El hombre que nunca existió

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A mi padre, que me enseñó la Luna.
A todos los padres del mundo;
para que no se les olvide que enseñarles la Luna a sus hijos es de las mejores cosas.

Una madrugada de verano de finales de los 60, un padre y un hijo permanecen despiertos, están en medio de un pinar en un terreno que desciende en terrazas hasta el agua de una ría; no hay ninguna edificación cercana salvo las cuatro o cinco tiendas de campaña (grandes, familiares) que los rodean. Los dos miran atentamente un pequeño televisor de 14 pulgadas alimentado por la electricidad de varias baterías de camiones: ellos son los únicos testigos en kilómetros a la redonda de la llegada del hombre a la Luna. Efectivamente, durante muchos años nuestras vacaciones de verano fueron maravillosas: las familias de mis padres, un par de hermanos de mi madre y algunos amigos de ellos, pasábamos un par de meses en un paraje maravilloso, totalmente aislado de la civilización y de cualquier otra presencia humana, junto a la desembocadura de un río del que extraíamos buena parte de lo que comíamos, rodeados de pinos. Eso significaba horas y horas de diversión junto con una docena larga del resto de niños de mi edad. Teníamos un bote de remos (el bote Consolación) con el que cruzábamos a «la otra banda» y pescábamos formando un cerco con una red uno de cuyos extremos se llevaba en el bote y el otro se sostenía desde la orilla. Allí aprendí a nadar y también allí fue donde mi padre me habló por primera vez de una historia que siempre me ha fascinado y que ocurrió en esos parajes. Es un episodio conocido por muchos, pero con detalles fascinantes y no tan bien sabidos. En ella nos encontramos con engaños, aventuras, suspense, suerte, con espías, muchos espías, con personajes muy listos y otros aún más listos (parece que solo le falta el «amor verdadero» para ser La princesa prometida) y con un protagonista involuntario.

Dicho protagonista fue un pobre hombre en vida: vagabundo, sin amigos ni familiares, acabó suicidándose ingiriendo veneno para ratas en una dosis que no le garantizó una muerte inmediata sino una dolorosísima agonía de más de 24 horas, pero tuvo una participación fundamental en una batalla decisiva para el desenlace de la Segunda Guerra Mundial después de muerto.

Tratemos de situarnos: al final del año 1942 la guerra empezaba a cambiar de signo: la situación del ejercito alemán en Stalingrado comenzaba a ser más que complicada y el norte de África ya estaba casi enteramente bajo el control de las fuerzas aliadas. Era evidente de que los americanos y británicos darían el salto desde el sur del Mediterráneo hasta la orilla norte. El objetivo natural no era otro que la isla de Sicilia, con una posición estratégica en medio del mar y que suponía la llave para entrar en Italia y separar así a esta nación de las fuerzas del Eje. Por ello se montaron varias maniobras de distracción, pero, a raíz de las comunicaciones interceptadas y de los testimonios recogidos una de las más exitosas fue la protagonizada por nuestro vagabundo en tierras (o mares) de Huelva. Aunque naturalmente la historia comienza por otros pagos.

El diseño de la operación Carne Picada (mincemeat: el nombre en clave de dicho plan) lo llevaron a cabo dos oficiales de la inteligencia británica: el capitán de la RAF Charles Cholmondeley y el oficial de inteligencia naval Ewen Montagu. La idea era hacer llegar a manos de los alemanes unos documentos que les indicaran que la invasión iba a tener lugar en Cerdeña y Grecia en vez de en Sicilia. Para ello se agenciaron con un cadáver, el de nuestro involuntario héroe Glyndwr Michael (ese era su auténtico nombre, en el momento de su muerte este galés tenía 34 años), le dieron un nombre: comandante William Martin y construyeron todo un personaje con la base de esos dos elementos: le crearon una novia, algunas deudas y disputas familiares entre otras cosas; todo para darle verosimilitud al engaño. El siguiente paso tenía que ser generar los documentos falsos sobre los que basar la distracción. El incluir unos planes oficiales podía generar muchas sospechas, así que se decidió que lo más efectivo era incluir una carta relativamente informal redactada por el teniente general Sir Archibald Nye (y realmente él fue el redactor de la carta para conservar su estilo: hasta ese nivel de detalle llegaron), segundojefe del Estado Mayor General Imperial al general Sir Harold Alexander, comandante británico en el norte de África. En dicha carta, se podía leer entre líneas que el ataque se iba a producir en Cerdeña y Grecia e incluso de que estaban intentando engañar a los alemanes haciéndoles creer que se iba a invadir Sicilia. Otra carta personal (de Lord Mountbatten al almirante Sir Andrew Cunningham, comandante en jefe del Mediterráneo) también incidía sobre la idea de la invasión de Cerdeña. Ambas cartas, junto con otros documentos fueron incluidos en un maletín que sería atado en el último momento al cadáver de Glyndwr Michael o del comandante Martin si se prefiere. Cadáver que esperaba congelado desde finales de enero de 1943 hasta que estuviera todo listo para su participación.

Martin

El cadáver, o las causas de su muerte por ser más preciso, era uno de los puntos flacos de la operación ya que si era examinado por un patólogo experto podría descubrir todo el engaño. Así que Cholmondely y Montagu necesitaban que el cuerpo apareciera en un paraje costero relativamente subdesarrollado y con una buena conexión con Alemania. Por ello llegaron a la conclusión de que las condiciones ideales se presentaban en la costa del pueblo de mis mayores: Cartaya, en la provincia de Huelva.

Efectivamente, en la provincia de Huelva se daban circunstancias muy especiales que la hacían propicia para los planes de los ingleses. Existía en ella, como en ningún otro sitio de España, salvo posiblemente Madrid, que creo que está algo alejada de la costa, una importante red de espías, tanto británicos para controlar la operación, como alemanes para picar el anzuelo. Esa red de espías se nutría de las colonias inglesas y alemanas que habitaban en Huelva desde mediados del siglo XIX y que, curiosamente, tenían profundas relaciones y negocios entre ellas. Uno de los personajes fundamentales en la vida onubense de la segunda mitad del siglo XIX es el alemán Guillermo Sundheim, posiblemente sin él no hubiera sido posible la fundación de la compañía más importante no solo dessde un punto de vista económico sino también culturalmente hablando de la provincia de Huelva: Rio Tinto Company Limited, ya que fue Sundheim el que puso en contacto a los empresarios ingleses que la fundaron con las autoridades locales. Gracias a la Rio Tinto Company se construyeron las primeras líneas de ferrocarril, se desarrolló el puerto y se fundaron nuevas poblaciones como Corrales y Punta Umbría por citar solo dos de las más cercanas a la capital. En la propio capital se construyó el Barrio Obrero para albergar a los empleados de la compañía. Pero, como hemos dicho, los empresarios alemanes e ingleses no se limitaron a las actividades económicas, ellos fueron el centro o los promotores de la mayor parte de las actividades culturales que tuvieron lugar en Huelva. El propio Sundheim fue uno de los organizadores de los actos del cuarto centenario del descubrimiento de América, para los cual se construyó el Hotel Colón junto a su mansión y en la avenida que ya llevaba su nombre: Alameda Sundheim. En el propio hotel Colón se fundó el primer equipo de fútbol de España: efectivamente, el 23 de diciembre 1889 en una cena convocada por el alemán Sundheim y el inglés doctor Mackay se fundó el Huelva Recreation Club.

El omnipresente Sundheim también fue el que convenció a los ingleses de las bondades de las desiertas playas de Punta Umbría, muy cercanas a la capital pero totalmente aisladas al no existir ningún camino que llevara hasta ellas. En esas playas los primeros veraneantes además de Sundheim (que se construyó una casa allí y tenía un vapor para desplazarse entre ella y la capital), encontramos al doctor Mackay o a otro alemán como Ludwig Clauss cuya familia, más concretamente su hijo Adolf, constituyó la base del espionaje alemán en la Segunda Guerra Mundial.

Adolf Clauss era oficialmente técnico en agricultura, pero sus negocios nunca estuvieron claros del todo. Era aficionado a coleccionar mariposas y tenía una amplia red de informadores a sueldo. Su labor durante la guerra consistía, sobre todo, en informar de los movimientos de buques y sus alertas permitieron a los alemanes hundir un gran tonelaje de mercancía valiosa para los aliados.

Para entender lo relacionado de las comunidades inglesas y alemanas, lo ideal es dar un corto paseo por una sola calle de Huelva: supongamos que estamos en el centro neurálgico de Huelva, donde se movía y se sigue moviendo la población local, entre la calle Concepción y la plaza de las Monjas. Tanto si seguimos por la continuación de la calle Concepción hacia el este o por la paralela a esta que sale de la plaza de las Monjas, pronto salimos de lo que era el centro de Huelva para los locales y nos encontramos en la alameda Sundheim, el primer edificio a nuestra izquierda es el hotel Colón al que ya hemos hecho referencia, prácticamente pegado con él estaba la mansión Sundheim en cuyos terrenos hoy existen un colegio y la Fundación Once, edificio que menciono solo por situarnos y a cuyo arquitecto le deseo una vida larga y penosa, al poco de pasar el Museo Provincial de Huelva la alameda, en la que no he visto ni un álamo, gira 90 grados, grado más grado menos, hacia la izquierda para rodear el Barrio Obrero situado en una ligera elevación, tal vez sea una buena idea para coger fuerza, parar en la Casa del Guarda, hoy bar-cafetería y en su día, tal y como su descriptivo e inimaginativo nombre indica, era la casita del guarda encargado del mantenimiento del barrio, allí nos podemos tomar un café servido por una amable camarera muy aficionada a The big bang theory para después subir por la escalera que lleva al Barrio Obrero (barrio Reina Victoria era su nombre oficial originalmente), unas casas que constituyen una curiosa mezcla de arquitectura colonial y andaluza, construidas para albergar a los obreros de la Rio Tinto Company. Es destacable que, al igual que otros barrios y pueblos de similar origen como la Colonia Güell en la provincia de Barcelona, su construcción por parte de la compañía tenía un doble objetivo: por una parte, mejorar las condiciones de vida de sus empleados y, por la otra, poder controlarlos mejor e impedir los levantamientos a los que tan aficionados eran los obreros de principio del siglo XX. En el origen del barrio de nuevo nos encontramos con la estrecha relación entre ingleses y alemanes: para su construcción, la compañía se puso en contacto con la omnipresente familia Clauss que le ayudó a adquirir unos terrenos colindantes con su casa. Esa residencia de los Clauss aún se puede encontrar en el extremo opuesto a la Casa del Guarda.

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Puede que sea ya el momento de dejar por un tiempo a los espías de Huelva y volver con nuestro comandante Martin. Si no recuerdo mal, el cuerpo del pobre Glyndwr esperaba en una cámara frigorífica el momento adecuado para, ya convertido en comandante Martin, realizar su viaje hasta la costa onubense. A pesar de lo elaborado de la operación, a última hora Cholmondely y Montagu tuvieron que darse prisa en vestir al cadáver (con algunas dificultades ya que estaba congelado) y trasladarlo, conducidos por un piloto de carreras que casi los mata (a los que no estaban muertos, claro está), hasta la costa escocesa donde los esperaba el submarino Seraph. Después de tres semanas de navegación, el cuerpo del comandante Martin fue dejado frente a la playa de la Mata Negra en el entonces término municipal de Cartaya y actualmente de Punta Umbría y fue encontrado por el pescador local José Antonio Rey María sobre las 9:30 de la mañana del 30 de abril de 1943. Esas siguen siendo playas mayormente sin urbanizar, aunque no lejos de allí tenemos zonas donde el ladrillo ha colonizado mucho más de lo razonable, sigue siendo un paraje de una gran belleza y bastante desconocido para mucha gente. Por lo tanto, animo al lector que aún no conozca la zona a que renuncie a hacerlo y hace conseguiremos que no se masifique en exceso. Si, a pesar de mi admonición, los dos o tres que han llegado a este punto se animan a conocer dichos parajes, mi consejo es que se olviden de los macrocomplejos hoteleros del Rompido o el Portil y que se aloje un poco alejado de la costa: en el mismo Cartaya hay un pequeño hotel familiar que, comparado con los productos de las cadenas es una pequeña joya: el Hotel Plaza Chica; solo diez habitaciones en una antigua casa céntrica del pueblo, allí Loli, la propietaria, te tratará como si fueras de la familia y te recomendará comer en la cercana la Escalerilla o en el Restaurante Consolación, que ha sido siempre el referente de la zona si pretendemos comer buen pescado y que se encuentra muy cerca de la ermita del mismo nombre la cual merece una parada. Desde el hotel, a través de la calle de la Plaza se llega a la plaza Redonda, con el ayuntamiento y la iglesia; a la espalda de esta se puede subir hasta el castillo, recientemente reconstruido y que va muy asociado a los orígenes de Cartaya. Aunque hay poco edificios singulares en Cartaya, al margen de los aquí reseñados, no sé si porque la miro con un cariño especial, asociada como está a mi niñez, o porque realmente es así, creo que es un pueblo agradable de pasear y de estar, en general nunca ha habido ricos, pero tampoco gente muy pobre y, por tanto, faltan las grandes casonas y también las barracas miserables.

Desde Cartaya hemos de irnos acercando a la playa en la que se encontró al comandante Martin: la primera y obligatoria parada es en el Rompido. Este núcleo urbano situado estratégicamente al comienzo de la ría que forma el río Piedras en su desembocadura ha tenido una historia azarosa: inicialmente se construyó el fuerte de San Miguel de Arca de Buey (en la actualidad en su emplazamiento hay un hotel) y alrededor de él se estableció cierta población dedicada casi exclusivamente a la pesca y sus derivados, pero los piratas que tenían fácil acceso a él se empeñaron en que nunca prosperara demasiado, cuando en el siglo XVIII ya los piratas no tenían tanta vigencia el terremoto de Lisboa hizo de las suyas. También se salvó de las primeras oleadas masiva de ladrillo y hormigón que invadieron nuestras costas desde finales de los sesenta ya que la playa de la localidad es de mala calidad y fondo fangoso. Aún hoy en día, el antiguo pueblo de pescadores sigue conservando un carácter íntimo, reposado y tranquilo. Es un lugar perfecto para tomar un buen pescado en la arena junto a la ría. En este punto he de decir que preguntando a mis contactos locales sobre qué sitio era más recomendable, encontré cierta discrepancia de pareceres: algunos se decantaban por el Rincón de los pescadores, otros por la Patera, algunos por las Olas. Yo, como los otros estaban cerrados, opté por la Patera y salí muy satisfecho después de que haber pasado en un santiamén una magnífica lubina desde el plato hasta mi aparato digestivo.

Desde el Rompido es casi obligatorio cruzar a «la otra banda». Como he dicho, estamos en la desembocadura del río Piedras, pues bien, está desembocadura es un tanto peculiar porque el río corre paralelo a la línea de la costa en vez de perpendicularmente, ello se debe a una lengua de arena (la flecha de El Rompido), que constituye lo que los lugareños llaman «la otra banda». Dicha flecha tiene, además la característica de que crece cada año con los depósitos del propio río, por lo que cada vez que vamos encontramos un paisaje relativamente distinto.

Desde un embarcadero cercano a los dos faros de El Rompido podemos tomar una lancha que nos lleva a la otra banda. Una vez allí, cruzamos la estrecha lengua de tierra y nos encontramos con una inmensa playa atlántica y absolutamente sin urbanizar, cuando nos cansemos de la playa podemos visitar las ruinas de la almadraba que existió hasta que al atún le dio por desaparecer de la zona, igual algo molesto con la gente que se empeñaba en pescarlo.

Seguimos lentamente camino de Punta Umbría y, al menos para mi, una parada obligatoria es en Aguas del Pino. Este era el nombre que recibía uno de los caños que desembocaban en el río (el otro principal es el Caño de la Culata) y allí era donde hace casi 45 años vi la llegada del hombre a la Luna, aquel era nuestro paraíso. Desde él dicho paraje se tiene algunas de las mejores vistas de la espectacular desembocadura: a la derecha el Rompido, de frente, primero el río, después la Flecha de El Rompido y por último el océano, a la izquierda, las aguas en las que flotaba el cadáver del comandante Martin. Se ha conservado muy bien esa zona y solo hay un par de edificaciones, una de ellas es un restaurante más que recomendable y creo que no me dejo influir por su nombre: Aguas del pino.

Operation-Mincemeat
Fotografía del cuerpo de Glyndwr Michael tal y como fue encontrado por José Antonio Rey Marina

Si continuamos nuestro camino, después de pasar el Caño de la Culata nos encontramos en la urbanización de El Portil. Mi consejo es muy claro: procure pasar todo lo deprisa que las deseables normas de prudencia permitan, pero no tanto como para perderse la laguna de El Portil, situada a la izquierda después de pasar las construcciones que estuvieron a punto de destruirla hace unos años, aunque parece que la alarma desatada está dando sus frutos y poco a poco vuelve a ser la que fue.

A partir de El Portil, ya dejamos atrás al río Piedras y las fantásticas playas se abren directamente al océano. Los ingleses conocían bien esta zona y sus mareas y evitaron la playa de la Bota para dejar el cadáver ya que las corrientes que hay en dicha playa suelen arrastrar los objetos flotantes aguas adentro. Eso sigue ocurriendo hoy en día y la playa de la Bota es la única en la que siempre ondea la bandera roja como aviso a los bañistas. Así que optaron por la siguiente playa, la de la Mata Negra, allí recogió el cuerpo flotante José Antonio Rey María y con la ayuda de otro marinero, lo arrastró hasta la orilla. Una vez a salvo, es un decir, el cadáver, era evidente que su indumentaria de oficial inglés y con un maletín atado a su cuerpo iba a llamar la atención y desde el mismo día 30 de abril los movimientos asociados al cadáver y al maletín fueron incesantes. Naturalmente, una de las primeras personas avisadas, al margen de las autoridades, fue Adolf Clauss. Y de él parten los primeros intentos, infructuosos, por hacerse con el contenido de las cartas. El cuerpo del comandante Martin fue trasladado a Huelva donde fue examinado por el patólogo Eduardo del Toro. Parece que este albergaba serias dudas acerca de la causa de la muerte, pero por alguna u otra razón, se acabó certificando su muerte por inmersión y se le dio sepultura con todos los honores el 2 de mayo: aún sigue allí su tumba y siempre algunas flores la adornan. Al contrario que el cuerpo del comandante Martin, el maletín recorrió numerosos kilómetros, hasta acabar en Madrid donde por fin fue entregado a las autoridades británicas (que siempre lo pedían aunque con la boca pequeña), no sin antes haber pasado por las manos alemanas que tuvieron una hora para fotografiar todo el contenido que acabó llegando a manos de Hitler, que quedó absolutamente convencido de su autenticidad y que ordenó, por tanto, que parte de las fuerzas que se estaban asentando en Sicilia se trasladaran a los otros objetivos, facilitando así el desembarco aliado.

En realidad la historia tiene muchas codas y, parafraseando a Fermat, no me caben en este angosto artículo, pero digamos que diez años después, el propio Montagu que había diseñado la operación escribió una popular novela: El hombre que nunca existió de la cual se hizo una versión cinematográfica en 1956 con la participación de muchos vecinos de Punta Umbría, aunque José Antonio Rey María permaneció al margen. También se han planteado diversas teorías acerca del verdadero origen del cadáver, pero la versión oficial británica es la aquí presentada.

Naturalmente, a estas alturas, el lector puede estar algo cansado, en cuyo caso lo que le recomiendo es una buena comida, bien en algunos de los chiringuitos de la playa de Punta Umbría o, si se está dispuesto a gastar algo más, en el excelente El Paraíso, no lejos de la playa inmortalizada por el comandante William Martin.

 

Las fotografías de las playas de Huelva son del autor del artículo, Alberto Márquez

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7 comentarios

  1. Destacaría de este artículo, no solo el contenido con su historia, por otra parte, igual de destacable que la mayoría de los artículos en jotdown, sino el amor y el cariño que se palpa (se lee) cuando una persona escribe fascinada por algo; como un lugar, como un amante, como un recuerdo.

    Cualquier cosa que el escritor ame.

  2. apuntador

    Oiga, el artículo me ha gustado y me han entrado ganas de volver por la zona, pero si tiene un minuto revise el último párrafo, que me parece que el procesador de texto le ha jugado una mala pasada y le ha desordenado unas cuantas frases.
    Por lo demás, he pasado un rato de lectura entretenido, gracias.

  3. Juanma

    Siendo de Minas de Riotinto, historiador y amante de todo lo concerniente a mi provincia, a mi Huelva, no puedo más que agradecerle su artículo.
    La Riotinto Company y la sociedad que de ella nació da para muchos artículos interesantes.
    ¡Gracias!

  4. David Marx

    Espere una buena historia acerca del «hombre que nunca existio» y que me encontre, con un viaje turistico que ni en mi imaginacion nunca me importo … en esencia … la historia my firiend, si no … nos nos quites el tiempo !!! … lo bueno hasta el final y sin sustento … que lastima, mejor voy a buscar la pelicula, que de hecho ya la vi … lo demas … pura paja ….

  5. Conocía la historia del hombre que nunca existió pero, no por ello, he disfrutado menos de la lectura de este artículo.

    He podido oler el mar y me he sentado a leerla como una niña en una noche de verano, como tú en aquella noche de julio del 69.

    Enhorabuena y muchas gracias por esta visión tan personal y sentida de la historia, que como dice en otro comentario Vgnhu, exuda amor y cariño.

  6. Enrique

    Estimado Sr: El pasado 28 de Abril, presentamos en la Feria del Libro de Huelva, un nuevo libro sobre la Operación Mincemeat (El hombre que nunca existió): «El Misterio de William Martin – Desentrañando la trama». Una obra que después de más de dos años de investigación ofrece importantes novedades sobre el engaño urdido por los aliados durante la Segunda Guerra Mudial, y que tuvo lugar en Huelva. Adjuntamos noticia publicada en el diario digital Huelva24, que incluye book-trailer de la publicación, elaborado por los autores. http://huelva24.com/not/54631/william_martin__el_cuerpo_que_robo_alemania__el_secreto_que_inglaterra_guarda/ William Martin: El cuerpo que robó Alemania, el secreto que Inglaterra guarda — Huelva24 huelva24.com William Martin: El cuerpo que robó Alemania, el secreto que Inglaterra guarda — Huelva24 huelva24.com William Martin: El cuerpo que robó Alemania, el secreto que Inglaterra guarda — Huelva24 huelva24.com
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