Ernesto Baltar: El libro y la película

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Me gusta lo menor, aquello que sin ruidos ni estridencias expresa su pequeña verdad, sencilla e inextinguible, en absoluto pretenciosa, que permanecerá en nuestra memoria para siempre. La imagen momentánea, la palabra sugerente, el detalle puntual. El libro o la película que por casualidad encuentra su lector o espectador en el momento justo (ni un segundo antes ni un minuto después), su destinatario auténtico, una especie de Innombrable, bien entre los estantes atiborrados de una biblioteca pública, bien en el zapping sostenido de una madrugada de insomnio.

El problema, claro está, es que esta experiencia sagrada de lo único es poco comunicable o trasladable. No vale para nadie más (por eso todo canon es una imposición absurda). Incluso para uno mismo resulta imposible repetir aquella sensación primigenia, inaugural. La belleza de lo que se iba creando sobre la marcha ante nuestros ojos, la emoción sin par del descubrimiento. Después ya nada es igual, empezando por el mismo sujeto que mira. Ya se sabe: Heráclito y el río.

Mi problema es peor aún: más que libros lo que me gustan son párrafos; más que películas lo que me gustan son escenas. Así que no hay elección posible.

Viaggio in Italia de Rosselini, con Ingrid Bergman y George Sanders

Es la película más real, más verdadera, más no-película-sin-dejar-de-serlo que he visto nunca. Es como asistir a un trozo de vida, con todo su misterio, su belleza y su poesía, sin explicaciones ni subrayados. Solo la realidad desnuda: los estados de ánimo de una pareja, la emoción lírica de los paisajes y los fantasmas del pasado aleteando alrededor.

Empieza con una escena maravillosa, de una simplicidad perfecta, que nos sitúa de golpe en el meollo de la realidad: un matrimonio inglés, sin hijos, viaja en coche hacia el sur de Italia para vender una casa heredada. La conversación está trufada de reproches, silencios y gestos de aburrimiento; vemos la carretera, los árboles, los campos, los coches que se cruzan, un rebaño de vacas; dentro del coche se respira la distancia gélida de la intimidad. Se anticipan de manera sutil los rencores, los celos, el malestar… que irán aflorando durante su estancia en Nápoles, cuando descubran que, a pesar de llevar juntos tantos años, en realidad no se conocen.

Ingrid Bergman se dedicará a visitar las atracciones turísticas de la zona —las estatuas del Museo Arqueológico Nacional, las ruinas de Pompeya, las catacumbas repletas de calaveras— mientras trata de lidiar a duras penas con su melancolía; por su parte, George Sanders rondará la tentación del adulterio en una escapadita a Capri. Lejos de la cotidianidad rampante londinense (esa ecuación espartana inamovible: trabajar-dormir-comer-cagar), desnudos ante el espacio vacío del tiempo libre, los personajes se ven acosados por la desilusión y el tedio, como dos extraños camino de la disolución. El descubrimiento en Pompeya de los cuerpos calcinados de dos amantes unidos en un abrazo es la metáfora más evidente de toda la película, si bien fue resultante, al parecer, de un hallazgo fortuito durante el improvisado rodaje. Ahí los temas eternos: el amor y la muerte.

Una de las muchas escenas inolvidables transcurre en la azotea de la villa, mientras los dos protagonistas toman el sol tumbados en unas hamacas con las montañas volcánicas al fondo: la violencia latente de una conversación de pareja, con la historia del poeta enamorado, supongo que inspirada en el Michael Furey de Los muertos de Joyce.

El aparente happy end no es tal, sino solo un último gesto esperanzado de Rossellini ante su declinante historia de amor con Ingrid Bergman. Normal: ante esa diosa todos suplicaríamos de rodillas. Pero ya sabía don Roberto que no había solución.

 

Los Aforismos de Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg (1742-1799) era un hombre feo, canijo y chepudo. Científico supersticioso, hipocondríaco y enamoradizo, este profesor de física y de matemáticas fue una de las mentes más penetrantes y sutiles de toda la Ilustración alemana (Aufklärung), pues supo dar un paso más en su esfuerzo ilustrado al reflexionar irónicamente sobre la propia Ilustración, cosa que los demás no hicieron. Sus Aforismos son un compendio ejemplar de la sabiduría humana. Para empezar, no se tomaba demasiado en serio a sí mismo y supo reírse de todo y de todos; además, prefería Inglaterra a Francia, Shakespeare a Molière, Fleet Street a Les Champs Elysées…, otro síntoma inequívoco de inteligencia.

En los Aforismos hizo un genial retrato de sí mismo:

Carácter de una persona que conozco: su cuerpo está constituido de tal modo que si un mal dibujante lo pintara en la oscuridad sólo podría mejorarlo. Se asoma a la ventana, la cabeza apoyada entre ambas manos, y aunque el paseante de la calle sólo percibe una cabeza asomada con melancolía, él suele aprovechar ese momento para hacerse la silenciosa confesión de que ha gozado en grande. Sólo tiene unos cuantos amigos. Sólo ha amado un par de veces: una no infelizmente, la otra felizmente. Adquirió un buen corazón sólo por buen humor y liviandad. Su cuerpo y su ropa rara vez son apropiados para reuniones oficiales, y sus convicciones rara vez han sido… suficientes. Su máxima aspiración: tres platos al mediodía y dos para la noche, con algo de vino; la menor: tener todos los días patatas, manzanas, pan y también algo de vino. Se sentiría infeliz si tuviera más o menos; cuando ha vivido fuera de estos límites invariablemente se ha enfermado. Leer y escribir es para él tan necesario como comer y beber, y espera que nunca le falten libros. Piensa mucho en la muerte y nunca con repulsión: quisiera poder pensar en todo con la misma tranquilidad. Desea que su creador le reclame con suavidad la vida de la que no fue un propietario muy económico, aunque tampoco muy derrochador”.

Fue uno de los pioneros de la electricidad, se adelantó más de un siglo a las teorías lingüísticas de Ludwig Wittgenstein y escribió greguerías mucho antes de que éstas fueran inventadas. Quizá la agudeza de su ingenio sólo es comparable, en la historia de los hombres, a la de la ironía socrática.

Actualmente sería el rey de Twitter:

  • Hoy le permití al sol levantarse antes que yo.
  • Ya sé que se escribe en público de pecados secretos. Me he propuesto escribir en secreto de pecados públicos.
  • Por más que se predique en ellas, las iglesias siguen necesitando pararrayos.
  • El escritor da cuerpo a las metáforas; el lector, alma.
  • El sacrificio de los primogénitos aún es recomendable, sobre todo en el caso de los versos.
  • En cierta obra de un hombre célebre preferiría leer lo que tachó que lo que dejó.
  • A un prólogo se le podría llamar «matamoscas» y a una dedicatoria «bolsa de limosna».
  • Aquello tuvo el efecto que por lo general tienen los buenos libros. Hizo más tontos a los tontos, más listos a los listos y los miles restantes quedaron ilesos.
  • En verdad hay muchos hombres que leen para no pensar.
  • No cesaba de buscar citas: todo lo que leía pasaba de un libro a otro sin detenerse.
  • En la Francia libre, donde ahora uno puede ahorcar a quien quiera.
  • El primer americano descubierto por Colón hizo un descubrimiento atroz.
  • Amarse a sí mismo al menos tiene una ventaja: no hay muchos rivales.
  • Hasta los muertos viajan alrededor del sol una vez al año.
  • ¿Por qué son tan hermosas las viudas jóvenes en duelo? (Investigación).
  • Si es cierto eso que leí en alguna parte de que nadie muere antes de hacer al menos una cosa inteligente, entonces M. ha engendrado a un inmortal.
  • Lo que buscamos siempre está en el último bolsillo en que metemos la mano.
  • La simpatía es una pésima limosna.
  • Es bien sabido que un momentito es mayor que un momento.
  • Alzar el sombrero es una reducción del cuerpo, un disminuirse.

Un libro para disfrutar a pequeños sorbos, para saber algo más de la vida. Un libro que no se acaba de leer jamás. Aquí, un hombre, una mirada irónica sobre el mundo, una inteligencia.

 

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