«Mañana lanzaremos todo menos lo estrictamente imprescindible», dijo en la durísima campaña polar Ernest Shackleton en las Navidades de 1908, unos años antes de la fatídica experiencia con el Endurance. Qué lejos queda un tiempo en el que ir a la Antártida era de todo menos una gira turística. Hemos avanzado mucho, hasta el punto de que gente como Scott, Bellingshausen, Shackleton o Amundsen se quedarían perplejos ante la afluencia de visitantes que van a contemplar las bellezas del continente más austral del planeta pertrechados como torpes pingüinos humanos de variopintos colores. Me pregunto qué consideraríamos «imprescindible» en un barco lleno de gente que va por diversión a ver témpanos, pingüinos y focas desde la comodidad de unos camarotes en los que puedes pasearte en mangas de camisa. ¿El móvil?, ¿la Nintendo? No seamos tan crueles, es positivo que hayamos avanzado y no pasemos las terribles penurias de nuestros antepasados, pero el fenómeno turístico en la Antártida tiene sus pros y sus contras.
Desde 1965 hasta nuestros días, el turismo ha crecido un poquito: de cincuenta y ocho personas a un pico de más de cuarenta y dos mil en la temporada 2007-2008 (cuando había dinero y la gente se lo gastaba a espuertas). Se ha estabilizado entre los treinta y cinco mil y los cuarenta mil según el año. Los estadounidenses (con un 36%) son los que más visitan la zona de la península antártica, seguidos por alemanes, ingleses y australianos. El turista medio no es precisamente pobre, se gasta entre doce mil y dieciocho mil euros por persona (tampoco es joven, un 65% supera los cincuenta años de edad), y se traslada de modo preferente en barcos (más de un 95% de los desplazamientos son por ese medio). Estadísticas aparte (que siempre nos dejan números flotando en la cabeza, a veces inútiles si no se contextualizan), ¿qué problema puede haber en visitar la Antártida?
Veamos el lado positivo antes de presentar el sempiterno lado negativo. La gente que va a un lugar tan remoto es casi en su totalidad respetuosa con el medio ambiente. Eso está fuera de toda duda. Son gente que se gasta mucho dinero para tener el privilegio de contemplar uno de los últimos lugares realmente prístinos del planeta. No solo son gente concienciada, sino que en muchas ocasiones visitan las bases donde los científicos les explican cosas interesantes, problemas acuciantes, ciencia de base que luego ellos en una terraza de Boston, Berlín o Sidney transmitirán a otras personas regando la ocasión con unas cervezas. No hay sarcasmo, este punto lo encuentro del todo positivo. Además, ¿por qué tenemos que ser solo unos cuantos privilegiados los que lleguemos a este punto del planeta? Los lugares que se visitan son muy pocos, el 50% de las visitas se concentran en unos ocho puntos de la parte más septentrional de la península, por lo que el impacto real es más controlable (de hecho, el turismo se mueve en un área no superior al 0,005% del continente): la isla de Cuverville, el canal de Neumayer o el de Lemaire son algunas de estas zonas, donde se calcula que unas veinte mil personas pasan o desembarcan cada año para ver las excelencias del frío continente. No son una cantidad excesiva, se supone que es gente concienciada, van a lugares concretos que se supone están controlados; ¿dónde está el problema?
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Magnífico. Gracias.
¡Increíble artículo!
La verdad es que no tenía ni idea de que estas «invasiones silenciosas» estaban sucediendo. Es algo realmente preocupante.
La verdad es que, aunque sea triste decirlo, tienes mucha razón a la hora de comparar a las autoridades con el descabezado jinete de Sleepy Hollow. Y no únicamente se da el caso en este problema en concreto.
Un artículo muy interesante.
¡Gracias y un saludo!
Saludos desde México… pensando globalmente y actuar localmente… saludos de la comunidad ecologista – ambientalista… conocí a Sergio Rossi en una conferencia en la Cd de Xalapa, Veracruz, México… estaba promoviendo un viaje a la antártida (área 123, creo?) hasta ahora inexplorada por el Hombre… salude al Dr… atte: Santiago Riloba