De la generalidad al reduccionismo, o de cómo el alzhéimer puede contar la historia de una enfermedad rara

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Fotografía: GollyGforce (CC).

Prólogo

Hoy, 28 de febrero, es el Día de las Enfermedades Raras, y desde la Federación Española de Enfermedades Raras, o FEDER, están haciendo un llamamiento a los bloggers de ciencia para difundir la necesidad de aumentar la comunicación y la transparencia en este conjunto de patologías minoritarias, pero que juntas suman muchos afectados. Según la Organización Mundial de la Salud, hay más de siete mil enfermedades poco frecuentes, y en España contamos con unos tres millones de pacientes. Normalmente, uno se interesa en una enfermedad rara porque tiene la desgracia de tener un afectado cercano. Pero existen otros prismas del asunto más amables. Veamos, pues, las cosas desde otra perspectiva.

La generalidad

Llevo unos años trabajando en la enfermedad de Alzheimer (va para quince sin contar la tesis, que se dice pronto), primero en la Universidad Autónoma de Madrid y luego en la empresa privada. La investigación sobre esta trágica enfermedad ha cambiado mucho desde que empecé a trabajar en ella. Allá por el principio del milenio, la causa del alzhéimer parecía clara: un grupito pequeño de aminoácidos alineados (un péptido) llamado b-amiloide. Desentrañada la causa, ya «solo» había que diseñar fármacos que consiguieran eliminar el dañino péptido del cerebro.

Sin embargo, quince años después los fármacos contra ese puñado de aminoácidos no han acabado de funcionar. Y tampoco parece que los nuevos medicamentos en ciernes tengan muchas más garantías de éxito. La comunidad científica está desorientada, y empieza a desempolvar las viejas hipótesis guardadas en los cajones. Mientras tanto, cada cuatro segundos se diagnostica un nuevo enfermo de demencia en el mundo, lo que no deja de echar leña al fuego. Ya superamos los cuarenta y cuatro millones de pacientes, y los sistemas sanitarios hace tiempo que no pueden atender a tanta demanda. En cada casa con un alzhéimer, tiene otro enfermo al lado: su cuidador o, generalmente, cuidadora.

Con este escenario, las grandes farmacéuticas comienzan a abandonar los desarrollos después de gastar miles de millones de dólares y, por el momento, no tienen visos de poder recuperar la inversión. Afortunadamente, la gran empresa farmacéutica ha demostrado siempre tener más ambición que memoria.

El reduccionismo

En el otro lado están las enfermedades raras, o peor aún, las ultrarraras. Un puñado de pacientes con una dolencia extraña, normalmente niños, deslocalizados en todo un país. Familias aisladas que no saben lo que está pasando, que no saben adónde ir o a quién acudir. Cada día vivido en una de esas familias debe de ser una odisea, un drama. Y más ahora, con la desarticulación programada de la ley de dependencia.

Por diferentes cuestiones que ahora no nos ocupan, hace más de siete años centramos nuestra investigación en alzhéimer sobre la modulación del colesterol cerebral. El gen con mayor influencia en esta enfermedad resulta ser un gen relacionado con el colesterol y que tiene el pomposo nombre de apolipoproteína E, o APOE, si es que tienes que decirlo muchas veces. Los científicos acostumbramos a leer un artículo tras otro para estar al día de las últimas investigaciones. Un artículo lleva a otro, y ese otro al siguiente, y casi por casualidad cayó en mis manos una revisión sobre las enfermedades pediátricas relacionadas con el colesterol. Por cierto, raras o ultrarraras. Y resulta que hay unas cuantas, todas ellas asociadas a mutaciones en genes de la ruta del colesterol. Los nombres a veces son tan raros como las propias enfermedades. Me llamó la atención una de ellas: el síndrome de Smith-Lemli-Opitz (o SLOS). Esta inusual enfermedad cuenta con unos veinte casos en España, aunque no existen datos concretos, y ni siquiera una asociación específica. David W. Smith, Luc Lemli y John M. Opitz describieron esta patología en 1964. Estos tres investigadores (californiano, belga y alemán, respectivamente) llamaron inicialmente a esta enfermedad infantil síndrome RHS, por las iniciales de los tres niños varones en los que describieron este trastorno.

Cincuenta y ocho años antes un neurólogo alemán, de nombre Alois Alzheimer, identificaba el primer caso de la demencia a la que daría nombre, y que desgraciadamente tan popular se está haciendo en nuestros tiempos. El 3 de noviembre de 1906, Alois presentaba en una reunión científica un trabajo titulado Sobre una enfermedad inusual de la corteza cerebral, el cual publicaría un año más tarde. Ojo, «enfermedad inusual». O lo que es lo mismo: rara. En ese trabajo, el doctor Alzheimer describía los síntomas de la primera paciente llamada Auguste Deter (con nombre y apellidos, como todos los afectados), que llegó cinco años antes a la Institución para Enfermos Mentales y Epilépticos de Frankfurt, donde trabajaba el médico. Alois recogía la desolación de la enfermedad en sus notas escribiendo lo siguiente: «Se sienta en la cama, con una expresión de desamparo».

En el momento en que Alois Alzheimer determinaba la enfermedad que más tarde se conocería con su nombre por recomendación de su colega Emil Kraepelin, el alzhéimer era también una enfermedad rara. La supervivencia media de los europeos no superaba por aquél entonces los cuarenta años, y nada se sabía de lo que le ocurría a la pobre Auguste. Alois describiría otro caso unos años más tarde. El paciente esta vez se llamaba Johann.

Estos dos casos aislados podrían haber pasado perfectamente desapercibidos en las ingentes bases de datos científicas. Pero no. Las investigaciones y los hallazgos descritos por el doctor Alzheimer están resultando claves un siglo después, lo cual nos proporciona un profundo aprendizaje y nos concede cierta esperanza.

Epílogo

Es por tanto que la comprensión de las bases fisiopatológicas de cualquier enfermedad del sistema nervioso (sea pandémica, habitual, rara o ultrarrara) nos puede ayudar a comprender los fenómenos que acontecen en los cerebros de los enfermos, y así desentrañar los mecanismos que se repiten en las diversas patologías. Además, y de paso, nos sirve para arrojar algo de luz a las familias y a los niños con estas dolencias. Un poco de luz siempre es mejor que la oscuridad absoluta. Y al final de todo, en eso se basa el trabajo de los científicos biomédicos, en intentar comprender ahora para diseñar terapias mañana. Y en ello estamos.

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4 Comentarios

  1. Su artículo me ha puesto un nudo en la garganta y los ojos llorosos. Desde aquí quiero envíarle un abrazo emocionado y agradecido por todo lo que está usted haciendo.

  2. Cuando nació mi hija, debatiéndose entre la vida y la muerte y con varias malformaciones, fue diagnosticada con el síndrome de Smith-Lemli-Opitz, aunque posteriormente el test del 7dh colesterol lo descartara. Tuvieron que pasar dos años, llenos de angustia, desconcierto y búsqueda, antes de que viajáramos a Salt Lake City para que el Dr. John M. Opitz confirmase el diagnóstico sospechado de Síndrome Opitz C.
    El primer caso entonces en España. Actualmente sólo cuatro conocidos. Y quince años después de ese diagnóstico, aún luchando por encontrar el gen causante de esta terrible enfermedad.
    Muchas gracias por su artículo, un abrazo.

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