
Ali se levanta a las 5 de la mañana y sale a correr por las afueras de Nassau. Dice que ha llegado a correr diez kilómetros como si nada pero la prensa solo le ve correr cinco y subirse a una limusina que le lleva de vuelta al hotel. Por el camino, un muchacho le reconoce y le pregunta, confuso: «¿Usted sigue boxeando?» y Muhammad Ali no pierde la sonrisa y le explica que sí mientras sigue trotando, fondón, 107 kilos bajo el pantalón de deporte, es decir, diez más que cuando tumbó a Liston allá por 1964, cuando aún no era más que un aspirante lleno de arrogancia, fotos con los Beatles y medalla de oro olímpica arrojada al río Ohio.
Quedan pocos días para una pelea que nadie sabe si se va a celebrar, los rumores señalan serios problemas para llegar a acuerdos con la televisión estadounidense y sin televisión no hay combate que valga. Aparte, la venta de entradas sigue por los suelos, apenas trescientos turistas han aceptado pagar los tres euros que cuesta pasarse por el gimnasio para ver al gran Ali entrenar, intercambiar golpes con el sparring de turno, asegurarse de que no recibe ni un golpe de más.
¿Por qué Nassau? ¿Por qué este último combate? Ali dice que quiere empezar de nuevo la batalla para recuperar el título de campeón del mundo de los pesos pesados, pero a sus treinta y nueve años eso suena ridículo. Es de suponer que lo que quiere es borrar su anterior combate, la imagen de un boxeador inmóvil, grogui, incapaz siquiera de levantar la guardia, mirada perdida mientras los puños de Larry Holmes le llegaban a la cara una y otra vez sin llegar a hacerle daño del todo porque no hacía falta. Holmes gritando al árbitro: «Para esto de una vez, le voy a acabar matando» y el árbitro mirando a cualquier otro lado.
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Entradas a tres euros?
Tres euros son el equivalente a casi 500 pesetas. Eso, en el año 80 – 81 era bastante pasta. No sé si lo dices por eso…
El espectáculo antes que otra cosa, la seguridad de los atletas por ejemplo.
Sucede de continuo en la F1:
La FIA no cancela la carrera de Imola 94 después de la muerte de Ratzenberger, al día siguiente se mata Senna. Mientras tanto Schumi baila sobre los muertos en su macabro festejo.
Cuanti-mas un boxeador, uno que por cartel al menos, garantizaba espectáculo, de dudosa calidad, pero espectáculo al fin.
El final de Barbick también fue pavoroso.
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La guapísima chica que acompaña a John Travolta esa noche ( y que está a su derecha al final del sexto asalto) no es otra que Verónica Porsche, esposa de Ali. Para novelar al estilo de Gay Talese son necesarias dos cosas: o bien haber estado allí, o documentarse. Todo lo demás, suena a Wikipedia. PD: ese asistente que grita «no,no,no» cuando Dundee retira a su boxeador en el combate contra Holmes, se llamaba Drew «Bundini» Brown, y acompañó a Muhammad Ali durante toda su carrera.
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