Tiger Woods, el Andre Agassi del golf

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Foto: Keith Allison (CC)
Foto: Keith Allison (CC)

Tiger camina junto a su novia, Lindsey Vonn, poco después de que la esquiadora, cuatro veces campeona del mundo, se haya vuelto a imponer en una alta competición. Ella acaba de cumplir treinta años y él está a un paso de los cuarenta. Junto a la pareja, como siempre, hay un séquito de amigos, agentes, periodistas y patrocinadores que les acompañan por la nieve camino del podio. De repente, uno de los cámaras se da cuenta de que a Woods le falta un diente y enfoca intentando volver a encontrar el hueco que queda en la boca cerrada y prieta, un amago de media sonrisa que se mantiene con las décadas.

Hay algo patético en esa imagen de Tiger, algo sacado de Resacón en Las Vegas. Lleva seis meses sin poder jugar cuatro rondas seguidas de golf por problemas de rodilla y de espalda y su ranking ha caído al número 62, el peor desde 1996, cuando tenía veinte años y apenas debutaba en el PGA Tour. Por una vez, no es él el que arrastra a los demás sino los demás los que le arrastran a él. Parece cansado de todo esto, del juego de espejos al que ha estado condenado desde que, con tres años, su padre se empeñara en que tenía que ser golfista, el mejor golfista de todos los tiempos, por delante incluso del mítico Jack Nicklaus, la eterna comparación de su carrera.

Una vida pasada por el visor de una cámara, desde aquellos primeros swings mil veces repetidos después por televisión con un palo que era dos veces más grande que él hasta este desfile mellado de hombre cuyos mejores años ya quedaron atrás.

Después de ver las imágenes, el representante de Tiger emite un comunicado diciendo que el diente se lo ha roto precisamente un periodista. La organización del evento responde que ellos no tienen constancia de que haya sido así y todo suena a excusa, la sospecha de que, quién sabe, igual que Elin Nordegren, su primera mujer, le rompió el cristal del coche y casi la cabeza con un palo de golf cuando se enteró de que era un adicto al sexo, lo mismo Lindsey Vonn ha querido repetir hazaña con un puñetazo bien dado.

Poco probable, en cualquier caso: el declive de Woods, ese declive que le ha llevado de ser el número uno del mundo durante 683 semanas —y eso, hagan sus cálculos, son más de trece años siendo el mejor en lo tuyo— a luchar por pasar el corte de los torneos menores, ha coincidido con una época de bonanza sentimental que en el fondo es de agradecer porque alguien que a los tres años ha sido condenado a ser especial es alguien que no lo va a tener fácil para encontrar una pareja que esté a su altura.

Los rumores de matrimonio se disparan igual que los de paternidad. Nadie se preocupa en desmentirlos.

La cabeza de Woods está en eso: en ser feliz fuera de las cámaras, pero de repente va una y le rompe la boca. Puta vida. La temporada 2015 está a punto de empezar y lo hará en Phoenix. Cuando le preguntan por su lesión se limita a decir: «Necesito jugar muchos torneos para estar a punto para el Masters, pero la espalda está bien». Sí, la espalda puede que esté bien, pero con la espalda, a este nivel, no basta.

«Nunca envejezcáis»

En 1971, Ben Hogan tuvo que retirarse de su último torneo como profesional después de solo once hoyos de la primera ronda. Hogan había sido, junto a Sam Snead y Byron Nelson, una de las tres grandes estrellas de la posguerra, pero a sus cuarenta y nueve años todo era dolor y fatiga. «Nunca envejezcáis», les dijo a sus compañeros justo antes de recoger la bola y mandarlo todo a tomar viento. Esa es una manera de dejar el deporte y la contraria es la del propio Jack Nicklaus, que aguantó hasta los sesenta y cinco y todavía tuvo tiempo de retirarse con un «birdie» en el hoyo 18 de Saint Andrew´s con motivo del Open Británico, el mismo que ganó tres veces en su carrera.

Para cuando Nicklaus dijo adiós, ya llevaba veinte años sin ganar un «grande». Diecinueve, para ser exactos. Tiger Woods lleva siete, pero parecen un mundo. Sí, en medio ha habido grandes momentos y torneos de primera fila, pero ni un Masters ni un Open ni un British. El primer aviso fue en 2009, cuando llegó líder a la última jornada del PGA Championship con dos golpes de ventaja sobre el pujante Padraig Harrington y el desconocido coreano Yong-eun Yang. Las anteriores catorce veces en las que Woods había estado en esa situación, había ganado el torneo. Aquel año no fue así: no solo perdió los dos golpes de ventaja sino que, en un día horrible, cedió otros tres y acabó en segunda posición.

Tercero, con veinte años recién cumplidos, terminaba otro fenómeno: el norirlandés Rory McIlroy.

Las sorpresas son sorpresas hasta que se convierten en tendencia. Entonces, son escándalos. Woods acabaría el año como número uno del mundo una vez más pero en diciembre se tuvo que enfrentar a la citada revelación de sus mensajes con prostitutas y amantes, el enorme cabreo de su mujer modelo, el coche haciendo eses por la carretera hasta acabar empotrado contra un árbol y el inmediato cese del patrocinio de Gillette, AT&T, Gatorade y General Motors entre otros.

Tiger, el vecino ideal, el hombre con cara de niño, se convirtió de la noche a la mañana en el enemigo número uno de la moralidad estadounidense, carne de tabloide. Seis meses después estaba divorciado y a los dos años volvía a ser número uno del mundo por puro aplastamiento y constancia. Luego, ya saben, el muro de los grandes torneos, la irrupción de McIlroy al primerísimo nivel, los fracasos en las Ryder Cups y este apagarse físico lleno de ligamentos rotos y vértebras desgastadas por un uso insano durante demasiados años.

Sí, él sigue hablando del Masters y soñando con un último baile, pero el cuerpo le insiste en lo contrario y se hace más evidente que nunca en Scottsdale, Arizona, durante el primer torneo de esta nueva temporada. La primera ronda la acaba con 73 golpes, dos por encima del par. Los primeros nueve hoyos de la segunda son los peores de toda su carrera: un triple bogey, un doble bogey y otros tres bogeys en solo nueve hoyos. El resultado final de 82 golpes es un record negativo para él, superando por uno el infierno de Muirfield en el Open Británico de 2002, aquel en el que una ciclogénesis se cruzó en el camino de los golfistas y Ernie Els acabó venciendo el torneo después de un play-off entre cuatro jugadores.

El propio Els, compañero de partido de Woods en Scottsdale, sale cariacontecido: «No es agradable ver a nadie en esa situación», dice, justo él, el que más veces ha acabado segundo detrás de Tiger, más que Mickelson, Montgomery, García o el que estaba llamado a ser su «alter ego» en los años noventa, David Duval. La ronda de Woods ha sido horrible en general y particularmente cruel en las aproximaciones al green, un reguero de bolas que podían caer en cualquier lugar.

«Es solo una cuestión de patrones», dice Woods a la prensa, aún intentando disimular la hecatombe. «Este torneo me ha cogido entre el viejo swing y el nuevo swing, eso es todo, hay que seguir luchando». Afortunadamente para él, el Tour se desplaza a Torrey Pines, campo donde ha ganado ocho veces, incluyendo el dramático US Open de 2008.

La última pesadilla de Tiger Woods

Si hubiera que colocar en un ranking las grandes gestas deportivas de todos los tiempos, la victoria de Woods en aquel Open de 2008 estaría sin duda en los primeros puestos. Tras un mal gesto durante la tercera ronda, Tiger se pasó un día y medio cojeando y poniendo caras de dolor después de cada golpe. Con todo, llegó al hoyo dieciocho a un golpe del líder, Rocco Mediate, y consiguió embocar para birdie y forzar un play-off a la americana: dieciocho hoyos más, a disputarse al día siguiente.

Muchos pensaban que lo de Tiger y su rodilla era una exageración más, un intento de poner épica a lo que no era más que un duelo con un rival menor. Todo lo contrario: Woods tenía roto el ligamento y presentaba una doble fractura en la tibia. Estaba completamente cojo y completamente cojo se levantó el lunes, salió al campo, jugó dieciocho hoyos más y acabó ganando el torneo en el decimonoveno. Sinceramente, no he visto nada siquiera parecido. Uno puede ganar un partido medio cojo, pero ganar a otros setenta profesionales de máxima altura con una pierna rota durante tres días es algo simplemente inhumano.

Su decimocuarto major le colocaba a cuatro de Nicklaus y nadie dudaba de que le acabaría superando, pero siete años más tarde, de nuevo en Torrey Pines, las cosas pintan de otra manera. Esta vez no es la rodilla sino la espalda la que da problemas, la misma espalda que le hizo pasar por quirófano en 2014. En el undécimo hoyo de la primera ronda, igual que le pasara a Ben Hogan en 1971, Woods recoge la bola y decide retirarse. No solo del torneo sino del circuito. «Hasta que mi nivel vuelva a ser competitivo», dice, dejándose ya de historias de patrones.

Hubo un día en el que entrar en un torneo que disputara Tiger Woods suponía luchar por acabar segundo. Un día que duró trece años. Puede que Tiger nunca alcance a Nicklaus —no lo hará, eso denlo por hecho— pero esto no son los sesenta ni los setenta. En la época de la hiperprofesionalización del deporte, donde viene un coreano y te gana en tu propia casa, la regularidad y el éxito de Woods superan cualquier comparación. Sin duda, lo volverá a intentar, puede que un año, puede que dos, puede que alguno más.

Lo que está claro es que Woods no será un Nicklaus ni un Arnold. No competirá solo por el aplauso y el último putt en Saint Andrew´s al borde de la jubilación. Imaginen que sus padres les enseñan a hacer un puzle cuando tienen tres años y les exigen desde ese mismo día que cada puzle sea más y más grande, que lo completen en menos y menos tiempo. Así durante diez años, veinte, treinta, treinta y siete… ¿Qué motivación tiene uno después de todo ese tiempo cuando las piezas dejan de encajar?

De momento, que los aplausos se los lleve Lindsey. En la memoria queda, por supuesto, aquel primer Masters de 1997, con doce golpes de ventaja al poco de salir de la adolescencia; el duelo en Medinah con Sergio García, el último putt de 2000 contra Bob May y, por encima de todo, cuando consiguió meses después, en abril de 2001, ser el campeón vigente de los cuatro torneos del Grand Slam, algo que nadie jamás había logrado en la historia del golf.

Son demasiados recuerdos como para borrarlos de un plumazo, pero no dejan de ser recuerdos. Su padre, el teniente coronel Earl Woods, veterano de Vietnam, lleva casi una década muerto. Sus dos hijos, de cinco y siete años, viven con su madre en la mansión de doce millones que se compró gracias a la indemnización del divorcio. Sus compañeros de anuncio de Gillette, Roger Federer y Thierry Henry, están retirados o en el final de su carrera.

Si no hay presente, queda el futuro, y si el futuro del golf es Rory McIlroy, a Tiger le queda un reto aún más complicado: ser el futuro de Lindsey Vonn. Ser su propio futuro. Controlar de una vez su vida, ser uno más en la foto, el que acompaña en el vídeo y no el protagonista. Y, quizá, de vez en cuando, intentarlo. Nicklaus ganó su último Masters con cuarenta y cinco años. Tiene cinco para igualarle. A partir de ahí, la verdad, no es probable que nadie le vea compitiendo, como nadie ve a Andre Agassi jugando contra Borg en los torneos de veteranos, solo contra Steffi Graf, en exhibiciones de caridad.

Steffi Graf y Lindsey Vonn. Earl Woods y Emmanuel B. Aghassian. Quizá dentro de unos años, Tiger nos regale una autobiografía que empiece contándonos todo lo que detestó siempre el golf.

Por algún motivo, nos costará creerlo, pero tampoco nos sorprenderá del todo.

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3 comentarios

  1. Guillermo, cámbiale el nombre al subcampeón del torneo de la PGA americana de 2000. No era David, como el exdefensa del Manchester United, sino Bob.

  2. Pingback: Tiger Woods, el Andre Agassi del golf

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