil clamar que Tim Burton se ha especializado en películas al gusto de quinceañeras góticas, y desde luego es inútil pedir que vuelva a llamar a Estella Warren —o equivalente— ahora que sabemos que Helena está ahí, vigilando en cada rodaje, disfrazada de algo extraño bajo un peinado todavía más extraño para impedir que otra ex-nadadora se apodere de la pantalla.

"Ah, no, esta vez no me pintas la cara de blanco. ¿Qué? ¿Mientras dormía? ...¡mierda!"

Pero nos guste o no, la verdad es que, de manera muy inteligente, Burton ha sabido convertir su particular maquinaria en una industria rentable, consolidando su marca de fábrica hasta el punto de que su cine tiene unas características tan reconocibles como la sobrasada mallorquina o como los tops del Bershka. Es como cuando Leonard Cohen dejó de vender canciones y se dio cuenta de su verdadero producto era que “quedaba bien escuchar a Leonard Cohen agonizando ante un micrófono». De manera similar, Burton ya no vende películas, se vende a sí mismo. La misma jugada que a Shyamalan le salió tan mal (nadie pareció interesado en comprar a Shyamalan como producto) sí ha funcionado a la perfección para Rulitos Tim. Ayudándose con sus films de animación —que a veces dirige y a veces sólo produce, aunque basta con que aparezca el apellido Burton en la carátula del DVD para darle a todo una aureola mágica que atraiga al consumidor— le ha dado forma a todo un exitoso auto-franquiciado cada vez más monótono y descorazonador, pero también cada vez más fácilmente identificable. Además, es posible que el cine de Burton y su influencia haya sido uno de los responsables indirectos —junto al Drácula de Coppola— de la aparición de esas sagas tan exitosas como cancerígenas al estilo de Crepúsculo, que se han cargado subgéneros enteros e iconos inmortales del terror en nombre de la Cruzada de la Nueva Novelita Rosa. El propio Burton ha contribuido de primera mano a aguar el café del género con sus amorfos tejemanejes neorrománticos. Eso sí, tampoco podemos culparle por las consecuencias que su cine haya tenido en las tendencias culturales de una generación que considera sensual el que te muerdan para chuparte la sangre, aunque el 90% de esa misma generación se marea cuando les extraen sangre en la consulta del médico. Eso sería como culpar a los Beatles de que tengamos que aguantar a Oasis. Es injusto. Pero digamos que lo dejo caer malévolamente.

Lejos quedan ya los tiempos de Ed Wood y Mars attacks!, cuando algunos aún creíamos que Tim Burton seguiría haciendo cine pensando en aquellos espectadores que no nos pintamos las uñas de negro. Debí sospechar de sus gafas con cristales azules: alguien a quien le gusta ver a los demás constantemente convertidos en lívidos zombies muy probablemente tenga el gen Emo profundamente arraigado en su ADN, pero siempre he sido partidario de conceder el beneficio de la duda y realmente pensé que Burton era un gran cineasta en ciernes. Quizá es que no soy lo suficientemente especial para captar la onda mágica de su microcosmos repleto de telarañas, probablemente soy un espectador zafio y superficial —enlazar al minúsculo bikini de una vigilante de la playa en un artículo sobre Tim Burton me delata, de acuerdo— y no tengo inconveniente en reconocerlo: soy un patán. Pero de Burton esperaba alguna película más que tuviese un empaque similar a Ed Wood o al menos otra chorrada con marcianos que graznasen en plan ganso y se cargasen a congresistas americanos a tiros. En su lugar, están todas esas mágicas a la par que líricamente tenebrosas historias con la cara blanca de Johnny Depp y los pelos de Helena Bonham-Carter, como en un eterno capítulo especial de Halloween de alguna serie hortera de la televisión, sólo que sin Batusi. No sé, algo se me escapa. Quizá es que no he dado el paso. Quizá debería timburtonizarme. A lo mejor si me pinto las uñas de negro y meto la cabeza en la secadora de la ropa descubro que hay otros mundos allende el espectro visible. Pero en vez de descubrir mensajes orwellianos como en They live, todos los carteles y periódicos tendrán la misma frase impresa: “eres especial, eres especial, eres especial”.

Si él lo dice…

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54 comentarios

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