Cinco razones por las que derribar la catedral de Córdoba

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Córdoba, Spain --- Original caption: A Moorish mosque, later converted into a Roman Catholic cathedral, in Cordoba, Spain. The impressive structure was built in 785 A.D. A view of interior columns. Undated photograph. --- Image by © Corbis
Mezquita de Córdoba. Fotografía: Corbis.

Voy a comenzar proponiéndoles un pequeño juego: cierren los ojos.

¿Ya?

Vale, ahora vuélvanlos a abrir porque si no lo hacen se van a perder el resto del artículo. Bien, usen la mente y viajen a un lugar tranquilo y sereno; quizá es un saloncito con un cómodo sillón en una tarde de otoño, tal vez un prado apacible a la sombra de un árbol. Es un día manso y plácido, y ustedes lo están viviendo de manera plácida y mansa. Leen un libro, miran cómo las nubes se hacen y deshacen suavemente en formas reconocibles, se dejan arrullar por el sol de poniente o por el susurro de las hojas que acaricia la brisa del verano.

Cojonudo, ¿verdad? Pues ahora imaginen que la facción militante de un colectivo de tunos-mariachis aparece de la nada y les dedica una versión techno de «Clavelitos» a base de trompetas, panderetas, bandurrias y un coro de cincuenta vuvuzelas.

Pues eso, exactamente eso, es lo que les sucede cuando caminan por la mezquita de Córdoba y, entre su delicado bosque de palmeras rojas y blancas, se encuentran de repente con el espacio desproporcionado y obtuso que es la catedral cristiana. Y por eso debería desaparecer.

Desafortunadamente, una orden de alejamiento expedida por la Dirección General del Patrimonio del Estado me impide acercarme a menos de cien metros de cualquier bola de demolición. Eso sí, en cuanto dicho mandato expire, allá que me iré a lomos de una excavadora Caterpillar de veinte toneladas, dispuesto a reconquistar lo que nunca debió ser perdido.

Y cuando llegue ese momento espero que me acompañen porque, créanme, en este asunto yo tengo la razón. O las razones.

1. Porque no debemos confundir lo antiguo con lo valioso

Es tan notorio como descorazonador: vivimos inmersos en una dictadura de la arqueología. Que me aspen si conozco los motivos de esta gradual deriva hacia la idolatría de lo antiguo, pero coincidirán conmigo en que, como sociedad, le damos más importancia a un váter del siglo I a. C. que a una construcción contemporánea. Nos da igual si el edificio moderno es bellísimo y de enorme calidad y eficacia; es que en esos restos arcillosos cagaban señores romanos, oiga. No sé ustedes, pero yo tiendo a echarle la culpa a Indiana Jones y su manía de intentar que cualquier objeto perteneciese a un museo.

Pues no, miren, un objeto antiguo es antiguo e inherentemente nada más que antiguo. El tiempo que haya pasado desde su creación no es condición necesaria ni suficiente para que dicho objeto sea catalogado como valioso. Puede ayudar, sin duda, pero el valor de un objeto viene determinado por circunstancias propias y esencialmente independientes de su edad histórica. A saber, y en orden de prelación: que sea único, que sea importante y que sea bueno.

Me dirán, «pero señor pedante, un váter de hace dos mil años es muy importante para entender cómo era y cómo se comportaba la civilización romana». Pues sí, lo es, y además, seguro que era un aparato que funcionaba a la perfección, esto es, un buen váter; y sería valioso y digno de ser conservado si no existiesen otros doscientos iguales en los sótanos y los cimientos de cada ciudad europea. Evidentemente, si apareciese una cloaca romana en una excavación de la China interior, ese objeto tendría un valor incalculable, entre otras cosas porque sería único; y sí, debería estar en un museo.

Ahí reside uno de las principales carencias de la catedral cristiana de Córdoba: ni es única ni es importante. Por supuesto, cualquier edificio —como cualquier lugar u objeto— es ontológicamente único; pero a mil kilómetros al noroeste, el maestro Mateo y el maestro Esteban pusieron fin al románico en la catedral de Santiago de Compostela, un edifico extraño, híbrido y yuxtapuesto, y también delicado y monumental. A setecientos kilómetros al norte, el maestro Enrique y Juan Pérez construyeron la catedral de León y llevaron el gótico al límite de la desmaterialización. Apenas a ciento treinta kilómetros al este, Andrés de Vandelvira levantó la catedral de Jaén, que es una de las mejores construcciones del Renacimiento; y no del Renacimiento español, de cualquier Renacimiento.

Y al lado, justo al lado, a la distancia de un parpadeo de la catedral cristiana, la mezquita entiende a Córdoba como no la entiende nada en el mundo.

2. Porque la catedral de Córdoba no entiende a Córdoba

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Celosía de la mezquita. Fotografía: María López Spain (CC).

Así es y así debemos afrontarlo: la catedral de Córdoba es un mal edificio. No hay que tirarse de los pelos ni proferir indignados alaridos ni desvanecerse entre sofocos de incredulidad; la catedral de Córdoba es un edificio tan malo como lo es la transformación de San Pedro del Vaticano o cualquier edificio de Santiago Calatrava. Quizá incluso peor.

Y es que para que un edificio sea bueno debe reunir ciertas características. Entre otras: que sea eficaz, que funcione bien y que respete su propia naturaleza espacial, constructiva y formal. Eso sí, para que un edificio sea malo es suficiente con que incumpla alguno de estos requisitos. El problema es que la catedral de Córdoba los incumple todos. De entrada, es un edificio profundamente ineficaz y de funcionalidad más que dudosa; y ya hay que ser inútil para que una construcción religiosa, cuya solicitación programática es enormemente laxa, funcione mal. Macho, solo tenías que atraer a los feligreses hacia la nave y sentarles mirando a la capilla mayor. Pues nada, mal. Resulta que los feligreses, estando la nave enfrentada al bosque de columnas de la mezquita, ni se enteran de dónde está la catedral hasta que se dan de bruces con ella.

Además, resulta que el edificio maltrata su propia esencia espacial y formal, porque no sabe ni lo que es y se tambalea entre indecisiones constructivas. Seguramente podríamos achacar estos problemas a la idiosincrasia cultural de la época. Pero ¿de qué época? Porque Fernando III de Castilla, que era un señor muy cristiano —se convirtió en San Fernando, ni más ni menos—, decidió, tras la reconquista de la ciudad en el siglo XIII, que la antigua mezquita sería la nueva catedral; pero para la conversión, aparte de instalar la silla del obispo, apenas ordenó realizar un par de leves modificaciones en el edificio árabe. Así, tan feliz, la catedral ofició el culto católico rodeada de la espacialidad islámica. Y durante tres siglos, oiga, sin que nadie se sulfurase por ello.

La cosa se torció a finales del siglo XV, cuando al obispo Íñigo Manrique, que también era un señor muy cristiano pero bastante más cazurro que sus antecesores, se le metió en sus cristianos cojones que lo de la espacialidad árabe era una mandanga y que allí, justamente allí, en medio de la mezquita, había que meter la altura y la luz de las catedrales góticas castellanas.

Y saltó la liebre.

Junten las piezas. Es exactamente la misma razón por la que el decorado plano y abotagado que Carlo Maderno levantó en la basílica de San Pedro es tan espantoso; porque destruyó la planta en cruz griega de Miguel Ángel para colocar lo que había en cualquier palacio renacentista. El mismo despropósito que vemos en las colosales inmundicias que construye Calatrava; aterrizan como ovnis dondequiera que les digan —y les paguen—. No pertenecen a su lugar sino a la  palurda ignorancia de su creador. Y  como su creador no entiende el sitio donde va a parir, los edificios tampoco lo entienden.

Una catedral gótica castellana pertenece al gótico de Castilla de igual manera que la mezquita de Córdoba pertenece a Córdoba. A una ciudad que descansa en el llano del primer Guadalquivir, con las faldas de la sierra en la lejanía. Un lugar donde la luz es horizontal, el tiempo es horizontal y el espacio es horizontal.

3. Para recuperar el espacio

Dos hectáreas. Ochocientas cincuenta columnas. Trescientos setenta arcos que son las hojas de un palmeral infinito. Una sola laja de aire rodeando cada milímetro de mármol y cada pieza de ladrillo bicolor y cada incisión en la madera del artesonado. Un único espacio invisible, imposible, inabarcable. El espacio horizontal. El espacio del horizonte.

Así era la mezquita que terminó Almanzor en el siglo X. Y así debería haber seguido siendo.

No crean que esta opinión es una cosa novedosa de intelectuales posmodernos. Qué va, durante la primera mitad del siglo XVI, muchas fueron las voces que se alzaron contra el destrozo de la mezquita. Canónigos locales y próceres de las altas esferas municipales se opusieron con virulencia a la nueva catedral. Desgraciadamente, si Íñigo Manrique era bastante más patán que los obispos que le precedieron, sus sucesores establecieron varias plusmarcas en la disciplina de zafiedad artística sobre ruedas. Así, pese a las opiniones contrarias, se emperraron en que el dios de Castilla —o sea, el verdadero Dios— estaba en las alturas y por tanto, había que levantar una nave muy alta y con mucha luz, no fuera a ser que los cordobeses se perdieran entre tanta horizontalidad. El asunto se enconó de tal manera que el propio Concejo de la ciudad emitió varios edictos penalizando a quien fuera que participase en su construcción, desde maestros canteros hasta albañiles. Al final tuvo que interceder el emperador Carlos V para decir que sí, que se dejasen de movidas, que se construyese la nueva catedral y a otra cosa mariposa.

Cuando el arquitecto Hernán Ruiz el Joven concluyó la obra a mediados del XVI, la nave era un pastiche entre gótico, renacentista y manierista. Además, como la estructura del edificio árabe tampoco podía resistir grandes elevaciones, el nuevo edificio no es ni alto ni bajo, ni horizontal ni vertical, ni chicha ni limoná. Eso sí, masacra el espacio de la mezquita como una bayoneta impregnada en curare destriparía el terso vientre de la Venus de Botticelli.

Desconozco si Carlos V estuvo muy atareado con sus cosas y sus mariposas, pero estoy seguro de su lamento por no haber dejado las palmeras de la mezquita en paz. Tras su primer paseo por el nuevo edificio dijo: «Habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes».

Ojalá hubiese recuperado el espacio. Ojalá hubiese podido dar marcha atrás en el tiempo.

4. Para recuperar el tiempo

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Fotografía: Paolo Trabattoni (CC).

Porque el tiempo es espacio y el espacio sin tiempo no existe. Y el espacio de la mezquita es horizontal porque el tiempo de la mezquita es horizontal.

La catedral suena con sus procesiones y sus paseos. Vocifera con tacones y con zapatos. Berrea en un ruido blanco como la nieve en la pantalla de un televisor estropeado. Una cacofonía insufrible de caminos y recorridos y miradas perdidas, alzadas, atravesadas.

El tiempo de la mezquita era un tiempo descalzo y quieto. Un tiempo que había parado el reloj y, en silencio, apenas existía, congelado dentro de su propia densidad. La mezquita de Córdoba parecía susurrarnos el proverbio afgano que reza: «Ustedes tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo». Por desgracia, los hombres que levantaron la nueva catedral eran más grises que los hombres grises de Momo, y sus relojes se llevaron por delante todo el tiempo y todo el espacio, descuartizándolo entre lanzas de luz y cubriéndolo con una estrepitosa maraña de sombras.

5. Para recuperar la luz

En 1933, Junichiro Tanizaki fue a cenar al restaurante Waranji-ya de Kioto. Allí descubrió, para su pesar, que habían sustituido los candelabros de las mesas por lámparas eléctricas. Le dijeron que los comensales encontraban la luz de las velas demasiado oscura, pero que si prefería un candelabro, se lo proporcionarían. Cuando escribió El elogio de la sombra lo contó así: «… entonces fue cuando me di cuenta por primera vez de que esa luz incierta era la que de verdad realzaba la belleza de las lacas japonesas».

La luz incierta. El elogio de la sombra.

La luz de la catedral de Córdoba quiere ser certera pero es borrosa, quiere ser aguda pero es aletargada, quiere ser limpia pero es una mancha. Y lo que es peor, aunque fuese limpia, aguda y certera, tampoco pertenecería a la mezquita; y ni siquiera a Córdoba. Porque la luz de la mezquita, como la de la ciudad, es la luz de llano del primer Guadalquivir. Una luz horizontal, que es la luz más incierta.

La luz horizontal no arroja sombra pero se define, precisamente, por esa sombra. Única e idéntica en todos lados, es el epítome de la igualdad. Es incierta porque no se ve, porque apenas palpita leve como una neblina, porque solo asoma si se la mira donde está tapada.

Si entran en la mezquita y son capaces de aislarse de la grosera contaminación de la catedral, quizás sean capaces de verla; flotando brumosa entre todas y cada una de las columnas, anegando los arcos, llenando los artesonados y los mosaicos como un velo líquido. Y agazapada detrás de las celosías del Patio de los Naranjos, convertida en pura sombra, esperando el momento de reclamar la valía, la comprensión, el espacio y el tiempo que nunca debieron arrebatarle.

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