Perdóname, Lauren

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Lauren Bacall. Foto: Cordon Press.
Lauren Bacall. Foto: Cordon Press.

Para mí no fue en ninguna película, fue en el hotel Des Bains del Lido de Venecia.

Salía a toda prisa de la suite de Nicole Kidman para llegar a tiempo a otra entrevista y en medio del estrecho pasillo que comunicaba la habitación con el hall alguien me paró, me puso la mano en el pecho y me dijo: «Cariño, ¿dónde vas? ¿Es por algo qué he dicho?».

Ese es mi gran recuerdo de Lauren Bacall. Uno pequeño, probablemente inservible, que no tiene ninguna relación con sus frases más célebres, ni con sus películas, ni con su mitología pero que me recuerda su voz, la soltura con la que llevaba sus arrugas y su delicioso sentido del humor.

Bacall era, para mí, a los veinte y a los setenta, una mujer de bandera. La tipa lista que siempre se sale con la suya, la que no depende de su belleza, la fémina a la que no puedes comprar, sobornar o vencer, la actriz pluscuamperfecta, el paraíso perdido al que todos aspiramos, aunque sea un rato.

Como todos, recuerdo sus conversaciones de doble filo con Humphrey Bogart, al amparo de esos ojos verdes de gata persa, un color que uno podía intuir aun cuando la película fuera en blanco y negro. Sí, claro, Tener y no tener y El sueño eterno, pero también Cayo Largo, Harper, investigador privado y La pícara soltera.

Cualquier cosa en la que saliera Bacall, más larga y ancha, con sombra en forma de interrogante y esa forma (sobrenatural) de ladear la cabeza que rivalizaba con la de la mismísima Rita Hayworth, resultaba altamente atractiva para un niño, uno al que le gustaba el cine.

Por supuesto, nada mejor para forjar una leyenda que convertirse en una: su romance con Bogey, demasiado bonito para ser verdad pero que era de verdad (para más detalles obsérvense las fotos que de la pareja realizó el gran Sid Avery, cuando la pareja acababa de mudarse a Hollywood) y su irrompible deseo de permanecer fiel a sí misma: cero cirugía, cero devaneos con el circo de la prensa amarilla, cero renuncias, cero componendas. La Bacall fue la Bacall de principio a fin, sin paradas para poner gasolina.

Todo el mundo sabe lo que pone en imdb.com: que tenía sangre judía, romana y polaca en las venas, que medía 1,74, que nació el 16 de septiembre de 1924 (eso debe coincidir con algún signo del horóscopo en particular aunque no sabía decir en cual), que quería ser bailarina pero acabó embarcada en una escuela de drama.

También es conocido que la esposa de Howard Hawks la vio en la portada de Harper’s Bazaar y se la recomendó a su marido para que en 1944 protagonizara Tener o no tener, donde conoció a Humphrey Bogart, con el que se casaría en 1945. Se llevaban un cuarto de siglo, ella llevaba los pantalones. Él también.

El problema con actrices como Lauren Bacall es que te da por comparar (cosa que no debe hacerse jamás, a menos que sea absolutamente necesario, como en este caso) y que como ya sucedió con Katherine Hepburn la desolación es inevitable. Las que se van no pueden ser reemplazadas por las que se quedan: la clase se ha convertido en un desfile de modas sin estilo ni talento, no hay misterio por resolver, ni crucigrama con demasiadas consonantes: todo se ha convertido en un gigantesco sudoku. Por cada Cate Blanchett o Judy Dench hay cincuenta mindundis cuya capacidad actoral es inversamente proporcional al número de veces que actualizan su capacidad de Instagram. La propia Bacall dijo una vez que «vivimos en una época de mediocridad». Hasta en eso se le entendió todo.

Para mí Lauren Bacall no tenía que morirse para entrar en el Olimpo, estaba allí desde que a los diecinueve años dijo aquello de «Si me necesitas, silba», una frase que se ha repetido tantas veces que casi duele volver a ponerla en un texto sobre ella, pero que es obligado a la hora de despedirse. Lamentablemente, nunca aprendí a silbar pero necesitarte, te necesito igual, Lauren. Y no, no me fui por nada que dijiste, me fui porque llegaba tarde. Perdóname.

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2 comentarios

  1. Coincido en el desenlace de este espléndido recuerdo a Lauren Bacall. Ya estaba allí en el «Olimpo» desde aquella «To Have or Have Not».

    Por supuesto, la mediocridad (salvo excepciones) ensombrece el panorama actual tal y como sucedió en el caso de legendarios actores, cuyo relevo, ni por asomo ha llegado a la altura del betún.

    Por último una opinión: Ni siquiera en «Gilda» consigue Rita Hayworth el «encanto» que desprende la espléndida «flaca».

  2. Lector

    Lauren Bacall es (era) única. Su misterio, su belleza peculiar (para mí gusto bellisima), su forma de hablar… La primera vez que la vi en pantalla me dejó profundamente marcado.

    No me extraña que sedujese y atrapase a un picaflores como Bogart, una mujer así puede tener al hombre que quiera.

    DEP

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