
Si está oyendo hablar de cosas soviéticas, lo más probable es que le estén dando la brasa con las vanguardias, el industrialismo o la propaganda. Además, es muy posible que estén parloteando con un tono de voz engolada por la erudición o con una nostalgia comunista irreparable.
Una absoluta basura de esteta pedante.
Lo único que tengo claro es que a mí, de lo soviético, lo que me interesa es el vodka. Una interminable tradición en las destilerías destinadas a una producción en masa para abastecer a casi toda la población. El vodka es, junto al té, la bebida más tomada en la nación de las interminables estepas. Bebida hecha para estómagos rudos e intelligentsias privilegiadas; una de las claves para entender esta cultura es, quiérase o no, el vodka, y no solamente porque sea el producto nacional con mayor proyección hacia el consumo, sino porque forma parte de la historia política y social del país.
Lo cierto es que en parte en el cine, influido por todas las corrientes de vanguardias y la emergente teoría formalista de la literatura, se empezó con algunas obras un tanto exóticas que bien podría uno achacar al consumo alcohólico. Nada más lejos de la realidad. Las geniales creaciones de Eisenstein, Agadzhanova-Sutko, Room o Kuleshov, están íntimamente relacionadas con la bebida alcohólica estrella, aunque no precisamente porque se concibieran en la ebriedad de sus autores.
En 1923 Trotski escribió un artículo titulado «El vodka, la Iglesia y el cinematógrafo». En él polemiza con Osip Brik, un caballero que organizaba, junto a su señora, inolvidables veladas en su casa en las que se dedicaban a la excitante tarea de contar versos. Brik definió el cine como un calmante más nocivo que el vodka y Trotski, que no quería más borrachos en su renovada nación, alabó el cinematógrafo como un magnífico instrumento de propaganda de cualquier tipo, con un poder de sugestión y —¡ojo!— entretenimiento por encima incluso de la liturgia de la propia Iglesia.
El caso es que si razonas de esa manera pero lo acompañas diciendo que todo el país está lleno de palurdos e ignorantes por no dominar el nuevo arte de la imagen aun después de seis años de vigencia, claro, algo de credibilidad es inevitable perder. El poco tacto de Trotski le llevó a disipar la confianza de los bebedores, que eran un gran contingente aún, a pesar de la reciente prohibición del alcohol. Borrachos, eso sí, patrocinados por el régimen zarista, cosa con la que había que terminar de una vez por todas para el mejor vivir de los obreros —los mayores bebedores, por otra parte—. Y el patinazo de desvirtuar el séptimo arte que se había estado practicando hasta entonces hizo que se erizasen los vellos de la nuca de hasta los miembros de la mismísima FEKS.
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Los rusos son un pueblo muy sufrido. Su realidad siempre fue muy cruda.