Adiós a Letterman, el mejor presentador de todos los tiempos

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David Letterman en 1982 (Foto: Corbis)
David Letterman en 1982, cuando estaba labrándose el prestigio de ser el mejor presentador de talk show del mundo. Foto: Corbis.

En lo que hace, David Letterman es el mejor que ha habido nunca y el mejor que nunca habrá. (Jimmy Kimmel).

Después de veinte años en la CBS y ver la progresiva disipación de su espíritu aventurero, puede que resulte difícil recordar cómo de revolucionario fue David Letterman en los años ochenta. Antes de que The Simpsons y Seinfeld reescribiesen las reglas de la comedia televisiva, antes de que la ironía se apoderase de la cultura y todo personaje de la pequeña pantalla se convirtiese en un listillo, Letterman celebró tanto como se burló del concepto mismo de televisión. Con su sonrisilla satisfecha, sus sketches absurdos y la constante admisión de que todo lo que hacía en su programa era básicamente una ridícula pérdida de tiempo, Letterman destruyó la televisión al tiempo que la hizo volverse mejor y más inteligente. (Garrett Martin, «Why Letterman Mattered»).

Para mí, y creo que para muchos otros cómicos de mi generación, Letterman fue una increíble revelación sobre los talk shows, el espectáculo, la televisión… por el amor de Dios, ¡el tipo le puso una cámara a un mono! ¡Ahora parece algo tan simple! Pero entonces era increíble. (Jon Stewart).

Es posible que algunos de ustedes nunca le hayan prestado atención a un personaje sobre cuya retirada habrán leído o escuchado algo esta pasada semana. Si es ese el caso, al ver asomar de repente a David Letterman en los periódicos y noticiarios españoles habrán pensado que la relevancia de la noticia estribaba en el mero hecho de que Letterman llevaba treinta y dos años al frente de un programa propio. El tiempo, ya sabemos, todo lo ennoblece. Pero no, Letterman no ha sido una institución a causa de su longevidad. De hecho sus últimos tres lustros no han sido particularmente brillantes y hay que remontarse muy atrás, entre 1982 y 1998, para encontrar de verdad al hombre que llevó su profesión a un nuevo nivel, al que fue presentador televisivo por antonomasia en Estados Unidos y también en el resto del mundo. Letterman revolucionó el formato del programa de entrevistas y dinamitó las expectativas de lo que el público esperaba de un talk show nocturno. Aún diría más: David Letterman ha sido la personalidad más importante de la televisión mundial en los últimos cuarenta años, y si no lo ha sido, ha estado muy cerca. No quisiera alargarme con más ejemplos, pero basten estos tres: en un artículo reciente, Alec Baldwin lo calificaba como «el más grande». El día en que Letterman se despedía de la pantalla, el presentador Jimmy Kimmel estuvo a punto de romper a llorar en la cadena rival. Incluso Barack Obama lo despidió con muy política cortesía diciendo que «la televisión no será la misma sin Dave», aunque mejor hubiese dicho «la televisión no hubiese sido la misma sin Dave».

En España su apellido ha sonado poco, no mucha gente lo ha seguido o ha intentado recopilar programas antiguos. Pero todos los presentadores españoles de talk show nocturno que pueda usted nombrar, absolutamente todos, han tomado cosas de él y no se me ocurre ninguno que no lo haya imitado. O incluso plagiado, aprovechando que los momentos de gloria de Letterman no nos llegaron directamente porque durante sus mejores años no usábamos internet y solamente una minoría de privilegiados —entre ellos quienes trabajaban en nuestras televisiones— tenía acceso a televisión por satélite. Eso sí, cuando la expansión de esos nuevos medios nos permitió conocerlo mejor a quienes sentíamos curiosidad, cuando tuvimos al alcance muchos programas antiguos, pudimos finalmente entender cuál había sido la verdadera magnitud del personaje. Créanme, los tres mejores lustros de Letterman me resultan imposibles de resumir con palabras. Ni siquiera unos cuantos vídeos seleccionados pueden dar una idea de lo que Letterman significó en la historia de la televisión. Letterman cambió el medio.

Quienes solamente se hayan asomado a lo que Letterman ha hecho después del año 2000, cuando la mala salud le hizo perder la concentración y el filo, habrán encontrado un presentador rutinario, apoltronado y falto de fuerza. Una vieja gloria frecuentemente superada por sus discípulos. Toda una paradoja que ese Letterman envejecido llegase a parecerse menos a sí mismo que otros presentadores como Conan O’Brien, Jon Stewart o Jimmy Kimmel, que crecieron adorándolo y que nunca, como ellos mismos admiten, han llegado ni a rozar el nivel que Letterman alcanzó en sus días dorados. Quienes hayan contemplado únicamente su decadencia se harán cruces ante la idea de que para algunos de nosotros goce del prestigio de haber sido el mejor presentador televisivo de todos los tiempos. Y esto no es algo que suceda solamente en España, porque el sector más joven del público estadounidense también asiste con perplejidad a la adoración que sus mayores sienten hacia el viejo Dave. Pero ese prestigio tiene unas raíces muy sólidas. Tanto, que incluso el periodista que escribió un titular de despedida tan inclemente como «La retirada de Letterman llega quince años tarde» plagó el subsiguiente artículo con loores a lo que el presentador había significado en el pasado.

El niño que quiso ser presentador

De cara al gran público, David Letterman empezó a hacerse un nombre como cómico, pero la comedia fue algo secundario para él. Su gran sueño desde niño fue ponerse al frente de un programa de entrevistas, como el famoso The Tonight Show, considerado el buque insignia de la TV estadounidense y presentado por su gran ídolo, Johnny Carson. En 1969, tras licenciarse en la universidad —donde había saciado parte de su sed vocacional ejerciendo como locutor de radio— Letterman empezó a trabajar en una cadena de su Indiana natal. Un posible primer escalón hacia el sueño de la televisión nacional que no terminó bien. Su manera de conducirse ante la cámara era una rareza en aquellos tiempos. Metido a hombre del tiempo, pero incapaz de sacudirse la tendencia al sarcasmo, sacaba de quicio a muchos televidentes cuando predecía el clima para localidades inventadas, se tomaba a guasa los huracanes que causaban emergencia nacional, o se mofaba del estado vecino («como podrán ver en la imagen, la borrasca ha borrado la frontera entre Indiana y Ohio convirtiéndolos en un único gran estado. Personalmente, ¡estoy en contra!»). Hoy pueden parecernos comentarios livianos, incluso inocuos, acostumbrados como estamos a que en los noticiarios se digan chascarrillos de todo tipo, pero en aquella época era algo que a nadie excepto a Letterman se le ocurría hacer en un programa considerado serio. Ningún otro periodista hubiese arriesgado su empleo por ceder al irrefrenable empeño en decir tonterías. La actitud de Letterman era considerada improcedente (¿quién se creía aquel hombre del tiempo que era? ¿Johnny Carson?) así que las cartas de protesta y las airadas llamadas telefónicas a la centralita del canal le hicieron perder su puesto como meteorólogo.

En la TV de Indiana, pues, no parecía tener futuro. Y eso que pudo presentar brevemente algún talk show a nivel local, algo que se ajustaba más a su verdadera vocación y estilo, pero donde una vez más su estilo resultó estrafalario e incomprensible para los espectadores. Hoy sabemos que fue un pionero incomprendido, desde luego, pero entonces era visto como un presentador estrafalario que no sabía estar en su sitio. Deprimido por la creencia de que estaba desahuciado para un mundillo televisivo donde no encajaba, decidió buscar otra salida profesional. En su círculo, donde tenían buena constancia de que era muy ingenioso y ágil de mente, lo convencieron para que se mudase a California e intentase abrirse camino en el circuito de locales de comedia. Ya que no podía evitar decir tonterías durante un informe meteorológico, ¿por qué no intentar hacer de ese humor un modo de vida? Ya en California y, convertido en stand up comedian —lo que nosotros llamamos «monologuista»— pasó varios años actuando en directo y se hizo un nombre en el circuito del humor, especialmente por su rapidez (y acidez) a la hora de responder a quienes le increpaban desde el público. Con todo, la comedia terminó siendo poco más que un trabajo con el que intentar una vez más asomarse a la pequeña pantalla, porque cuando le invitaron a TV sus antiguos sueños volvieron a incendiarse. Fue así, de manera indirecta, como consiguió sus primeros minutos en la televisión nacional al ser reclamado como monologuista primero, como pseudoestrella de relleno en concursos malos después, o como actor invitado en series que eran todavía peores. Aquí tenemos a David Letterman actuando en la fallida serie Mork & Mindy, proyecto de Robin Williams y Morgan Fairchild:

Algunos de aquellos trabajos eran tan infames que el propio Letterman se sentía martirizado, pero así estaban las cosas; aceptaba cualquier cosa que significase poner su rostro en televisión. Había adoptado la profesión de cómico a regañadientes, pero le había permitido aparecer ocasionalmente en las grandes cadenas, donde hizo todo lo que pudo por llamar la atención. Aquella fue una etapa breve pero dura, de la que no debió de sentirse demasiado orgulloso, pero en la que aprendió a situarse en toda clase de registros frente a las cámaras. Después de mucho bregar empezó a recibir sus primeros encargos como presentador y por fin estaba al frente de algún show en la televisión nacional… aunque no llegase a ser emitido:

Los ejecutivos televisivos no tardaron en entender que aquel individuo al que hasta entonces habían visto como un monologuista del montón, en realidad tenía mucho más potencial como presentador que como simple cómico. Letterman era enormemente carismático, muy ocurrente y podía manejar un amplio abanico de situaciones llevándoselas a su terreno y convirtiéndolas en puro entretenimiento. Tenía la rara habilidad de transgredir convencionalismos sin llegar a hacer sonar las alarmas (no volvió a cometer los errores de Indiana) y parecía muy seguro de sí mismo, imponiendo su personalidad según sus propias reglas. Cuando resultó muy obvio que era un diamante en bruto, empezó a recibir poderosos apoyos desde la NBC. Su ídolo Johnny Carson lo invitó en categoría de cómico, más tarde de entrevistado y finalmente de ocasional presentador sustituto, quedando impresionado por sus cualidades. Carson, que era la mayor estrella televisiva de los Estados Unidos por entonces, decidió patrocinar a Letterman para que el público empezase a percibirlo como su discípulo favorito. Aquella era la mejor credencial que Letterman podía haber soñado jamás; si Carson pensaba que él era bueno, es que debía de ser muy bueno. Para colmo, cuando aparecían juntos la química entre maestro y discípulo resultaba palmaria. No resulta extraño que con el tiempo el público terminase pensando que cuando Carson se retirase Letterman heredaría su lugar en el trono de la televisión nacional. En todo caso, Letterman exudaba seguridad, porque si Carson estaba de su lado, nada podía fallar.

Pero no adelantemos acontecimientos. A finales de los setenta a Carson todavía le quedaba una década larga de carrera y el tema de su sucesión al frente de The Tonight Show ni siquiera se mencionaba, así que la NBC tenía que buscarle un acomodo a Letterman. ¿El problema? Que los ejecutivos de la NBC veían a Letterman como un talento por el que merecía la pena apostar pero no conseguían decidirse sobre cómo hacer uso de él. Su marcada personalidad era un producto que que no sabían muy bien a quién vender. A priori, su estilo tenía difícil acomodo en una parrilla más bien conservadora y la franja horaria convencional para un talk show como el que Letterman quería ya estaba ocupada por Carson. Por otra parte, sin embargo, resultaba obvio que los concursos y otro tipo de encargos se le quedaban pequeños y equivalían a malgastar su talento. Pero ¿concederle un programa propio y dejar que de verdad llevase a cabo sus ocurrencias? Parecía una jugada arriesgada en una TV tan encorsetada como la de finales de los setenta.

En 1980, no obstante, la NBC le permitió por fin presentar su propio talk show, llamado sencillamente The David Letterman Show. Aunque prefirieron curarse en salud y hacer los experimentos con gaseosa, decidiendo que el programa sería emitido en horario matinal para una audiencia compuesta mayoritariamente por jubilados y amas de casa que lo que deseaban ver eran culebrones, concursos o programas de entrevistas más centrados en el famoseo. Fue una mala idea. Para empezar le dieron el mismo equipo de dirección y producción que hasta entonces había estado realizando concursos en aquel horario. Para ellos, cada idea que Letterman proponía era una locura y el programa estuvo a punto de no despegar jamás a causa de los sangrantes conflictos internos que surgieron durante su preparación. Ni siquiera quienes trabajaban junto a él conseguían entenderlo… cabe imaginar lo que iba a entender la gente en sus casas: nada. La tendencia de Letterman hacia un humor deliberadamente inmaduro, deliberadamente surrealista o deliberadamente ácido no fue muy bien recibida. Su estilo anárquico y surrealista resultó por completo incomprensible para un target equivocado. ¿Quién demonios era aquel tipo que invitaba a sus amigachos cómicos —como el inefable Andy Kaufman— y les permitía salir en pantalla con los mocos colgando?

En aquella franja horaria todo estaba en su contra. El público habitual de los concursos matutinos no apreciaba a Letterman, ni su gusto por los personajes estrambóticos, ni su afición por el humor absurdo, ni su tendencia a improvisar más de la cuenta, ni sus secciones extrañas como la de mofarse de noticias estúpidas de periódicos locales o entrevistar a personajes estrambóticos. Todo aquello era una rareza en la televisión matinal de 1980 y Letterman nunca consiguió conectar con ese público. Las cifras de audiencia fueron pésimas. Tanto, que The David Letterman Show apenas duró unos meses en pantalla. Pero no todo fueron pulgas para el perro flaco. La crítica quedó entusiasmada por su trabajo, hasta el punto de que se le concedieron dos premios Emmy —incluido el de mejor presentador— pese a no haber finalizado su primera temporada. Algo totalmente insólito para un programa cancelado con rapidez después de una debacle comercial tan desastrosa. Aquellos premios no solamente constituyeron una rara hazaña, sino que ayudaron mucho a salvar el futuro de Letterman, demostrando que Carson y la NBC no se habían equivocado en lo tocante a su talento. Había quedado claro, Letterman era bueno. Ahora solamente faltaba un público que de verdad lo quisiera ver.

Y en honor de la NBC cabe decir que supieron entender que ese público estaba ahí. Durante la corta vida del programa, en los meses de verano, hubo toda una generación de jóvenes, adolescentes e incluso niños que estaban de vacaciones y pudieron descubrir a Letterman, cuyo programa no se parecía en nada a los de los apolillados presentadores que tanto gustaban a los mayores. Para este público joven, David Letterman tenía la cualidad más importante: nunca se podía prever lo que iba a ocurrir en su programa. Letterman se atrevía a hacer tonterías que para otros presentadores estaban descartadas por sistema. Era algo nuevo. Era algo que los jóvenes querían ver, pero en un horario donde no tuviesen que competir con sus madres por elegir qué canal ver. Con buen criterio y animados por los inesperados premios, en la NBC decidieron darle una segunda oportunidad. Pensaron que el estilo underground de Letterman sería más fácil de explotar en la franja de medianoche, cuando los más mayores ya se habían ido a dormir y quedaban ante la pantalla los estudiantes o los profesionales jóvenes sin demasiados compromisos familiares. Aquel era un público a explotar, como llevaba años demostrando el programa humorístico Saturday Night Live, también de la NBC, que contra todo pronóstico había triunfado en la dificilísima franja horaria del sábado noche. Para sorpresa de la cadena, toda una generación de jóvenes postergaba sus salidas nocturnas para poder ver la emisión semanal de Saturday Night Live. Era otro tipo de programa, ciertamente, pero el truco podría funcionar también con Letterman entre semana. Así que en 1982 se estrenó Late Night With David Letterman, que era básicamente el David Letterman Show pero emitido a medianoche, y por tanto con mayor licencia para un estilo que en aquellos tiempos era limítrofe. Aquel fue el programa que lo cambió todo.

La gloria: Late Night With David Letterman

El nuevo programa situó finalmente a David Letterman en el vagón de los ganadores. Aunque en la medianoche no podía aspirar a audiencias tan grandes como las del programa de Johnny Carson, que se emitía después de cenar, sí consiguió que la juventud y los sectores más progresistas de la audiencia se apelotonasen ante el televisor para comprobar qué nuevas ocurrencias iba a ofrecerles su nuevo presentador favorito. Se convirtió en el hombre de moda. Durante el resto de los años ochenta su popularidad se disparó. Y, como decíamos, no solamente era el favorito de los jóvenes sino también el más imitado por presentadores de otros países que aprovechaban la escasa difusión exterior del Late Night para apropiarse de sus ideas y construir carreras enteras sobre de ello. Solamente en España podríamos nombrar a bastantes que fueron surgiendo en TVE, TV3, Antena 3, Telecinco…

Si Letterman consigió ser revolucionario se debió entre otras cosas a su valentía para tratar de imponer las ideas a la cadena. Peleó por tener un programa que se ajustara a su personalidad y lo consiguió pese a que la NBC tuvo no pocas reticencias iniciales hacia algunas de sus nuevas ideas. En aquella época los programas de entrevistas «tenían» que mantenerse dentro de determinados límites. En Late Night, sin embargo, ninguna idea era lo suficientemente loca como para no ser considerada seriamente. Letterman continuó haciendo tonterías y, lo que resultaba más sorprendente, preciándose de hacerlas. Adoptaba un tono desenfadado y autodespectivo que descolocó a sus espectadores para metérselos en el bolsillo después. Letterman era como un colega del barrio metido a presentador. No tenía ínfulas, no se las daba de nada. Tan pronto se probaba trajes imposibles (el traje efervescente, el traje esponja, el traje de velcro, el traje de imanes…) como hacía que la imagen girase en los televisores haciendo creer a miles de espectadores que estaban sufriendo una avería. No le importaba que los espectadores quedasen confundidos; aquello era lo que debían esperar de él. De repente pedía una pizza por teléfono a algún establecimiento de los alrededores del teatro neoyorquino donde grababan cada episodio, o abandonaba el estudio para hacer toda clase de travesuras, tales que aplastar objetos con una apisonadora siguiendo la petición de transeúntes, lanzar trastos desde lo alto de edificios o importunar al ciudadano medio que deambulaba tranquilamente por la calle o trabajaba en algún local. Hacía cosas tan absurdas como enfrentar a los dueños de dos cafeterías cuyos carteles aseguraban, en ambos casos, que servían el mejor café del mundo. Con su habitual actitud de fingir ser menos brillante de lo que era, Letterman les instaba a demostrar qué café era mejor. Y su público no daba crédito: ¿cuándo se había visto a un presentador hacer ese tipo de cosas continuamente? Colocaba cámaras sobre animales u objetos móviles para que los espectadores pudieran disfrutar de planos completamente anárquicos, o introducía secciones fijas como «Stupid Pet Tricks» y «Stupid Human Tricks», en las que mascotas e individuos de toda índole acudían para demostrar sus habilidades con trucos de lo más variopinto, y generalmente de lo más ridículo. Vistas hoy, todas estas cosas quizá no parezcan muy revolucionarias, pero es que la televisión ha cambiado mucho desde entonces. En los ochenta ningún otro presentador se aventuraba a permitir que el público lo viese involucrado en semejantes estupideces. Pero todo esto servía en realidad para que Letterman emplease sus mejores armas, la velocidad mental a la hora de responder a casi cualquier situación con ingenio y el proyectar una poderosísima personalidad que llegaba a cubrirlo incluso cuando se quedaba sin palabras. No se trataba tanto de cuáles eran los sketches o las secciones en sí mismas, sino de con cuánta naturalidad las manejaba el presentador. Como cuando respondía a las cartas de televidentes, sección en la que tan pronto aparecía un hombre del tiempo de la NBC amenazando al remitente, como a Letterman le daba por enviar un mensaje al espectador que aseguraba estar viendo el programa colgado cabeza abajo:

A la hora de concebir todas estas ocurrencias, él y sus guionistas trabajaban muy duramente. Letterman se esforzó de continuo durante la década que pasó presentando aquel programa en la NBC, impulsado por un perfeccionismo imposible de satisfacer, como si temiese que cualquier pequeña disminución en su ritmo pudiese alejarle del sueño de suceder a Carson. Hasta que su ídolo se retirase, Letterman se sentía obligado a demostrar noche tras noche que seguía siendo el mejor, que su energía y sus ganas de sorprender continuaban intactas, que merecía la pena sintonizar su programa una vez más. Su fiereza y su determinación no disminuyeron un ápice con el éxito. También en eso era único.

Otro de los puntos fuertes de su programa fue la manera absolutamente inusual en que afrontaba las entrevistas. A fin de cuentas, las entrevistas son la parte fundamental de un talk show, de ahí esa denominación. Pero también en este aspecto Letterman era distinto a los demás. En contra de la vieja costumbre televisiva, Letterman no siempre era complaciente con sus invitados, no siempre les doraba la píldora o se lo ponía fácil. El púbico pronto descubrió una chocante faceta suya: Letterman era  visceral y tremendamente subjetivo. Si un invitado le caía mal o se le atragantaba por cualquier motivo, no se molestaba en disimularlo. Se le notaba y mucho. Esto añadía un componente de morbo extra a su ya de por sí imprevisible programa. De hecho, a la audiencia le gustaba ver que Letterman no se sentía impresionado por la fama de sus invitados y hasta le divertía que algunas de sus entrevistas, pese a transcurrir sobre el papel en el contexto de un programa desenfadado, pudiesen terminar resultando bastante tensas. Aquella actitud tuvo varias consecuencias. Para empezar, muchos famosos declinaban acudir a su programa temiendo caerle mal y convertirse en víctimas de sus comentarios hirientes. Se sabe también que varios de sus entrevistados salieron ofendidos del estudio en una época en que la entrevista a una celebridad se hacía siempre a favor del invitado, ¡no en su contra! En este sentido resulta especialmente reveladora una conversación de 1986 en la que Cher describió con breves y certeras pinceladas la manera en que el público percibía el comportamiento de Letterman como entrevistador. Cuando Letterman le preguntó a la cantante por qué había tardado cuatro años en acudir a su programa, ella le dijo a la cara que si no había aceptado antes sus invitaciones era porque había visto su programa y le había parecido un «gilipollas»:

Como podemos ver, Letterman se lo tomó bien. Porque entendió al instante que Cher había resumido lo que mucha gente ya pensaba de él: que era un gilipollas, pero un «gilipollas interesante». Además de los famosos que temían acudir a su programa, la actitud de Letterman tuvo otra consecuencia: hubo ciertos personajes que decidieron usar al presentador como piedra de toque con la que medirse. Si alguien pretendía provocar, el lugar ideal para hacerlo era el ya de por sí provocador show de David Letterman. Quienes piensen que Joaquin Phoenix le sorprendió con algo nuevo cuando montó su famoso numerito durante una entrevista del año 2009, se equivocan. Aquello quizá fue algo nuevo para las nuevas generaciones, pero a lo largo de los años Letterman había asistido a numeritos bastante más extremos por parte de algunos invitados. Un perfecto ejemplo es el episodio de 1987 en que el actor Crispin Glover, de Regreso al Futuro, se presentó fingiendo tener una personalidad psicótica —de hecho mucha gente creyó que estaba drogado— y terminó dando una patada de kárate al aire que pasó a escasos centímetros del rostro de Letterman, momento en que el presentador decidió que había tenido suficiente y, cosa rara en él, decidió cortar por lo sano la entrevista. No, Joaquin Phoenix difícilmente podía sorprenderlo:

Pero decía que ninguna selección de momentos basta para ilustrar la magnitud de lo que Letterman hizo durante aquellos años. Son los programas enteros, cómo se desempeñaba, cómo conseguía que su personalidad imperase desde el primer minuto hasta el último, cómo iba quebrando estereotipo tras estereotipo, esquema tras esquema, ley televisiva tras ley televisiva. Por ejemplo, alguien como Johnny Carson, a quien tampoco le faltaba personalidad, daba margen para que los invitados brillasen, lo que se consideraba objetivo último de aquel tipo de entrevistas. Pero en el programa de Letterman quien debía brillar era Letterman. Y lo hacía. Todo el tiempo. Si un invitado brillaba junto a él, perfecto. Si no, Letterman brillaría a costa del invitado. Y así todo.

Late Night With David Letterman duró hasta 1993, año en que abandonó la NBC por voluntad propia. El año anterior Johnny Carson había anunciado su retirada, pero cuando todo el país daba por hecho que sería sucedido por Letterman, la NBC anunció por sorpresa que el famoso Tonight Show iría a parar a manos del hasta entonces amigo de Letterman, Jay Leno. Aquello fue un golpe muy duro para Letterman, que llevaba una década triunfando en la medianoche pero esperando en el fondo de su ser poder cumplir el gran sueño de su infancia: poner su nombre en el Tonight Show. ¿Por qué Letterman no fue elegido cuando incluso el propio Carson llevaba años cultivándolo como sucesor? Por varios motivos. Uno, que la NBC no se atrevió a llevar su estilo punzante a la franja de mayor audiencia, donde no solamente había público joven y progresista, sino también mucho público maduro y conservador. Otro motivo importante fue la escasa sociabilidad de Letterman, su reticencia a cultivar contactos en su círculo profesional. Había triunfado, sí, pero no era un hombre que supiese manejarse en una gran empresa como la NBC. Letterman solamente aparecía por la NBC para trabajar. Después se marchaba a casa. No acudía a fiestas ni a entregas de premios. No socializaba con los ejecutivos. En ocasiones, estando en su despacho, se negaba a responder el teléfono o abrir la puerta a sus propios jefes. Era un hombre de carácter difícil al que no gustaba hacer concesiones. Jay Leno, en cambio, cuidó sus contactos y dijo a los ejecutivos de la NBC todo lo que estos querían oír. Letterman nunca perdonó a Leno el que hubiese negociado a sus espaldas para arrebatarle el sueño de su vida. Tampoco quería volver a aparecer en la NBC ni siquiera como invitado (aunque lo haría ocasionalmente, por ejemplo para echarle un cable a Conan O’Brien). Sintió que le habían dado una puñalada. Ya por entonces se reconocía que había revolucionado el medio televisivo y aun así se había esforzado en ser el mejor presentador del país —¡del planeta!— durante diez años para poder suceder a Carson. Pero ni siquiera eso había bastado. Había que hacer la pelota en los pasillos y Letterman fracasó sonoramente en esa tarea.

Con todo, seguía siendo el presentador de moda de América, así que la CBS le ofreció un contrato millonario por presentar un nuevo programa, Late Show with David Letterman, que era básicamente una continuación de Late Night con mayor presupuesto y emitido en una franja horaria con más espectadores (de hecho, como competencia directa de The Tonight Show). Salvo eso, nada cambió. Su equipo era el mismo, con el eterno Paul Shaffer como director de la banda musical y sidekick en sus conversaciones espontáneas, con los guionistas habituales, etc. Ni el paso a la CBS ni el cambio de horario hicieron que su estilo cambiase. Letterman continuaba haciendo las cosas locas de costumbre, ya fuese interrumpir otros programas a golpe de megáfono, menospreciar a celebridades en sus monólogos —en ocasiones incluso su propio público reaccionaba con estupor ante sus vitriólicos ataques y Letterman se ganó varias veces el abucheo ¡de sus propiso fans!— o ponerse a despachar en establecimientos de comida rápida para molestar a los clientes con lo que quisiera que se le pasase por la cabeza en aquel momento:

Los famosos seguían acudiendo con bastantes reticencias a su programa, porque también sus entrevistas continuaban en la tónica de una por completo fortuita subjetividad. Quien acudía por primera vez a su programa lo hacía con la punzante duda de no saber qué recibimiento iba a tener. Mientras en la NBC Jay Leno estaba haciendo entrevistas siempre cómodas para los invitados, Letterman era el examen que los famosos nunca sabían si atreverse a pasar. En este sentido, el momento quizá más famoso fue la primera entrevista que le hizo a Madonna, en el año 1994. Era un trance delicado, ya que Letterman se había burlado sistemáticamente de ella en su programa, dedicándole toda clase de ataques sarcásticos con asiduidad. Así que cuando ella aceptó ir al show, el público supo de antemano que la entrevista iba a ser cualquier cosa menos cómoda. Visiblemente nerviosa, aunque desde luego no timorata, la cantante decidió iniciar la entrevista curándose en salud y salió atacando. Plagó la entrevista de insinuaciones sexuales y repitió la palabra fuck una y otra vez cuando descubrió que eso sacaba de quicio a Letterman, porque al presentador no le gustaba nada que se dijesen palabras malsonantes en su programa. Como represalia ante las provocaciones, el presentador hizo punzantes referencias a ciertos asuntos personales de Madonna que la prensa aireaba por entonces. El ambiente podía cortarse con un cuchillo, aunque incluso en mitad de toda la tensión resulta difícil precisar hasta qué punto se detestaban o se gustaban (después se supo que en realidad ambos respetaban la forma de ser del otro). La entrevista no tiene desperdicio, porque es puro espectáculo en formato groseramente estilizado, algo que desde luego se ve raras veces. Aquí, en dos partes: una y dos.

Además de las entrevistas, el resto del programa continuaba también igual. Letterman seguía encontrando tiempo para hacer el idiota con sus viejos colegas, caso de Steve Martin, que apareció muchas veces en sus diversos programas… y también en esto. Pero sobre todo Letterman continuaba brillando en aquellas secciones donde pudiese hacer gala de su rapidez mental y su capacidad de reacción. Como la hilarante sección de los «niños inventores», o cualquier segmento similar protagonizado por críos, donde la química de Letterman como presentador se elevaba al máximo. Cuando interactuaba con niños, Letterman era extremadamente hábil para explotar la faceta divertida de cara a los adultos sin incomodar a los pequeños protagonistas. Sabía adoptar el tono perfecto en cada ocasión y era invariablemente hilarante cuando había niños en el estudio:

En realidad, insisto, resulta imposible condensar sus mejores años en unas pocas píldoras, y necesitaríamos cientos de vídeos. Escoger unos momentos significa dejar fuera muchísimos otros que también son necesarios para entender por qué hasta 1997-98 Letterman llevaba tres lustros siendo reconocido como el mejor y más influyente presentador del planeta. Es una cuestión de estilo. Su estilo marcó una nueva época en la televisión mundial.

Todo empezó a decaer hacia el cambio de siglo. Letterman empezó a mostrar síntomas de cansancio. Diversos factores le hicieron sentirse progresivamente desencantado. Para empezar, estaba perdiendo la batalla de la audiencia con Jay Leno, que atraía al público de mayor edad con su estilo más tradicional. El sector más conservador de la población no soportaba las gamberradas y salidas de tono de Letterman, por lo que aquel segmento demográfico era una causa perdida. Cuando Dave descubrió que no podía ganar una guerra de cifras contra su archienemigo, lo cual había deseado para vengarse de Leno y de la NBC, se quedó sin objetivos. Al fin de cuentas ya lo había demostrado todo durante diez brillantes años en la NBC y otros cinco igualmente brillantes en la CBS. Letterman podía sintonizar cualquier talk show nocturno del planeta y ver a algún desconocido que lo imitaba en estos y aquellos detalles. Ganaba muchísimo dinero, tenía un prestigio de gigante, ¿qué más le quedaba por cumplir?

Porque lo de presentar la ceremonia de entrega de los premios Óscar, cosa que hizo en 1995 básicamente porque Carson antes que él se había puesto en ese papel, supuso un duro revés. En 1995 Letterman todavía se encontraba en su mejor época, estaba en forma, y la gente esperaba mucho de él en los Óscar. Pero fracasó. Cometió el error de intentar cambiar su estilo habitual para amoldarse al nuevo contexto. Era la primera vez que hacía algo así. Siempre se había caracterizado por imponer su personalidad, pero el Letterman que fue a los Óscar no era Letterman. Era como si otro presentador lo hubiese poseído. Y claro, el resultado no fue bueno. De hecho su labor fue considerada un fiasco. Estaba fuera de lugar, sin aquella cercanía e inmediatez tan propias de su estilo. Aquello no era lo suyo. No era un presentador de pajarita y esmoquin que hiciese humor blanco para no molestar a las estrellas. De hecho era conocido por todo lo contrario, ¡él siempre había sido el terror de los famosos! Si hubiese acudido a los Óscar con una actitud desafiante a lo Ricky Gervais, aquella ceremonia hubiese sido un verdadero hito. Pero Letterman no se atrevió y trató de convertirse en algo que no era. Aunque después habló con ironía de sus errores en aquella ceremonia, se sabe que era un perfeccionista obsesivo y se puede deducir que aquel fracaso le tuvo que doler mucho.

Pero lo que de verdad acabó con la era clásica de Letterman y aceleró el declive que ya se había iniciado por la falta de motivación fue la cirugía cardiaca que sufrió en el año 2000. Se recuperó pronto, pero al retornar al programa estaba visiblemente cambiado. Levantó el pie del acelerador. Cada vez resultaba más evidente que el programa se había convertido en una rutina que ya no le divertía como antes. Las ocurrencias absurdas que eran su marca de la fábrica y que habían cambiado la faz de la televisión moderna se volvieron cada vez más infrecuentes en el Late Show. Por primera vez algunas de sus secciones empezaron a parecer repetitivas después de llevar muchos años en funcionamiento, y eso se debía a que Letterman ya no estaba tan atento ni tan motivado como antes. Su cabeza parecía estar en otra parte. Su ingenio, que en años anteriores había alcanzado cotas fabulosas, se desvaneció. Su actitud había cambiado y convirtió su programa en otra cosa. Abandonó buena parte de su vertiente humorística y empezó a centrarse más en política, dejando aflorar su eterna aversión al Partido Republicano y caracterizándose por su postura política, por ejemplo con su sonora, abierta y entonces incomprendida oposición a la invasión de Irak (Letterman es, siempre en términos estadounidenses, un presentador más bien de izquierdas). Pero ya apenas se levantaba de su mesa ni mucho menos salía tanto a la calle para sembrar el caos. No era el mismo.

El cambio de tono, la constante charla política y su más que evidente apatía lo alejaron del público más joven. En pleno siglo XXI, la nueva generación lo percibía como un carca, como lo antiguo. También muchos de sus viejos seguidores empezaron a desentenderse de su programa porque echaban de menos al Letterman chispeante e imprevisible de unos años atrás. De vez en cuando se intuían pálidos destellos de su antiguo yo, como en aquella célebre entrevista a la pobre Paris Hilton, quien, completamente indefensa ante las humillantes chanzas de Letterman, narró a desgana su experiencia carcelaria mientras el presentador decidía hacer escarnio de ella delante de todo el país:

Pero estos breves destellos quedaban muy por debajo del glorioso pasado y palidecían en comparación con los incontables momentos de espectáculo que Letterman había proporcionado antes de entrar en declive. Insisto en recomendar que traten ustedes de encontrar la mayor cantidad posible de vídeos procedentes del periodo 1982-1998. Solamente así se puede entender la grandeza del legado de David Letterman. Como ha dicho Conan O’Brien, «las palabras no pueden encapsular la total magnitud de lo que Letterman ha conseguido en estos treinta y dos años». El universo Letterman es tan extenso y su influencia tan universal que hasta un presentador de la competencia como Jimmy Kimmel llegó a emocionarse despidiendo a quien había sido su máxima referencia. No crean que se trató de emoción fingida; baste decir que Kimmel enseñó fotos de su propia adolescencia en las que aparecía vestido con una chaqueta idéntica a la que usaba Letterman por entonces, o posando junto a su primer coche, que lucía la matrícula personalizada L8 NITE (que se pronuncia como «Late NIght», el antiguo programa de Letterman). El siguiente vídeo demuestra como ninguna otra cosa lo decisivo que Letterman fue para la siguiente generación de presentadores. Un presentador de la competencia despidiendo al hombre a quien quiso parecerse durante toda su vida:

También emotiva fue la despedida de Conan O’Brien, quien recordó que estuvo a punto de ver cancelado su primer programa como le había sucedido a Letterman en su día… hasta que contra todo pronóstico y por propia iniciativa, el encumbrado Letterman pidió acudir como invitado al programa de O’Brien para ayudarle a salvarlo (O’Brien: «Dave no solamente era el más famoso presentador. Era lo más grande en televisión. Y él nunca iba a programas ajenos»). Y aunque en esta despedida no menciona el asunto, porque O’Brien es un tipo elegante, tampoco cabe olvidar que Letterman le apoyó públicamente cuando también Conan fue apuñalado profesionalmente por Jay Leno.

De forma similar, Jon Stewart despidió a Letterman recordando que cuando su primer programa en la MTV fue cancelado, Letterman acudió como invitado al último episodio para mostrarle públicamente su apoyo y darle un mensaje cuya validez sabía por experiencia: «Recuerda que una cancelación no es un fracaso». Efectivamente, al igual que Letterman, Stewart superó aquel primer tropiezo para terminar convirtiéndose en una estrella. En un mundo tan plagado de hipocresía como el del espectáculo vemos muchos homenajes de cartón piedra, pero el que los dos principales presentadores de la competencia pidieran a su propio público que sintonizase el último programa de Letterman en perjuicio de sus propios anunciantes, es mucho más que un simple gesto de cortesía. Individuos como O’Brien o Kimmel de verdad crecieron idolatrando a Letterman, como en su día Letterman idolatró a Johnny Carson, pero incluso en mayor medida. Para ellos, como para todos los presentadores de talk shows del planeta, Letterman fue el mejor, el más grande, el que mostró la dirección a seguir. Sin él no hubiesen existido. Es más: sin Letterman, puede que el talk show nocturno continuase anclado en el pasado, encorsetado en esquemas aparentemente inamovibles o sustituido por otro formato. Letterman ha sido uno de los pocos hombres del que puede decirse que ha cambiado la historia de la televisión por sí mismo y su influencia se prolongará mientras exista el medio. O’Brien lo resumió así: «Les prometo que no volveremos a ver a un hombre de su talento e integridad cómica durante lo que queda de nuestras vidas». No me atrevería a llevarle la contraria.

Intenten hacerme caso y vean cuantos programas antiguos puedan encontrar. Creo que cuantos más vean, más de acuerdo estarán conmigo en que David Letterman fue el presentador por antonomasia. A fin de cuentas, los presidentes vivos de los Estados Unidos no se reúnen para anunciar la despedida de cualquiera.

Paul McCartney tocando sobre la marquesina del Ed Sullivan Theater, donde se grababa el programa de Letterman.
Paul McCartney tocando sobre la marquesina del Ed Sullivan Theater, donde se grababa el programa de Letterman.

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13 comentarios

  1. Sin duda es un tío agradable. Buen presentador, mordaz. Pero debo admitir que desde que Obama fue al show le perdí el gusto. Dónde queda la solemnidad de su cargo… este es el tipo que toma las decisiones más importantes del mundo y se sienta en la misma silla que Miley Cyrus o Justin Bieber. Con el tiempo uno puede ver cómo los estadounidenses viven hipnotizados por un culto a la fama. Un presidente pierde respeto sentándose en ese show. En fin, agradable el señor pero qué agobiante el culto a la celebridad.

  2. elcamino

    En Estados Unidos, todos los presidentes (recientes, que yo he visto) van a este tipo de programas, tanto de Letterman como de la competencia. Se entiende de otra manera eso del contacto de los politicos con el publico, y asistir a estas entrevistas no es perder la dignidad.

  3. Pingback: Adiós a Letterman, el mejor presentador de todos los tiempos

  4. Isobel Pantoha

    No tenía idea yo del grado de afiniá y congunción que este señor tenía conmigo. Al ir leyendo en diagoná medao cuenta de que ha sio la Pantoha de los ee uu. Descanse en paz!

  5. Javier

    Letterman ha tenido bastantes problemas por sus líos con sus empleadaas:

    http://www.tmz.com/2009/10/02/david-letterman-cbs-extortion-arrest-2-million/

  6. Letterman es lo que ha querido hacer Buenafuente con diferente fortuna….

    • Avellanaconnection

      Creo que Buenafuente es mucho más gracioso aunque hay que haber conocido su trayectoria en Radio Barcelona SER, para ser consciente de esto. Por otra parte, creo también que lo de este señor Letterman no es para tanto, además comprendo que la gente mayor o joven que se apostara frente al televisor para saber el pronóstico del tiempo por parte de un «hombre del tiempo» real, no un cómico haciendo un «sketch», se cabreara y acabaran echándolo a patadas.

      • Pero si es una pálida copia de Letterman.

        • Avellanaconnection

          Yo, que conozco muy bien a los dos, sé bien de lo que hablo, créeme…

          • aramando

            EL humor es cuestión de gustos, para mi Buenafuente no tiene la más mínima gracia. El único hecho objetivo es que le ha intentado calcar el estilo y el programa a Letterman.

            • Avellanaconnection

              Yo ya dije lo que había que decir…
              Ahora os abandono a vuestra suerte…

  7. Que grande Letterman.
    Genial su rapidez mental, ingenio y tablas para lidiar con casitodas las situaciones. Hay un video de un entrevista a Farrah Fawcett bastante incomodo en el que Letterman no sabe donde meterse. Ella estaba o enferma, o muy nerviosa o drogada, según diferentes versiones.
    Emociona leer sobre los gestos que tuvo con O’Brian y Steward, impresionante.
    Gracias por el articulo, comparto la loa a Letterman.

  8. Pingback: Ni en serio ni en broma, sino Andy Kaufman - Jot Down Cultural Magazine

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