Arte y Letras Lengua

Matar al mensajero

Ilustración Pablo Amargo. matar al mensajero
Ilustración: Pablo Amargo. matar

La muerte es uno de los temas más complicados de manejar con rigor, sin herir sensibilidades y sin recurrir a eufemismos. Si sumamos a estas dificultades las limitaciones que nuestra lengua nos impone en algunos casos, redactar un titular sobre una muerte violenta puede resultar una tarea espinosa. Esta coyuntura provoca que las noticias que tratan sobre homicidios en los que se habla de «una persona muerta», «muere a manos de», «detenido por la muerte de…», etc., generen polémicas —en especial en los casos de violencia de género— al apreciar un tratamiento inadecuado de una muerte no natural, que se identifica más propiamente con el concepto «matar».

El motivo es que morir es entendido por muchos hablantes —no sin fundamento, dada la naturaleza intransitiva del verbo— como una acción propia del sujeto, sin la actuación de un agente externo, aunque en realidad solo la forma pronominal morirse tiene el uso exclusivo para la muerte sobrevenida. Paradójicamente, la forma pronominal de matar (matarse) puede significar «perder la vida accidentalmente».

A su vez, muerto, ta, como adjetivo y sustantivo, significa «que no tiene vida» —independientemente de que esta se haya perdido o haya sido arrebatada—, una acepción que no contiene el adjetivo matado, da, que tiene un sentido figurado de «aburrido» y no se utiliza para una persona fallecida.

Por otra parte, el verbo matar tiene dos participios: matado, que se usa en los tiempos compuestos y raramente en la voz pasiva, y muerto, usado en la voz pasiva, como herencia de un antiguo uso causativo del verbo morir vigente aún en algunos casos.

Como vemos, es difícil hacer explícito que una persona, como sujeto, ha muerto a causa de otra. Aunque la muerte sea un tema repleto de tabúes, no se trata de un eufemismo, sino más bien de una limitación léxica de nuestra lengua, que no tiene una forma simple para distinguir, en este tipo de construcciones, la muerte sobrevenida de la causada. De ahí la existencia de construcciones semicopulativas que expresan daño o perjuicio como «resultar muerto», el uso de complementos para expresar la causa de la muerte (de una puñalada) o expresiones añadidas del tipo «a manos de» que no necesariamente complacen las pretensiones de aquellos hablantes que reclaman un lenguaje más categórico.

Evidentemente, se podría solventar este escollo situando como sujeto al causante de la muerte, como recomiendan algunos manuales, puesto que de este modo no se oculta el agente de la acción. Pero esta solución tampoco está exenta de polémicas. Es el caso de titulares de tipo «Un hombre mata a su mujer», en los que la víctima pasa a ser objeto y el sujeto —y protagonista de una de las clásicas preguntas a las que tiene que contestar un titular (¿Quién?)— es el autor del crimen. De esta forma el foco de la noticia se desplaza y, sobre todo en los casos en los que el sujeto es extenso, puede resultar una fórmula peyorativa.

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3 comentarios

  1. Imagino lo irritante que tiene que ser resolver cómo decir lo que hace falta sin caer en la difamación, la trivialización o la matización engorrosa, pero si es deseable (aunque parezca imposible) que los crímenes dejen de producirse, también se agradece que las personas dejen de ser disparadas, porque la imagen hilarante hace que uno se sienta culpable, cómplice involuntario del homicida (presunto o no) y que por eso mismo se cabree con toda justicia con el redactor que se interpone entre la seriedad de la noticia y su destinatario. No creo que tenga solución así como así: hay que pedirle a los jueces que den un glosario apropiado con sus sinónimos porque «fue matado» suena a romancero o a tango, «el difunto» a pésame o necrológica y «el occiso» seguro que dará lugar a confusiones geográficas. Os acompaño en el sentimiento.

    • Yolanda Gándara

      Occiso,a es un término preciso. El único problema es que resulta extraño su uso en España. Siempre se van los mejores.

  2. Antiguamente era frecuente referirse al interfecto o al matado, pero ahora la guasa estaría asegurada, de lo que se deduce que los hechos luctuosos incitan cada vez más al humor negro.

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