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Alberto Rojas: Doctor Livingstone, supongo

avion (1 de 1)

Cinco de la madrugada. Noche sin luna. Del piloto sudafricano solo se aprecia la brasa de su cigarrillo en los márgenes de la pista. Huele a queroseno. Las últimas gotas de lluvia refrescan la noche del trópico y abrillantan el asfalto del aeródromo de Bangui. Antes, cuando no existía la luz eléctrica, se encendían teas de petróleo en el asfalto. El neón azul del día perfila ya el horizonte cuando la avioneta se une al viento sobre los primeros árboles de la jungla. No es un momento menor. Cada vez que una avioneta despega en África se renueva una promesa de aventura, aunque el destino sea un lugar de mínimas esperanzas y éxitos precarios.

Las carreteras, que nacen orgullosas en la rotonda central de la capital, van arruinando su reputación cuando se alejan de su nacimiento. Fuera de la ciudad ya son pistas de tierra. Más allá, caminos de cabras. Hasta que la naturaleza las engulla más adelante. Entonces solo quedará este pequeño minibus alado para sobrevolar 600 kilómetros de selva.

A la altura de este pájaro de hélice se distinguen las aldeas aún adormecidas en los claros del bosque, planicies de café, cortinas de tormenta gris descargando a unos kilómetros, el avance a saltos del gran río, montañas oscuras, marismas, el humo de alguna hoguera que calienta ya el desayuno. Ya sea atravesando el Sahel desde Niamey hasta Agadez, siguiendo el cauce del Nilo blanco entre Sudán y Etiopía, remontando las aguas del Congo desde Kinshasa hasta Goma o sobrevolando las caravanas de camellos de Somalia, esa altitud del avión de hélice al amanecer representa la zona perfecta. Siete horas y varias paradas después, montados en esta pequeña cafetera que más que subirte en ella, te la pones, llegamos a algún lugar que no viene en los mapas.

La tartana con alas enfila hacia una cicatriz de tierra roja abierta en la selva. Al contacto con el suelo, salta y se tambalea como fuera una carreta de la Wells Fargo perseguida por los apaches. El petardeo de la hélice se apaga en medio de la nada verde. Welcome to Ovo, dice uno de los dos pilotos sudafricanos de la avioneta. Pero en realidad Ovo no es mucho más que una aldea de refugiados y un destacamento militar donde malviven un grupo de 20 soldados estadounidenses y unos 200 ugandeses, que remolonean a la sombra de los mangos. Si hay en África algún sitio como aquellos puestos avanzados que jalonaban la frontera de Estados Unidos en su camino hacia el oeste, bien podría ser este.

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3 comentarios

  1. Hola Alberto,

    Me llamo Antonio, soy gaditano y trabajo para MSF Belgica en Goma desde hace un mes.

    Tan sólo me gustaría felicitarte por tus artículos. Me encanta tu forma de escribir, los temas que escoges y las descripciones que haces. Y por supuesto también la buena opinión que tienes de la labor de MSF.

    Muchas gracias, de verdad, porque disfruto leyendote y porque encuentro inspiración y motivación en tus letras.

    Te envío un fuerte abrazo desde el Congo,

    A.

    • Alberto Rojas

      Hola Antonio, gracias por el comentario. Cuéntame un poco más de Goma. Yo estuve durmiendo en una de las casas de MSF allí, pero no se si era la de los suizos o la vuestra. Estaba en la orilla del lago, con unas vistas acojonantes. Cómo está la situación por allí? Cómo se ha recibido la noticia de la llegada de la nueva fuerza de combate de la ONU? Me gustaría charlar contigo por email. Si quieres pásame tu correo en [email protected]

      Un abrazo

    • Hola amigo, he perdido tu contacto. Quería volver a escribirte porque pasaré por Goma en un mes. Puedes volver a escribirme a mu correo y me pongo en contacto contigo? Gracias!!!

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