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La mejor secuela de la historia

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

Alguien sentenció que «segundas partes nunca fueron buenas» y muy probablemente, como ocurre con toda afirmación absoluta, no tardaría demasiado tiempo en venir otro alguien agitando una lista de secuelas artísticas de dignidad reconocida. De hecho, la segunda venida a la tierra del exgobernador de California durante la hora punta del juicio final se miccionaba en las facciones austriacas del primer Terminator, Toy story 2 atesoraba bien alto los juguetes, estar Terroríficamente muertos era más divertido que sufrir una Posesión infernal, la segunda vuelta del Spider-man de Sam Raimi era más película que la original, el romance Antes del atardecer tendría tanto mérito como el sucedido al alba, El caballero oscuro aventajaría a los primeros aleteos del murciélago en Gotham, y cintas como El padrino II o El imperio contraataca se empuñarían como referencia siempre que algún sabelotodo dudase de la calidad de películas que incluyesen un número en su título. Y es que las afirmaciones absolutas nunca deberían de tomarse completamente en serio.

Este es un artículo sobre la mejor secuela de la historia del cine.

Navidades del 84

En 1984 la Warner Bros mantenía, encerrada en una caja de regalo, a una peluda criatura precalentando con la firme intención de invadir los bajos de los árboles de Navidad. Pero, unos cuantos meses antes de que los estadounidenses empezasen a colgar calcetines en sus hogares, los ejecutivos de la productora avistaron una competencia dispuesta a rellenar el verano con horrores cómicos y comenzaron a azuzarse unos a otros con los resultados fiscales impresos y enrollados. El pánico repentino venía provocado por un estío que parecía exigir terrores divertidos para combatir en las salas de cine a cazadores de mocos espectrales y arqueólogos desencantados con las operaciones a corazón abierto. En Warner adelantaron la fecha de estreno y sacaron su peluche de la caja durante la temporada veraniega pese a que la idea inicial era calentar las butacas en el periodo navideño. La propuesta de la compañía se llamaba Gremlins, un film dirigido por Joe Dante y protagonizado por Gizmo, una criaturilla encantadora de cuyo cuerpo brotaban monstruos cabrones si no se cumplía una serie de normas disparatadas. La cinta nacía de una historia que Chris Columbus había escrito, sin esperanza alguna de que se convirtiese en película, inspirado por la experiencia vital y terrorífica de vivir en un piso espeluznante donde cada noche escuchaba a una tribu de ratas sentándose a la mesa y hablando de la jornada.  

A finales de aquel 84 Gremlins, que  alguien describió como un «E. T. con dientes», era la cuarta película más taquillera del año por detrás de Cazafantasmas, Superdetective en Hollywood e Indiana Jones y el templo maldito. Junto a esta última incluso propiciaría la creación de la calificación PG-13 (Parents are strongly cautioned to give special guidance for attendance of children under 13), una etiqueta sugerida por Steven Spielberg que parecía necesaria tras las múltiples quejas de padres que llevaron hijos al cine esperando encontrar entretenimiento familiar y salieron horrorizados abrazando a sus retoños. Gremlins era gamberra, pero lo cierto es que no tanto como el desmadrado primer guion de Columbus: la versión original del libreto incluía a los monstruitos merendándose al perro del protagonista y haciendo rebotar por las escaleras la cabeza decapitada de la sufrida madre. Pero para Warner lo importante no era tanto preocuparse por haber expandido los esfínteres de una camada de niños durante las proyecciones como descubrir que tenían en aquella caja a un mogwai que cagaba billetes verdes.

Secuelas

Zach Galligan interpretó a Billy Peltzer, el protagonista de las dos películas de la saga. En la actualidad su imagen pública es la de una loca de los gatos que vive en los ochenta pero que acumula gifs de Gizmo en lugar de compañeros felinos: en su Twitter personal se autodefine como «Gremlins dude» y se pasa el noventa por ciento del tiempo hablando de una película que protagonizó hace treinta años. Para Galligan todos los lunes son #Mogwaimonday y parece considerar su propia filmografía, pese a rondar las setenta producciones, como una anécdota si nos salimos de las pelis que incluyen criaturas verdes. Los anuncios recientes de un posible reboot cinematográfico de la franquicia han acabado provocando que el hombre viese cómo se tambaleaba todo aquello en lo que creía y por eso mismo lleva unos cuantos meses demandando una tercera parte que, se intuye, le gustaría protagonizar.

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

La única secuela oficial de Gremlins se planeó justo después de que aquella primera entrega recaudase ciento cuarenta y ocho millones de dólares. Warner quería una continuación inmediata, pero las carantoñas que le hicieron a Dante no acabaron de consumarse en casamiento porque el realizador estaba un poco cansado de dirigir a tanta marioneta y consideraba que la primera entrega ya poseía un final satisfactorio. El estudio siguió entonces a lo suyo, buscando un nuevo equipo y tanteando escenarios disparatados donde reubicar a los gremlins: se barajó la posibilidad de enviarlos a Las Vegas o incluso al planeta Marte, siguiendo la reseca tradición clásica de catapultar secuelas al espacio exterior, y en cierto momento apareció sobre alguna mesa un guion de Terry Jones (ilustre Monty Python) donde unos gremlins del tamaño de Godzilla demolían a patadas los rascacielos de Manhattan. Pero ninguno de aquellos proyectos pasó del cigoto y en Warner, algo desesperados, volvieron a llamar al timbre de Dante con una nueva propuesta: triplicar el presupuesto con respecto a la original y, lo más importante, darle al director total y absoluta libertad para hacer lo que quisiese con la película. ¿Qué hizo Joe Dante? Firmar con una sonrisa y hacer una secuela en la que tendría cabida aquello que en el ámbito artístico se conoce como «todo lo que le salió de los cojones».

Bugs Bunny

Gremlins era una película de horror en la que asomaba las orejas un simpático humor negro. Gremlins 2: la nueva generación arrancaba simulando un cortometraje de los Looney Tunes, unas fantasías animadas que tiempo atrás antecedían a las películas en el cine para entretener a la sala mientras los culos encontraban su asiento. Aquella introducción de dibujos animados descolocaba por completo a un público que había pagado la entrada para ver bichejos verdes puteando a personas inocentes. En la pantalla el Pato Lucas comenzaba a pelearse con Bugs Bunny por protagonizar la entradilla, la audiencia empezaba a rascarse la cabeza con tanto metalenguaje y el logotipo de Warner se estrellaba accidentalmente contra la cámara. El conejo y el pato acababan llegando a la conclusión de que lo mejor era dar paso a la función principal y cedían el protagonismo a un Nueva York sobrevolado a vista de pájaro, un metraje que había sido repescado del sobrante de Superman IV.

Toda aquella inusual cabecera había sido una idea chalada que lejos de desentonar ejercía de declaración de intenciones: lo que iba a ocurrir a continuación sería más propio del mundo del dibujo animado que del real, algo que Dante había planeado con alevosía: «lo cierto es que una vez superada la hora de metraje la película se convierte en un cartoon puro». Y el caballero a la hora de cocinar aquel prólogo ni siquiera habían tacañeado en recursos: la insólita introducción había sido dirigida por el legendario animador Chuck Jones, alguien que ya había tenido un cameo en la primera entrega de Gremlins.

Nueva York

La película decidiría trasladar la acción a Nueva York siguiendo la típica ley cinematográfica de pensar a lo grande en las secuelas. El problema era que a los productores de Warner lo de administrar centenares de gremlins danzando por la Gran Manzana les sonaba a colosal sumidero de millones de dólares. Hasta que el guionista Charles S. Haas regateó el problema con la genial ocurrencia de enclaustrar la trama en un rascacielos. Aquella idea de encerrar a los personajes, las criaturas y la acción en general en las tripas de un edificio inteligente era una solución ejemplar y extremadamente ingeniosa, porque al crear un micromundo en forma de rascacielos el guion podría gestionarlo todo con más facilidad. También se dividió el edificio en diferentes plantas que funcionaban como submundos alojando escenarios inusuales y muy diferenciados entre sí: estudios de televisión, oficinas de yuppies noventeros, zonas de recreo y restauración e incluso un laboratorio genérico donde científicos chiflados jugaban a ser deidades. Esa variedad disparatada de escenarios también tenía un sentido práctico al permitir al guionista introducir cualquier chifladura que le saliese del higo sin tener que justificarla más allá de señalar el número de piso. En el plató de un programa de cocina los gremlins convertían un microondas en una bomba y en el laboratorio genético la barra libre de probetas con líquidos burbujeantes provocaban que los cabrones verdes sufriesen mutaciones instantáneas.

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Imagen: Warner Bros.

Donald Trump.

A pesar de que hasta Los Simpson se atrevieron a predecir hace bastantes años que Trump en formato político era un gag en sí mismo, lo cierto es que era bastante difícil adivinar que aquello pudiese llegar a suceder. «¿Quién lo iba a saber? Nosotros nunca imaginamos que el hombre iba a emprender la carrera hacia la presidencia de EE. UU.», afirmaron hace dos días los responsables del film a la hora de hablar de una de sus musas. Y es que sobre el papel el personaje al que daba vida John Glover había sido ideado como un cruce entre Trump y Ted Turner, un asunto que ni siquiera se habían molestado en disimular: el sosias ficticio del multitrillonario se llamaba Daniel Clamp y ejercía de soberano de una torre denominada Clamp Premier Regency Trade Centre que era prima bastarda de la Trump Tower de la Quinta avenida del mundo real. Existía, eso sí, un detalle que diferenciaría a Clamp del Trump real: la interpretación de Glover poseía una inocencia infantil tan candorosa que se modificó el plan inicial de que Daniel Clamp fuese el villano de la función y se trasladó dicho rol al personaje de Robert Picardo. Al Trump real nadie se atrevió a preguntarle si estaba al tanto de todo aquello, pero es de suponer que sabía lo que se cocía porque al fin y al cabo el empresario era un fan declarado del blockbuster palomitero americano e incluso había paseado el flequillo por un buen montón de películas y series de televisión haciendo cameos por mera diversión: este recopilatorio demuestra que el hombre visitó, entre otros, los platós de El príncipe de Bel Air, Spin City o Sexo en Nueva York pero también los sets de Solo en casa 2, Eddie o Zoolander.

William Castle y Hulk Hogan

William Castle fue un artesano de la serie B cuyo tremendo sentido del espectáculo Dante admiraba. Castle se había hecho famoso por convertir en shows muy populares las proyecciones de sus películas, algo que lograba acondicionando las salas con ocurrencias como butacas vibradoras, altavoces ocultos, esqueletos que sobrevolaban la cabeza del público o llamativos trucos publicitarios que iban desde ofrecer a los espectadores gafas especiales para detectar fantasmas en la pantalla del cine a prometer a cada miembro de la audiencia un seguro de vida por si fenecían a causa del miedo durante la película. A aquel visionario creador Dante le acabaría rindiendo homenaje unos años más tarde con el film Matinee, pero en Gremlins 2 también aprovecharía el caos para guiñarle un ojo y de paso dinamitar la cuarta pared: la versión exhibida en salas simulaba un fallo del proyector, supuestamente causado por gremlins traviesos (y mañosos con las sombras chinescas), que acababa atascando y quemando el celuloide, interrumpiendo la acción y cabreando a una sala de cine ficticia hasta que aparecía Hulk Hogan y ponía las cosas en su sitio a base de gritar mucho y romperse la camiseta. La edición en vídeo de la película tuvo el detallazo de modificar este segmento del film y simular en su lugar un error en la propia cinta VHS, una tormenta de nieve catódica y un zapping que acabaría enfrentando en un tiroteo a John Wayne contra una banda de gremlins armados. A Warner toda la broma no le hacía demasiada gracia porque creía que la gente interpretaría el fallo como algo real y abandonaría las salas de cine, pero finalmente solo recibirían quejas de unos cuantos usuarios compradores de la edición en vídeo que creían que su copia estaba estropeada.

Lista de invitados

Cuando sir Christopher Lee fue contratado para participar en la película lo primero que hizo fue pedirle disculpas a Joe Dante por haber sido partícipe de aquel despropósito llamado Aullidos 2: Stirba, la mujer lobo, que no hacía justicia a la Aullidos original que había dirigido Dante. Lee se metió en la piel del científico chiflado de la ficción con el mejor nombre de la historia, Doctor Catheter, y junto a él se alinearía un reparto que combinaba actores de la primera entrega (Zach Galligan, Phoebe Cates o Dick Miller) con nuevas incorporaciones (Picardo, Lee o Glove) y una lista notable de cameos: el compositor Jerry Goldsmith, que tenía la culpa de la estupenda banda sonora, Bubba Smith (Hightower en la saga Loca academia de policía), Jason Presson, Julia Sweeney, el propio guionista Charles S. Haas o Henry Gibson, una de las caras más reconocibles del audiovisual estadounidense.

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

Leonard Maltin, un famoso crítico estadounidense de cine, había puesto a caldo Gremlins allá por el 84, pero agració la llegada de su secuela con tres relucientes estrellas en una posible escala de cuatro al mismo tiempo que aprovechó para denunciar que el film contenía un imperdonable cameo gratuito. El truco consistía en que en Gremlins 2 el propio Maltin se interpretaba a sí mismo presentando un programa televisivo de crítica cinematográfica y repitiendo de nuevo su crítica negativa de la primera película hasta que un grupo de gremlins vengativos se lo llevaban por delante. La idea de aquello, por supuesto, fue de Dante.

Gizmo, por su parte, también gustaba de jugar con el reparto: se dirigía a su dueño oriental llamándole «Keye Luke» (nombre real del actor) y al tropezarse con un conserje interpretado por John Astin se le escapaba un simpático «Gómez» porque se trataba del mismo Astin que interpretó años atrás al cabeza de familia (Gómez Addams) de la televisiva La familia Addams.

La mejor secuela de la historia

Como apuntaba Roger Ebert, la genialidad de Gremlins 2 es que era una sátira de las propias secuelas que no se tomaba en serio ni sus orígenes ni su destino. Y al mismo tiempo era una mofa fabulosa del modo de vida norteamericano a través de un libreto que pretendía reflejar en la pantalla una versión disparatada de la realidad: los centenares de canales absurdos que cobijaría la televisión por cable, la manipulación genética o el mismísimo yogurlado no eran cosas demasiado comunes en 1990, y la broma se basaba en señalar y exagerar su existencia. Obviamente, gran parte del chiste se difuminaría y perdería con el paso del tiempo cuando todo aquello acabase convirtiéndose, a base de bocados de realidad (la oferta televisiva excesiva, la oveja Dolly o el yogurlado maldito), en algo cotidiano y común.

Gremlins 2 probablemente sea la mejor secuela de la historia porque en ninguna otra película de un gran estudio los que ponían la pasta se habían bajado tanto los pantalones para otorgar su flor al realizador y que este hiciese con ella lo que le viniera en gana. Dante con total control creativo era un niño desatado que estaba allí para divertirse, reencarnaba al gremlin villano del primer film, lo acompañaba de mogwais matones con físico y personalidades definidas (Danny, Lenny y Daffy) y utilizaba la happy hour de brebajes humeantes del laboratorio como excusa para arrojar más criaturas de naturaleza mutante: un gremlin gender flip llamado Greta, uno compuesto de vegetales y otro formado por electricidad de dibujos animados, una criatura superdotada con la voz de Tony Randall en Norteamérica y del gran Constantino Romero en España, y un gremlin araña que nacía en las sombras al ritmo de las guitarras del «Angel of death» de Slayer. El personaje de Christopher Lee contemplaba cómo una de aquellas criaturas se transformaba en murciélago con cara de déjà vu mientras sonaba la música de Drácula y, cuando poco después aquel ser alado escapaba del lugar, lo hacía atravesando una pared y dejando en ella la silueta del logo de Batman. Todo en Gremlins 2 era una puta locura. Las ideas descartadas, como el supuesto gremlin elefante, acabaron quedando fuera por dificultad en los medios, no por ganas.

Imagen: Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

Los guiños a películas se apilarían: El monstruo de tiempos remotos, Octaman, un Wilhelm Scream resonando en boca de un desgraciado, El fantasma de la ópera, un cartel que demostraba que los laboratorios de El chip prodigioso estaban situados en ese mismo rascacielos, El mago de Oz, Robert Prosky disfrazado durante toda la película como un clon del abuelo de La familia Monster, el mogwai Daffy subido a una maqueta emulando a King Kong y lo indescriptible del momento en que uno de los bichejos bailaba con calentadores algo que sonaba sospechosamente parecido a aquel «Maniac» de Flashdance. A la hora de plantar cara al mal, Gizmo se transformaba en un John Rambo peludo que había recibido el beneplácito oficial de Sylvester Stallone,

Cuando ya iba sin frenos, la cinta arrojaba un ascensor y trituraba entre pulpa verde a un gremlin secretario. Todo se zambullía en el metalenguaje, las alimañas verdosas aparecían tatuándose el logo de la Warner en el pecho, se recapitulaban en boca de secundarios las preguntas más rebuscadas de los fans sobre las reglas y la lógica de la propia película, la megafonía del rascacielos se utilizaba para colar chistes continuamente y el personaje de Phoebe Cates amenazaba con repetir un monólogo terrorífico similar al de la primera parte. Los gags delirantes se encadenaban hasta confluir en un inesperado número musical (fusilado de la película Música y mujeres) donde centenares de aquellas criaturas entonaban una versión de «New York, New York» que incluía conga.

A lo mejor todo aquello era un director tirando papeles al aire mientras gritaba «¡A tomar por el culo todo, hombre ya!». La película pinchó en taquilla pero se acomodaría en la memoria popular, el propio Joe Dante la prefiere por encima de su primera parte.

O a lo mejor todo lo anterior es mentira y la verdadera historia detrás de la mejor secuela del mundo del cine es esta reconstrucción descojonante realizada por Key & Peele de lo que ocurrió exactamente en Warner durante la brainstorming previa a la escritura de Gremlins 2:

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11 Comentarios

  1. Pingback: La mejor secuela de la historia

  2. La mejor secuela de la historia es ‘El padrino. Parte II’. Ahora bien, no cabe duda de que los Gremlins 2 es una grandísima secuela.

  3. Ahora parece que empieza a moverse lo de hacer un Gremlins 3, pero los chanantes se adelantaron:

    https://www.youtube.com/watch?v=hlOlqojt8zk

  4. Me he puesto a verla después de leer este artículo porque me ha picado la curiosidad. No he llegado ni a la mitad.

  5. Lo de los calentadores es de la secuencia del bar de la primera parte, no de la secuela.

  6. Cuando dices que la segunda parte de Terminator le «micciona» en la cara a la primera, qué te has fumado? Yo quiero probarlo, aunque con esos efectos alucinógenos que tiene en España seguro que está prohibido, sea lo que sea.

    Terminator es orfebrería, Terminator 2 una tortilla del Carrefour.

    La primera parta introduce una historia original y muy buena, que engancha -prueba es la cantidad de partes que se han hecho, a cada cual peor- sin necesidad de niños rubitos, ni actores famosos, ni siquiera con gran alarde de efectos especiales. Terminator es una película honesta, fuera de toda duda, y que introduce por primera vez cosas que veremos después en muchas otras películas. Además la ambientación es, simplemente, sensacional.

    Terminator 2 no sólo es una película plana, no aporta nada a la primera, sino que además coincide en el tiempo con la llegada de las «películas fórmula» que hoy en día invaden la cartelera. Niñ@s rubi@s de ojos azules salvando el mundo, efectos especiales como justificación para hacer una película haya argumento o no lo haya, acrobacias a cada cual menos creible, y un final que ya se sabe antes de verla [por cierto, de aquí parte del éxito de Juego de Tronos, los «buenos» no viven hasta el final de la serie], una película predecible.

    En serio, cada vez que alguien dice esa barbaridad en algún lado muere un gatito.

  7. A ver, la frase «la mejor secuela de la historia del cine» está justo detrás de la frase «y es que las afirmaciones absolutas nunca deberían tomarse completamente en serio». Pues eso.

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