
Orgulloso de su éxito, el insensato Ícaro renunció a la guía de su padre y, envalentonado por la vanidad, comenzó a remontar usando sus alas para ascender y poder así tocar el cielo. Pero tanto se acercó al sol abrasador que el calor ablandó la fragante cera que mantenía las plumas pegadas a sus brazos, hasta derretirla por completo. Así, en lugar de alas, quedó agitando en el aire sus brazos desnudos, sin plumas que sostuvieran el vuelo. Mientras gritaba el nombre de su padre, la voz de Ícaro terminó apagándose, sofocada por el oscuro mar azul. (Publio Ovidio Nasón, Las Metamorfosis)
Compra un terreno en Las Vegas. Algún día habrá aquí un millón de personas. (Benjamin Siegel)
Las ciudades, como las personas, tienden a embellecer su propia historia. Con frecuencia para ocultar las vergüenzas de un pasado turbulento, sobre todo cuando se entremezclan con la naturaleza misma de la ciudad, con el momento de su fundación o de su transformación en lo que son ahora. En el año 350 a. C., la ciudad griega de Estagira fue invadida por un terrible enemigo, el rey Filipo II de Macedonia, que la destruyó hasta los cimientos. Quizá el recuerdo de aquellas ruinas se hubiese perdido para siempre si allí no hubiese nacido treinta y cuatro años atrás cierto hombre llamado Aristóteles. En uno de los tantos giros irónicos de la historia, el filósofo se convirtió en tutor del príncipe Alejandro —hijo de Filipo—, el que después conquistaría el mundo y a quien la eternidad terminaría conociendo como el Magno. Aristóteles educó al primogénito del mismo rey que había arrasado su pequeña patria; Filipo, en gesto de agradecimiento, hizo reconstruir la ciudad natal del sabio. El mismo hombre que había borrado Estagira del mapa volvió a situarla en él, pero esto debió de entrañar una seria incomodidad para los estagiritas. Tras la muerte de Aristóteles, el más renombrado de todos ellos, trasladaron sus cenizas a la ciudad y decidieron que había sido el insigne filósofo, y no el sangriento Filipo, el segundo fundador de Estagira. Era una verdad a medias; una mentira, incluso. Pero era más llevadera que la verdad.
Algo parecido sucede en Las Vegas. Las autoridades de la capital mundial del juego, la joya del desierto de Nevada, no tienen demasiado interés en recordar que uno de los grandes artífices de su éxito, quizá el principal, fue un criminal con justa fama de sanguinario. Un gánster neoyorquino, Benjamin «Bugsy» Siegel, de baja catadura moral pero deslumbrante carisma, que había compartido fiestas con rutilantes estrellas de Hollywood mientras se manchaba las manos de sangre. Un hombre ambicioso que fue el principal responsable de que aquella población insignificante llamada Las Vegas se convirtiera en lo que ahora conocemos. Fue el primero en vaticinar lo que iba a suceder, y en sus visiones se erigía una capital del vicio donde la gente acudiría para dejarse vaciar los bolsillos con alegría. Hoy, sin embargo, Las Vegas reniega de Benjamin Siegel. Es verdad que en su memoria se ha erigido un monumento que conmemora la apertura del casino-hotel Flamingo, del que fue el primer director. Un monumento situado con discreta delicadeza en el corazón de un agradable jardín; quienes conocen su biografía pueden ir a visitarlo, pero no es exhibido con ganas por las autoridades por la ciudad que él ayudó a refundar. Es cierto que no fue una persona ejemplar y más allá de la deslumbrante máscara su carisma se mostró como un hombre vulgar en muchos aspectos; el vivo retrato de un sociópata. Pero al igual que sucedió con Estagira, los intentos por cambiar la historia no siempre tienen éxito. Veinticuatro siglos más tarde aún conocemos la verdad sobre la ciudad griega; en Las Vegas no pueden esperar mejor suerte para su conato de encubrimiento. Una vez la leyenda se hubo solidificado en torno a Bugsy, ya no hay campaña institucional que pueda borrar su recuerdo. Bien lo saben los políticos de Chicago y Cicero, que eliminaron todas las referencias que encontraron sobre Al Capone con el fútil propósito de romper su identificación con la ciudad. Las Vegas, con mayor motivo incluso, existirá a la sombra de Bugsy siempre.
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Muy buen documental cronológico y detallado de como surgió la mafia en america. Que bien. Se sabe que Bugsy fue malo aunque no le vendría mal una estrella en el paseo de la fama…!!!
Excelente reseña historica.