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Marrakech no es Oriente

Marrakech no es Oriente
La plaza de Yamaa el Fna, Marrakech, 2015. Fotografía: Getty.

En la vieja ciudad imperial los tópicos, como suele suceder, deforman, pero también informan. Y, a veces, hasta usurpan la realidad.

Si usted prefiere quedarse en casa, créame que lo entiendo. El calor, a menudo sofocante, nada más bajar del avión. La cola del control de pasaportes, que puede demorar una hora y media, o más. Esos taxistas que siempre se empeñan en cobrarle un poco más del precio convenido, bajo cualquier pretexto. El polvo. La monotonía de los palmerales. Los vendedores pertinaces, rozando el acoso. Pero si, a pesar de todo ello, insiste en viajar a Marrakech, tome sus prevenciones, sobre todo en lo que se refiere a lugares comunes.

Al pie del Atlas nevado y a dos horas y media de la costa de Essaouira, un millón y medio de almas habita la antigua ciudad imperial, puerta de entrada, durante siglos, de las mercancías que traían y llevaban las caravanas transaharianas. Este pasado de encrucijada de caminos, sumada a su peculiarísimo trazado urbano, la convierte en paradigma de las fantasías orientalistas europeas, y por tanto en inveterado foco turístico. También aquí los tópicos, como suele suceder, deforman, pero también informan. Y a veces, hasta usurpan la realidad. 

Voces

Lo del orientalismo de Marrakech no es nuevo: ya Elias Canetti, durante una estancia en la villa en 1954, se dejó llevar hasta cierto punto por esa sugestión y la plasmó en Las voces de Marrakech, una colección de viñetas en absoluto exenta de agudeza o sensibilidad. 

«No traté de aprender, durante las semanas que pasé en Marruecos, ni árabe ni ninguna de las lenguas bereberes», escribía el que poco después sería el autor de Masse und Macht. «No quería perderme ni un ápice de la fuerza de esas extrañas voces». Tal vez ni siquiera un cerebro tan robusto como el de Canetti pueda aprender el árabe dialectal marroquí, el dariya, en unas pocas semanas. Y mucho menos la lengua bereber, el tamazigh, con su caligrafía críptica, vedada a los profanos. Lejos de acelerar el proceso, Duolingo habría supuesto para él una desventaja: la aplicación solo enseña árabe clásico, y con una lentitud tal que habría hecho las maletas de vuelta antes de aprender a decir zuut.

Las voces extrañas son siempre sugerentes: pensemos en el bullicio del mercado, o en los cantos que cinco veces al día entona el muecín desde la torre de la Kutubía, esa mezquita gemela de la Giralda sevillana. ¡Esto es Oriente! Pero si queremos conocer un lugar, empezando por su gente, conviene ir más allá de los meros sonidos y comunicarse del mejor modo posible con ellos. Aprender árabe en Marrakech le permitirá descubrir, por ejemplo, que el acento local es el más gracioso de Marruecos, el que usan como fórmula infalible los monologuistas tipo Club de la Comedia. El andaluz de allí, para entendernos.

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