
Para A. F. B., con mi cariño y admiración
Un amigo mío, poeta respetado aunque de perfil discreto desde su ciudad de provincias, sufre una enfermedad rara. Tan rara, que lleva ya un par de años con ella a cuestas y los neurólogos todavía no han sido capaces de diagnosticarla. El caso es que, un buen día, lo ingresaron en un hospital y de allí salió en silla de ruedas y con un abultado equipaje de limitaciones para la vida cotidiana. Pero al margen del descalabro vital múltiple (familiar, económico) y de un periplo de pesadilla por agresivas pruebas médicas que se han ido repitiendo con regularidad, sin ningún resultado seguro, y además de verse postrado en una silla y dependiente de la ayuda de los demás, su verdadero descenso a los infiernos se produjo a raíz de un episodio temporal de pérdida del habla. A un poeta le duele como a cualquier otro mortal tener que prescindir de las piernas. Mas, ¿cómo prescindir de las palabras, que son su mayor alimento, el filtro (aun cuando imperfecto, como todo lo humano) por el que ve, entiende y se explica a sí mismo todas las cosas?
En un intenso relato sobre su indeseado viaje a través de la enfermedad, inédito por el momento, el poeta nos cuenta a los amigos, pero se cuenta sobre todo a sí mismo, su propia historia reciente. Y se la cuenta con palabras, claro; no en verso en esta ocasión, aunque los poemas escritos a lo largo de treinta y tantos años de su vida afloren en la prosa, se cuelen como pájaros por los boquetes de los edificios abandonados y entonen su canto otra vez en medio de la ruina. Afortunadamente para él y para todos, esas aves convertidas en objeto de la memoria han vuelto a él, y han borrado con creces la angustia momentánea (en su momento interminable) que se produjo «cuando las palabras no funcionaban, cuando las palabras hicieron su revolución y me abrumaron con su sombrío silencio y su abandono. Cuando con ellas se exilió el pasado a ninguna parte e incluso el futuro se escondió de mí».
Se puede pensar que, ante una situación tan dolorosa y tan plagada de incertidumbre (se nos olvida a menudo que en la vida todo es incierto), magro consuelo pueden proporcionar las palabras. Y desde luego, en esta situación no es tarea fácil hilar un discurso veraz a la par que exento de autocompasión, justo con los demás y fiel al escrutinio de uno mismo; convocar a la entereza que transforma esa «caída libre» de la enfermedad antes en «quietud» que en «enajenación», a la fuerza, sí, porque hay que seguir viviendo. Pero una cosa es dejarse vivir, y otra muy distinta reconocer (a pesar de las dudas, los traspiés, el dolor que no remite) que «no hay final feliz, hay un nuevo comienzo». Lo cual nos recuerda aquellas palabras de Ramón Gaya, en la más pura tradición estoica, cuando afirma que a este mundo «no venimos a ser felices ni desdichados, sino a cumplir con nuestro deber. Hallar cuál es el deber que se nos asignó y cumplirlo o esforzarse en cumplirlo, esa puede ser nuestra felicidad, o dicho de otro modo, nuestra tranquilidad».
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Congratulaciones y gracias, he disfrutado mucho tu escrito.
Gracias a ti, un saludo.
Lucid, bright and tender, Nats at her best. Beautiful.
Muy bueno tu artículo, Natalia. Limpia prosa y contenido relevante. Un abrazo. Benito
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