À la Recherche del duque de Saint-Simon, señor de los escritores esnobs

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El único motivo que explica la ausencia del duque de Saint-Simon en el Diccionario de Literatura para Esnobs (Impedimenta, 2011) radica en que el duque era eso, un noble, y hubiese pleiteado con furia de haberse visto entre esas páginas, rebajado a la condición de sine nobilitate. Pero si nos ciñésemos a razones de estilo, el antecedente de Proust (anfitrión principal del Salón literario esnob), Louis de Rouvroy —que más allá de su nombre artístico, así se llamaba—, debiera ocupar la más extensa de sus entradas. Misma consideración cabe hacer acerca de la exclusión del que fue el mayor especialista de la obra de Saint-Simon en España, además de reputado experto en literatura francesa e inglesa, el profesor, crítico y poeta Carlos Pujol, poco conocido fuera de los ambientes, quien nos dejó discreta y elegantemente a principios de año; una ausencia todo sea dicho que en el cuerpo del Diccionario compensa la presencia del distinguido mallorquín José Carlos Llop, devoto de Bernard Frank —el Saint-Simon de los cincuenta/sesenta— y crítico condescendiente de “la pagana voluntad de ser absolutamente modernos” que, según apunta en su libro En la ciudad sumergida, une al romanticismo con el nazismo.

Esnobs, dandys, idólatras de los húsares, aspirantes al premio Planeta, followers de Gómez Dávila, malditos, nocilleros afterpops y modernos literarios varios, neorrománticos en suma, antes de emular a Baudelaire, Byron o Burroughs, ponerle velas a san Verlaine, o entonar melodías a ritmo de William Blake o Dylan Thomas, harían bien en depositar su mirada en el reaccionario Saint-Simon. Moderno avant-la-lettre, o más bien pre-postmoderno, su prosa anticipa en siglo y medio la ruptura vanguardista de las formas (en dos, si tomamos de referencia a Céline), sus tramas nutren la novela decimonónica de Dumas a Stendhal, y el género al que recurre, aparte del modo en que lo hace —unas Memorias, que no son sino literatura del yo en clave de docu-ficción—, no puede ser de mayor actualidad. Veamos en lo que sigue cómo le pintó el venerable Pujol, en su ensayo Leer a Saint-Simon (BackList, 2009)*.

El libro se divide en dos bloques, uno biográfico, quizá más fatigoso, repleto de nombres, avatares históricos y enredos político-parentales, y otro crítico-literario, más breve, de mayor enjundia y pegado al exangüe mundo de las letras, cada vez más erosionado por el mercado y la neurociencia, esto es, y como todo hoy día, por la falta de crédito. Pero una parte no se entiende sin la otra, y bien puede pensarse a toro pasado que el teatro que le tocó vivir a nuestro duque, el cénit solar de un Antiguo Régimen marcado ya indefectiblemente por el declive, le brindó una atmósfera de sobreactuación y superchería, de enmascaramiento como método de defensa ante advenedizos y nuevos ricos, así como ante el espíritu crítico de la Ilustración, idóneo para el tono de su pluma.

El rasgo que va a perfilar la mirada de Saint-Simon es el de la nostalgia por un pasado un tanto mitificado, aquel que le lega su padre, y se basa en el respeto por unas normas aristocráticas que ya empezaban a resultar obsoletas, y que en verdad ningún monarca llega a respetar enteramente —encantados por que su mero capricho les permita saltarse a la torera los protocolos heredados—, todo soberano lleva a gala ejercer la tentación adánica de reinventar el mundo. Esa misma nostalgia, en la que por cierto se basa el recurso al pastiche como pauta de la industria cultural contemporánea (a decir de Fredic Jameson), dota a Saint-Simon de una coraza ante las tendencias de moda de su época —nada menos que la del grand siècle— que, en relación al entorno, le convierten en un inadaptado, un librepensador con criterio propio, un criterio eso sí a la vieja usanza, que le hacía invertir toneladas de su tiempo en disputas de precedencia.

Además de por las rancias obsesiones de su padre (de rancio abolengo, quiere decirse) la infancia y juventud de Saint-Simon vienen marcadas por la ineludible experiencia militar —ingreso en los mosqueteros y posterior compra de regimiento—, rito de paso por el que pasa de perfil, salvando desde luego el acto previo de presentación al rey en 1691; y el aprendizaje de la vida en la corte, rama del conocimiento práctico que cultiva con soltura, especializándose con honores en genealogías y preeminencias. De sus años mozos también data su amistad —que atravesó por distintas vicisitudes— con el duque de Chartres, ducho en las armas y mejor pendenciero, hijo de Monseñor y la princesa Palatina, y futuro Felipe II de Orleans; así como con el abad de Rancé, otro rancid, asceta para más señas, a quien Chateubriand biografió, y fundador de la Orden de la Trapa, preocupada básicamente en poner firmes a los integrantes de la vida monacal, sector cisterciense. Esta relación da cuenta del carácter contradictorio de Saint-Simon, que se debate, sin por lo demás grandes quebraderos de cabeza, entre la frivolidad y la espiritualidad profunda. Con todo, según subraya Pujol, antes de principiar la redacción de sus Memorias el duque consultó al abad acerca de la “licitud moral” de un tal cometido, que sazonará de lindezas por doquier.

Una vez enlazado más que con una esposa con una familia —como era costumbre en la difunta institución del matrimonio—, una familia de alta alcurnia sustanciada en la hija del capitán de los guardias del Rey, el mariscal duque de Lorge, Saint-Simon, bien instalado entre su residencia de París, la mansión Selvois de Saint-Germain, y la secundaria de Versalles, cerca del palacio, abandona definitivamente el ejército y se centra en la vida cortesana, haciendo comandita en los círculos del duque de Borgoña y del duque de Orleans, y contemplando a distancia la evolución de la Guerra de Sucesión española, sin por ello reprimirse en sus opiniones, y poniendo entretanto en sus Memorias (más bien, en sus jot downs previos a la redacción) a caer de un burro a una madame de Maintenon, o a los bastardos que esta protegía, amparada por la decisión de Luis XIV, como el duque de Maine —hijo del affaire de este con madame de Montespan.

Dichos asuntos de índole secundaria contribuyen no obstante a definir el perfil político de Saint-Simon, como asesor fantasma de candidatos a rey, sin que él mismo pida para sí cargo alguno de notoriedad, satisfaciéndose con conservar su ascendiente sobre las figuras en el poder y garantizar así el orden de corte nobiliario que a su parecer tenía que imperar en el reino, haciendo prevalecer en primer lugar la posición de los pares. La muerte en 1711 del Gran Delfín, Luis de Francia, padre de nuestro Borbón inaugural Felipe V, le proporciona la primera ocasión de hacer valer sus oficios ante el nuevo duque de Borgoña, primogénito de aquel y hermano mayor de este. Pero a Saint-Simon la dicha le va a durar poco, apenas diez meses —intervalo al que se extiende la supervivencia del hijo sobre la de su padre—, trocándose en temor por que Luis XIV, todavía vivo y coleando aun huérfano ya hasta de nietos, descubra los memoranda que tenía proyectados para el futuro.

Según pasan los años, se suceden conflictos de tipo teológico, particularmente el que enfrenta al jansenista Pascal Quesnel con los jesuitas —resuelta por el papa Clemente XI en la Bula Unigenitus—; de estatus social, como la “cuestión del bonete” a la que Saint-Simon dedica ríos de tinta; o los directamente bélicos, como la Guerra de Sucesión que llega en todo caso a su fin, en provecho de los Borbones, con la firma en 1714 del Tratado de Utrecht, y el cambio de testigo de poderes femeninos en España, pasando la nueva consorte Isabel de Farnesio, parmesana de armas tomar, a adquirir la influencia de la que otrora dispuso la princesa de los Ursinos, mentora de la finada María Luisa de Saboya. Todo ello, bien entendu, sin la mediación legal de las avanzadas políticas de género.

Un año después, con la muerte de Luis XIV, el destino concede a Saint-Simon su segunda y decisiva oportunidad, al asumir Felipe de Orleans la Regencia, en contra de los planes del rey Sol y en espera de que el futuro Luis XV alcance edad de merecer, lo que además supuso una victoria simbólica de la noblesse d’épée frente a la noblesse de robe, aunque todo ya era impostación por aquel entonces. Se instala en consecuencia un sistema que hace las delicias de nuestro duque, en el que el duque de Maine queda neutralizado y se articula un modelo polisinodial de gobierno, una suerte de consejismo elitista inspirado por el teólogo Fénelon —aristócrata, escritor, preceptor del malogrado duque de Borgoña, y señor por su parte de un improbable club Vaticano esnob— que se revelará completamente ineficaz. A cada cual columbrar si por razones de fondo, arraigadas en una milenaria ineptitud nobiliaria, o en virtud de causas formales, internas al diferencial asambleario.

Al mismo tiempo, la Regencia del duque de Orleans da cobertura a la aplicación de las resbaladizas ideas del financiero John Law, quién ideó el uso del papel moneda y fue el precursor de la emisión de créditos como forma de contrarrestar las deudas, deudas que asfixiaban a un aparato estatal versallesco hasta el tuétano. Bajo los auspicios del Regente, Law creó un Banco general que pocos años después pasaría a ser Banco real, aventura que terminó convirtiéndose en la mayor estafa conocida hasta entonces en Europa, cuando se descubrió que se habían impreso cantidades desorbitadas de papel-moneda sin respaldo de oro. Casi tres siglos después del caso, sabemos que la sombra de Law es alargada.

Entretanto Saint-Simon, más entretenido en asuntos palaciegos que económicos, se afana en encauzar al descarriado Regente, impío pichabrava, cuyo ascenso al poder no le ha apartado de sus noches de farra trasladadas ahora a su querido Palais Cardinal (mientras Richelieu se retorcía en su tumba), y sobre quien se lanza la especie de que entre sus amantes se encuentra su hija, la duquesa de Berry, muslo alegre de idéntica vida disoluta. No obstante, la visión política de Saint-Simon no tiene mayor alcance que la de atar en corto las cuestiones de linaje que tanto le ofuscan, insignificantes incluso para el Regente, a quien poco le cuesta satisfacerle, orillándole en cambio de los cogollos decisivos, en el centro de los cuales está el odiado abad Dubois. Ciertamente, Saint-Simon tampoco pretende acumular poder, interpretando ya como logro la concesión a su amigo Fleury de la educación del futuro Luis XV, mientras que para sí rechaza el cargo de ayo. Esta falta de vuelo público acaso no responda sino a la medida de su ambición, circunscrita a códigos pretéritos; sirvan de muestra su respaldo a las propuestas de Law —bien extravagante dado su talante antimoderno—, tan solo por tocarle las narices al duque de Noailles, partidario del ahorro; o el continuado apoyo que otorga a los Borbones españoles, ligado a su ya obsoleto jacobitismo.

En este sentido, no se destaca como un incondicional de la coalición francesa en la Triple Alianza que aísla a una España que, capitaneada por el cardenal Alberoni —al que también detesta con todas sus fuerzas—, busca recuperar presencia mediterránea, compensando lo perdido en Utrecht, toda vez que quienes más tienen que ganar son los ingleses, es decir, los enemigos naturales. Lo que Saint-Simon echa de menos es la falta de entendimiento entre Felipe V y el Regente, desprendida de su falta de personalidad, de su melifluidad en definitiva y entreguismo del uno al cardenal italiano, y del otro al citado Dubois. Así, si con Saint-Simon tenemos la sensación de encontrarnos ante un caprichoso radical, hay que decir que son caprichos no arbitrarios: obedecen a una causa.

Estos rasgos de carácter, en los que chocan intereses públicos e inquietudes privadas, cuajan explícitamente en la embajada extraordinaria a España que se le encarga, a petición suya, a fin de reestablecer las relaciones hispano-francesas y acordar los casamientos de Luis XV con la infanta Mariana Victoria y de la hija del Regente, mademoiselle de Montpensier, con el príncipe de Asturias, futuro Luis I. La misión supone una tregua entre Dubois, secretario de Estado (lo que hoy damos en llamar Ministro de Exteriores) y el duque, quien detecta en el abad afinidades con respecto al entendimiento con España. Con todo, entre los objetivos de Saint-Simon está el lograr que su segundo hijo, el marqués de Ruffec, sea ennoblecido con el título de grande España, asegurándole así automáticamente la condición de par en Francia. No solo conseguirá esto, sino que será él mismo investido como grande y a su vez Felipe V nombrará a su primogénito caballero del Toisón de Oro, apreciado honor que siglos más adelante se le hurtará al petardo de Giscard, y se le concederá al incandescente Sarkozy.

La embajada, seguramente el episodio saint-simoniano más conocido por nuestros lares, se inicia en octubre de 1721, y da lugar a un sabroso anecdotario que refleja el clima de nuestro país tanto como el espíritu paradoxal del duque, quien en sus Memorias presume de ilustración y refinamiento, es decir, de modernez progre ante el atraso que observa, sin por ello dejar de hacer buenas migas, al caer enfermo, con el médico del rey, John Higgens, retro-jacobita como él. Traba también amistad “hasta su muerte” con el secretario de Estado español Grimaldo, quien le gestiona con resolución sus negociados, y con el mayordomo del rey, Don Gaspar de Girón, con quien comparte sapiencias rituales. El postureo de etiqueta le lleva a creer en una recepción de palacio que, en vista de su indumentaria, el duque de Alburquerque es un gañán, hasta que atónito vislumbra colgado de su cuello el preciado Toisón. Durante su viaje, visita el Alcazar, donde le reciben los reyes y formaliza la encomienda, El Escorial, Lerma y, en la capital, la Plaza Mayor, lugar que le epata al contemplarla de anochecida e iluminada de cirios, y en la que escucha el clamor popular, gritando “toro, toro”, para que solicitase al rey que levantase la prohibición de la fiesta que había decretado. Protocolariamente, el retrato más relevante es el que realiza de Felipe V, de quien presentará en las Memorias una semblanza equilibrada —“con sentido común y rectitud de criterio, comprendiendo bastante bien las cosas”—, si bien fatalmente influido por la Farnesio.

De vuelta a Francia, habiendo cumplido sus deberes y saciado sus anhelos señoriales, es testigo de la fase crepuscular de la Regencia, que corre en paralelo a la de su vida cortesana. De hecho, 1722 es el año en el que acaban sus Memorias, y el de la vuelta a Versalles, con la consagración en Reims de Luis XV, a la que no acudió, y cuyas primeras medidas le traen malas noticias: el Consejo de Regencia es sustituido por un Consejo de Estado cuya cabeza preside en condición de primer ministro Dubois, y el duque de Maine es restituido en sus honores, exceptuando la legitimidad sucesoria, lo que saca a Saint-Simon de sus casillas. Tras explayarse en torno a la nocividad histórica que implica disponer de primeros ministros, salvando los casos de Cisneros y Richelieu, la prematura muerte de Dubois coloca en 1723 a Felipe de Orleans de primer ministro, y al duque en una posición privilegiada, de la que —siguiendo con su tónica— no quiere extraer más provecho que la que le proporciona su proximidad a Fleury —cristalizando estéticamente al cabo como figura en la sombra, paradigma de la eminencia gris.

Nuevas carambolas del destino, esto es, nuevas muertes —esta vez la del propio Felipe de Orleans— dan paso a unos años turbulentos con el duque de Borbón, Monsieur Le Duc, de primer ministro, y la ruptura del compromiso real consolidado en la embajada española: la infanta Mariana Victoria es devuelta a España puesto que el afán de descendencia se convierte en prioridad, y la elegida es María Leszczynska, la reina Polaca, madre de diez criaturas, abuela de tres reyes, predecesora en el cargo de consorte de María Antonieta, y última que como tal no sufre en sus carnes una revolución. Un último giro de Luis XV reubica a Fleury como principal consejero, primer ministro de facto, abriendo un prolongado periodo de calma en el reino. Una calma, a no confundir con pachorra, a la que se acompasa la vida de Saint-Simon, retirado (ya había cedido la condición de par a su primogénito), pero todavía dando batalla en querellas de precedencia, atento a los mutaciones de la actualidad, distinguido con la Orden del Espíritu Santo y, por fin, a partir de 1739, entregado a la escritura de las Memorias, a la que procede pertrechado de numerosa documentación propia (anotaciones, cartas, etc.) y ajena, entre la que además de estudios históricos destaca el diario del marqués de Dangeau, próximo a Luis XIV.

Desde entonces el presente se le evapora gradualmente —en una época en la que los Montesquieu, Diderot y Voltaire van significándose cada día más—, y su existencia queda envuelta en un pasado remoto, tanto que llega a detener sus Memorias para escribir el Paralelo de los tres primeros reyes de la casa Borbón. Antes de morir, todavía tiene tiempo de sobrevivir a Fleury —sus 80 años le darán también para enterrar a Montesquieu— y echar de menos a Luis XIV, escandalizado por el resplandor de la nueva estrella ascendente, madame de Pompadour, esta sí que moderna de una pieza, favorita del rey, no por ello menos amiga de la reina, protectora de los enciclopedistas y promotora literal de la cultura champán, o sea, pionera de la izquierda exquisita. Meses antes del fin, Saint-Simon confía en su testamento sus manuscritos a su primo el obispo de Metz, y en marzo de 1755 encuentra sepultura, siendo enterrado en La Ferté-Vidame, su finca de verano de toda la vida, vecina a su querida abadía de la Trapa. Se tratará en su caso de una verdadera “sepultura sin sosiego”, asaltada en tiempos de la Revolución, lo que acabó dando con sus huesos en una fosa común.

Concluida la parte biográfica, el ensayo de Pujol se adentra en el análisis literario de las Memorias, rastreando en primer lugar el recorrido que siguieron los manuscritos del duque desde su muerte hasta que empezaron a ver la luz y, finalmente, alcanzaron fama. La voracidad de sus acreedores determina que las Memorias pasen diez años en una notaría, hasta que la corona intercede, bajo mediación del duque Choiseul, jefe entonces de la diplomacia francesa, custodiando la documentación en el Louvre, sede del Archivo de Asuntos Extranjeros. El mismo Choiseul extrae una muestra de las Memorias en el 62, que empieza a circular entre cenáculos escogidos. En 1781 aparecen por vez primera impresos algunos fragmentos al gran público; diez años después sale a la luz una edición en trece volúmenes compilada por el historiador Jean-Louis Soulavie, pertinaz bibliófilo amén de robespierreano, quien editó asimismo las Memorias de Richelieu.

No obstante tanto la Revolución francesa como el posterior imperio de Napoleón provocan una relativa caída en el olvido de Saint-Simon, que tan solo reflota con la venida de la Restauración, y el auge del romanticismo, teniendo como máximos valedores a Stendhal y Victor Hugo. Las gestiones de un descendiente, el marqués de Saint-Simon —sobrino a su vez del célebre conde homónimo, teórico de ese pleonasmo llamado socialismo utópico—, permitieron publicar en 1830 la edición princeps, si bien la edición consolidada, bajo el cuidado de Chéruel y prólogo del feroz Sainte-Beuve, habrá de esperar a 1856-1858. Entretanto, la influencia del estilo de Saint-Simon va diseminándose, sobrevolando la obra de Balzac, o la escritura de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand (1848), monumento literario en el que Napoleón hace las veces del antihéroe saint-simoniano Luis XIV. La atmósfera positivista del fin de siglo decimonónico no contribuye a prestigiar la ya extendida reputación del duque, particularmente entre los historiadores, aunque —según indica Pujol— sedujo a Michelet, y ya en el XX cobra un nuevo relumbrón al aparecer en boca de los personajes de la Recherche, apuntalando por siempre jamás la leyenda de las Memorias, también muy valoradas, como no podía ser de otra forma, por Lampedusa. Por fin, su ascenso al altar de la Pléiade data de 1947.

Una vez sacralizadas las Memorias, llega hora de calibrar la actualidad de la figura literaria de Saint-Simon, el alcance de su prosa y la acidez de su estilo. Pujol pone ahora el foco de su atención en el que quizá sea asunto más delicado, más polémico y más de moda en tiempos dados a la autoficción y la faction: la verdad del relato en Saint-Simon. Su hipótesis de entrada es sencilla, nietzchaeana, acaso un punto decepcionante: la suya es una verdad relativa. El desarrollo de su argumentación nos ofrece en cambio una explicación mas persuasiva, y reveladora. Por descontado “los fanáticos del hecho exacto” jamás van a darle cancha a una narración de este tipo (y bien está). Pero desde luego el Saint-Simon historiador no pretende restringirse a listar una relación neutra de hechos, que adolecería de una falta de mordiente, de una desangelada sosería, situada en las antípodas de su talante. En puridad, el tema entronca con el debate que pone en cuestión la capacidad objetiva del historiador en tanto su narración —reconstructora— se atiene a las propiedades narrativas que asimismo rigen la construcción de ficciones, empezando por el principio de coherencia. El único criterio de demarcación se desprendería de esa tenue línea fronteriza que separa la verosimilitud literaria de la veracidad histórica. Pero lo cierto es que esto no preocupaba realmente a nuestro duque, quien no tenía reparos en saltarse a la torera las reglas clásicas de composición, ni presumir de inconsistente. Ni siquiera se lo planteaba, al fin y al cabo así era la historia.

La solución que encuentra Pujol para zanjar el asunto, la única posible, consiste en circunscribir las Memorias de Saint-Simon al género literario, por más despiste que siembre el duque dándoselas de historiador. Recurriendo al aparato conceptual de Roland Barthes detecta en Saint-Simon un ejemplo de aleación entre el écrivant y el écrivain, de “institucionalización de la subjetividad”, que el propio duque, caso de conocer tales categorías de análisis, quizá habría justificado alegando una fusión íntima entre la historia de su país y su vida personal o, más aún, su imaginario subjetivo, en el que la alta nobleza ocupa un lugar prominente como garante última de las esencias prístinas. Y si en la Francia del Rey Sol no reinaba el Orden correcto, ni se respetaban debidamente los rangos sociales al son gabacho del “every thing is its right place”, sí que lo hacia en su obra, reflejo ideal de la Francia eterna, por debajo de su prosa palpitante e inevitablemente desordenada. En su delirio contemporáneo no es eso sino lo que vienen a decir los escritores postmodernos, llevando al extremo el objetivo de autonomía del esteticismo romántico, paroxismo invertido del criterio de autorreferencialidad científico (y es que lo que en ciencias es positivismo, en letras es romanticismo, a no ser que hablemos de Dutton o Sperber). Pujol lo llama “proceso de individuación” que eclosiona en Proust, cuando toda realidad externa queda en suspenso a favor del vínculo, un tanto hermético, del artista con su arte.

El estudio de Pujol prosigue examinando el acento desconsolado, otoñal, incluso derrotista, que marca el tono de las Memorias, el cual trasluce el rechazo que le producía la realidad a nuestro duque, despiadado en consecuencia ante quienes iban por la vida en plan triunfalista. De hecho, esa pose loser es la que andaría detrás de la mencionada literaturización de la historia, que Saint-Simon da por perdida en el terreno sublunar, pero no en el plano cuasi-religioso de su escritura, mundana y trascendente a la vez. Sin perjuicio de la delectatio terrestris, al duque le inspira una especie de nihilismo cristiano, el mismo que advirtiera Nietzsche, de deje aquí jansenista, del que se sirve para dar sentido a las fatalidades cotidianas, sin perder —huelga añadir— su aplomo nobiliario. De ahí, más allá del repudio a la realidad, la tendencia macabra de ocuparse de las innumerables muertes que desfilan por las Memorias, y que alternativamente le alegran, le apenan y, ante todo, le proporcionan materia para sus reflexiones, retratos, puyas y elogios, quiere decirse, para redondear la inclemencia de su mirada etológica, dado que Versalles no es más que un “jardín zoológico”. Su venganza en fin se perpetra en silencio, en la soledad de su gabinete, y sin efectos prácticos: más que un plato frío es uno ultracongelado, habida cuenta de que se trata de un resarcimiento para la posteridad, de nuevo casi metafísico.

Nos encontramos de cualquier forma ante un lenguaje muy particular cuya aparición no se explica recurriendo a la simplificación contextual que sitúa su obra en un punto intermedio entre el barroco y la Ilustración. Su aportación radica —siempre según Pujol— en popularizar aristocráticamente el francés, y exprimir todos los matices de la lengua, jugando con su ambivalencia, pero situándose cómo no a contracorriente de la época, rehuyendo el estilo pulcro y conciso que la divulgación científica en flor pide, en beneficio de un gusto arcaizante, más que nada “por coquetería verbal”. El fruto, discreto otra vez, mas perpetuado, es una escritura indócil que contrasta con la prosa aseadita y formal de los “rebeldes” ilustrados y que aún hoy —tampoco es muy complicado— resulta más sediciosa que la de los panfletos más indignados.

Dejando de lado la impertinencia del anacronismo histórico y, en la estela saint-simoniana, los juicios ponderados, la obra del duque sugiere que la vida en el Antiguo Régimen era más moderna que la postmodernidad, o más rugosa, por decirlo con Deleuze, y así las Memorias nos adelantan lo que Benedetta Craveri vino a explicarnos en Amantes y reinas, mostrando que la presunta inferioridad de la mujer puede convertirse en una “carta ganadora”, y Pierre Bourdieu en La distinción, aclarando cómo, básicamente, la especie humana tiende a ser esnob. Por lo demás, todo indica que las All Star que aparecen en la María Antonieta de Sofia Coppola llevaban en Versalles unas cuantas generaciones.

* La primera edición es de 1979.

 

 

 

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3 Comentarios

  1. La parte de las Memorias sobre su estancia en España la editó en 2008 la Universidad de Alicante: «Sant-Simon en España. Memorias. Junio 1721 – abril 1722». Buenísimo.

  2. Yo estoy leyendo la edición de Espasa-Calpe, de 1945, titulada La corte de Luis XIV, con traducción de Consuelo Berges. No decepciona, tengas las expectativas que tengas, aunque siendo lectura del siglo XVIII quien se adentre en ella, sabe de lo que se habla, o debe pretender saberlo.

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