Hoy es el mañana que nos dijeron ayer

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France_in_XXI_Century._Correspondance_cinema Video telephony as imagined in the year 2000, as imagined in 1910. From a French card1910

Podría decirse que el mayor drama que el cine ha legado a la humanidad es contemplar el 2015 a doce pasos y que Mattel no se haya dignado a anunciar el aerodeslizador. Pero hacerlo sería mentira: Mattel lo anunció y comercializó en 2012, aunque aquel trasto era un cacho de plástico que solo se deslizaba sobre una alfombra si se cumplían dos factores: que alguien le diera una patada y que nadie estuviese subido encima. También emitía cuatro sonidos y costaba bastante más de cien billetes, lo que convertía el juguete en una inutilidad rosa y cara cuyas instrucciones matizaban que en realidad el aparato no flotaba, y mucho menos sobre el agua. Incluso Bob Gale, guionista de Regreso al futuro, se bajó los pantalones. De hecho tuvo que ser alguien ajeno a la industria juguetera, y cercano al mundo del arte (Nils Guadagnin), quien fabricase un monopatín volador, que de todos modos no funcionaba como medio de transporte.

Steven Spielberg contrató a dieciséis personas como expertos en el futuro para asesorar la composición del escenario en el que transcurriría Minority Report (2002), una cinta futurista basada vagamente en un texto de Philip K. Dick con Tom Cruise cazando criminales antes de que llegaran a cometer sus delitos gracias a premoniciones. Se ambientaba en la Washington del 2054 y entre otros muchos adornos vistosos nos mostraba a un Cruise trasteando con un ordenador que requería de mucha gimnasia por parte del usuario. Fuera de las pantallas y en 2009, Microsoft se lanzaría a promocionar Kinect para su consola Xbox 360, un aparatejo que cogía el testigo de la competencia (la Wii de Nintendo y el EyeToy de Sony) y prometía jubilar al mando clásico para priorizar la interacción mediante gestos y movimientos por parte del usuario. Pero la realidad es que la cosa petardeaba demasiado, hasta el punto de que en algún caso estaba tan trucada como para permitir disputar una trepidante carrera sin mover ni un dedo y aún así alcanzando el podio. Y sobre todo porque erraba en un detalle esencial para el que no hacía falta ser adivino: cuando la gente dedica su tiempo libre a sentarse delante de una pantalla generalmente a lo que menos está dispuesta es a moverse mucho.

Durante 1972 y en estas cercanías una ilustre decidió homenajear al mismo tiempo a Stanley Kubrick y a Manolo Escobar. La incombustible Marisol estrenaba el Porrompompero 2001 en un programa dedicado a su figura y pagado por Valerio Lazarov. La pieza consistía en un videoclip ambientado en un futuro cuya moda había perdido toda esperanza de frenar la supremacía del color plata y donde se insinuaba que la torre de Puntales de Cádiz de un modo u otro ocuparía un lugar importante en la tecnología del mañana. Esta distópica visión de los primeros dos mil solo acertaba en uno de sus mensajes: iba a ser necesario aprender idiomas.

El futuro imperfecto, el que nos contaron con mayor o menor acierto, es donde estamos ahora. Lo divertido es echar la vista atrás y ver cuántas de aquellas obras tenían algo de Sandro Rey con gafas radiónicas en su ADN.

Idos todos a tomar por culo

Existen pocos recursos más jugosos que la idea de que toda la humanidad se zambulla en una piscina de mierda de manera inevitable. Pero en la ficción no vas a situar el colapso del planeta a finales de los setenta, aunque gran parte de la crítica musical así lo asegure, porque en el fondo no se lo creería nadie, y tampoco vas a fecharlo pasado mañana porque nos pilla demasiado cerca y nos viene mal. A Terry Gilliam parecía no importarle esto último y por eso en una producción del 95 como Doce monos situaba la aniquilación casi total de las gentes al año siguiente, aunque el protagonista del film viajara desde un 2035 para tratar de detectar el origen de la epidemia vírica que asolaría esos noventa. En la realidad no ocurriría catástrofe semejante durante el 96 y en lo que respecta al viaje hacia atrás en el tiempo aún quedan veinte años de margen, aunque estamos logrando avances considerables: ahí está 13 TV.

Terminator 2 (1991) marcaba en el calendario un Día del Juicio Final en el que la mayoría de personas se convertirían en montoncitos de cenizas nucleares: el 29 de agosto de 1997. Según se fue desarrollando la franquicia (en caída libre básicamente) dicho evento bailaría con la fecha. Terminator 3 (2003) lo desplazaría al 25 de julio de 2004 y Las crónicas de Sarah Connor (2008-2009) lo reubicarían el 19 de abril de 2011 a las ocho y media de la tarde. Roland Emmerich aprovecharía el pesado (y falso) rumor de que los mayas se quedaron sin piedra para el calendario con 2012 (2009) una disaster-porn-movie que tenía a John Cusack con cara de no entender cómo el departamento de FX había decidido no descartar nada. Señales del futuro (2009) horneaba la vida del planeta en octubre del 2009 pero salvaba a los niños y los reubicaba en ese búnker seguro que es el epílogo ñoño. Expediente X (1993-2002) insinuaba con las palabras End Game en la pantalla de un ordenador que el 22 de diciembre del 2012 los hombrecillos grises invadirían la tierra del todo. En general casi se puede asegurar que la mayoría de obras que abordaban el tema del fin de la raza humana erraban en mayor o menor medida. Otras eran más sutiles: para 1997: rescate en Nueva York (1981) Manhattan se había convertido en una inmensa prisión repleta de indeseables y en 2013: rescate en L.A. (1996) Snake Plissken desconectaba toda la tecnología del planeta mientras, encendiéndose un cigarrillo, nos daba la bienvenida a la raza humana.

We are the robots / Viva el progreso

Raro es el año en el que algún telediario no decide rellenar con la noticia de un robot capaz de subir escaleras y los espectadores, personas que hoy en día pueden practicar cruising a través de una app en su iPhone, aplauden tanto avance tecnológico. En las ficciones la tecnología futura ha sido siempre un juguete divertido de trastear. En 1962, Los supersónicos triunfaban columpiándose entre el machismo ramplón sesentero (además de caucásico, la multiculturalidad era algo de lo que el programa se olvidaba) y la predicción tecnológica. A pesar de estar ubicados en una fecha aún lejana (2062) la serie de Hanna-Barbera se las apañó para acertar en algunos pronósticos tecnológicos: George Jetson leía el periódico en papel pero vivía en un mundo de pantallas planas, lámparas para ponerse moreno (adelantándose una decena de años a la llegada de los rayos uva), videoconferencias (aunque la ciencia tonteaba con la idea desde muchos años antes), despertadores parlanchines y aspiradoras inteligentes que serían las abuelas del robot aspiradora actual. Lo que sigue siendo sci-fi es todo el tema recurrente de los coches voladores (haberlos haylos, pero son avionetas disfrazadas) y también la presencia de una chacha robot de aspecto humanoide en el hogar, Rosie dotada de un vestuario vintage de servicio y empuñando algo tan anticuado como un plumero.

2001: Una odisea del espacio (1968) fue otra de las que se apuntó unos cuantos aciertos al imaginar la high-tech por llegar, en parte porque Kubrick optó por consultar a más de cincuenta organizaciones versadas en asuntos tecnológicos. Ofrecía un tratamiento más realista del espacio de lo que era común en el cine: antigravedad, la ausencia de sonido en el espacio o la renuncia a la forma aerodinámica de la nave. Pero también introducía televisores que renunciaban al tubo (e incluso aparecían embutidos en asientos) junto a pantallas portátiles que antecedían por mucho al iPad. Se atrevía a predecir algo tan común a día de hoy como son las videoconferencias, con lag por supuesto.

2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick (1968), Metro-Goldwyn-Mayer. La única diferencia entre esto y chatroulette es que el caballero lleva puestos los pantalones.
2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick (1968), Metro-Goldwyn-Mayer. La única diferencia entre esto y chatroulette es que el caballero lleva puestos los pantalones.

La serie original de Star Trek (1966) hacía mucho uso del teletransportador, pero al mismo tiempo pronosticaba el concepto de teléfono móvil y PDA (los intercomunicadores de la tripulación) mucho antes de que la gente tontease con la idea de tener un aparato de estilo que viviera libre de estar encadenado al cable.

Isaac Asimov escribió The bicentennial man en 1976, y dieciséis años después utilizaría esa obra como base para firmar junto a Robert Silverberg otra historia: The positronic man. Lo retorcido es que, en algún momento entre el primer libro y la adaptación al cine, alguien de manera inexplicable añadió el factor Robin Williams y en el 2005 la película El hombre bicentenario (1999) incluiría al cómico ejerciendo de chacha contrachapada y tratando de convencernos de que sus entrañas mecánicas también pueden cultivar sentimientos. A día de hoy no hay registro alguno de que nadie en 2005 haya hecho uso casero de un clon de Robin Williams ni tan siquiera en forma de RealDoll. Cortocircuito (1986) vaticinaba el uso militar del robot, láser incluido. Desafío Total (1990) se plantaría en terreno lejano (el 2084) y propondría un aparato de control que mediante rayos X escaneaba a las personas de cuerpo entero, pero curiosamente la realidad estaría más cerca del pervertido escáner de seguridad que en Aterriza como puedas 2 (1982) desnudaba las vergüenzas de la gente: la TSA tras la presión social tuvo que retirar de los aeropuertos el escáner que invadía la intimidad de los pasajeros al mostrarlos desnudos. La ya mencionada Regreso al futuro 2 ofrecía una visita a un 2015 que parecía una prolongación de los años ochenta. Acertaba al apostar por el videochat, la devoción por lo retro con aquella cafetería ochentera (aunque los guionistas aclaraban que recurrían a lo conocido por no querer ahogarse con las predicciones) en la que un par de críos se quejaban de tener que usar las manos para jugar y también se mostraba no demasiado lejos de la realidad al insinuar una industria del cine empeñada en exprimir secuelas (Tiburón 19 en 3D). Pero resultaba certera en su visión de la moda de dobles corbatas, el uso del fax como medio de comunicación, los recurrentes coches voladores o el que hubiese sido el invento más grandioso para la humanidad: el horno que convertía un canapé deshidratado en una pizza familiar de marca Pizza Hut, una compañía que aprovechando el tirón lanzaría unos maravillosos anuncios futuristas promocionando unas gafas de regalo que pese a ser absurdas tampoco se alejan demasiado de la tontería reciente. Tampoco hay que pasar por alto el calzado deportivo de Nike capaz de abrocharse solo que la propia empresa se encargó de convertir en realidad trayendo de vuelta a Doc hasta el 2011 en forma de anuncio pero reservando el avance del autoajuste al pie para el 2015. Mención aparte merecen las gafas de realidad virtual del hijo de McFly, una tecnología que se vendía como el futuro (El cortador de césped, Nivel 13) y que resultaría un pufo (Nintendo se la pegó bien fuerte con la consola Virtual Boy en el 95) hasta hace dos días con la aparición del Oculus Rift: unas gafas que apuntan tanto al ocio digital como al tratamiento del estrabismo o a curiosos experimentos de percepción del género.

Metropolis, Fritz Lang (1927) UFA. Estrellas de cinco puntas y robots. Lo típico.
Metropolis, Fritz Lang (1927) UFA. Estrellas de cinco puntas y robots. Lo típico.

A medio camino entre esta categoría y la siguiente se encuentra la icónica Metrópolis (1927) ideada por Fritz Lang que, pese a permanecer en el recuerdo principalmente por su mujer robot, prefería revestirse de art déco y dejar de lado los malabarismos tecnológicos para dedicarse a los sociales. En aquella urbe la diferencia entre clases era notoria con una población trabajadora viviendo bajo tierra y una formada por intelectuales controlando el asunto desde los rascacielos. Pese al culto posterior no todos la recibieron con abrazos en la época, H. G. Wells dijo que aquella era la película más estúpida que había visto en su vida. Y Wells no andaría muy fino en su postura pero hay que concederle cierto mérito por ser el responsable del guión de otra película de 1936 (La vida futura) que adquiriría fama por predecir una segunda guerra mundial, y el uso en ella de bombardeos y armas químicas, equivocándose en la fecha por tan solo un año.

Y tras las guitarras los trovadores de Flight of the conchords se atrevieron en 2007 a cantar sobre el «futuro distante del año 2000» en su tema «The humans are dead» profetizando hacia atrás la hegemonía robot y la aniquilación del hombre, e inventando de paso algo maravilloso: el solo binario.

Come on sucker lick my battery.

Social distortion

Demolition man (1993) congelaba a Sylvester Stallone y Wesley Snipes en un 1996 en el que la criogenización era posible, un detalle curioso porque la carrera de Stalllone quedaría bastante helada más allá de los noventa, hasta su retorno mercenario cuando el italoamericano reaparecería con aspecto de embutido de congelador. Y también porque Snipes tuvo que comerse dos años y medio en prisión por evasión de impuestos. Ambos personajes despertaban en un 2032 donde las palabrotas conllevaban multa (y al paso que va la MPAA eso podría ser posible), en el que tres conchas se presentaban como artilugio indispensable a la hora de obrar, y cuya historia nos aseguraba que durante 2010 un terremoto fusionó Los Ángeles con San Diego creando una San Ángeles. Gran parte de los vehículos que hacían acto de presencia eran prototipos reales suministrados por General Motors y el guión señalaba que todo restaurante había sido fagocitado por la franquicia Taco Bell (se cambió por Pizza Hut en las versiones extranjeras por ser una marca más conocida) pero el detalle más simpático era una pulla hacia la rivalidad que se mascaba entre Stallone y Arnold Schwarzenegger. John Spartan (Stallone) escuchaba incrédulo como su compañera se refería a la Schwarzenegger Presidential Library y ante su estupor Lenina (Sandra Bullock) explicaba que el austriaco había llegado a presidente de los Estados Unidos. No fue así pero casi, porque el hombre al final se quedó en California. Como casualidad oscura queda el nombre de Scott Peterson, que aparecía listado en un ordenador junto a otros condenados: un Scott Peterson se hizo desgraciadamente famoso en la televisión americana al asesinar a su mujer e hijo nonato varios años después, en 2003. Otro convicto famoso mencionado en el film (el serial killer Jeffrey Dahmer) tenía una mención en el libreto que sería eliminada tras su muerte (en el 94) en las reposiciones de la película con el fin de evitar anacronismos.

La infame Double Dragon (1994) transcurría durante 2007 y robaba la idea del terremoto que arrasaba Los Ángeles (y alumbraba una New Angeles). Soylent Green: Cuando el destino nos alcance (1973) avisaba de una posible superpoblación en 2022 que quizás era necesario atajar mediante el canibalismo. Freejack (1992) situaba en el 2009 tanto a Mick Jagger con ganas de guerra como la posibilidad del viaje en el tiempo, acertando una de dos. Regreso al futuro 2 metería la pata en un pequeño titular de periódico al dar por hecho el ascenso a la corona de Lady Di (Queen Diana en el film). Días extraños (1995) sugería el mercado negro de memorias personales. Y Blade runner (1982) daría lugar a una leyenda maldita: las marcas que se promocionaban en el film y que en los ochenta lideraban el mercado acabaron quebrando o sufriendo algún tipo de desgracia (la bancarrota de Cuisinart, Pan Am, Atari, o las pérdidas millonarias de Coca-Cola en el 85). En ese campo de los negocios otras cuantas tendrían en cuenta la inflación disparatada, Idiocracia, Yo, Robot, El sexto día o Perseguido apuntaban la visión lógica de un futuro encarecido.

Quizás la predicciones más demenciales y divertidas serían las promovidas por la indispensable La carrera de la muerte del año 2000 (1975): en el mañana el Gobierno organiza carreras de coches en las que atropellar peatones otorga puntos extra. Y también las de esa antigualla que era Una fantasía del porvenir (1930) una comedia musical en la que los años ochenta se convertían en un lugar donde los aviones han sustituido a los coches, los números a los nombres de personas, las píldoras a la comida y donde los únicos niños legales que uno puede tener han de ser adquiridos a través de máquinas expendedoras. Esta rareza nunca llegó a editarse en ningún formato doméstico pero gracias al milagro de internet se puede ver completa aquí mismo.

Fly me to the moon

Fritz Lang también adaptó en 1929 un libro de Thea von Harbou titulado Mujer en la luna (Frau im Mond) en el cual un grupo de científicos viajaba hacia el satélite terrestre con una organización tan cuestionable como para dejar que se colara un niño con un puñado de cómics como polizón. Obviando el detalle de que el oxígeno y el oro demostraron no ser tan frecuentes en la luna como la película aseguraba, Lang se hacía un Verne y se adelantaba a la humanidad en la excursión lunar; sería además la primera obra que introducía la cuenta atrás como bandera de salida para un despegue. Lang incluso tenía en plantilla a profesionales del cohete como consultores; tiempo después se lanzaría un V-2 con el logotipo de la película pintado en su base. Espacio: 1999 (1975-1977) era una serie británica protagonizada por los habitantes de una urbanización en la luna y Project Moonbase (1953) una película bastante mala que profetizaba la colonización de la luna durante los setenta e incluía un detalle que en aquel momento era ciencia ficción y por eso mismo resulta más doloroso al ser comparado con nuestra realidad: las mujeres y los hombres estaban en igualdad de condiciones (el presidente de Estados Unidos en la película era una mujer). El futuro era esto, y nosotros aún no hemos llegado.

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7 comentarios

  1. Caquita

    Intentar comparar el, anteriormente imaginado, futuro de la ciencia ficción con el presente puede ser entretenido pero es un absurdo. Las necesidades o gustos de la gente no pasarán nunca por coches voladores ni robots mejores personas que nosotros ¿O sí? Quién sabe…
    Lo mejor; el vídeo de Marisol. Me lo copio para el facebook, como buena víctima de un futuro de culos gordos detrás de una pantalla, creando una fachada irreal adictos a su «imagen pública»

  2. Pingback: Hoy es el mañana que nos dijeron ayer

  3. viruela

    no hay más futuro que un mono tirando un hueso al aire… (una premonición de Kubrick & Clarke vigente aún)

  4. Borratxo i fí.

    «…en lo que respecta al viaje hacia atrás en el tiempo aún quedan veinte años de margen, aunque estamos logrando avances considerables: ahí está 13 TV.»

    En dos palabras: BRU-TAL.

  5. Estupendo artículo. Lo que espero es que el futuro no sea el apocalíptico que rodara hace pocos años el maestro húngaro Béla Tarr en la portentosa «El caballo de Turín»: la historia de dos comedores de patatas. Terrorífica, una experiencia religiosa y una cura de humildad.

    Por si alguien tiene curiosidad:
    http://www.elcineenquevivimos.es/index.php?movie=1895

  6. Y, ciertamente, genial el vídeo-clip de Marisol, una disparatada joya.

  7. Pingback: El cine propone, y la ciencia dispone: 5 películas que predijeron la tecnología de hoy

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