Hubo un tiempo en que la ciencia y las artes eran casi una misma cosa. La historia que acaba de descubrir un equipo internacional de biólogos es un magnífico ejemplo de ello y una aventura que contiene elefantes, fetos conservados en alcohol y al mejor pintor de la historia de Holanda.

Todo comenzó cuando un grupo de científicos encabezados por Enrico Cappellini, del Museo de Historia Natural de Dinamarca, decidieron seguir el rastro del primer espécimen de elefante asiático identificado en la historia. Como no podía ser menos, el asunto les llevó hasta los trabajos del naturalista sueco Carlos Linneo, quien fundó la moderna taxonomía y clasificó centenares de animales y plantas. Y en 1758 identificó el primer espécimen de elefante asiático, al que bautizó como Elephas maximus.
Para clasificar a la especie, Linneo se basó en las dos fuentes que tenía a mano en la época. La primera era una descripción de un esqueleto escrita en latín por John Ray, un naturalista británico del Trinity College, y la segunda era un feto de cinco centímetros conservado en etanol en la colección de su contemporáneo Albertus Seba. Unos años antes, en 1734, Seba había elaborado un tesauro con especímenes animales y su pequeño elefante se convirtió, con la ayuda de Linneo, en la referencia de los científicos para estudiar la especie.

Pues bien, el equipo de Cappellini ha analizado el ADN de este pequeño feto —que aún se conserva en un tarro del Museo de Historia Natural de Suecia— y han descubierto con sorpresa que no es un elefante asiático sino que se trata de un ejemplar de elefante africano (Loxodonta africana), una especie que no fue clasificada como tal hasta el año 1797 por el naturalista alemán Johann Blumenbach, sesenta años después del trabajo de Seba. Es decir, durante años los científicos estuvieron tomando las características del feto para una especie a la que no pertenecía.
Pero la historia no acaba aquí. El siguiente paso del equipo fue seguir las huellas de la descripción de John Ray y descubrieron que estaba describiendo un esqueleto de elefante que aún se conserva en el Museo de Historia Natural de Florencia, una ciudad que Ray visitó en 1667 mientras recogía muestras por Europa. Se dirigieron al museo, tomaron muestras de los huesos, analizaron su ADN y ya pueden afirmar con propiedad que este sí era el elefante perdido, el primer y auténtico elefante asiático (Elephas maximus) identificado en Europa.
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Pienso que el autor lo tiene claro, pero no se ve en el artículo: los primeros retratos de elefantes asiáticos han de ser de la India, incluso si solo se cuentan los primeros retratos conocidos por europeos.
Una historia digna de ser contada hoy en la tarde a mi «Pequeño gran explorador». Gracias por compartirla.
El arte, a mi parecer, nunca ha estado y nunca debería estar peleado con otro rubro. Siempre se pueden combinar dos áreas teniendo un resultado asombroso como este, ¿cuándo íbamos a imaginar que un retrato ayuda de gran manera a la ciencia? Pues esto es un ejemplo de ello.
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