Jot Down Cultural Magazine – ¿Estamos locos si pensamos que Venecia morirá?

¿Estamos locos si pensamos que Venecia morirá?

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Foto: Mario S. Arsenal.

Foto: Mario S. Arsenal.

La elocuencia lo es casi todo. Decía Leopoldo María Panero que nunca nos enamoramos de una persona, sino de su mitología. Al final el cafre llevaba razón. Hablemos ahora de Venecia. Pese a que estemos de acuerdo con Galdós —nosotros, que hemos descubierto la pólvora— cuando decía que «La vida es en aquella ciudad como un paréntesis», cuántas veces no nos habrá rondado la cabeza, y a mí el primero: que si Venecia se marchita por el asedio masivo de turistas, que si entonces sufre el deterioro constante del capitalismo, que si por otro lado es una fábula complaciente que sucumbe ante bolsillos multimillonarios, que si se hunde y sus sedimentos no aguantan el peso de la historia, que si esto o lo otro, que si…

Mentira. Y no del todo verdad.

Aunque el género humano se empeñe, no somos tan modernos como internet ni tan antiguos como los libros. Una demostración: Théophile Gautier. Permítanme explicarme. Acaba de publicarse Venecia (Fórcola), un fragmento de sus cuadernos italianos en cuyas páginas está apostado el viajero intrépido, el poeta hambriento de misterio, el esteta ávido de tenebrismo. Como germen literario del que bebió una gran tradición de cronistas europeos que van desde Henry James (que literalmente lo llevaba bajo el brazo) al propio Galdós, de Maurice Barrès a Paul Morand o Jan Morris, este texto se inscribía originariamente en un volumen más amplio que por razones editoriales no ha sido publicado de manera autónoma hasta la fecha. Pero alto ahí. Porque aunque Thomas Mann pusiera pies en polvorosa hastiado de tanta repugnancia y modernez, la literatura no es la vida. No, señor. Por eso he echado mano de Salvatore Settis, un famoso historiador del arte italiano y de un reciente ensayo suyo, Se Venezia muore (Einaudi), el reverso de la moneda poética. Con toda la distancia que se quiera, Gautier y Settis simbolizan dos términos opuestos e indisolubles de una misma contradicción que es la vida. Pero las antinomias definen la existencia, así que por partes.

Imagen: Editorial Fórcola.

Imagen: Editorial Fórcola.

Rotundo, henchido de poesía, de pintoresquismo y de ese tan característico entusiasmo escéptico: «Sin góndola Venecia no es posible» (p. 27). Lo dice un viajero que recorrió medio mundo en busca de espectros y apariciones. El esqueleto lírico de Gautier se manifiesta por el influjo de su letra, de algún modo nos arrastra a la presunción de inocencia, que le concedimos hace siglos, y por ello no se nos ocurre chistar ante posibles discordancias. Sin embargo la realidad es jánica, bicéfala, y a veces propina guantazos. Ante la demencia de Gautier, siempre hermosa, macabra, arcaizante, Settis contesta con aridez señalando la alarmante despoblación de la Laguna. Es su caballo de batalla. Y es que desde 1951 (cota máxima de población) el índice demográfico ha decrecido un 60%; el número de censados apenas llega a los sesenta mil; almas son muchas más, que moran y habitan entre los canales recordándonos que la vida humana es equiparable al ocaso de los dioses; pero por cada veneciano hay seiscientos visitantes. Hete aquí los tres seises.

Un ejemplo. Cuando Gautier dice «no es irrelevante mezclar en la Venecia del sueño la Venecia real» (p. 114), Settis tira del Idiota de Dostoievski y añade: «La belleza no salvará nada ni a nadie si antes no la salvamos nosotros. Y con la belleza la cultura, la historia, la memoria, la economía. La vida, en definitiva». Ambos son como el cristal de una ventana de un piso decimoquinto, un lado se muestra translúcido y el otro transparente.

Aun así, cada uno a su manera, desean preservar deliberadamente su belleza alejándola del fuego, de esa pira que es la desmemoria. La única diferencia es que Settis no necesita incurrir en el artificio de la ficción para hacerse eco del pavor que amenaza el equilibrio de la ciudad. Mientras Gautier se vale de esa extraña virtud decimonónica que es robarle flores a la muerte, Settis cuenta con la mirada del arqueólogo —que a la sazón es— para desmontar el mito con un escalpelo. Después de todo, quirúrgicamente hablando, no sería descabellado hacer un paralelismo entre la piel retráctil de Venecia y lo que ambos autores persiguen con sendas divagaciones. Antinomias. La sutura histórica que sufre la Laguna se ve incrementada año tras año por el incómodo asedio de las grandes marcas corporativas, se siente amenazada por una gran burbuja de cristal a modo de escaparate turístico. La culminación del Apocalipsis, según Settis, viene dada por el precio de venta público, la cifra. Gautier, por el contrario, insiste en el rastro luminoso del relato artístico, en la otredad poética, y aquel, con alma de cirujano pero a la postre historiador del arte, repara en ciertos inconvenientes que socavan por entero su poesía, y con ella su mito.

Uno, Gautier, pretende reconstruir sus rasgos faciales acudiendo, por ejemplo, a la sinfonía vivaldiana de Farnace o devolverle su antiguo rostro escarbando en la leyenda sangrienta y hermosa de Marin Falier: la poesía. El otro, Settis, busca rehacer su cuerpo por completo, indaga en sus cimientos y, en una operación casi freudiana, se inmiscuye entre sus traumas arquitectónicos, económicos, sociales y políticos: la prosa. De nuevo la antinomia. Gautier es un gentleman y Settis un abogado laboralista.

Imagen: Editorial Einaudi.

Imagen: Editorial Einaudi.

Otro ejemplo: «En Venecia podemos permitirnos el lujo de un palacio a un precio razonable. Una maravilla firmada por Sansovino o Scamozzi se alquila menos caro que una buhardilla de la rue de la Paix» (p. 113), dice Gautier asombrado por la mermada consideración aristocrática de las residencias palaciegas. Claro que no vivimos en la bonanza del siglo XIX, y sin embargo hoy el impacto social del desalojo habitacional ofrece —recordémoslo de nuevo— la gélida cifra de un veneciano por cada seiscientos visitantes, una repercusión urbanística que produce, ahora en palabras de Settis, «un efecto bomba: altera profundamente la demografía y la economía. Domina una monocultura del turismo que expulsa a los nativos y obliga a los residentes, y a la ciudad misma, a sobrevivir únicamente de su voluntad de servir». Podríamos hablar aquí de necesidad en lugar de voluntad, de subsistencia en lugar de servilismo, pero el juicio de Settis —a poco que se conozca la ciudad— es tan evidente que hiere los ojos. «Su precio se revelaba en el momento de perderla» (p. 285), decía Gautier al abandonarla.

Luego está la Bienal y el esnobismo. ¡Pardiez! El capricho, la ajenidad y la reivindicación vestida con piel de tiburón. Si uno de los cauces para lograr la salubridad política pasa por traducir las diferentes propuestas a un modelo cabal de convivencia, que es ciertamente mucho, el espectáculo que trae consigo la Bienal no se integra en la piel del pez; busca la exclusividad y, casi por definición, acaba alejándose de él. Una grandilocuencia mediática que socava el patrimonio y escombra la cultura. Y no seré yo quien hable de esta última edición, Armando Maradona me libre, pero los medios ya se hacen eco de que Italia prevé sumar con ella la friolera de cuatro millones de visitantes a sus ya veinte (veinte) anuales, como si el éxito se redujese a una cantidad, como si no hubiera más misterio que inflar el globo hasta que explosionara, como si la historia se escribiese en índices de ocupación hotelera. Entonces con muy mala baba me pregunto: ¿de veras hay otro éxito?

Por eso, entre tanto, después de hacer un balance ridículo e irreductible de un problema de esta naturaleza y para el que no tengo más remedio que discriminar entre la mirada de unos, la lectura de otros y mi propia opinión, la conclusión es sencilla. Tan importante es la alarma como la resistencia, tan vital el mito como la crónica, tan necesaria la ficción como la realidad. ¡Pero qué trivialidad!, me dirán. ¿Alcanzan a verlo? ¡Venecia morirá cien veces si es preciso! Por tanto, díganme entonces, señores Gautier y Settis. ¿Qué demonios haremos con Venecia? A lo que sin duda el primero se adelantaría: «¿Para qué rehacer en prosa admirables poemas?» (p. 288).

2 comentarios

  1. Se comprende bien que haya tan pocos residentes porque en el fondo, Venecia es invivible, aunque sí visitable para salir pitando luego a otros sitios. Nefasta para espíritus melancólicos con tendencia al escaqueo vital, parece ahora muy importante pero no existíó hasta el siglo V, así que dentro de tres mil años puede que nadie la recuerde. Y no pasa nada, esa es la vertiginosa verdad.

  2. Muy buen articulo pero “un paralelismo entre la piel retráctil de Venecia y lo que ambos autores persiguen con sendas divagaciones.” Piel retractil?.

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