Venecia fue asesinada por la espalda

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Imagen: Golden Girls Filmproduktion.
Imagen: Golden Girls Filmproduktion.

Pobre de aquel que piense que Venecia es un destino turístico porque se equivoca. Como hubiera dicho el poeta, Venecia es la tierra del mar a la que llegamos vivos o muertos, pero ya se sabe que toda laguna tiene remansos de agua estancada, pútrida y desnutrida, y aquí, como no podía ser menor el débito con la belleza, la realidad concurre en una doble página bajo el reflejo de un cuchillo exótico de aire oriental, apenas perceptible a la vista. Así, los esponsales del mar que a bombo y platillo se celebran desde el siglo XI no solo conmemoraban milenariamente la ascensión de Cristo; tampoco se casaba nadie cuando il Doge —variante véneta del término Duce o Dux, pues ya conocerán al gran imbécil de Curzio Malaparte— arrojaba un anillo al agua; así como tampoco la indomable y mesteña tormenta que cayó un 21 de noviembre de 1631 salvó a la Laguna de uno de los más enérgicos brotes de peste que se conocieron en Europa. Venecia no está en el mar, Venecia es el mar. Y cuando el Bucintoro —el quinquerreme ducal de mayor pompa y envergadura—tomaba el bacino de San Marcos para culminar la ceremonia, no solo se estaba publicitando el poderío marítimo y la decisiva apertura comercial hacia el Adriático, se estaba sellando un pacto de realidad eterno, inmutable y oceánico. El compromiso con el mar. La misma razón que llevó a Baldassare Longhena a construir la famosa basílica de Santa Maria della Salute más de medio siglo después de que Palladio operase en la fabulosa-por-tantas-cosas Iglesia del Redentor. Ambas son símbolo de su recuperación, también de su padecimiento.

Esta suerte de orografía arquitectónica de Venecia conforma lo que hoy sigue siendo una de las urbes más singulares del mundo. Está surcada por canales, que no es novedoso, cierto, pero por alguna extraña razón ha logrado conservar el esqueleto y la morfología de sus constructores, el rasgo artesano del oficio, huellas de otro tiempo alojadas en cada uno de sus enjutos ladrillos, heridas —permítanme decirlo— de un pasado que tal vez fue mejor y más vistoso que el nuestro, o en definitiva, el rastro de un corazón molecular embutido en piedra como ningún otro.

Luego está el otro tópico manido, aunque pertinente, de la máscara. Una ecuación: Venecia más máscara es igual a Carnaval. Tiene guasa la cosa porque no solo se manifiesta en lo festivo, sino que cala hasta el último metro cúbico de la ciudad. Maldita sea, uno podría pensar incluso que hasta la bocina de acqua alta que a veces convierte la Laguna en una especie de llamada a filas no fuera un sencillo e inquietante aviso de previsión acuática, sino una voz que declama su inminente desaparición. En verdad es lo que es, y así se propaga desde hace décadas. La desintegración de Venecia retumba en la voz de unos ciudadanos que hace veinte años cuadruplicaban su censo. Hoy, los que resisten, que son apenas unas pocas decenas de miles, se ven amenazados por la debilidad tectónica de sus muros —que han logrado combatir más de seiscientos años de calamidad e intemperie— indefensos por la mala gestión de su patrimonio, asediados por el hecho de haber supeditado el espacio público al beneficio privado y, a pesar de todo y todavía, ahogados por otro tipo de agua, las hordas del turismo, egoísta e indolente como en toda casa de vecino.

Hoy viven 58.000 personas en Venecia.
Poco más que después de la gran peste de 1438.
Un número similar de personas visita la ciudad a diario.
Esta tendencia va en aumento.

Así empieza The Venice Syndrome (Andreas Pichler, 2012), como despertando a los fantasmas que parecían aletargados. La cinta se proyectó en la undécima edición del Urban TV, celebrado en La Casa Encendida, y a juzgar por la afluencia de público, Venecia todavía sigue acaparando más interés por los estertores de muerte que por el milagro de mantenerse viva. Se trata de un documental de cierta edad, pero hay algo sintomático que lo vuelve vigente. De ahí que Pichler haya dado en el clavo armando un artefacto audiovisual de hoja perenne. Vayamos por partes.

Giorgio vive en el sestiere de Castello. Todas las mañanas sale de su casa acompañado de su perrito Beppino, tan simpático como él, al que cariñosamente llama Pippò. El marcado estrabismo de su ojo derecho añade a su forma de hablar un extraño carisma indefinible. Tiempo atrás fue uno de los gondoleros más conocidos de la Laguna, y así nos lo cuenta Laura, su mujer, que entre sonrisas ahogadas confiesa sentirse una santa por haberlo aguantado más de cincuenta años.

Tudy Sammartini habita el piano terra de un pequeño apartamento a orillas del muelle de San Basilio, en el lado opuesto de la Laguna. Riega sus plantas y le encanta el vino, los libros y la arquitectura. Es colaboradora habitual de la revista Abitare y ha adquirido un hábito fumador que ya querría Lord Byron, pero el rasgueo de las erres, unido a su persistente voz cazallera fruto del ejército diario de cigarrillos, guardan algo inconfundiblemente veneciano: la pausa, el culto al silencio, la armonía de los espacios vacíos.

Pero como Pichler no se mantiene en la superficie, decide escarbar en su realidad social, que es jánica y bicéfala a la vez: desde un transportista o un guía turístico a un agente inmobiliario, pasando por un grupo de músicos que debe sus ingresos al pintoresquismo de los extranjeros dispuestos a pagar una góndola. Todos ellos tienen una historia que contar y, tal como sospechamos, no siempre ejemplar.

Imagen: Golden Girls Filmproduktion.
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Giorgio rememora su vida mientras ve en un viejo televisor marca Orion —retazos analógicos de un tiempo congelado— Venezia, la luna e tu, mítica cinta en la que un inolvidable Alberto Sordi se ve envuelto en mil desavenencias y riñas y celos con su pareja, provocadas por su trabajo como gondolero. «Es mi historia», dice casi entre sollozos, con una melancolía que estremece el silencio. Sus cuencas se han humedecido y no solo por la película de Dino Risi. Tal vez el pequeño Pippò debe su nombre al personaje de Sordi, Bepi, y quizás por eso a Giorgio le pasa por la cabeza una vida en imágenes que nosotros ahora solo podemos leer con los ojos. Él y Laura no piensan mudarse de la ciudad, solo al cementerio de San Michele, dicen. Son mayores y no están para esos trotes. No al menos como en el caso del transportista, que ya ha programado el traslado definitivo a Terra Ferma —la Venecia continental— porque no puede afrontar el alquiler mensual después de cincuenta y dos años viviendo entre estos muros de agua. Y es que la situación en Venecia es tan deplorable que solo quedan ancianos, trapisondistas y especuladores. Parece que en esta burbuja de cristal y barro que se disuelve año tras año no hay espacio para nadie más. O mienten o mueren. El documental abre con varias panorámicas en época de Carnaval a modo de bienvenida orgiástica al turismo. Venecia para entonces es una olla a presión que engrosa sus arcas facturando mil quinientos millones anuales. Aquí aparece la propietaria de una tienda de disfraces que alienta a sus clientes extranjeros con todo tipo de adulaciones. «Quiero que nos hagan más la pelota», que decía Richard Gere en Pretty Woman. Tal cual, pues ni corta ni perezosa esta llega a decirle a una mujer que el vestido que se ha probado hace que se parezca a Caterina Cornaro «Queen of Venice», con ese inglés tan sospechosamente macarrónico.

Mientras nuestro amigo Giorgio está tomándose un ombra —el chato de vino lagunar—, una guía turística patea las calli venecianas arrastrando tras de sí una marabunta de japoneses que observan maravillados el escenario del mismo modo en que uno pasearía por la Luna. Tal vez no se enteran de nada, pero el outfit viene de serie: boca abierta y ojos como platos. Pero bien, su relato es quizás el más curioso, puesto que ella se muestra convencida de que es necesario, incluso aconsejable, mantener y avivar el estereotipo de Venecia (vivo y anclado a la vez) heredado por la ciudad como recreo, ocio y solaz de antiguos y adinerados viajeros ingleses en un siglo XVIII, por cierto, en el que los vedutistas se convirtieron en un auténtico grupo de rockstars de la Ilustración encabezado por Canaletto, su líder más aclamado. La guía cruza el muelle de San Marcos, y allí se encuentra con un promotor de la isla de Murano. Muchas de sus fábricas han sido desalojadas debido a las falsificaciones provenientes de China; la mitad se ha arruinado, la otra mitad ha tenido que huir, por lo que ahora están organizando viajes gratuitos con el fin de promover de nuevo el verdadero oficio artesano de la cristalería. La imagen es dura, como la realidad: ni la gratuidad es amable. Y mientras todo esto sucede, está el agente inmobiliario: un señor atrancado en sí mismo que contiene las lágrimas cuando confiesa el ardid frente a la cámara. Engaña y miente, lo sabe, además lo dice, pero aun así sigue siendo la única manera que tiene de ganarse la vida. Éste no está entre la espada y la pared, ya se las ha clavado, y sin embargo sigue conociendo al dedillo los edificios de Venecia. Es capaz de distinguir entre un lienzo de carga y un enlucido moderno, un barro antiguo de una arcilla débil, unas junturas artesanas de otras industriales, pero alto ahí, esta lección ya la habíamos memorizado nosotros: ya no se hacen cosas como las de antes. El coste del refrán es que un metro cuadrado en Venecia cuesta entre diez y doce mil euros, el valor de la diáspora. No me lo digan, están pensando que el abismo debe ser una caricatura.

Así y todo, el documental también peca de tendencioso en algunos tramos al presentar una realidad en exceso brumosa. Imaginamos que el hecho de que sea Venecia y no otra ciudad invita al director a poner en escena una serie de elementos que encajarían a la perfección con cualquier relato apocalíptico. Finalmente, el mensaje insaciable del capitalismo se consuma en la comparecencia de un responsable portuario que afirma orgulloso —todo hace indicar que ignora el alcance de su intervención— que Venecia es el undécimo puerto más importante del mundo y que además están construyendo diques con una mayor capacidad de los actuales. Simultáneamente nos sacude la imagen de un crucero en dirección a los jardines de la Bienal, ocupando cual ser monstruoso el espacio de una de las avenidas que conducen a Giardini, en el extremo oriental de la Laguna; y el dato escalofriante de que Venecia recibe más cruceros al año que la ciudad de Nueva York. Una cosa está clara: los veinte millones de turistas que invaden Venecia cámara en mano solo pueden salvar sus números, no su cuerpo, mucho menos su alma. Son los turistas take away, que dice uno de los músicos, reflejo de que los miles de millones que genera la explotación de los espacios públicos no recalan en Hacienda, sino que engordan directamente el buche de las corporaciones internacionales. Esto explicaría, en el mejor de los casos, la proliferación de palazzi recubiertos con grandes lonas publicitarias, y en el peor de ellos, edificios históricos devastados y abandonados por la mala gestión y dejadez de los especuladores.

Imagen: Golden Girls Filmproduktion.
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Por un lado está el runrún del Mercato del Pesce (un nudo fundamentalmente social y comercial), un lugar asentado en los alrededores de Rialto desde la noche de los tiempos. Las políticas feroces comunales amenazan con arrebatarle su hábitat y trasladarlo a tierra firme, lo que arruinaría la vida de cientos de personas. Pero hay un caso significativo como el de la Central de Correos, el legendario Fondaco dei Tedeschi, una brillante oficina transnacional construida a orillas del Gran Canal para la gestión, administración y despachos de la comunidad germana asentada en la Laguna, y en la que llegaron a intervenir dos de los más grandes pinceles universales como Giorgione o Tiziano. De aquella otrora magnificencia resta un edificio histórico que desde 2010 se ha convertido en pasto excremental de gaviotas y aves carroñeras que terminará por barrer la menguada memoria de sus muros. Escombros de nuestra infamia financiados por la multinacional Benetton.

Y es que en mitad de un ambiente en el que todavía hoy trota y palpita el antiguo escándalo del proyecto MOSE —un complejo sistema de compuertas submarítimas que hubiera permitido la gestión de las mareas sobre las tres entradas a Venecia y que se llevó por delante más de veinte millones desviados a cuentas privadas y treinta y tres políticos corruptos, incluido el por entonces alcalde Giorgio Orsoni—, uno se topa con gente pertrechada de pancartas que dicen: «Soy veneciano, pero no tengo hotel ni góndola ni tienda de souvenirs». El repiqueteo viene después: «Un euro por la foto».

Cierra el documental lo que parece ser el anuncio del Apocalipsis, el súmmum de la devastación: «Se estima que para el año 2030 la ciudad no tendrá un solo habitante». Y es que la completa ausencia de belleza hace que todo esto sea una falsa tragedia; nada nos recuerda a los pasajes majestuosos de Shakespeare, ni a las fotografías de papel de Henry James, o al tono decadentista de François Mauriac, la contundencia de Rilke, la elegancia de Proust o la terribilità de Cocteau que, por cierto, llevó a este a escribir uno de los poemas más hermosos que se han escrito nunca en homenaje a un compañero muerto en las escalinatas de la Salute; tampoco a la fina agudeza de Paul Morand, ni al insuperable silencio de Thomas Mann o las anécdotas de Frederic Eden sobre un famoso jardín de la Giudecca; ni tan siquiera a nuestras plumas que, sin ser pródigas en Venecia, consiguieron firmar algún retazo memorable a través de, si no recuerdo mal, Castelar, Galdós y otros tantos. Todos ellos eran decadentes, pero hermosos. Lo decía el poema de Cocteau, todo se reduce a «sangre roja en escalones blancos».

Tudy Sammartini, Giorgio, el agente inmobiliario, el transportista, los músicos, la guía y el maestro cristalero coinciden en que el bizantinismo —término italiano que designa la especulación comercial de manera peyorativa— lo ha destruido todo. Tal vez nosotros seguiremos soñando con la tierra del mar a la que llegamos vivos o muertos, tal vez no sabemos qué hace a Venecia una isla de ensoñaciones y de relatos remotos y estimulantes en su desgracia, tal vez no tenemos que despedirnos de la ciudad, sino del feroz consumismo que destruye nuestro patrimonio cultural. Como dijo el consejo de sufetes cartagineses ante la embajada romana enviada por Escipión en un tiempo que ya pertenece a la leyenda: «A nosotros no nos importa lo que prefiráis», a lo que cabría añadir: porque todos hemos terminado socavando la otredad de Venecia.

Imagen: Golden Girls Filmproduktion.
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16 comentarios

  1. Paula Carretero

    Maravilloso artículo. He vuelto a recorrer las calles de Venecia sin moverme de casa, pero acompañadas de un montón de sensaciones nuevas genialmente detalladas. Gracias por permitirme este viaje tan agridulce, porque se me congela el alma imaginando esa ciudad en su apocalipsis.

  2. Los grandes cruceros atraviesan Venecia. F. Wallace y las fotos de G. B. Gardin: http://holdontightmarie.blogspot.com.es/2014/07/cruceros-en-venecia.html

  3. Apuntado el documental a ver si lo consigo ver…

    Fantastico articulo…

    un saludo!

  4. vicent 195

    Ya hace años que Venecia es un cadáver
    pero un cadáver excelente y en alguna zona exquisito

  5. vicent 195

    Tal vez habría que dejar tranquila a Venezia
    pero es tan difícil resistirse a formar parte de los rebaños
    que la inundan todos los dias del año

  6. Apocalipto

    Venecia parece ahora muy importante pero no existíó hasta el siglo V y dentro de dos mil años, puede que nadie la recuerde. Y no pasa nada, no se pongan nerviosos…

  7. Kurtz

    Fantástico artículo!
    pero… Curzio Malaparte es un grande!
    Y lectura apasionante…como León Bloy, Celine o Marc Edouard Nabe.

    Complimenti!

  8. Una pena que no se haya mencionado a Giacomo Casanova, quién escribió mucho y bien sobre Venecia, en un momento espléndidamente decadente.

  9. Blackadder

    Gracias por el artículo.
    En «La Invención de Caín» de Felix de Azua, hay un capítulo, en realidad un pequeño ensayo, sobre Venecia que merece la pena leer.

  10. Pingback: Venecia fue asesinada por la espalda

  11. Pingback: ¿Estamos locos si pensamos que Venecia morirá? - Jot Down Cultural Magazine

  12. Dario

    Venecia conserva el carácter de ciudad representativa. Las instituciones públicas regionales y la universidad atraen a diario miles de trabajadores y estudiantes. Basta recorrer la estación de Santa Lucia en hora punta para descubrir que todavía existe una Venecia viva. Eso sí, apenas descienden la escalinata de la estación, buscan recorridos alternativos para llegar a destino sin cruzarse con el turista.
    Pero esta actividad no es suficiente para contrarrestar la potencia del turismo. Venecia languidece en una lucha contra el tiempo. Una foto aérea de las islas con la terminal de pasajeros en primer plano delata la triste realidad: duermen más personas en los cruceros atracados que en la ciudad.
    Los habitantes, la universidad y las instituciones pierden terreno frente a la presión turística. El día que los echen a todos, los edificios serán el decorado de un gigantesco parque temático. Que nadie se extrañe si un día al llegar a la escalinata de la estación le piden en billete de entrada.

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