Restaurante Can Ravell
Calle Aragó, 313 (Barcelona)
“Aquí he visto a gente poner caviar en un zapato de señora, apagar puros en un plato de angulas y abrir botellas de vino de 1000 euros para dejárselas enteras. Terrible”. Es el recuerdo que Josep Ravell, el propietario de la mantequería Can Ravell, conserva de la época de apogeo económico. Josep tiene 53 años y lleva en el negocio de su padre, Ignasi Ravell, desde que era un crío. Un negocio que ha visto proclamarse la Segunda República Española; sufrió la Guerra Civil; vivió el fin de la dictadura y sortea como puede la crisis actual.
Can Ravell se fundó en 1929 cuando Ignasi, por entonces dependiente del Colmado Estrada, decidió comprar el negocio a sus antiguos propietarios. Mantuvo el mismo concepto de establecimiento de los Estrada, una tienda de ultramarinos cuya actividad se vio interrumpida durante los años de la Guerra Civil.
Cuesta pensar que una casa que ha vivido una posguerra destaque como terribles precisamente los años de bonanza, los de la burbuja inmobiliaria. Aquellos años donde el precio de las cosas no era un problema. Una época que, según Josep, trajo clientes fantásticos para la caja pero de vergüenza ajena en la mesa. “Quien había sido siempre rico no era así, pero el nuevo rico era tremendo. Era ese tipo de gente que pensaba que unos productos como un buen vino, un plato de caviar o unos guisantes de Llavaneres, que son manjares de producción muy reducida, se hacían tan fácilmente como su fortuna. ¡Qué pena que esas cosas tan buenas cayeran en la mesa de quien las valoraba tan poco!”.
Por suerte no todos los clientes de Josep han sido ni son así. Los hay que vienen de todas partes del mundo para probar sus platos. “Un día que llovía como nunca llueve en Barcelona se presentaron cinco chicos de México. Venían empapados y traían apuntado en un papel «Huevos con foie, c/Aragó, 313». En aquel momento estábamos completos y tenían que esperar mínimo una hora. Les dio igual. Dijeron que ellos esperarían lo que hiciera falta pero de Barcelona no se iban sin comer aquí. Esas cosas son las que hacen que tu trabajo valga la pena. Es cuando te das cuenta que pasan los años y lo seguimos haciendo bien”.
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Me encantan estos artículos, contenido y calidad.Un beso
@fiorella: Pues como te pases por el Can Ravell, te van a encantar aún más. Sencillamente bueniiiiiiiiisimo. Pocos como ellos en Barcelona
Yo creo que sí, que en Can Ravell se disfruta en estado puro, sin las mediaciones y los códigos estandarizados habituales. En Can Ravell hay unos valores del servicio asumidos como propios; y uno disfruta de ello.
El lujo está en un producto de calidad, elegido tras un largo camino de conocimiento que incluye el contacto con el productor, evidentemente; però el lujo intrínseco es esa manera de entender al cliente, al que con amabilidad en las formas y en el plato se le ofrece un espacio de libertad que disfruta más o menos conscientemente. Y en eso ayuda esa informalidad de la mesa compartida que favorece la cordialidad, la convivialidad (tan mediterránea, ¿verdad?) y sin perder ni un àpice de atención.
Un 13 de agosto entré a desayunar en Can Ravell con unos amigos y salimos a las 7 de la tarde…
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