Señor Rajoy, déjeme escribir sus discursos

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Discurso Obama

No escribo discursos. Pero a veces me gustaría. Es un trabajo artesanal: hay algo que contar, deben buscarse las palabras y colocarlas en el orden preciso. Luego alguien —mejor con soltura— debe recitarlo. Los políticos se preocupan bastante de qué dicen, pero menos de cómo.

No hablo aquí de los discursos de relleno. Un problema importante de la política es que a veces el objetivo de los políticos es no decir nada: quieren disimular lo que creen o van a hacer. Puede ser un recurso legítimo y razonable no siempre deben revelar sus intenciones, pero a menudo es solo una excusa para no dar explicaciones. La insistencia en palabras vacías ha hecho que los discursos de políticos hayan perdido interés: “Nunca dicen nada”, se dice. En sus memorias, José María Aznar escribe sobre cuando hablaba con colegas de partido sobre su sucesor: “Puesto que las personas —y en especial los políticos— suelen ser precavidas, también me contestaban con generalidades”. Generalidades es no decir nada. Aznar dice que es por “precavidos”, pero esa precaución parece de poco valientes.

Para evitar generalidades de precavidos, he escogido para comentar un discurso importante, donde se tiene mucho que decir: el Estado de la Nación. El presidente debe contar lo que ha hecho y lo que hará; la oposición tiene su oportunidad.  España pasa por un momento complicado y el Partido Popular, también. Rajoy no podía celebrar muchos logros, pero tenía una hora de atención de los españoles.

En España se da poca importancia a la fuerza de las palabras en política. El presidente del país más poderoso del mundo llegó a su cargo gracias a un discurso. Una gran esperanza reciente del socialismo español, Beatriz Talegón, se ha hecho famosa gracias a otro discurso. Aunque hace unos días escribía un artículo en eldiario.es con frases así: “Lo que sí considero urgente es prestar atención a la desafección generalizada que por parte de la juventud está teniendo lugar al respecto de la participación en la democracia tal y como se la viene entendiendo hasta ahora”. ¿Es “la desafección generalizada que por parte de la juventud está teniendo lugar al respecto de la participación” un modo mejor de decir que “la juventud participa menos”? ¿Qué diferencia habrá entre “la democracia” y “la democracia tal y como se la viene entendiendo hasta ahora”?

Son ganas de llenar y liar el texto. Es un ejemplo de políticos que deben decir algo para estar en el candelero, pero no porque tengan algo nuevo —decir algo nuevo es difícil—. Un comentario del artículo de Talegón decía: “Estilo PSOE 100%, mucha palabra bonita, mucha ilusión, pero nada de chicha”. No creo que sea solo “estilo PSOE”.

El problema en España es por tanto doble: primero, de concreción. Hay que saber qué decir. Segundo, de claridad. Hay que saber cómo decirlo. Algunos congresos de partidos suelen ser un momento complicado. Recuerdo el momento tenso de Rubalcaba y Chacón en las primarias tras la derrota electoral. ¿Qué decir para distinguirse del otro? Además, una vez se ha logrado la claridad, hay que intentar dar ritmo y persuadir, convencer, emocionar. Por ahora, es pedir demasiado.

Por parte de mi trabajo, sigo de cerca los discursos del presidente Obama. Da importancia al modo en que se dirige al país (la foto que acompaña este texto es el ejemplo; así he editado cientos de textos). Obama habla con sus escritores de discursos para decidir qué quiere decir; le preparan el texto, lo repasa y lo corrigen entre todos. Es un trabajo colectivo.

Según una información de El Mundo, la preparación del discurso del Estado de la Nación de Rajoy fue más confusa. Por un lado, “Rajoy apenas había tenido tiempo para sentarse a estudiar con calma las fichas que han elaborado todos los ministerios y que ha coordinado la vicepresidenta”. Pero por otro “su gabinete, que dirige Jorge Moragas, le ha preparado durante las últimas semanas todos los papeles que necesita para el Debate sobre el estado de la Nación”. Según este relato, las fichas de la vicepresidenta las debió estudiar Moragas.

Sea como sea, el discurso lo escribió alguien, no el presidente: “También [Rajoy] suele revisar el discurso que previamente esboza su equipo para darle su propio estilo e introducir modificaciones con las que sentirse más cómodo”, siempre según El Mundo. Me encantaría ver esas correcciones y descubrir el estilo de Rajoy. No pasa nada por decir que otro “escribe” —y no “esboza”—, es algo común. Los escritores de discursos de Rajoy —si los hay— deberían reconocer su voz, su tono.

En su Estado de la Nación, Rajoy empezó así:

Cinco millones novecientos sesenta y cinco mil cuatrocientos. Esta cifra, por sí sola, refleja el aspecto más duro y dramático de la situación social y económica por la que atraviesa España. Representa el número de personas —4.743.000 españoles y 1.222.000 inmigrantes— que cada mañana se enfrentan a la dura realidad del paro.

Más del 26% de nuestra población activa no encuentra empleo y a más del 50% de nuestros jóvenes, les ocurre lo mismo.

Desde hace ya demasiado tiempo encabezamos el ranking del desempleo en la Unión Europea. La frialdad de las cifras, señorías, no puede ocultarnos el drama que en ellas subyace: seres humanos que sufren.

“Que en ellas subyace” es una de las subordinadas más logradas que he visto para cortar el punch de una frase. El discurso más difícil sobre la economía del país que debió dar Obama fue el primero, en 2009. Empezó así:

Sé que para muchos americanos que nos miran ahora, el estado de nuestra economía es una preocupación que se eleva por encima de otras. Así debe ser. Si a ti no te ha afectado personalmente la recesión, es probable que conozcas a alguien que sí. No necesitas oír otra lista de estadísticas para saber que nuestra economía está en crisis, lo vives cada día. Es la preocupación con la que te levantas y la causa de noches sin dormir. Es el trabajo del que te ibas a jubilar y que ahora está perdido; el negocio sobre el que basaste tus sueños que ahora pende de un hilo; la carta de aceptación en la universidad que tu hijo ha tenido que devolver. El impacto de la recesión es real, y está por todas partes.

No tengo manías. También escribiría los discursos de Rubalcaba. Las diferencias son solo matices. El líder de la oposición empezó también con números:

Seis millones de trabajadores, sin trabajo. Sí, Sr. Rajoy, pero hay más:

La quinta parte de los españoles, en riesgo de pobreza,

33.000 empresas cerradas en 2012,

Ocho millones de pensionistas obligados a pagar por primera vez por sus medicamentos,

Millones de ciudadanos que han dejado de creer en la política.

Este es el estado real de la nación en febrero de 2013.

La versión americana tiene un ligero toque peliculero para España. Pero solo en el tono se ve ya la diferencia. Los números sirven cuando hay que demostrar algo. Pero nadie duda de que España está en crisis, ni el gobierno. El presidente debería haber contado esperanzas y el líder de la oposición frustraciones. “Millones de ciudadanos que han dejado de creer en la política”, dice Rubalcaba. ¿Antes o después de las últimas elecciones? Con los números siempre se puede jugar.

He escogido unas cuantas frases del discurso de Rajoy. El problema constante es la falta de concreción, las “generalidades”. ¿Qué político no diría algo así (quizá sin repetirlo en la primera y tercera frases)?:

Me propongo mantener una línea de actuación inalterable. Bastante tiempo se ha perdido en España por hacer las cosas a salto de mata. Ni la improvisación, ni los bandazos, ni la imprudencia, ni la impaciencia figuran en mi programa. No vamos a cometer errores por omisión, ni errores por impaciencia. No dejaremos de hacer nada de lo que sea necesario, ni abandonaremos el esfuerzo antes de que España esté recuperada. Se nos podrán reprochar muchas cosas, pero nunca la cobardía de no cumplir con nuestro deber por temor a los riesgos o a la impopularidad.

Aquí Rubalcaba responde con una frase sacada del mismo cuadernillo:

Sin duda esperan más de nosotros, más de lo que hemos hecho hasta ahora. Esperan que estemos a la altura de sus inquietudes y de los problemas de España. Esperan que hagamos mejor nuestro trabajo.

Junto a las vaguedades, es igual de constante la falta de claridad. Rajoy:

Todos debemos compartir cómo hacer viable nuestro aseguramiento social y tranquilizar a los pensionistas, tanto actuales como futuros, sobre la sostenibilidad del sistema.

Significa: “Entre todos hay que garantizar que los jubilados cobren su pensión”. Una frase enrevesada convierte el objetivo real en más difícil. El objetivo debe ser el opuesto: demostrar que se entiende el problema y se sabe la solución.

Una norma exigente sobre el procedimiento mínimo de aprobación de las cuentas de los partidos políticos, que deberá necesariamente figurar en sus estatutos y obligará a depositar aquellas en un registro público específico.

Significa, creo: “Los estatutos de los partidos políticos deberán obligarles a que envíen sus cuentas a un registro público”. Hay frases que se pueden retorcer para darles tensión, pero seguro que aquí no es la intención.

No hay nada menos equitativo que un sistema en el que una cuarta parte de los jóvenes salen del mismo sin haber adquirido los conocimientos y las competencias mínimas para insertarse en el mercado laboral.

Significa: “Un sistema que no da a los jóvenes una educación mínima para poder trabajar [¿”insertarse en el mercado laboral”?] es desigual.”

Pero lo más importante, Señorías, lo verdaderamente importante, es que ya vemos resultados tangibles de este nuevo marco y de la disposición de empresas y trabajadores a utilizar las posibilidades de flexibilidad interna que el mismo ofrece.

Significa: “La flexibilidad de [la reforma laboral] ya empieza a dar resultados. Es importante”.

Más miniperlas: “Son necesarias profundas reformas estructurales que propicien la necesaria transformación de la economía española”. ¿Cómo “necesarias profundas reformas” no van a llevar hacia una “necesaria transformación”? Mejor así: “Son necesarias profundas reformas estructurales que transformen la economía española”.

Dice Rajoy: “Nos encontramos con que los graves problemas del 30% de nuestro sistema financiero, estaban afectando muy seriamente al conjunto del mismo, incluido el 70% que estaba saneado”. Si era “en su conjunto» (no hace falta “el mismo”), está claro que incluye el “70%”. Sigue: “Le han costado al erario español más de 20.000 millones de euros en pérdidas”. Si le “han costado”, no será en beneficios.

Los políticos cuentan historias para aligerar la teoría y poner ejemplos. En Rajoy solo encontré esta, que está más vista que el tebeo, aunque logra captar atención en el desierto de palabras abstractas:

Cuentan la historia de aquel mariscal francés destinado en las colonias que, ante el incendio de parte de un bosque centenario de cedros, ordenó al técnico forestal que se plantaran otros cuanto antes. El técnico le contestó que serían precisos 200 años para que los nuevos cedros alcanzaran la altura de los que habían ardido. A lo que el mariscal contestó: “Razón de más para empezar cuanto antes”.

Esta es en cambio una historia de Obama, en su Estado de la Unión 2013:

Deberíamos seguir el ejemplo de la mujer del Norte de Miami Desiline Victor. Cuando llegó al colegio electoral, le dijeron que quizá debería esperar seis horas. Mientras el tiempo pasaba, su preocupación no era por su cuerpo cansado o sus pies dolorosos, sino por que gente como ella pudieran tener voz. Hora tras hora, un montón de gente se acercó a la cola para apoyarla. Porque Desiline tiene 102 años. Y aplaudieron cuando pudo ponerse al final una pegatina que decía “Voté”.

Además de las historias, a los políticos les falta sentido del humor. Joan Baldoví, de Compromís, dijo a Rajoy sobre Bárcenas: “¿De dónde le tiene cogido, de los sobres?” El humor es más difícil, pero contarlo claro y sin abstracciones no debería serlo. La figura del político que lee tiene importancia, pero el discurso siempre se puede mejorar. Me ofrezco. Aunque queda algo de solución más complicada: saber qué decir.

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16 Comentarios

  1. Obama es un magnífico ejemplo de dominio de la comunicación no verbal. En su día estudié teoría de la comunicación política y los juegos de los espacios políticos. Era un tema que me apasionaba. En lo que a España se refiere, hoy en día los discursos políticos no despiertan ni el más mínimo interés en mí. Conscientemente, jamás los escucho a no ser que se trate de un político que sea especialmente buen orador (no suelen los más conocidos). Rajoy es la perfecta antítesis de Obama. Ya no es que no tenga ni haya adquirido el más mínimo encanto en la forma, es que lograr provocar el efecto contrario. Con la retórica política española actual suelo tener la sensación de que hablan a la ciudadanía como si se estuvieran dirigiendo a auténticos memos. Y debe ser que se lo somos (de ahí el éxito de los políticos que viven del chascarrillo). Oigo hablar a un político conservador como Rory Stewart y parece salido de otra planeta.

    • Ups, quería decir: «no suelen ser los más conocidos»/ «es que logra provocar» y «debe ser que lo somos».

      Por cierto, no estaría mal que dejaran de lanzar las mismas cifras constantemente porque a fuerza de repetirlas están logrando que pierdan su significado (que es lo que buscan, claro). La realidad laboral española es agónica no solo por los seis millones de desempleados. Hay un elefante en la habitación del que apenas se habla porque no interesa: el de la precariedad. Es un mercado absolutamente polarizado entre estables o insiders y precarios o outsiders. Los desempleados tienen escasísimas posibilidades de reengarcharse al engranaje laboral, y de hacerlo, lo harán como precarios con unas condiciones laborales que algunos no han visto en su vida. El sector estable de la sociedad va mayoritariamente a lo suyo, mirando a otro lado, hasta que llega el lobo y toman conciencia de repente de la realidad laboral que viven las personas subcontratadas que les rodean en sus centros de trabajo.

  2. La cháchara de los políticos. Esa cruz que todos los periodistas hemos soportado en mayor o menor medida.

    Gran artículo, Jordi. A mí me encantaría que te contrataran unos cuantos para escribirles los discursos, seguro que saldríamos todos ganando.

    Gracias por el enlace, Armando. Ya tengo algo que ver para la hora de la siesta.

  3. Bueno, hay un problema fundamental, y es que la retórica política americana, que tanto nos gusta cuando la escuchamos «ahí», no suele transplantarse bien a una sociedad mucho más cínica y descreída como la española. Recuérdese lo de la niña de Rajoy…

    En cuanto al resto, sin embargo, totalmente de acuerdo. Todavía recuerdo los libros de texto de Lázaro Carreter, con los que estudiaron Lengua varias generaciones de españoles, y cómo en ellos se machacaba con la idea de que escribir bien es escribir claro. Por no hablar de Orwell y su famoso «Politics and the english language», donde se analizaban los eufemismos que los políticos suelen utilizar («daño colateral», «crecimiento descendente») y se llegaba a la conclusión de que casi siempre se empleaban para ocultar verdades incómodas.

    • Yo no puedo con la retórica política norteamericana tampoco, pero en lo que a la comunicación no verbal se refiere, incluida la paralingüística, Obama es un maestro. Luego están los gustos de cada uno y hasta Bush Jr. tendrá su grupo de seguidores. «Politics and the English Language» debería ser un ensayo de obligada lectura.

  4. Una cosa es hablar claro y otra lo que hace Obama. A mí me fastidia terriblemente la comunicación de ese hombre porque sus asesores (de comunicación o de márketing?) van a por la gente veinteañera internetera impunemente, siento que van a por mí. Su foto con el niño vestido de Spiderman, el meme de la gimnasta, Alicia Keys cambiando la letra de su Girl on Fire por Obama on Fire, hasta los huevos de que este señor se presente tan maniqueamente como enrollado para engatusar al personal. Más que mera comunicación política es manufactura de discurso hegemónico gramsciano. Es tan forzado que da asco.

  5. Felicidades por el artículo, me gusta. Yo creo que detrás de la desafección generalizada no solo está la desconfianza sino la falta de conexión emocional de los políticos con la gente a la que se suponen que le hablan. Les falta corazón, les faltan ideales, les falta pasión, entrega o al menos no saben cómo transmitirla si es que la tienen. Escucho a Ada Colau y vibro y me emociono y me creo todo lo que me dice, escucho al Sr. Rajoy y o me duerme o me pone de los nervios, lo mismo que cuando escucho a muchos otros políticos. No saben despertar interés, no saben movilizarnos, no saben tantas cosas… Realmente creo que el modelo está caduco, necesitamos líderes y gente preparada y capaz y de momento no veo ninguno que asome..

    • Pues si yo oigo a Rajoy/Rubalcaba me parece más de lo mismo y cambio de canal, y si oigo a Ada Colau me parece una fanática y también cambio.

  6. En la política la economía del lenguaje a veces se ha entendido como negativa. Si nos fijamos en los discursos de políticos más antiguos -de la II República o de la Restauración-, veremos que la concreción tampoco brillaba demasiado en los discursos de los políticos.

    A muchos nos gusta aquella retórica anticuada porque es literariamente buena. Es verdad que no todo el mundo escribía como Azorín. Pero hay discursos históricos que son para enmarcar.

    Los de ahora, sin embargo, no son ni lo uno, ni lo otro. Hablamos de una mezcla insana entre lenguaje administrativo, poético y publicitario.

  7. ¿Y si los discursos «españoles» que no dicen nada se ajustan a lo que quieren decir?
    Porque en cuanto uno tiene un ramalazo de talento es peor:
    – «La indemnización en diferido» y «por supuesto que los españoles son europeos» (MariCospe)
    – «La movilidad exterior» (Sor Fátima)
    – «Lo que viene siendo» (De Guindos&Brothers)
    Los del PSOE son tan mediocres que no recuerdo bodadas semejantes recientemente.

  8. Este artículo está mal planteado desde el principio. El error es asumir que habría una intención de claridad en los políticos de sistemas bipartidistas articulados en el contexto de un tardocapitalismo neoliberal; que se trata de una carencia y no de lo que es: una estrategia consciente de comunicación deliberadamente ambigua.

    La forma viene definida por el fondo de los objetivos. Y ese fondo supone agendas políticas nada halagüeñas con la mayoría de la población, que es trabajadora, y que (¡ay! ¡desgracia!) tienen que ser atraídas con su voto para la perpetuación de esos partidos políticos y esas agendas.

    ¿De verdad alguien es tan inocente como para creer que una comunicación clara de políticas neoliberales de desregularización financiera, fiscalidad regresiva y concentración extrema del capital en unas pocas manos, va a conseguir el voto «democrático» del enorme conjunto de los trabajadores si es sincera?

    La intencionada ambigüedad de estos políticos NO es un defecto en su discurso. Es su principal y mejor cualidad, si nos ponemos a valorar el tema desde una superficial perspectiva de marketing como la de este artículo.

    En fin, dejo esto por aquí para iluminar más el tema:

    http://www.albasud.org/blog/es/475/discursos-que-anticipan-el-estallido-comunicaci-n-pol-tica-en-contextos-neoliberales

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