
Era una nube extraña, por su aspecto como por su tamaño. […] Al pino, más que a ningún otro árbol, se asemejaba. Pues alzándose a gran altura como un tronco larguísimo se abría después a los lados, como en ramas. Imagino que esto se debía a que había sido lanzada hacia arriba por un viento poderoso, y al debilitarse este se disipaba a un costado y a otro, vencida por su propio peso.
Plinio el Joven, Cartas, VI 16 y VI 20.
No era el mejor de los días para tomar el sol en las faldas del Vesubio. Gayo Plinio Cecilio Segundo, que luego sería político y escritor, lo vio desde una distancia privilegiada. Tan privilegiada que aunque hubo de huir a los bosques —se hizo la noche durante el día y tuvo que levantarse a tientas varias veces para no ser enterrado por la ceniza—, pudo vivir para escribirlo. Hoy no le llamamos por ninguno de los nombres que usaban sus contemporáneos; la historia ha preferido para él un escueto sobrenombre, Plinio el Joven. Corría el quinto mes de Tito en el principado, o sea, el año 79 de nuestra era. Han pasado casi dos mil años, pero a las erupciones que son altamente explosivas y cursan con altísimas columnas de ceniza y roca incandescente las seguimos llamando hoy plinianas.
Plinio, que tenía entonces diecisiete años, era un tipo listo. Entendió muy bien lo que estaba pasando y lo contó con detalle y sin fabulaciones. Le faltó apenas decir qué era ese «viento» capaz de levantar un «tronco larguísimo» por encima de la cumbre de una montaña. Hoy sabemos que muchos de esos detalles están escondidos en la composición de las rocas, y que estudiando lo que los volcanes han regurgitado en el pasado podemos aprender mucho sobre cómo van a comportarse en el futuro. Para entenderlo démonos una vuelta por las profundidades de la tierra.
Aquí abajo, a cien kilómetros de profundidad, la temperatura ronda los mil grados y la presión es diez mil veces mayor que en la superficie. No hay espacio para un alfiler y las rocas, sometidas a fuerzas lentas pero titánicas, se mueven y poco a poco se deforman con una consistencia parecida a la de la mantequilla. En estas condiciones suceden cosas que no podrían suceder arriba; por ejemplo, el agua puede disolverse en el interior de la roca. No solo el agua: muchas sustancias ligeras, como el dióxido de carbono y el cloruro de hidrógeno están, a esta profundidad, disueltas en la piedra caliente como un azucarillo en una taza de té.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: El champán contra la gomina: química para entender las erupciones volcánicas
¿»moléculas de óxido de silicio»?
Dióxido de silicio estamos hablando no? Hombre es posible que tantísima temperatura este en forma molecular… Pero desde luego forma estructuras cristalinas
Sí, tenéis razón, he sido algo sloppy con la notación: se trata del dióxido de silicio, efectivamente; estaba pensando en óxido de silicio (IV) y me dije «No marees con la valencia». Wrong decision, ¬¬º
Y en cuanto a si está en forma molecular o no, creo que tenéis razón: no lo está. Pero pensad que me estoy refiriendo a magmas a alta temperatura a la altura de la corteza, y por tanto fluidos, no sólidos; si estuviéramos hablando a nivel del manto sí que estaría en forma cristalina o vítrea. En estado fluido el dióxido de silicio es esencialmente un vidrio fundido, forma agregados moleculares amorfos, y a eso me refería con lo de «largas cadenas, como un plástico». No quería explicar todos estos detalles, que darían para un artículo por sí solos, y se me ocurrió este «atajo», que es cierto que tiene bastantes defectos, :-/
Muchas gracias por contestar! , releyendome creo que mi mensaje suena un poco borde, porque desde luego no esperaba que el autor se pasara a contestar, el artículo me ha parecido muy interesante!
Me ha encantado la mezcla de ciencia con historia, buena divulgación!
Gracias a ti. Me alegra que te gustara :)
Pingback: Ciencia y sociedad: Una mirada desde los cinco continentes | Kemixon Reporter 2.0