
Últimamente la ciencia anda algo crecida y desbocada. Habla de un futuro sin muerte, de viajes al pasado. Y entonces fantaseamos: si nos dieran a elegir entre la inmortalidad y la máquina del tiempo, seríamos legión los que sin dudar iríamos de cabeza a por la segunda opción. El retorno al pasado tiene un sesgo obsesivo pero dulce. En cambio vivir para siempre se nos antoja penoso. Al menos para algunos.
Pero todo es posible. Para empezar, hace poco, muchos conseguimos, por un instante, sumergirnos en la ciudad de Barcelona cuando corrían los primeros años de la década de los sesenta. Fue a través de una serie de fotografías de Xavier Miserachs. Por un rato, conseguimos pasear por unas calles que fueron otras, y vimos a personas que solo permanecen en la memoria de nuestros mayores. Es el pasado, que está de vuelta. Recordamos entonces que nuestros padres, como los retratados, vivieron una larga dictadura, tan larga y lúgubre que a mucha gente no se lo parecía ya.

A través del pasado de los otros aprendemos que las calles estaban vivas y sucias, que todo era más oscuro, más ruidoso y silencioso a la vez. Y todas las chicas llevaban falda. Todas. En los bares los hombres fumaban y bebían muchísimo alcohol del malo, del que mata, y también había sucios vasos de cafés con leche hirviendo. Los niños desmañados, parecían pastores de ciudad, y había parejas de novios a todas luces infelices. O eso nos parece ahora.
Mirar esas fotos era como sumergirse en un sueño, extrañamente familiar y espectral. Y entonces caemos en la cuenta de que la ilusión de inmortalidad y, a la vez, la ficción de la máquina del tiempo confluyen en un doble entramado: la fotografía y la infancia.

Dicen que el arte no cambia la vida, pero esta afirmación tan genérica, como tantas, es rigurosamente falsa. Por ejemplo, Xavier Miserachs dejó los estudios de Medicina después de ver unas fotos. Así de simple. Eran las que componían la exposición The family of man, que a mediados del siglo pasado quiso responder a la dolorosa derrota que la Segunda Guerra Mundial significó para el humanismo demostrando, a través de centenares de retratos que las personas, en su esencia, son iguales en todas partes: todas recuerdan su niñez, todas mueren, todas viven el amor.
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Interesante,didáctico y emotivo el artículo de Mar Padilla