Los correlatos neuronales del optimismo y los beneficios del pesimismo

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Es probable que muchos de nosotros, mientras pasábamos por un mal momento de nuestras vidas, o quizá en un momento efímero de estrés, hayamos visto el futuro próximo de forma poco favorecedora. Quizá en ese momento algún amigo o familiar nos habrá mencionado que es mejor ver las cosas de forma “positiva” y que “todo pasa por algo”. Tal clase de filosofía me hace recordar mucho una escena de la película La vida de Brian, donde se cuenta la historia de Brian, un personaje que nace en Belén el mismo día que Jesucristo y que luego lleva una vida paralela a él, llegando incluso a ser confundido con Jesús. En la escena final, cuando Brian está siendo crucificado, los demás sentenciados a la crucifixión intentan animarlo entonando la famosa canción Mira siempre el lado buena de la vida. Un ejemplo este que ilustra lo que en ocasiones nos pasa a los seres humanos, cuando preferimos seguir centrando nuestra atención en ideas y pensamientos positivos sin importarnos siquiera lo irracionales son o cuán sombría es la realidad. ¿Pero por qué las personas eligen tener pensamientos positivos aun cuando no exista evidencia realista en que puedan basarse tales expectativas? ¿Existe alguna clase de sesgo en los seres humanos que les hace prestar más atención a los aspectos positivos de la vida en lugar de a los negativos?

Precisamente son esas preguntas las que trataron de responder Sharot y sus colaboradores en una serie de varios trabajos que publicaron en relación a este tema. En 2007 Sharot, Riccardi, Raio y Phelps realizaron un estudio donde pudieron determinar que las personas sienten más cercanos los posibles eventos positivos del futuro que aquellos calificados como negativos, que incluso los eventos futuros positivos eran percibidos de forma más cercana que los eventos de su pasado, fueran estos positivos o no. En este mismo estudio y en otro realizado en 2011 por los autores, utilizando técnicas de neuroimagen que consisten en el monitoreo del metabolismo del oxígeno en el cerebro, pudieron ubicar regiones cerebrales que eran activadas durante el procesamiento de pensamientos positivos y negativo. Tres áreas fueron ubicadas durante el procesamiento de pensamientos positivos: el giro frontal inferior izquierdo (GFI), la corteza frontomedial (CFM) y la parte derecha del cerebelo. Por su parte, cuando a los sujetos se les pidió que pensaran en eventos futuros negativos, únicamente el giro frontal superior fue activado de nuevo, solo que en esta ocasión se activó el lado derecho.

Sin embargo, estos dos estudios no son suficientes para poder afirmar que estas estructuras, o e manera más exacta el GFI, es la estructura cerebral en el ser humano que nos predispone a tener pensamientos positivos. Recordemos que los estudios con neuroimagen pueden presentar falsos positivos, y que nada nos daría más certeza que poder manipular esta variable en un estudio experimental. Justamente por esto Sharot y sus colegas en 2012 realizaron otro estudio, pero con un énfasis experimental más marcado. Esta vez utilizaron una de las más recientes y prometedoras técnicas neurocientíficas para el estudio del cerebro y su impacto en la conducta: La estimulación magnética transcraneal (EMT). Utilizando la EMT se puede apagar una parte del cerebro a partir de la despolarización de las neuronas de un área seleccionada mediante la transmisión de impulsos magnéticos. Al ser una técnica no invasiva, es decir, que no interviene de forma quirúrgica el cerebro, es ideal para estudios experimentales que intenten verificar la función de un área específica del cerebro. Se utilizó la técnica de la EMT para apagar de forma momentánea el GFI izquierdo, esperando esta vez que no hubiera diferencia en la asimilación de eventos positivos en comparación con los negativos en los participantes. Pues bien, los resultados fueron tal cual los esperados: los participantes reaccionaban igual tanto ante los eventos positivos como ante los negativos cuando el funcionamiento del GFI izquierdo era inhibido. Más aún, cuando el funcionamiento del GFI derecho (el que procesa el pesimismo) era el inhibido, se continuó con la tendencia de asimilar mejor los eventos positivos que los negativos.

De manera que, si ya sabemos que existen causas biológicas por las cuales los seres humanos preferimos el optimismo, entonces, ¿por qué algunas personas (me incluyo entre ellas) preferimos tener una visión un poco más pesimista de la vida y el futuro? ¿Existe acaso algún beneficio del ser pesimista? Sweeny y Shepperd (2010) arrojaron un poco de luz a este respecto. Llevaron a cabo un estudio con estudiantes en periodos de examen donde se les pedía, de forma inmediatamente posterior a presentar su examen, que hicieran un pronóstico sobre sus calificaciones. Aquellos que mostraron un pronóstico superior a su desempeño real fueron catalogados como optimistas, mientras quienes pronosticaban un desempeño inferior al real se categorizaron como pesimistas ―aclaramos también que los que acertaron con su desempeño fueron categorizados como realistas―. Cuando los profesores les proporcionaban sus calificaciones a los estudiantes (retroalimentación) los investigadores inmediatamente les proporcionaban un test para evaluar su estado emocional, lo cual mostró que quienes tuvieron una visión más optimista de su desempeño, es decir, lo que sobrestimaron la nota que sacarían, tuvieron emociones más negativas como la decepción, a diferencia de aquellos quienes tuvieron un pronóstico más pesimista o realista de su desempeño. De hecho, cuanto más grandes eran sus expectativas más grande era la decepción que se llevaban los participantes. Es decir, el beneficio de ser pesimista es que al no volar alto con grandes expectativas, el golpe al caer por la realidad será menor, dolerá menos. De esta forma, Sweeny y Shepperd concluyen que cuanto más cercana es la confrontación de la realidad con las expectativas (la retroalimentación) más recomendable es tener una visión pesimista/realista del futuro. Así se evita la experimentación de emociones negativas. Por otro lado, cuando la retroalimentación es más lejana en el tiempo se recomienda tener una visión más optimista del futuro.

Si bien estos estudios parecen ser más de un corte de investigación pura, su aplicación es más inmediata de lo que creemos. Por ejemplo, al identificar qué estructuras se relacionan con el optimismo se puede intentar buscar medicamentos que funcionen activando estas zonas en pacientes con algún trastorno de tipo depresivo. De hecho, se ha visto que las áreas involucradas en el procesamiento de las expectativas optimistas presentan irregularidades en pacientes con depresión clínica cuando se les compara con población normal (Drevets et al, 1997). Del mismo modo, saber cómo afrontar momentos donde se puede obtener una noticia negativa de forma inmediata, puede ayudar en situaciones donde es necesario una intervención inmediata. Pongamos por ejemplo el caso del consejo psicológico que se da cuando un individuo se hace una prueba para VIH. Las implicaciones de un posible contagio (un evento negativo) nos sugiere que hay que preparar al sujeto con realismo/pesimismo para afrontar la noticia que se avecina. Es por eso, que los psicólogos que brindan este servicio le hacen ser consciente al sujeto de las implicaciones de un posible diagnóstico positivo, además de explorar previamente las fortalezas con las que cuenta el sujeto (qué red de apoyo social tiene, si conoce donde acudir para solicitar atención especializada, etc.).

Lo pertinente, entonces, es que no hay que ser ilusamente optimista ni preocupadamente pesimista. Tal y como Voltaire menciona en su novela bufa Cándido o el optimismo, donde satiriza las ideas leibnizianas sobre el optimismo; concluye que hay que mirar las cosas con realismo, y que aunque nos suene ligeramente pesimista y sea imposible cambiar todo lo malo del mundo, basta con preocuparnos por cambiar aquello que nos rodea para, quizá así, poder tener una vida mejor.

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Referencias:

Drevets, W. C., Price, J. L., Simpson, J. R., Todd, R. D., Reich, T., Vannier, M., y Raichle, M. E. (1997). Subgenual prefrontal cortex abnormalities in mood disorders. Nature, 386, 824-827, DOI: 10.1038/386824a0

Sharot, T., Kanai, R., Marston, D., Korn, C. W., Rees, G., y Dolan, R. J. (2012). Selectively altering belief formation in the human brain. Proceedings of the National Academy of Sciences, DOI: 10.1073/pnas.1205828109

Sharot, T., Korn, C. W., y Dolan, R. J. (2011). How unrealistic optimism is maintained in the face of reality. Nature Neuroscience, 14, 1475-1479, DOI: 10.1038/nn.2949

Sharot, T., Riccardi, A. M., Raio, C. M., y Phelps, E. A. (2007). Neural mechanisms mediating optimism bias. Nature, 450, 102-106, DOI: 10.1038/nature06280

Sweeny, K. y Shepperd, J. A. (2010). The Costs of Optimism and the Benefits of Pessimism. Emotion, 10(5), 750-753, DOI: 10.1037/a0019016

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14 comentarios

  1. alister

    Me da la impresión de que la perspectiva tanto del artículo como de los investigadores se ha quedado un poco corta.

  2. Pep Pepet

    «cuanto más grandes eran sus expectativas más grande era la decepción»… ¿y para eso hace falta un estudio?

  3. Creo que el artículo confunde dos elementos analizables bastante distintos: el optimismo o pesimismo, y las capacidad del ser humano para formar expectativas. Una persona, en su vida diaria, puede ser recalcitrantemente optimista, y ser capaz de formar unas expectativas de cualquier tipo bastante realistas, o incluso pesimistas. Si yo sé que algo tiene bastantes probabilidades de salir mal, o de que seguramente salga, pero sin embargo respondo de forma positiva a esa expectativa, sigo siendo optimista de igual modo.

    El pesimismo, ampliamente entendido, no es referido a la formación de expectativas, sino a la actitud que tenemos ante ellas, lo cual es algo totalmente distinto. La formacion de expectativas es un calculo que aunque no sea a veces racional se conjetura como si lo fuese, pero el hecho de ser optimista/pesimista es una actitud para enfrentar no para calcular.

  4. Precisamente he leído un artículo (no tengo referencia) en el que habla de un estudio similar, pero en el que la gente positiva, ante el fracaso, no se siente tan deprimida como los pesimistas. Intentaré buscarlo.

    Sí es cierto que el artículo ha quedado corto. Sobre todo, esperaba que me levantara más el ánimo. Me quedo con la sensanción de que al final es mejor ser pesimista, y no creo que sea cierto.

    Quiero ser positivista y pensar que es mejor ser positivo! :-)

  5. Funestini

    A nacer nos obligan sin pedirnos parecer, vamos a vivir (unos mejor que otros) sometidos al stress constante que supone reprimir nuestros instintos naturales en beneficio de una supuesta evolución de la especie. El final de esta tragedia todos lo conocemos, incluso esos «optimistas»que nunca quieren oír lo que no les gusta. Morimos miserablemente (siempre es miserable ese acto) después de haber sufrido el dolor enloquecedor de ver desaparecer a seres queridos, a veces un hijo (no conozco mayor pesar) y no saber por qué estuvimos aquí, acabando con esa sensación amarga de haber sido estafados. Además de todo esto, se nos pide que enfoquemos todo de manera positiva, supongo que para seguir moviendo la noria con el mulo pendiente de la zanahoria. Ah, y si nuestra vida no es placentera, nosotros somos los únicos culpables por no habernos esforzado lo suficiente.
    El que inventó este juego infernal, no es amigo nuestro, de eso sí podéis estar seguros. Menos mal que siempre quedarán optimistas…

    • hermano brown

      Funestini, tiene usted todo mi respeto. Grandes filosofos del pesimismo ya profundizaron largo y tendido, no por ello eran deprimentes del todo. Mi humilde tesis defiende que, siendo «conscientes» de la tragedia de la muerte que se avecina, y de la vida sometida al rigor de la Preciosa y Despiadada naturaleza, podemos elegir de manera autentica. Esto me recuerda la Nausea sartreana, es decir, el acto de comprender y asimilar que somos completamente libres pero que, a su vez, estamos completamente solos.

  6. Maestro Ciruela

    ¡Vaya! Iba a comentar regocijado que ayer precisamente, estando tumbado en la playa, una de las canciones que sonaron en el reproductor MP3, fue esta, cantada por Eric Idle. Tuve que retener mis carcajadas para no despertar suspicacias con la peña. Pero la intervención de Funestini, con el que comparto para mi inquietud gran parte de sus elucubraciones, me ha hecho variar el sentido de mi comentario. La aseveración del hermano brown argumentando que podemos elegir de manera auténtica, me hace pensar en si realmente esto es así… ¿Se puede ser completamente libre para elegir cuando se ignora prácticamente TODO, hermano Brown? A no ser que se refiera a la libertad de despeñarse, claro está…

    • hermano brown

      Maestro Ciruela, me ha hecho usted pensar. No le da vergüenza ? Quizas no debí utilizar el adjetivo «autentico» para abordar conceptos abstractos tales como «libertad» o «consciente». Pero, por otra parte, creo que el lenguaje entero se queda en un mero balbuceo ante tales custiones. Estas no pueden explicarse ni con las palabras, ni con el silencio. -entonces como? Yo creo que con la acción. La acción de despeñarse si usted quiere.

  7. Horacio Montelimar

    «La vida es una mierda, cuando la miras» ¡Jajajajaja! ¡Y cuando no la miras también!

  8. La investigación que citas aporta datos sobre lo negativo que puede ser un «optimismo ingenuo». Pero la conclusión no es la igualdad práctica de pesimismo y optimismo: numerosos estudios han investigado los fuertes sesgos positivos que utilizamos día a día. No es que sean útiles: son casi imprescindibles. El optimismo nos ayuda a sobrevivir, y u ausencia es un buen indicador de una depresión.

    Sobre éste tema es muy recomendable la charla de Dan Gilbert en TED sobre la felicidad sintética, o «Optimismo inteligente», un libro maravilloso de Dolores Avia.

  9. ¿Sólo comentáis este artículo los del club de los suicidas?

  10. Es más fácil asociar una visión pesimista del mundo con el humor. Humor negro. El optimismo nunca hará reír, al contrario: causa profundo aburrimiento porque es demasiado dpredecible y conveniente.

    En cambio, verlo todo negro puede sacar una carcajada sensata en un momento difícil. El pesimismo y el realismo son defensas inteligentes contra los problemas. El optimismo es una forma cobarde de escapar de ellos.

    • Funestini

      Si no estuviera tan desengañado de todo y de todos, le enviaría un abrazo simbólico, Nykolai D. Quizá otro día, cuando me sienta con ánimos; de momento, dejo constancia de mis favorables intenciones…

  11. Creo que es un error relacionar el pesimismo con el realismo, son cosas muy diferentes, tanto el optimismo como el pesimismo son actitudes para afrontar la realidad. Y aprovecho para añadir una cosa que leí hace tiempo, «si estas triste, es que te has equivocado» (pensadlo bien..) y otra más, «cuando hacemos las cosas contentos, las hacemos mucho mejor», y esta ultima está demostrada científicamente.

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