
En la sociedad en la que vivimos, tomar decisiones sobre en quién confiamos puede ser de crítica importancia para nuestra seguridad y bienestar individual, e incluso para el bien común. Decidir confiar en un candidato político que se presenta a las próximas elecciones no es un asunto baladí; puede tener importantes repercusiones a largo plazo. Cuando contamos con un histórico previo basado en resultados anteriores de una confianza potencial, podemos basar nuestras decisiones en dicha información. En este sentido, por ejemplo, si sabemos que un candidato político ha actuado de manera correcta en la legislatura en la que ha estado en el poder, podremos decantar nuestra intención de voto en base a esa experiencia precedente. En ausencia de información previa, ¿cómo decidimos si tenemos que confiar o no en alguien?
Seguramente alguna vez el lector, al ver por primera vez el rostro de una persona, habrá realizado u oído un comentario como: «No conozco de nada a esta persona, pero su cara no me da buenas vibraciones». Inconscientemente, los seres humanos utilizamos de forma continua diferentes claves como guía de nuestra conducta social. Una de estas claves, y que solemos utilizar con gran frecuencia, es el rostro de las personas. ¿En qué nos basamos cuando realizamos un juicio de valor sobre la confianza o la desconfianza que nos genera un determinado rostro? Parece ser que la percepción de confianza recae principalmente en la expresividad emocional del rostro o la estructura facial de las personas. Por ejemplo, por regla general, los rostros que muestran una expresión facial de felicidad presentan bocas en forma de «U» y cejas en forma de «Ʌ» y son catalogados como rostros que denotan confianza; mientras que los rostros que muestran una expresión facial de enfado, presentan bocas en forma de «∩» y cejas en forma de «V» son catalogados como rostros de los que tenemos que desconfiar. Del mismo modo, las personas que tienen las mejillas poco profundas, barbilla amplia, cejas bajas y que tienen una cara ancha generan menos confianza en los demás cuando esta se evalúa a partir de su rostro. Estas características estructurales suelen ser sexualmente dimórficas, dado que en las mujeres el arco supracilar suele ser más alto, los pómulos más pronunciados y las caras más estrechas. Otras claves que podemos utilizar para atribuir la confianza a un rostro pueden ser la edad o incluso el color de la piel (figura 1).
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Obama desde el primer momento que lo vi, me dio un mal rollo horroroso. Sigo pensando lo mismo y para colmo ahora no se, si cuando esté tranquilamente en el cuarto de baño, me lo voy a encontrar al lado.
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no estoy muy de acuerdo con esa conclusión, puede ser que las personas mayores no discriminen la confianza o desconfianza, porque han aprendido que siempre hay alguien que te sorprende, pese a desconfiar o confiar de él en una primera instancia. Por tanto los rasgos han dejado de ser buenos predictores
Me parece muy bueno este articulo, sin embargo no considero que los rasgos físicos sean determinantes a la hora de depositar tu confianza en una persona. Independientemente de la edad que tengas, creo que la experiencia de la vida y tu subconciente juegan un rol muy importante que te pueden dictar si confiar en alguien o no hecarlo. Recuerden que las apariencias engañan.
En verdad el articulo es muy bueno aunque en lo personal aprendí a no juzgar a nadie por su apariencia ya que te suelen sorprender las personas que lucen totalmente desalineados para mi no es algo que se toma a la ligera el confiar en una persona, recordemos como los conquistadores impresionaron por sus rasgos y como destruyeron toda confianza depositada en ellos.
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Gran artículo para comprender como gestionamos nuestras emociones y el sentido de la confianza.
No sé… al principio me parecía interesante. Pero lo del estudio de Castle no lo comparto para nada.
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