Deportes

Wimbledon: fresas con nata en las articulaciones

Una imagend del público en la edición de Wimbledon de 2026. foto: Cordon.
Una imagend del público en la edición de Wimbledon de 2026. foto: Cordon.

Se celebra en estos días un evento deportivo largamente esperado por los aficionados del planeta Tierra: deportistas de todas las naciones dando lo mejor de sí mismos sobre el verde césped, gradas abarrotadas adornadas de famosos locales luciendo sus mejores galas, y el inglés como idioma madre para gobernarlos a todos.

Y también se está disputando el mundial de fútbol.

El Grand Slam de Wimbledon, que este año cumple su 139.ª edición, pelotea sobre tres siglos como si nada. El All England Lawn Tennis and Croquet Club, llámame Wimbly, que tiene nombre de rey tartaja, enfila su zona caliente con toda la pompa y el boato que se espera de él, que no es poco. Pedigrí, categoría, Old Money Aesthetic, toque, abolengo, savoir faire, silenciosa distancia, culto a la tradición… «Fill the gap, please».

Si Wimbledon es el nudo de la corbata de Miguel de Kent, el mundial de fútbol es Benito vestido de Zara o Havierrr Bardem y Pe haciéndose los majos en las gradas acristaladas, porque esto es USA y hay que deberse al show. Sus caras privadas de apio en cualquier evento en España aquí no se las permitirían.

Wimbledon es incomodidades que atentan contra la practicidad deportiva (no se permite jugar con luz artificial), diseño de producción en verde y morado, impoluto hábito blanco novicio para ellos y ellas con pequeñas alegrías de dos pulgadas cuadradas para los logos, jueces de silla —de ruedas— que abandonan el sagrado templo con un andador; el césped, primer ministro del torneo, no puede medir más de ocho milímetros, ni uno más ni uno menos, frente a los bastos veinticinco de los estadios del mundial. ¿Desde cuándo lo estético es cómodo? Ah, sí, desde Amancio. Normal que sus primos de la fragoneta fast food no entiendan nada. Las gradas del antiguo Flushing Meadows, sintetizadas en el pragmático Open USA, parecen una fiesta flamenca en Barbate después del desembarco. Aunque ahí hay poca hierba (de comer) y mucha grasa procesada. «Poteito, potato, tomeito, tomato». Mentira.

Wimbledon es un bucket de diez fresas con nata a 2,85 libras de su majestad según la fluctuación en la boca de Zendaya (¿se te ocurre un crossover mejor?) frente a birrazas en L. A. en el mismo cubo, pero de plástico del malo. Wimbledon es el jersey de pico de lambswool frente a la sudadera de Yuxus y los Crockett & Jones frente a las Air Jordan 6 de Kanye West.

Wimbledon enseña el derriere al mundo que gira mientras él se mantiene quieto parado: no tiene canciones, ni móvil, ni himnos, ni mascota, todo se guarda en esa vitrina de madera y cristal estilo hotel de Borth un domingo cualquiera que cada día cruzan los tenistas antes de enfilar la sobria Pista Central o la Pista N.º 1 (aquí la institución siempre por encima de las personas). Wimbledon adelanta por la izquierda a todas las estrellas del tenis porque la estrella es él mismo. Y así hasta el próximo año, rictus pétreo de quien todo ha visto pero a quien nada erosiona. Wimbledon es, finalmente, Maggie Smith preguntando a sus invitados «¿qué es un fin de semana?», o mejor, «¿qué es un mundial?».

Pero de lo que Wimbledon nunca podrá escapar es al atentado sistemático de este deporte, del que es embajador vitalicio, contra los derechos humanos de las articulaciones. Que se lo digan a Andy Murray, su toy boy apócrifo. A falta de un jugador inglés decente en los últimos mil años, se tiene que conformar con un escocés, justicia gaélica.

Andy está operado de la cadera derecha, ortopedia modelo resurfacing de bello acero germánico. ¿Displasia congénita? Qué va. Tenitis aguditis, en un deporte que depreda tobillos, codos, rodillas, muñecas y demás articulaciones forradas de cartílago. La última imagen de Jannik Sinner hace unos días en su primer partido del torneo, en el que el mejor jugador de los últimos tiempos (y lo será hasta que Carlos deje de comerse el pollo con patatas de su madre y vuelva a las pistas con su dejada quirúrgica) estuvo a punto de quebrarse la rodilla en el pasto inglés, es sobrecogedora y más gore que una película de la Troma.

Yo también juego al tenis como Murray, ejem. Cuando me operé hace un par de años de la cadera, prótesis incluida, mi cirujano me dijo que tenía un trozo de fémur suelto del tamaño de un dado. Le confesé que había jugado un partido de ranking la tarde antes de ingresar en la Clínica CEMTRO. Acostumbrado a escuchar barbaridades semejantes, me contó que, con gran diferencia, el tenis es el deporte que más directamente ataca a la naturaleza de la fisionomía articular: giros imposibles, rotaciones suicidas, aceleración y resistencia constante en los cuerpos de unos homínidos que no tenían intención de dedicarse a esta actividad cuando se bajaron del árbol.

Añado que no afecta solamente al cuerpo. A la mente también. Y de una manera mucho más devastadora, Gary Cooper con raqueta. Que se lo digan al gran Andre Agassi, que abre su monumental biografía, Open, así: «Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión».

Y mientras tanto, a seis mil kilómetros de la madera y la hiedra del All England, hay veintitantos fulanos persiguiendo una sandía en naves espaciales acristaladas ahítas de cerveza, con pausillas de hidratación y asumiendo entre todos ellos el Principio de Disolución de Responsabilidad de Noelle-Neumann.

Esto no lo arregla ni la corbata del duque de Kent.

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