Miles de perlas de sudor sobre la piel de Shuai Peng

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Image #: 31758194 Shuai Peng from China wipes her head in the first set of her match against Caroline Wozniacki of Denmark in the semi-finals at the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York City on September 5, 2014. UPI/John Angelillo /LANDOV
Shuai Peng durante el US Open de  2014. Fotografía: Cordon Press.

En la penúltima grada del Arthur Ashe Stadium el calor y la humedad no son tan altos como en los tornos de entrada al recinto. Un par de horas después, frente a la puerta grande de la pista central situada en la zona opuesta del acceso al complejo tenístico de Flushing Meadows, la jugadora china Shuai Peng abandona una de las pistas exteriores en dirección a los vestuarios con la piel recubierta de miles de perlas diminutas de sudor que brillan con mayor fulgor bajo los focos eléctricos que la sonrisa de satisfacción que le produce el hecho de haber alcanzado los octavos de final del último Grand Slam del año.

Frente a los tornos de entrada al recinto, el público se aglomera para la sesión de tarde. Un frente de sombrías nubes espesas descarga una tormenta de lluvia y viento que sorprende a los visitantes sin medios ni lugar para resguardarse. Se produce una estampida casi de terror. El intenso temporal, que apenas dura quince minutos, ha dejado a los emocionados futuros espectadores calados hasta los huesos. Media hora después, la nueva población del village, ventilada y renovada como el aire de una habitación por la mañana, se desplaza por el interior del Centro Nacional de Tenis de los Estados Unidos ataviada invariablemente con la ropa promocional del US Open 2014: la lluvia ha sido providencial para el merchandising.

En lo alto de la fachada del Louis Armstrong Stadium, la segunda pista en importancia del USTA Billie Jean King National Tennis Center (nombre del complejo desde 2006 en honor a la gran campeona californiana), un hombre sujeto a la pendiente como un alpinista hace algunos ajustes en el enorme marcador. No parece un hombre sino un gnomo con arneses. Nadie repara en él hasta que una señora gruesa con visera y un vaso de Heineken en la mano se percata de su existencia y se le queda mirando como tratando de averiguar qué clase de ser vivo es aquel que se mueve casi imperceptiblemente (igual que un koala) en las alturas. Parecen ser estas, el tamaño de todo lo que se levanta allí en mitad del bosque de Flushing Meadows, lo que confiere a todas las cosas, incluidas las personas, una sensación de irrealidad. Algo fabuloso como si al superar cualquier esquina (en realidad esto no hace falta) uno pudiera toparse con los habitantes de la Tierra Media.

La meteorología ha hecho que buena parte de esas decenas de miles de inquilinos luzcan sus flamantes camisetas, polos y sudaderas con vistosos y coloridos dibujos alrededor del lema monotemático impreso en grandes letras (USOPEN2014) sobre sus recién adquiridas prendas. Parece una reunión de friquis extraordinariamente numerosa y heterogénea, quizá la mayor que se haya visto nunca. El estadio Arthur Ashe, que desde fuera parece una enorme bañera, una gigantesca piscina desmontable para niños con sus enormes soportes (la entrada principal parece un coliseo del interior de cuyos arcos quisiese salir el mismísimo Waldorf Astoria) convierte a los tenistas en liliputienses, en brownies de la película Willow incluso con sus voces de pito desde una localidad alta, donde corre una brisa salvífica lejos de la suerte de reverberación que se observa en las localidades bajas.

El suizo Roger Federer está disputando su partido de tercera ronda frente al español Marcel Granollers y ambos tenistas parece que empuñan varitas mágicas mientras compiten en conjuros. La grada son las paredes verticales de un embudo que certifican la asistencia a un mundo fantástico. Las gomas de las suelas de las zapatillas de los jugadores chillan sobre el cemento como extrañas criaturas cuyo eco resuena en la noche neoyorquina. Federer se mueve igual que un boxeador delgado y dispara su esbelto brazo con una armonía a la que quizá solo supere su rapidez asombrosa. Federer desenfunda y dispara a cada golpe en movimiento, un golpe de revólver, lo cual es un estilo completamente opuesto al de Marcel, que parece resistir el tiroteo al límite de la asfixia en desplazamientos laterales tan forzados y heroicos y tan medianamente exitosos que el público se ve abocado a aplaudirle como a un valiente al que no le importa morir atravesado por las balas de Billy el Niño.

Marcel Granollers during his Second round men's singles match against Roger Federer on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Marcel Granollers durante un partido contra Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

El público grita. Levanta los brazos como la tribu de los ewoks en la fiesta final de El retorno del Jedi. El US Open vivido en esa pista vertiginosa es como estar en una pelea de gallos por el bullicio y la pasión salvaje del graderío que asiste a un divertimento de primera clase. Y eso que solo es la tercera ronda de la competición. No es el tenis sino el US Open. El espectáculo no es absolutamente maravilloso pero sí lo suficientemente emocionante. Uno puede pensar, además, si es aficionado al tenis, que allí abajo han jugado el partido final Sampras y Agassi, o Nadal y Djokovic, y la emoción sube como la temperatura que a esas horas de la noche ya es casi soportable. El puesto de perritos calientes de Nathan’s de la tercera planta está a pleno rendimiento. Federer acaba de ganar el segundo set y empata el partido. Al lado de los panecillos y las salchichas y los distintos condimentos de Nathan’s, un carrito de helados de Ben & Jerry se ha tomado un descanso igual que los jugadores en su largo recorrido por la parte alta. El vendedor de rasgos indios que lo empuja observa su teléfono móvil mientras allá afuera, desde el mirador, el estadio de los Mets también bulle aunque de una forma distinta, como si algo prendido por dentro, un incendio, estuviese a punto de hacerlo saltar por los aires.

Abajo, en el village, lujosos stands de bebidas alcohólicas de primeras marcas aguardan entre pequeños jardines floridos de los que hacen el efecto de salir, como ninfas del bosque, hermosas y sonrientes jóvenes con visera. Sobre los bancos de tablones de madera adyacentes se sientan repantigados lo que parecen ser turistas millonarios, probablemente rusos, con sombreros de safari y pantalones cortos y calcetines y mocasines de piel, que beben combinados de vodka Stolichnaya mientras observan las grandes pantallas de la Louis Armstrong que muestran los resultados de los partidos aún en juego.

Es martes. El ambiente parece dulcificarse y el calor deshacerse en la noche de Queens. Resiste casi comprimido como una nube de humo en una partida de póker en la pista Grandstand, donde lo mantiene el búlgaro Grigor Dimitrov con su remontada ante el belga David Goffin. Un hombre negro con uniforme de cocinero y calzado con unas Crocks negras fuma un cigarrillo sentado en el suelo y apoyado en una pared esquinada y secundaria que linda con un acceso a las entrañas del Open. Es como si Koji Kabuto se hubiese bajado un momento de Mazinger Z. Es un descubrimiento. Si uno mira los rincones y las calles estrechas del USTA Billie Jean King National Tennis Center ve una oscuridad del Bronx con sus peligros y su literatura, pero no es nada más que una impresión. Puede que Nueva York sea la ciudad más segura del mundo. Sin embargo, sigue existiendo algo intangible y oscuro bajo las luces de neón, o bajo las luces de la «Unisfera» que se asoma extramuros sobre el «valle de cenizas» de Scott Fitzgerald (donde se ubica actualmente el parque de Flushing Meadows) por donde había que pasar desde Manhattan para llegar a la casa del Gran Gatsby en Long Island.

El Dr. T. J. Eckleburg ahora es una más de las especies que moran en el US Open 2014. Decenas de oculistas con gafas redondas caminan y observan. También está Tom Buchanan, y Daisy y Jordan Baker. Y todo es como si lo estuviera narrando el mismísimo Nick Carraway, pero no solo la desafortunada historia del millonario enamorado Jay Gatsby, sino todas las historias con todos los personajes que han ido postulándose, como los caballos o los camellos o las tortugas de carreras de las ferias que avanzan cuando se logran colar las pelotas de goma en el casillero numerado desde el mostrador, para ser parte de La Gran Novela Americana. El Open de 2014 es una fantasía absoluta tan tenebrosa y al mismo tiempo tan alegre como estar Dentro del laberinto de Jim Henson.

Es un parque de atracciones en medio o como representación de la vorágine del cosmopolitismo, del american way of life, del deporte y de la naturaleza y del espectáculo en el que aparecen magos, hadas, princesas, ogros y monstruos y criaturas extraordinarias en torno al argumento bello y profundo y nada superficial del tenis. Nada tan duro, tan arriesgado y tan incierto para un niño como golpear miles de pelotas cada día. Los niños que fueron esos profesionales (algunos aún lo son) soñaron con enamorarse un día de Sarah Williams (que no es precisamente Serena Williams sino Jennifer Connelly) en el Arthur Ashe Stadium mientras el enano Hoggle, el monstruo Ludo o el caballero Sir Didymus y su perro Ambrosius les observaban atentamente desde las gradas. Uno se siente en el US Open 2014 un miembro de pleno derecho de los goblins que poco tienen que ver con aquellos que parecen más humanos y que ocupan las localidades bajas de la pista principal. Allí abajo está Peter Falk contándole a su nieto Fred Savage en su perfecta habitación americana con banderines triangulares de los equipos de la NBA y de la NFL y de la NHL en las paredes el cuento de La princesa prometida, que en este momento es el asunto que tienen entre manos Marcel y Roger.

Roger Federer in action during his Second round men's singles match against Marcel Granollers on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Roger Federer durante un partido contra Marcel Granollers. Fotografía: Cordon Press.

Federer es un tenista que se ha vuelto con la edad un príncipe ideal de fantasía infantil. Federer juega hoy más rápido y más arriesgado y más artísticamente que en sus años jóvenes. Parece más poderoso y genial, pero no lo es. Lo que sucede es que sus típicas desconexiones se han ido haciendo cada vez más largas, lo cual produce momentos de intenso y efímero virtuosismo frente a otros en los que el marcador cae irremediablemente del otro lado. El gran tenista suizo realiza momentáneos milagros sobre el cemento de la Arthur Ashe que no han impedido que Granollers se anote el primer set, circunstancia que años atrás hubiera sido difícil de imaginar. Federer ensaya dejadas inverosímiles y lanza su derecha como si en vez de una raqueta Wilson con la impronta de la Adidas de Ivan Lendl empuñara un guante de béisbol al mismo tiempo que falla un revés de cada tres tan monumental como el escenario. Ya no parece jugar para ganar sino para soliviantar a los goblins, a los peks, a los trolls o a los elfos de esta cordillera arthurashesiana.

El tenis de Federer ha trascendido del marcador y eso es algo que ningún otro jugador del circuito puede permitirse. El público de esta Tierra Media vestido con estridencias de Nike y de Adidas y de Ralph Lauren (con el símbolo del caballo y el jugador de polo inusualmente grande sobre el pectoral izquierdo que se ha puesto de moda), fundamentalmente, lo celebra, aunque «lo más hot» de los últimos años (lo dice una señora esquelética con el pelo blanco que bien podría ser natural de Concord, Massachussetts, a otra muy bronceada y con un maquillaje espeso que perfectamente podría haber venido en vuelo directo desde Cayo Vizcaíno) ha sido el español Rafael Nadal, que este año no disputa el Open por lesión. Nadal ha encarnado el prototipo de perfecto héroe exótico y sin embargo cercano, el paladín isleño y humilde que podría ser Westley o Atreyu, el Tom Cruise de Legend o incluso el Aragorn de Viggo Mortensen. «No recuerdo, you know, haber visto unas actuaciones tan poderosas y elásticas como las de Nadal en 2010 y 2013», afirma el hombre de mediana edad con gafas redondas metálicas que se ubica ufano entre las dos señoras, al que le cubre la cabeza de un modo excepcionalmente raro al estilo de Axl Rose un pañuelo de flores.

Cuando Dimitrov finalmente da cuenta de Goffin en la pista Grandstand el silencio es como un ejército de caballería que se acerca. Salidos de las entrañas del parque recreativo puede verse ahora a otros trabajadores con la mirada torva y el gesto cansado. Son apariciones o los supervivientes de una hecatombe o los habitantes secretos de las cloacas. No se muestran a la luz, sino que se mantienen tras una especie de cerca invisible en la penumbra. No pisan la alfombra roja de Flushing Meadows ni salen a las fluorescentes avenidas como si tuvieran el ADN de las cucarachas. El público ilusorio se marcha sin que se sienta, desaparece más allá de la oscuridad de los tornos mientras aquellos parecen asomarse temerosos con sus mandiles y sus gorros manchados. Parece imposible que un lugar como el USTA Billie Jean King National Tennis Center pueda transformarse por un momento en algo parecido a una parada del viaje por La carretera de McCarthy. Aunque puede que solo sea un espejismo. O puede que también sean los trabajadores de la sala de máquinas de un Titanic de casi un siglo y medio de edad que nunca podrá hundirse. Pocos podrían resistirse a ensayar la idea de que son los únicos verdaderos humanos en este gran circo de muñecos (muñecos incluso, y no habitantes de mundos de fantasía como el hombre que escalaba el marcador o la señora con el vaso de Heineken que lo observaba), ni a la de que todos esos hombres y mujeres se mantienen en la sombra para no desvelar la realidad de la mágica fantasía del US Open 2014, que más que un Titanic de siglo y medio de edad, desde los tiempos del Newport Casino o los del West Side Tennis Club de Forest Hills, podría ser una suerte de Disneyland de la raqueta donde todos esos que parecen salir de las cavernas en realidad son los hombres y mujeres que hacen posible que hablen y se muevan los goblins gracias a una tecnología secreta que solo ellos conocen.

Aún hay encuentros en juego en dos pistas exteriores. Las luces del complejo parecen estar conectadas ahora en modo de emergencia, quizá para que nadie vea salir a los humanos al final de la jornada de sus puestos de control. No se sabe cómo ni cuándo el estadio Arthur Ashe se ha vaciado después de que Federer destrozara a Granollers por un triple 6-1 en el segundo, tercer y cuarto y definitivo set del partido. Todo es definitivamente irreal en el US Open 2014. Definitivamente tan fantástico que doce días más tarde será la primera vez en diez años que no alcanza la final masculina ninguno de los últimos cuatro grandes jugadores de la década; aunque la culminación de lo fantástico, lo sumamente fantástico, son las miles de preciosas perlas de sudor que brillan a última hora bajo los focos sobre la piel de la jugadora china Shuai Peng.

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Arthur Ashe Stadium, US Open 2014. Fotografía: Michael Vadon (CC).

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4 comentarios

  1. Ricardo

    Me encantan los textos de Jotdown sin venir en absoluto a cuento.
    En octubre´16 hablan de repente de un día de tercera ronda del US Open de hace 2 años.
    Será que a todo lo que tenga que ver con el tenis le doy la bienvenida.

  2. Muy lindo el artículo, aunque con dos años de retraso y las fotos mostradas ni siquiera se corresponden con el evento: son de un Federer v Granollers..pero de Roland Garros!!!!! Federer no fue participe de este último U.S Open….

  3. Bueno, salvo la pifia de las fotos, como dicen arriba.

    • Ricardo

      En realidad no es ninguna pifia. En el pie de las fotos pone que es una foto de un partido entre Federer y Granollers, y no especifica que sea del US Open del que trata el artículo.

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