Arte y Letras Literatura

Camino del Sur

faulkner2011

De William Faulkner (25 de septiembre de 1897 – 6 de julio de 1962) lo primero que leí fue Santuario. Recuerdo que estaba en la Facultad, en segundo o tercero de Periodismo, y cogí ese libro sin saber muy bien qué hacía, porque entonces pensaba mucho en América, sobre todo en los estados del sur, donde —me parece a mí— existe un calor primitivo que apelmaza las neuronas, una atmósfera clara de ignorancia ancestral que sobrevuela los campos, yermos, amarillos y extrañamente silenciosos.

Toda historia sureña evoca una tierra hundida, insonorizada por la soledad sonora de la que hablaba el poeta. Son regiones en cuya vastedad, inabarcable y luminosa, se penetra abriendo el plano, desde la distancia. A mí todo eso —las partículas que se pegan a la garganta, el calor terrorista que impide vivir al mediodía— me atrajo desde que llegué a Madrid, ciudad que aprisiona pero libera, como me atraen ahora los paseos por el campo.

En el Sur, de El Paso a Miajadas (Bajadoz), de Misisipi a Camas (Sevilla), el aire se percibe de otro modo. Uno, que de Toledo hacia abajo solo ha ido a emborracharse, lo sabe todo de ellos por los libros, la televisión y las colas de las discotecas de Madrid, porque hacerse amigo de un andaluz implica un pacto social inevitable, un quedar a medio camino como de espíritu de la Transición en ese lugar, Madrid, adonde van a parar todos los desarraigados. La capital es el único modo de ligarse a una andaluza, porque allí, en su tierra, a quien te ligas es a Andalucía entera, para llorar después como Juan Ramón con los amaneceres. Por Andalucía caímos, desagüe de belleza eterna, leyendo al 27 y ahora ya solo podemos recordarla y releerla, porque atravesar Despeñaperros hoy es entenderte a gritos entre extranjeros y canis.

De la Andalucía clara de Lorca ya solo queda la Guardia Civil.

Entre los cavones secos e inertes del sur —y he aquí el carácter literario de toda una tierra— se arrastra, poniéndose perdida de polvo, la certeza misma del asesinato. Y esto ya es serio. ¿Quién no se ha imaginado nunca a un jabalí encabritado surgiendo por entre los olivares de Jaén con la potencia de un ñu, directo a nosotros, pilotos de un coche acatarrado con el aire acondicionado a tope, temerosos de ser embestidos por el animal, la muerte, el sur en tremenda venganza contra la industrialización rampante del norte? En cada gasolinera extremeña, como en las de Yoknapatawpha, hay un psicópata absoluto dispuesto a todo menos a enamorarse y los extremeños, poseedores de un don universal, deben de ser muy parecidos a los tejanos.

Cela es nuestro Faulkner y la familia de Pascual Duarte, disfuncional y fúnebre, es un poco como la de los Compson. Hablamos de historias donde todo son violaciones y muertos, golpes a los animales y el trato humano en general no es bueno. La obra de Cela superó la complaciente literatura de la posguerra e incluso saltó por encima de la novela social de los cincuenta, sobreviviéndola y volando hasta los Estados Unidos, en donde, no obstante, el de Misisipi había comenzado ya, veinte años antes, su particular camino a las profundidades del atavismo sureño. El desproporcionado hieratismo de Faulkner se había impuesto pues, por precoz, a la adiposidad de Cela, entonces un muchachón de cara larga y oscura.

Faulkner, por volver al egocentrismo de antes, llegó a mi vida una tarde en que una ex novia mía, en cuya sangre se mezclaban también varios sures españoles —con todo lo que de bueno y malo tiene eso—, estudiaba en la biblioteca. Aquel día, como me ocurrió otras veces, preferí leer y cogí Santuario, que por decisiones como aquella me he ido yo forjando. Empecé a leer, me atolondré, y a eso de la mitad, ya en casa y en calzoncillos, di con el prólogo de La ciudad y los perros, ese en el que Vargas Llosa se lo agradece todo al autor americano. La conexión boom-Faulkner, cuyo ejemplo más descarado es Pedro Páramo, y la elevación del norteamericano a los altares de la paternidad de esa generación no dejan de ser un ejemplo más de la hermandad sureña que une a todos los que por encima tienen a alguien más rico y afortunado, una Umma en la que incluso, dejando a un lado la literatura, pueden participar los de Móstoles.

Al Nobel de Misisipi, experto en violaciones almodovarianas, yo lo leí de repente, y cuando acabé aquella novela tuve que volver a empezarla, pues no había localizado nada de lo que ponía en la solapa. Se hablaba de la profanación de un cuerpo con una mazorca, pero se advertía —esta es la clave— del modo elíptico con que se describía. Cuando descubrí lo que era la elipsis prometí no dejarme arrollar nunca más por ella. Santuario, con toda su mezquindad descarnada, fue un bestseller en la América posterior al Crack, lo cual dice mucho del lector de entonces. Su autor la odiaba, pues la escribió, según declararía más tarde, con el único objetivo de ganar dinero, introduciendo en ella toda la sordidez que pudo imaginar.

Una muestra:

(Tommy y Temple Drake se encuentran en el granero cuando se produce el atroz incidente)

Sentada sobre las vainas de algodón y las mazorcas roídas, Temple levantó de pronto la cabeza hacia la trampa en lo alto de la escalera de mano. Oyó cómo Popeye cruzaba el sobrado y luego vio aparecer un pie, tanteando cautelosamente en busca del primer peldaño. Mientras descendía la estuvo mirando por encima del hombro.

Temple permaneció completamente inmóvil, con la boca ligeramente abierta.

Popeye se detuvo a mirarla. Proyectó varias veces la barbilla hacia adelante, como si le apretara demasiado el cuello de la camisa. Alzó los codos y se los frotó con la palma de la mano, repitiendo el gesto con el borde de la chaqueta; luego salió del campo de visión de Temple, moviéndose sin hacer el menor ruido, con la mano en el bolsillo. Al ver que la puerta no se abría le dio un empujón.

Abre la puerta— dijo.

No hubo respuesta. Al cabo de un momento Tommy susurró:

¿Quién es?

Abre la puerta —dijo Popeye.

La puerta se abrió. Tommy miró a Popeye y parpadeó.

No sabía que estaba ahí —dijo.

Trató de mirar detrás de Popeye, dentro del cuarto, pero el otro le puso la mano en la cara, empujándolo hacia atrás. Luego se asomó y miró hacia la casa. Después miró a Tommy.

¿No te dije que no me siguieras?

No le estaba siguiendo —dijo Tommy—. Estaba vigilándolo a él —añadió, con un movimiento de cabeza en dirección a la casa.

Sigue haciéndolo, entonces —dijo Popeye.

Tommy volvió la cabeza para mirar hacia la casa y Popeye sacó la mano del bolsillo.

A Temple, sentada sobre las vainas de algodón y las mazorcas, el ruido no le pareció más fuerte que el chasquido de un fósforo: un sonido muy breve, insignificante, que se desplomó sobre la escena, sobre aquel instante, haciéndolo totalmente irrevocable, aislándolo por completo; y ella siguió allí sentada, con las piernas extendidas, las manos vueltas, mansamente caídas sobre el regazo, mirando la espalda de Popeye y las arrugas que le hacía en los hombros la chaqueta demasiado ceñida mientras seguía asomado a la puerta, con la pistola detrás, junto al costado, despidiendo un sutil hilo de humo que descendía pierna abajo. Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujeción, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido; era como si el sonido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir «Me va a pasar algo». Se lo estaba diciendo al anciano con las flemas amarillentas en lugar de ojos. «¡Algo me está pasando!», le gritó al viejo, sentado al sol en su silla, con las manos cruzadas sobre la empuñadura del bastón. «¡Se lo dije!», gritó, haciendo estallar las palabras como silenciosas burbujas calientes en el silencio cegador que los rodeaba, hasta que el anciano volvió la cabeza y los dos coágulos de flema hacia donde ella, tendida sobre las ásperas tablas bañadas por el sol, se agitaba, sacudiendo brazos y piernas. «¡Se lo dije! ¡Se lo dije desde el primer momento!»

Después de asesinar a sangre fría a Tommy y violar con una mazorca de maíz a Temple, el gangster Popeye coge a la chica y emprende su huida. Faulkner ya nos había avisado de que “algo iba a pasar”, algo peor que la muerte. En la siguiente imagen Temple permanece en pleno delirio mientras se desangra en el asiento delantero del coche de su raptor. El automóvil va dando bandazos por la recta carretera, saliéndose una y otra vez a la cuneta, provocando que la adolescente violada chapotee sobre su sangre, todo en un día “suave y brillante, una mañana alegre llena de ese increíble y suave resplandor de mayo”.

Faulkner 2

Dipsomanía

Faulkner les debe cada párrafo a la Biblia y al alcohol, alianza que en él se reveló sumamente eficaz. Incluso al personaje de Popeye lo descubrió en un bar, tomando una copa con un amigo. Aquella noche se les acercó una joven a contarles la asombrosa historia de un matón impotente que vivía en su pueblo y que violaba impunemente a las muchachas con todo tipo de objetos. Le apodaban Popeye (Ojos saltones) y era, tal y como lo describió Faulkner en su relato The Big shot, “un hombrecillo pequeño, con un rostro cadavérico y cabello negro y ojos como sin vida, y una nariz aguileña, delicada y pequeña y carente de barbilla”.

Este escritor sureño de fino bigote y maneras decimonónicas se emborrachaba cada noche después de escribir, costumbre que solo se saltó el día en que murió Alabama, su hija, apenas unas horas después de nacer.

Yo creo que Faulkner no habría escrito nada memorable, si acaso algunos poemas mediocres —siempre se consideró a sí mismo un poeta fracasado— de no haber sido por su afición desmedida a la botella. Bebía hasta caer desmayado, como buscando una sempiterna resaca que lo ayudase a crear, y por eso sus relatos se desarrollan en torno a imágenes enloquecidas que, en vez de ir cediendo a una lógica narrativa, van sucediéndose de otras peores, más horribles, que acaban engarzando a la perfección entre los vapores de un alcoholismo que busca la catarsis a través de la literatura, o viceversa. Las bragas manchadas de barro de una niña sobre un árbol, la violación con una mazorca citada anteriormente, la imagen de una mujer embarazada recorriendo sola un camino, los juegos de un subnormal frente a un vallado… son pinturas carentes de toda lógica, descabelladas, que sirven de punto de partida para ir armando alrededor, en una especie de huida onírica y, por lo tanto insensata, relatos estremecedores.

De Faulkner, hagan la prueba, queda en la mente una imagen o muchas, si acaso el hedor de un prostíbulo donde los zapatos se pegan a la tarima; nunca un párrafo, por complejos y perfectos que estos sean.

El segundo libro que leí del maestro —a estas alturas del artículo, crecido como estoy, no puedo calificarlo de otro modo— fue El Ruido y la Furia, donde el dipsómano americano novela, entre otras cosas, la subnormalidad, hace narrador al demente y, tan verosímil como pueden serlo las pinturas de Rafael, provoca en el lector un temblor extraño, vesánico, pues lo somete a la dura prueba de ponerlo cara a cara frente a la locura. Allí demostró el narrador sureño haber interpretado como nadie las vanguardias, extraviado como estaba dentro de la Generación Perdida. Quebró con maestría la realidad en planos —en este caso voces, siempre voces—, algo que consiguió sin que Gertrude Stein —una rosa es una rosa es una rosa es una rosa— le acariciase el lomo.

Porque Faulkner fue a París pero no se enamoró, cultivando como única prueba de su paso una barba tupida y afrancesada, a lo Cortazar.

Despreció los ambientes literarios, pues obsesionado con su propia caricatura de hombre rural y respetable, soñaba con reconstruir el sur en su mansión, Rowan Oak, en Oxford, Misisipi, tener un rancho, volver a los tiempos de esplendor en los que su bisabuelo, el viejo coronel William Clark Falkner, escritor, banquero y terrateniente, se paseaba a caballo dejando que los lugareños se quitasen el sombrero a su paso. Por eso, cuando adquirió su vieja y amplísima casa destartalada, lo primero que hizo fue poner sobre la chimenea el retrato del más ilustre de sus antepasados.

Prefirió aislarse para poder releer cada año a solas el Quijote y alejado murió, borracho perdido, cuando ya era incapaz de recorrer en el mismo día todas las hectáreas que había ido añadiendo obsesivamente a su finca como síntoma de una megalomanía que, ya digo, era más general que particular, más del Misisipi que suya. Murió de un ataque al corazón y yo ahí no veo una metáfora de nada, pero con su muerte se cerró un círculo, concretamente el que rodeaba al condado de Yoknapatawpha, un mundo imaginario que ríete tú de la Tierra Media.

Cerrando ya este artículo que empieza a ponerse caótico, solo diré que yo me había prometido a mí mismo —y estas son prácticamente las únicas promesas que cumplo— no escribir nunca sobre Faulkner, pues creo que ya está todo dicho por sesudos expertos de la cosa. Yo vine aquí a hablar del sur y al principio el escritor que ha acabado siendo el protagonista era solo una excusa. Quise retratar modestamente un lugar que fue y nunca más será, violento, despiadado, atávico y con el carácter seductor de la decadencia, abajo un rasgo esencial indeleble, un sur que, paupérrimo y desesperado, ha huido en estampida terrible al norte conformando una diáspora que en literatura ha cristalizado en un aburguesamiento un poco cursi, un refinamiento de los tiempos que acabará por teñir de colores la uniforme turbiedad de antaño.

Faulkner 3

 

 

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4 Comentarios

  1. El título de la novela «The Sound and The Fury» traducida al español como «El Ruido y La Furia» procede de un verso de Mcbeth que dice:

    «Life’s but a walking Shadow, a poor Player,
    That struts and frets his hour upon the Stage,
    And then is heard no more. It is a Tale
    Told by an Idiot, full of sound and fury
    Signifying nothing»

    Dada la condición mental de Benji y sus planteamientos primitivos alejados de toda moral postiza hay quien opina que «sound» debería traducirse por «sensatez» pues esa es una de sus acepciones.

    A mí personalmente me gusta la traducción de siempre aunque puede haber algo de ese doble sentido en el original de Faulkner.

    Interesante artículo. Irregular y caótico pero tabién apasionado.

  2. Gracias, Ellenor, por tu comentario.

    A mí también me gusta más la traducción de siempre. En Macbeth, además, suele aparecer ‘ruido’: «Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada…»

    En el artículo puse toda la pasión que me salió, está escrito desde la perspectiva de un lector que disfrutó y se estremeció con Faulkner. Intentar ir más allá con este autor me pareció, desde el principio, una pretenciosidad.

    Un saludo

  3. Pues es un artículo magistralmente escrito. Yo me he iniciado recientemente en Faulkner, precisamente leyendo «El ruido y la furia» y voy a ver si en breves me agencio «Mientras agonizo».

    Ciertamente es una literatura complicada, pero cuando le pillas el punto te atrapa en ese mundo tan particularmente sureño, tan jodidamente redneck.

    Un saludo y felicidades por el artículo.

  4. Aprecio el estilo de su estudio y le felicito, aunque el sempiterno asunto del alcohol y Faulkner, indisociable a su leyenda, me resulte ya cansino. Siempre me interesó más esa obsesión del autor para con las nodrizas negras que amamantaron a todos esos niños ricos blancos, circunstancia que parece prologar o marcar el principio del fin del látigo y la segregación. Más cuando todos esos niños ricos capitanearon el hundimiento del sur a base de alcohol y pecado. Como describe Faulkner en las mencionadas «Santuario» y «El sonido y la furia».
    Saludos

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